Las Mujeres Españolas Portuguesas y Americanas: Tales como son en el hogar doméstico, en los campos, en las ciudades, en el templo, en los espectáculos, en el taller y en los salones: descripción y pintura del carácter, costumbres, trajes, usos, religiosidad, belleza, defectos, preocupaciones y excelencias de la mujer de cada una de las provincias de España, Portugal y Américas Españolas [Digital Version]

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Las Mujeres Españolas Portuguesas y Americanas (Madrid: Miguel Guijarro, 1876)

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Title: Las Mujeres Españolas Portuguesas y Americanas: Tales como son en el hogar doméstico, en los campos, en las ciudades, en el templo, en los espectáculos, en el taller y en los salones: descripción y pintura del carácter, costumbres, trajes, usos, religiosidad, belleza, defectos, preocupaciones y excelencias de la mujer de cada una de las provincias de España, Portugal y Américas Españolas [Digital Version]
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  • Subject analysis and assignment of taxonomy terms: Robert Estep
Publisher: Rice University, Houston, Texas
Publication date: 2010-06-07
Identifier: aa00030
Availability: This digital text is publicly available via the Americas Digital Archive through the following Creative Commons attribution license: “You are free: to copy, distribute, display, and perform the work; to make derivative works; to make commercial use of the work. Under the following conditions: By Attribution. You must give the original author credit. For any reuse or distribution, you must make clear to others the license terms of this work. Any of these conditions can be waived if you get permission from the copyright holder. Your fair use and other rights are in no way affected by the above.”
Notes:
Digitization: Page images of the original document are included. Images exist as archived TIFF files, JPEG versions for general use, and thumbnail GIFs.
Provenance: The Humanities Research Center at Rice University, under the direction of Dr. Caroline Levander, purchased this material from a manuscripts dealer in 2005. The Gilder Foundation funded the development of the physical archive. Original materials are housed at the Woodson Research Center, Rice University.
Description: Printed document, 301pp. Madrid. A survey of women in Latin America, illustrated with 21 chromolithographic plates mounted on separate sheets with printed borders and titles.
Abstract: This book covers a broad range of topics treating Spanish, Portuguese, and Latin American women. Passages address each of the provinces of Spain, Portugal, and the Spanish Americas, offering a brief history concerning the manner in which the Spaniards colonized Latin American lands. The work constructs a framework for understanding the impact of Spanish history on the colonies and specifically on indigenous women. Furthermore, the writers of these accounts seem especially preoccupied with capturing the regional qualities that distinguish these women. Some writers even provide poetic excerpts to bring to life the illustrations contained in this volume.
Source(s): Las Mujeres Españolas Portuguesas y Americanas (Madrid: Miguel Guijarro, 1876)
Source Identifier: Americas collection, 1811-1920, MS 518, HQ1692 .M88 1872 V.3 ( CALL NUMBER), Woodson Research Center, Fondren Library, Rice University. Contact info: woodson@rice.edu
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Languages used in the text: Spanish
Text classification
Keywords: Getty Art & Architecture Thesaurus
  • Books
Keywords: Library of Congress Subject Headings
  • Women--Latin America--Social life and customs--19th century
Keywords: Getty Thesaurus of Geographic Names
  • Latin America (general region)
  • Spain (nation)
  • Portugal (nation)
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LAS MUJERES
ESPAÑOLAS PORTUGUESAS
Y
Americanas


LAS MUJERES
ESPAÑOLAS
PORTUGUESAS
AMERICANAS

TOMO III

J. M. A R.








LAS
MUJERES ESPAÑOLAS
PORTUGUESAS Y AMERICANAS.



LAS
MUJERES ESPAÑOLAS
PORTUGUESAS Y AMERICANAS
TALES COMO SON
EN EL HOGAR DOMESTICO, EN LOS CAMPOS, EN LAS CIUDADES, EN EL TEMPLO, EN LOS ESPECTACULOS, EN EL TALLER Y EN LOS SALONES.
DESCRIPCION Y PINTURA DEL CARÁCTER, COSTUMBRES,
TRAJES, USOS, RELIGIOSIDAD, BELLEZA, DEFECTOS, PREOCUPACIONES Y EXCELENCIAS DE LA MUJER
DE CADA UNA DE LAS PROVINCIAS DE ESPAÑA, PORTUGAL Y AMÉRICAS ESPAÑOLAS
OBRA ESCRITA
POR LOS PRIMEROS LITERATOS DE ESPAÑA, PORTUGAL Y AMÉRICA
É ILUSTRADA
POR LOS MÁS NOTABLES ARTISTAS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES.
TOMO TERCERO.
MADRID
IMPRENTA Y LIBRERÍA DE D. MIGUEL GUIJARRO, EDITOR
calle de Preciados, número 5.
HABANA
SEÑOR D. RAMON MOLINAS
calle de Cuba, número 74.
BUENOS AIRES
LIBRERÍA LA PUBLICIDAD
calle de Bolívar, número 77.
MDCCCLXXVI.

ES PROPIEDAD DE D. MIGUEL GUIJARRO.

MUJERES
AMERICANAS.






[Figure] ISLA DE CUBA

[Señora de la Habana]







[Figure] LA GUAJIRA

[Habana]




LA
MUJER DE LA ISLA DE CUBA
POR
D. TEODORO GUERRERO.

I

El alma de la mujer es el eje de la sociedad. Quizas parezca esta idea algo atrevida,
y más que atrevida, absurda, puesto que siendo el alma impalpable, no es posible
fijar sobre ella toda esa. balumba de cosas y personas que componen la máquina
social; pero la idea es exacta si se atiende á la importancia que la mujer adquirió
desde la seduccion del Paraíso terrenal, en que Eva destruyó la felicidad del Universo,
hasta las seducciones particulares con que las Evas de los tiempos sucesivos han destruído
y destruyen la felicidad doméstica, utilizando sus encantos para hacer de cada
individuo un Adan, más ó ménos inocente, pero tan débil como el padre de todos los
hombres. — ¿Quién puede negarles esta importancia?—Por mi parte diré que en la
peregrinacion de mi juventud, ellas y sólo ellas embellecían los lugares adonde me
llevaba mi vida algo aventurera; arrepentido estoy de las horas perdidas que lloro
con mis risueñas ilusiones, y confesaré que al poner la planta en las ciudades y pueblos
que visitaba, nunca me ocurrió informarme de sus condiciones higiénicas, de sus
frutos, de la transparencia del agua, de sus costumbres, etc.; me bastaba recorrer las
calles, sin preguntar nada, para de primera impresion determinar las ventajas de la
localidad por las mujeres que encontraba al paso.

Entónces era jóven, independiente, entusiasta, y me acercaba á las mujeres, no sé
si con la intencion de estudiarlas, pero sí muy dispuesto á dejarme prender en sus
redes. ¡Aquellas lecciones me costaron caras! Los tiempos han cambiado; cuando las
canas empezaron á enfriar mi cabeza, cuando ya me vi jefe de una familia, todo mi


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sér se regeneró, y mirando á las mujeres con los ojos de la razon,—mejor consejera
y más exacta apreciadora de lo bueno que las pasiones,—tuve que confesar que en
el torbellino de la juventud va uno á precipitarse en el torrente, donde lo envuelven
las aguas desbordadas, y huye del tranquilo lago, que ofrece reposo para el cuerpo y
limpieza para el alma.

Reconocida la importancia de la mujer, creo que el Editor de esta publicacion concibió
felicísima idea al querer reunir en un libro las mujeres de países tan afines por
sus usos y costumbres. Dícese generalmente que no son los hombres los pintores más
favorables para retratar á las mujeres; pero se equivocan los que tal piensan, pues
si ellas mismas se retrataran, no habría una palabra de verdad en esta obra; ¡tanto
es su afan de desfigurarse, que áun los que mejor las conocen á una hora del dia,
las ven completamente cambiadas en otra! Bien supo el Editor lo que hizo, y ahí
están los artículos de cada Provincia de España, que revelan los favores que nunca
escasea el hombre á esa bella mitad del género humano, que si alguna vez nos
maltrata con sus desdenes, en cambio casi siempre nos embellece la existencia con
sus seductores encantos. La mujer, como dijo en verso el gran poeta Breton de los
Herréros, nos amamanta cuando somos niños, nos adora cuando jóvenes, y nos sufre
cuando llegamos á viejos.

Una pregunta salta á la imaginacion del lector, despues de haber recorrido los
diferentes trabajos relativos á las mujeres de todas las Provincias de España.—¿Cuál
mujer es mejor?—Las donosas plumas que se encargaron de los retratos han copiado
casi siempre á sus paisanas, y por amor local, procuraron presentarlas con los tintes
más bellos, con los rasgos más delicados, con los relieves más convenientes á su
retrato físico y moral. Yo, á mi vez, confieso que procuraré ser imparcial, haciéndome
eco de la opinion de los justos apreciadores del mérito de las cubanas.

II

¡Cuántas veces en mis sueños literarios me asaltó la idea de escribir un poema
sobre el descubrimiento de la América! Y siempre la pluma se desprendió de mis
dedos, comprendiendo que era trabajo superior á mis fuerzas levantar el espíritu á las
regiones de la inspiracion para cantar dignamente la más atrevida de las empresas,
coronada por la gloria do más esplendor que registra la historia de las aventuras.

Los que no han visto el mar sin fondo, sin orillas, los que al elevar los ojos
no han contemplado cubierta su cabeza con el inmenso fanal del cielo, los que no
conozcan el poder y la veleidad de esas aguas que desafía el atrevimiento de los
hombres, no apreciarán el valor del genio que, sin derrotero, sin cronómetro, en embarcaciones
sin defensa contra el furor de las olas, se lanzó por mares desconocidos
en busca de playas soñadas por la fantasía; que no otro sería el pensamiento de la


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chusma que en 1492 dejó el puerto de los Palos para realizar la quimera del nauta
genoves. ¡Gran quimera!

¡Lucha gigante la de Colon! ¡Peregrinar por la tierra, pordioseando el favor de las
naciones para regalarles un mundo! Génova, Italia y Portugal cerraron los oídos á
sus palabras y volvieron la espalda al soñador, despreciando la voz de la verdad.
Colon, voluntad de hierro, con la fortaleza de la conviccion, puso el pié en España y
llegó á los piés del trono, tendiendo á los Reyes Católicos la mano que poseía la llave
de un mundo; pero los cortesanos se rieron del aventurero, señalando con el dedo á la
frente para determinar la demencia. ¡Loco! ¡Siempre loco el que resuelve algun gran
problema! El arrojado navegante ahogó el grito de la indignacion, y acariciando su
idea, insistió un dia y otro dia. Un rayo de luz hirió la frente de una mujer sublime
que, sobreponiéndose á las preocupaciones de su siglo, inspirada por la grandeza do su
alma, tendió el brazo para levantar de la postracion al genio humillado por la ignorancia
de la corte, al genio combatido en Salamanca por los sabios, que no creyeron
verosímil la verdad porque no era palpable. Aquella mujer, en vista de que el tesoro
real estaba agotado por la guerra, poseída de inspiracion divina, en un arranque de
patriótico entusiasmo, pronunció estas magníficas palabras, que la Historia grabó en
letras de oro:—«Yo entro en la empresa por mi corona de Castilla, y empeñaré mis
joyas para levantar los fondos necesarios».—Aquel dinero lanzó á la mar las carabelas,
é hizo inmortal el nombre de Isabel la Católica, patrona del descubrimiento del
Nuevo Mundo.

El demente Cristóbal Colon, convertido en Almirante, tripuló sus naves de aventureros
de esforzados corazones,—que esforzados debían ser para ir en busca de lo
desconocido, sin más probabilidades que la esperanza fundada en la promesa de un
loco,—y al verle salir del puerto de Palos de Almoguer, el pueblo le despedía, parafraseando
estos dos versos de un poeta contemporáneo1:

«Si la tierra no hallais, loco profundo;
Si hallais la tierra, redentor de un mundo.»

En una obra consagrada exclusivamente á las mujeres no debe olvidarse el nombre
de dos damas que directamente contribuyeron al resultado de tamaña empresa; y aquí
se ve cómo siempre la mujer influye en las obras que el hombre realiza, porque es
innegable que todo lo grande, todo lo bello, todo lo útil, lleva en sí ó la iniciativa ó
el impulso de la mujer. Al llegar Colon á Córdoba, se apasionó violentamente de
Beatriz Enriquez, y esta pasion le detuvo en España, endulzándole sus tristes horas
de vanas esperanzas y de amargos desengaños; sin Beatriz Enríquez, desesperado
Colon, hubiera seguido peregrinando por la tierra, en pos del mundo que guardaba


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en la cabeza. Otra mujer, Isabel la Católica, llevó la civilizacion á un país salvaje,
poniendo en la mano de Colon el estandarte real, con una cruz verde por blason y
las letras F é I, iniciales de los Monarcas de Castilla.

El dia 12 de Octubre de 1492 pisaron los españoles la primera isla, que se denominó
de San Salvador, llamada Guanahauy por sus habitantes, hoy una de las Lucayas
ó Bahamas; y la tripulacion de las carabelas lanzó al aire sus gritos de alegría en
la explosion de la sorpresa y del entusiasmo. El mismo Almirante nos pinta en su
Diario el efecto que le causó aquella tierra de privilegio, cargada de frutos, aquella
naturaleza vírgen, aquel panorama deleitoso, aquellos indígenas casi desnudos, con
piel cobriza, con cabellos largos, lacios y negros, flotando sobre la espalda, ó hechos
trenzas y enredados en la cabeza, sin barbas, de hermosa talla, con rostros que anunciaban
docilidad y timidez.

Salieron exploradores por aquellas islas para buscar el oro, y los naturales que les
acompañaban señalaron á Cuba, que dudó entónces Colon si sería una grande isla ó
parte del continente, y púsole por nombre Juana, en honor del primogénito de los
Reyes Católicos. Juana, ó sea Cuba, llamada Perla de las Antillas por cuantos la
han codiciado, es hoy objeto de mi estudio, y para empezar el cuadro, siento mis
reales en la ciudad de San Cristóbal de la Habana; no en la que fundó Diego Velázquez
el 25 de Julio de 1515, sino en la que hoy se levanta en la banda del Norte,
una de las más importantes y civilizadas capitales del Nuevo Mundo.

III

Para pintar las mujeres de Cuba, me ocurre buscar aquellas hermosas indias de
tez cobriza que encontró Colon al pisar la tierra antillana. ¿En dónde está el tipo?
Recorro la isla desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio, y no tropiezo
con una cara femenina cuyo ángulo facial me descubra el sello de las nativas del
siglo xv, pues si bien en el Caney (junto á Santiago de Cuba), y áun en Bayamo,
hay familias que pretenden ser ramas de aquel tronco, la evidencia ha demostrado
ser falsa su aseveracion. ¿Cómo ha desaparecido la raza? ¿No ha podido perpetuarse?
—Las indias desaparecieron por absorcion. La mezcla de las razas verificó el
cambio; así como un grano de añil va perdiendo su color á medida que se le disuelve
en diferentes aguas, la india, en su confusion con los pobladores blancos, y despues
las descendencias naturales de éstos en su union con las africanas, borraron hasta la
huella del tipo, llevándose de paso los usos y costumbres salvajes, que naturalmente
había de atropellar la planta de la civilizacion. Así hoy se encuentra allí mucho de
Europa, arreglado á las necesidades de la localidad, pero en esencia europeo; que la
semilla, aunque tome las condiciones de la tierra que la fecunda, da siempre el fruto
que esconde en su seno.


7

¿Qué representa, pues, la cubana de hoy? ¿De dónde vienen las damas que brillan
en los salones de la Habana, de Puerto-Príncipe y de Santiago de Cuba, capitales de
los departamentos Occidental, Central y Oriental, en que se divide la Isla? ¿De dónde
vienen las mujeres que habitan en los pueblos, sin determinar rasgos característicos
que las diferencien de las europeas? ¿De dónde vienen las guajiras (campesinas) que
se dedican al cuidado de sus hijos en las estancias1 y potreros2, ó que tuercen toscamente
el tabaco en las vegas3?—La contestacion es fácil; esas mujeres nada tienen
de comun con las indígenas que civilizó Colon; esas mujeres son cubanas, criollas, en
la verdadera acepcion de la palabra, pues bien claramente nos dice el Diccionario que
criollo es «el hijo de padres europeos nacido en América».—Allí se da el dictado vulgar
de rellollo al hijo de dos criollos.—Las cubanas son españolas con el sello de la
tierra en que nacen; y esta razon me obliga á manifestar mi sorpresa por la tenacidad
con que en España se demuestra marcado interes en presentar á las cubanas como
mujeres diferentes de las españolas, cuya sangre guardan en las venas.

El excesivo calor de los trópicos relaja las extremidades de las fibras y debilita
el espíritu; pero esto, que es orígen de la enervacion de las fuerzas en el cuerpo
humano, produce bajo la ardiente zona idéntico ó mayor efecto en los europeos que
en los criollos, acostumbrados éstos desde que nacen á sufrir los rigores del clima;
lo que los historiadores llaman indolencia, tan exagerada por los maldicientes—que
las más veces hablan de oídas—y tan usada por noveladores y autores dramáticos
que buscan electos creando tipos raros; esa indolencia, repito, que quiere presentarse
como innata en los criollos, está desmentida por la actividad que demuestran cuando
se enciende su sangre y sacuden la pereza; prueba reciente es la guerra que sostienen
hoy los separatistas con los peninsulares, en que se acusará á aquéllos de malos
hijos de España, pero no de indolentes, puesto que buscan su soñada independencia
(más funesta para ellos mismos que para la madre patria) en un movimiento incesante
y con grandes fatigas. Y aunque fuera verdad que la calma aparente perjudicara al
tipo del hombre de las Antillas, como no es hoy mi mision tratar de ellos, paso de
largo, para probar que esa llamada indolencia es quizas el rasgo más brillante de
las criollas.

Si tuviese la fortuna de que todos mis lectores hubiesen puesto el pié en aquellas
lejanas playas, no necesitaría esforzarme para enaltecer á las cubanas, porque estoy
seguro de que cada cual guardaría para ellas un recuerdo de admiracion y una deuda
de gratitud, no faltando algunos que llevaran en el corazon una de esas heridas que
no se cierran con la accion del tiempo, ni se cicatrizan con la inmensidad de agua
que el Océano pone por medio para producir la benéfica curacion que sólo el olvido


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ofrece á las almas impresionables. Pues qué, mujeres que se columpian como las poéticas
palmeras, que doblan la cintura como las cañas á la accion de la suave brisa,
que llevan el fuego del sol en el corazon, en el rostro la brillante palidez de la luna,
y en los ojos el resplandor de las estrellas, ¿pueden verse sin abrir el alma á grandes
impresiones?

Para conocer á la cubana hay que ir á estudiarla en la Antilla; léjos de su suelo,
es como el pez que sacan del agua, que no se mueve con la gracia y soltura que
en su liquido elemento; allí hay que seguirla en todos los actos de su vida: verla
caer sobre los mullidos cojines del quitrin, colocándose en ellos como el nautilo en
su concha; verla brindar à los que llaman á su puerta con una hospitalidad que en
la vieja y egoista Europa se cree inverosímil; verla montar á caballo y correr por los
campos con la alegría de la mariposa en los jardines; verla columpiarse en la danza,
sin dar saltos ni hacer movimientos de grandes violencias; verla, en resúmen, ser el
ángel del consuelo, pues se la encuentra siempre donde hay que enjugar una lágrima,
donde hay que llevar un consuelo al que sufre ó un socorro al menesteroso. Dicen
sus detractores que las habaneras no saben andar; es verdad que no pisan con la
firmeza y la gracia de las andaluzas, pero esto es simplemente falta de costumbre,
pues desde niñas recorren siempre en carruajes las ciudades y los campos; pero en
cambio, en los salones se apoyan en el brazo del hombre con una inclinacion del
cuerpo tan caprichosa y tan indolente, que parecen lirios que so doblan sobre sus
lozanos tallos, amenazando troncharse al menor soplo del viento.—Esa es la verdadera
acepcion de su indolencia.

La cubana es diferente, segun la parte de la Isla de donde procede, como se nota
en las Provincias de España, pues, por regla general, la asturiana es más fornida que
la valenciana, la madrileña más baja que la vizcaína, y la andaluza más graciosa que
la gallega. En los departamentos Oriental y Occidental, las mujeres son de mediana
estatura, de pocas carnes, lánguidas y de imaginacion viva y ardiente; amantes hasta
el delirio, la pasion erótica exalta la vehemencia de sus pasiones, y van adonde el
corazon las lleva; por eso es fácil impresionarlas y prenderlas en las redes del amor.
Son consecuentes hasta la exageracion, siendo más de elogiar el triunfo de su virtud,
porque dotadas de alma de fuego y de exquisita sensibilidad, con su conducta ejemplar
desmienten este terrible aforismo que Balzac se permitió deslizar en su magnífico
libro Fisiología del matrimonio: «La virtud de las mujeres es acaso una cuestion
de temperamento». Y aunque el filósofo frances pretendiera desvirtuar el efecto de su
pensamiento con el adverbio acaso, nada se ha escrito más amargo ni más duro
contra la virtud tan combatida de las pobres mujeres. Sentir y contener los impulsos
del sentimiento: eso es la virtud; no sentir, no haber combate, no es triunfar. La
pluma de Balzac se enredó en las redes de su escepticismo. La virtud es la aureola
que ciñe las sienes del héroe, del mártir del corazon; felizmente, Cuba no es la tierra
desmoralizada donde se señalan los desórdenes por el número mayor de sus mujeres;


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allí, como en todas partes, hay faltas que cubrir, pero son excepciones; y esto es
consolador en la estadística de los pueblos.

La cubana, por más que digan sus detractores, es cuidadosa madre de familia y
excelente ama de gobierno, que atiende á su hogar y á sus hijos. En un país donde
se vive con esplendidez, consecuencia natural de la riqueza del suelo, donde la servidumbre
es uno de los aparatos del lujo, no es extraño que al retratar á la cubana
se la presente como Cisnéros en la magnífica lámina que acompaña á esta monografía:
sentada muellemente en un mecedor, con el abanico en la mano; pero ahí está, formando
contraste, el tipo del pintor Ferran, que la pone en movimiento, haciendo un
tejido de crochet: una lámina es correctivo de la otra. En España no se comprende
á la cubana sino con el abanico, cuando no se lleva la exageracion hasta el ridículo,
colocando al lado de la dama á una negra, cuya única ocupacion durante el dia es
echar fresco á la niña, segun llaman los etiopes á sus amas, sea cualquiera la edad
de éstas. En Cuba, lo mismo que en España, lo mismo que en todas partes, las señoras
que tienen á su servicio personas que desempeñen los quehaceres domésticos, los
confían á su cuidado, sin que por eso abandonen la vigilancia que les corresponde;
el que otra cosa diga por hacerse eco de la maledicencia, calumnia á las cubanas.
He conocido el interior de muchas casas principales de la Habana, y las amas, á
pesar de sus fabulosas riquezas, á pesar de tener una criada de mano destinada al
servicio de cada persona de la familia, se levantan temprano para velar por la limpieza
del mueblaje, hacen ellas mismas el café, lavan á sus hijos, y entran en la
despensa y en la cocina para tomar la cuenta al negro cocinero y entregarle las
provisiones del dia.

En el departamento Central, las mujeres exigen pintura diferente, no porque se
aparten de sus paisanas, en cuanto á su fisonomía moral, que la rigidez de principios
las hace iguales, sino porque á ello me obliga la descomposicion del cuadro, alterado
por un arrebato de locura, que sembró en aquel pedazo de tierra luto, desolacion y
ruinas. Las hijas del Camagüey son de belleza sorprendente; especie de matronas de
magníficas formas, parece que en América se propusieron eclipsar el renombre de la
Circasia; son mujeres que tienen pistolas por ojos (segun la feliz expresion de un
Gobernador general de la Isla que visitó la ciudad de Puerto-Príncipe). Las hijas del
Camagüey, con la fascinadora influencia de su hermosura, lloran hoy las consecuencias
de un terrible extravío de la razon; dominadas por la calentura de una pasion
política, obedeciendo á la exaltacion del espíritu belicoso que abrasaba sus almas,
se levantaron como un solo cuerpo al grito de la guerra para lanzarse á los campos,
encendiendo en los hombres el ardor producido por su fanatismo patriótico; como las
antiguas espartanas, llevaron al combate á sus maridos y á sus hijos.

¡Oh! Bien deplorarán ahora su error, pues despues de haber perdido la salud, la
tranquilidad y el bienestar, al volver á sus hogares, encontraron sólo lágrimas y miseria,
resultado natural del abandono y de la guerra que encendieron en su propia casa.


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¡Pobre tierra generosa donde tan noble hospitalidad gozaba el huésped! ¡Aquel suelo
de la abundancia y de las riquezas, que se prodigaban con generosa mano, hoy vive
de la caridad, mendigando el pan del menesteroso!

La influencia de la mujer es poderosa y nunca se contenta con poco. La imaginacion
de la camagüeyana es un torrente, y el torrente lo arrastró todo. Admiremos
su heroísmo, lamentando sus errores. La mujer no debe ser instrumento del dolor.
La mujer nace para amar y no para combatir en el campo; su influjo ha de llegar
al corazon del hombre, pero no ha de servir para trastornar su cabeza; la mujer debe
ser siempre mujer y no aspirar á que la admiren por sus rasgos varoniles, sino á que
la adoren por sus encantos femeninos. Los rayos brillantes del genio la enaltecen; los
rayos destructores de la pólvora la hacen perder el mérito de su sexo. Sea cualquiera
el resultado de su heroísmo, el fundamento de la gloria que inspire sus actos, no
quiero verla con el arma de la guerra, ni ménos con el puñal del asesino en las
manos. Me postro á los piés de Santa Teresa y de Safo, pero vuelvo la espalda para
no ver á Carlota Corday y á Juana de Arco.

IV

El sol de los trópicos, que cae á plomo sobre la frente de los hijos de Cuba,
caldea la imaginacion, y ésta se muestra inflamada por medio de vívidos destellos,
rayos de luz del genio; alli donde todo es poesía, donde todo es amor, donde el
cielo se viste con los colores más brillantes para despedir al sol en Occidente, allí
donde las palmas se ostentan gallardas entre la vegetacion más variada y más exuberante,
allí donde los árboles nunca se desnudan de sus hojas, allí donde pájaros
de pintadas plumas entonan melodiosos trinos, allí donde la luna disputa al astro
del dia la claridad de su luz, allí donde la mujer imprime á su paso languidez
voluptuosa, la musa del poeta debía herir las sienes para arrancar sones acordes de
la lira misteriosa, lira de cuerdas invisibles, que se llama la inspiracion; allí todo
canta: en la ciudad, la juventud para dar desahogo al fuego de su alma; en los
pueblos, el guajiro al són de su tiple1 para encantar á su amada; en los campos,
el esclavo para acallar el ruido de su cadena; en la enramada canta el ave; en el
corazon canta el amor.

Allí donde brotaron Heredia, Milanés, Zequeira, Plácido y tantos genios privilegiados
que dejaron nombres que no morirán, debía tener la mujer su puesto preferente,
y la Naturaleza fué pródiga, reuniendo en una cabeza el talento que hubiera podido
repartir en muchas; y á fin de que Cuba se enseñoreara por España, vanagloriándose


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de haber producido un ingenio sin rival, el Camagüey, el paraíso de las mujeres
americanas, envió á la madre patria en 1836 el nombre de La Peregrina, cuyos
primeros cantos consiguieron fijar la atencion en los diarios de Sevilla, donde por
primera vez apareció. Y rasgado por la curiosidad el velo del anónimo, Madrid, cerebro
de España, llamó á su centro á Gertrúdis Gómez de Avellaneda, que no tardó en
dar mayores muestras del peregrino ingenio que poseía.

Gertrúdis Gómez de Avellaneda, al morir en 1873, dejó un nombre esclarecido,
gloria de Cuba que hubiera envidiado España si Cuba no hubiera sido suya. Al hablar
de las mujeres de la isla de Cuba, no es posible pasar de largo sin detenerse ante
la ilustre escritora, que al concluir su peregrinacion nos legó la corona que un pueblo
entero, el pueblo de la Habana, ciñó á sus sienes en la noche del 27 de Enero
de 1860, honra que en vida sólo alcanzó en España el insigne Quintana; nunca se
premió el talento con mayor espontaneidad; nunca se le glorificó con más justicia ni
con mayor entusiasmo.

¿Quién era Gertrúdis Gómez de Avellaneda?—Era el eminente poeta, á quien un
célebre escritor frances, Mr. Darien, llamó la Melpómene castellana. Era el privilegiado
ingenio, segun D. Juan Nicasio Gallego, «á quien nadie podía negar la primacía
sobre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira castellana, así en éste como
en los pasados siglos». Era la escritora laureada que debió tantos elogios al académico
frances Mr. Joly, que tradujo algunas escenas del Baltasar. Era la que mereció de
otra dama de pluma de oro, Carolina Coronado, la siguiente pintura: «España no ha
tenido nunca una poetisa de tanta energía, de tan sublime genio, de tanta elevacion
y grandeza. Yo, al ménos, no la conozco, por más que miro al traves de los siglos».
Era la célebre contemporánea, á quien la gran autoridad de Mr. Villemain, en su
Introduccion de las Obras de Píndaro, llamó la heredera de la lira de Fray Luis
de Leon.
Era la mujer de genio sobrenatural, á quien, viva todavía, un hombre de
letras esclarecido, D. Nicomédes Pastor Díaz, escribió para su lápida el siguiente
epitafio: «Fué uno de los más ilustres poetas de su nacion y de su siglo; fué la
más grande entre las poetisas de todos los tiempos». Era, en una palabra, la autora
de los dramas Saul, Baltasar y Catilina, de las novelas Sab y Dos mujeres, y de
la comedia La hija de las flores.

Gertrúdis Gómez de Avellaneda, ó Tula, segun la llamaban sus amigos particulares,
y con ellos, su amigo más íntimo, el público, pasará á la posteridad en alas
de la fama; ahí queda el monumento que levantó á las letras y á su nombre en los
cinco tomos de sus Obras literarias que acababa de imprimir cuando la sorprendió
la muerte. ¿Quién puede negarle tan envidiable derecho? Sobre su talento nunca hubo
divergencia de opiniones; nadie osó negar la luz del sol; no faltó quien le quitara la
cualidad de poetisa por encontrar demasiado varoniles sus cantos, que con efecto
rebosaban energía, sin que por eso se pueda en absoluto arrebatarle el sentimiento
delicado que se desprende de algunas de sus poesías líricas. Tula no se inspiraba


12

con las brisas de la primavera, ni con la esencia de las flores, ni con la ternura
del erotismo, ni con los gorjeos del sinsonte, ni con los acordes del rabel bucólico;
Tula se inspiraba con los vientos huracanados, con las llamas del incendio, con las
sombras de la muerte, con el rugido del leon, con las grandes pasiones que necesitaba
inflamar en los personajes que presentaba en la escena, con los movimientos
violentísimos del corazon, con las exaltaciones del ánimo que le hicieron poner en
boca de Munio Alfonso, al terminar el tercer acto de su drama, esto verso:

«¡Horrible tempestad, desata un rayo!»

Invocacion enérgica, arranque de una fibra camagüeyana, que hizo exclamar en la
luneta á uno de nuestros primeros escritores esta frase que se ha conservado como
un retrato de la autora: «¡Es mucho hombre esta mujer!»

El carácter particular de la Avellaneda, su espíritu romancesco, su talento privilegiado,
ofrecen en lo porvenir una figura de relieve para heroína de novelas y de
dramas; el porvenir la apreciará mejor que nosotros. ¡La escritora laureada ya no
existe! ¡Gloria á Cuba, que se enorgullecerá siempre de haber sido cuna de tan
gigante ingenio! ¡Yo la vi morir! Yo la acompañé el 2 de Febrero de 1873 desde la
calle de Ferraz al cementerio de la Sacramental de San Martin; y un momento ántes
de esconder en la tierra su cadáver, contemplé aquellos ojos inmóviles, aquellos labios
contraídos por la implacable muerte; por su ancha frente que revelaba el quid divinum
que allí se había aposentado, me pareció ver que vagaba el genio de la poesía,
murmurando estos versos que ella escribió á Heredia, el gran cantor del Niágara:

«No más, no más lamente
Destino tal nuestra ternura ciega,
Ni la importuna queja al cielo suba...
¡Murió!... Á la tierra su despojo entrega,
Su espíritu al Señor, su gloria á Cuba;
¡Que el genio, como el sol, llega á su ocaso,
Dejando un rastro fúlgido su paso!»

Despues de la Avellaneda, Cuba se envanece con los nombres de otras mujeres de
elevadísimo ingenio, de soberbia pluma, honra de su suelo. ¿Quién no conoce á la
ilustre habanera, á la condesa de Merlin, que en Francia, donde residió muchos años
y donde falleció, dió á la estampa libros tan selectos como Sor Ines y Mis doce
primeros años?
¿Quién no conoce hoy en América á la inspirada poetisa de Santiago
de Cuba, dama de superior belleza, que hiere las cuerdas de su armoniosa lira con
el vigor que presta la exaltacion del alma y el estro inflamado? Luisa Pérez la dulcísima
cantora de Ossian, la que al dejar la playa de su ciudad natal, al trasladarse


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á la Habana, donde la esperaba para unir á ella su suerte el sabio catedrático, el
poeta, el hombre de ciencia, D. Ramon Zambrana, terminó una bellisima poesía de
despedida con esta estrofa:

«¡Oh, Cuba! Si en mi pecho se apagara
Tan sagrada ternura y olvidara
Esta historia de amor,
Hasta el dón de sentir me negaría...
Pues quien no ama á la patria, ¡oh, Cuba mia!
No tiene corazon.»

Otras escritoras distinguidas sobresalen en Cuba; ahí están los versos de la hermana
de Luisa, de la tierna Julia Pérez y Móntes de Oca, arrebatada á la vida en la
flor de sus años; ahí está María de Santa Cruz, con sus delicados y sentidos cantos,
emanaciones del amor á la familia y al hogar, que tienen un trono en su corazon;
ahí están Mercédes Valdes Mendoza, con sus bellas inspiraciones, Matilde Troncoso,
que ha hecho justamente popular el nombre adoptivo de Raquel, y tambien Úrsula
Céspedes de Escanaverino, de levantado espíritu y de correccion admirable.

Al cerrar la galería de las mujeres que en la isla de Cuba conquistaron renombre
en el cultivo de las bellas letras, no puedo ménos que citar á Virginia Auber, que
desde los primeros albores de la vida demostró amor á la tierra que pisó niña todavía;
amor de que tantas pruebas dió en sus excelentes escritos en el espacio de muchos
años que fué constante colaboradora del Diario de la Marina y de la Gaceta de la
Habana
; así, bien puede concedérsele carta de naturaleza. Todas las damas de Cuba
son amigas de la popularísima folletinista que bajo el seudónimo de Felicia, áun desde
Madrid, donde ahora reside, continúa en comunicacion con aquéllas, enviándoles todos
los correos, por conducto del Diario, una expresion de afecto y un recuerdo.

V

El viajero que pone el pié en el muelle de la Habana se sorprende del animadísimo
cuadro que presenta la carga y descarga de cien buques, movimiento que retrata
al natural la existencia de los seres que llenan la gran ciudad que está detras; cualquiera
cree que el muelle determina que el espíritu de especulacion es el único móvil
de aquella tierra, y cruza por las calles dominado por cierto sentimiento en que se
retrata el egoista positivismo; pero no tarda en abrir el corazon á la simpatía de los
afectos al ver en todas partes manos tendidas que salen á recibirle con agasajo,
ofreciéndole la más generosa de las hospitalidades. En Cuba hay siempre en todas
las casas una cama, un asiento á la mesa, y cuando ménos, una taza de café para
recibir al huésped, ó al desconocido que llega en demanda de abrigo contra la lluvia,


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ó de reposo para el cuerpo rendido por la fatiga de una larga jornada. El arca no
tiene allí, como en Europa, candados y cerrojos que se niegan á franquear la tapa,
ni para atender á las necesidades del prójimo, ni para socorrer al menesteroso; véanse
las listas de suscriciones que se publican en los diarios, donde sube á cantidades fabulosas
la cuestacion para el auxilio del pobre. La santa caridad se ejerce como Dios
manda, y no hay persona que, imitando á San Martin, no se halle dispuesta á dividir
su traje (ya que allí la capa sea desconocida) para cubrir las carnes del indigente.
En Cuba era un mito la miseria en los tiempos de su prosperidad, arrebatada hoy por
la funesta guerra civil.

La vida en Cuba puede decirse que es transparente, por la especial construccion
de las casas, donde el paso á la brisa, primera necesidad de la existencia que tienen
muy en cuenta los arquitectos, hace que desde las ventanas que dan á la calle se
registre el último cuarto, por estar las habitaciones seguidas; y así, por las tardes,
al pasear por las aceras, se ve á las damas sentadas en hilera, columpiándose en
muelles mecedores con asientos de rejilla de paja, sin interrumpir la conversacion.
Muchas casas se van levantando de dos pisos, y las de uno presentan ya cerrado el
paso de la puerta principal á la sala por el zaguan, aunque todavía quedan algunas
de la antigua construccion, en que de la calle se penetra en la sala, donde á un lado
luce, como mueble principal, el quitrin ó la victoria, teniendo por tanto que pasar
el caballo por entre las visitas. El carruaje en la Habana es de primera necesidad,
pues como las señoras nunca salen á pié, dicen que el vehículo es su calzado indispensable;
así, hay familias en que cada individuo posee el suyo; sólo en los dias de
Juéves y Viérnes Santo se encuentra á las habaneras por las calles, que van á los
Oficios y despues á la Retreta á la plaza de Armas, donde ostentan sus esbeltos talles.
Los domingos, cuando van á misa, el paje, con librea galoneada, ó el negro calesero,
con tremendas botas y metiendo ruido con grandes espuelas de plata, entran en la
iglesia para tender la alfombra en que han de arrodillarse sus amas.

El traje de las damas cubanas es ménos costoso que en España, pues visten pocas
veces de seda y no se conoce el terciopelo, á causa del excesivo calor; así lucen sus
delicadas formas, envueltas en telas de vaporosas gasas ó de nípis, adornadas con
cintas y flores, para visitas ó bailes, y con ligeros trajes de olan para casa; la Glorieta
de los cercanos pueblos de Marianao y de Puentes-Grandes, en los bailes de
temporada
, presenta la perspectiva de un jardin, donde al compas de la música
sabrosa (como allí se dice), característica del país, revolotean las leves mariposas;
los hombres llevan traje blanco de dril y sombrero de jipijapa, y bailan sin descanso,
sudando copiosamente, sin que lo elevado de la temperatura les detenga en el ejercicio
de la danza, pasion que en las Antillas raya en delirio.

En Santiago de Cuba, las señoras van á misa á pié, y visten más á la europea,
pues las costumbres son más españolas que en el departamento Occidental. Hay allí
todos los años, en Julio, con motivo de las fiestas de Santiago y Santa Ana, tres


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dias de locura general en que las casas no cierran sus puertas para recibir á los
jóvenes que se disfrazan y llegan con músicas; en estos dias de fiesta popular, que
llaman Los Mamarrachos, se dan magníficos bailes en el Casino y en la sociedad
La Filarmonía.

La vida de las damas en Cuba no presenta relieve marcado que las diferencie de
las españolas, cuyos usos y costumbres siguen; educadas las niñas con gran esmero,
pues los padres cultivan sus disposiciones, les hacen aprender diferentes ramos de
los que constituyen la buena enseñanza del sexo femenino, á semejanza de lo que
se practica en los países más adelantados; casi todas las señoritas cubanas poseen
excelente carácter de letra y brillan en la sociedad por sus conocimientos en la aritmética,
en la gramática, en lenguas vivas, en geografía, en las labores de su sexo, y
muy superiormente en la música, que cultivan con entusiasmo, brillando en primera
línea, no sólo aficionadas como las que en el Liceo de la Habana y en la antigua
Sociedad de Santa Cecilia dieron pruebas de sus naturales facultades en el piano y
en el canto, sino artistas como la matancera Úrsula Deville de Miró y Jesusa Martínez,
llamada El Sinsonte cubano, que interpretaron, entre ruidosos aplausos, óperas
de Bellini y Donizetti. Hay en Cuba muchos colegios y escuelas tan bien montados
como los mejores de Europa, y profesores acreditados que llevan á domicilio su vasta
instruccion, no escaseando las familias sacrificio pecuniario en pro de tan buena causa.

En los pueblos del interior, como sucede en todos los países, la educacion pierde
en importancia, y la estadística arroja datos lastimosos; en los campos es completo el
estado de la ignorancia, pues las guajiras apénias saben leer, y las llamadas montunas,
que se encuentran retiradas en las lomas del Cuzco, ó en otros puntos más
apartados de los centros de poblacion, no sólo no conocen la Cartilla, sino que viven
en completa ignorancia de nuestra Religion y de los más fundamentales principios de
la moral social.

Destinadas las negras á los rudos trabajos del campo, las guajiras cuidan de sus
casas de embarrado1, techadas de guano2, sin más suelo que la tierra removida:
y en esos cajones viven confundidos los padres, los hijos, los parientes, los perros,
los cerdos y las gallinas; por lo cual no debe extrañarse que viéndome, en un viaje,
obligado á pernoctar en un bohío, accediendo á los repetidos ofrecimientos de una
buena gente, aceptara un catre, en un rincon de la sala; y el padre, por el bien
parecer, tendió una sábana, á manera de telon ó pantalla, para quitarme la vista
de las otras camas. Esto dará idea de la triste condicion de aquellos pobres seres,
que nunca llegan á comprender las ventajas de la separacion en el trato intimo de
la familia, y que no ambicionan más que un palmo de tierra para el descanso del


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cuerpo; cultivan su estancia, se alimentan con puerco asado y plátanos, y beben
café, que hierve siempre en el fogon para tomarlo á pasto ó para brindarlo á los que
llegan á su puerta.

Las guajiras visten diariamente de percal, y en las fiestas, de gasa; se prenden con
mal gusto, pero se cargan de flores para ir á la bodega (tienda de comestibles), salon
destinado generalmente á la dancita ó el zapateo; los timbales atronadores, con sus
compases de repiqueteo, animan la fiesta y ponen en agitado movimiento á las personas
más tranquilas, pues es indudable que con aquellos acordes los piés bailan solos.

El lujo del guajiro, gran jinete, es su caballo; gasta arreos de plata y albarda1;
para ir de rumbantela (diversion), guarda el sombrero de yarey2 y el traje diario
de coleta3, y se viste de gala; con la camisa bordada, que lleva siempre por encima
del pantalon, con su rico pañuelo de seda á la cintura, sosteniendo el gran machete
que luce puño, abrazaderas y contera de plata, y con su sombrero de Panamá, pasa
por delante de la casa de su novia, que le espera á la ventana, muy emperejilada,
y despues de hacer caracolear á la jaca, le mete las espuelas para lanzarla sobre
la reja, diciendo: «¡Cómetela, caballo!» frase muy de buen gusto, y sobre todo de
sorprendente efecto para encender el amor en el pecho de la Dulcinea campesina, que
paga con una sonrisa tan repetido requiebro.

La guajira canta con afinacion, acompañada del tiplė, que manejan bien los hombres,
y cuyos acordes suenan dulcemente á los oídos. Generalmente, el metro escogido
para esos cantares del país es la décima; no sospechó el célebre rondeño Espinel que
sus diez versos combinados habían de servir para tipo característico de la música
campesina de Cuba; recuerdo que muchas veces detuve el paso de mi cabalgadura en
alguna guarda-raya4 , ó me escondí entre la manigua5, para gozar con los ecos
de un tiple que tañía el guajiro, á la puerta de un bohío, ó subido en la carreta
que cruzaba por la calzada (carretera), aprovechando el tardo paso de los bueyes
para lanzar al viento sus décimas.

Las décimas sufren de la musa guajira toda clase de atropellos, pues si bien
hay algunas inspiradas por el sentimiento que, como los cantares meridionales de
España, encierran cierto tinte melancólico y verdadera expresion de poesía, las más
dan mezquina idea del mísero estado á que la Erato criolla se ve reducida por el
desbordamiento de los vates; todos los sucesos públicos y privados que se rozan con
la existencia del guajiro, apénas pasan, se encuentran pintados en renglones desiguales,
sujetos á la accion de la rima; y hay que confesar que tienen facilidad asombrosa
para la improvisacion.


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Hubiera querido extenderme para hacer completa la monografía de la mujer de la
isla de Cuba; pero ocho dias que me ha dado el Editor (por no haberla escrito el
literato cuyo nombre apareció en el prospecto de la obra), y el reducido número de
hojas que me señaló, no son ni tiempo ni espacio suficiente para describir una mujer
que, por la importancia del país, por su manera de ser y por sus condiciones especiales,
requeria un libro.

V

¿He sido justo apreciador del mérito de las mujeres de Cuba?—El corazon me
dice que sí; la conciencia tranquila no se rebela contra el corazon. Acaso haya saltado
de mi pluma alguna idea que parezca lisonjera; acaso presente en el cuadro
algun rasgo que parezca exagerado; pero ¿no tiene disculpa el pintor que arranca á
sus pinceles un toque demasiado brillante cuando traslada al lienzo las facciones de
la mujer querida? ¿No he de amar la tierra en que vine al mundo?

Hay todavía otra razon más fuerte que me obliga á ver deslumbrador cuanto pertenece
al suelo de Cuba; prescindiría de mi amor patrio para ser crítico severo, si
mi corazon no pusiera á mis ojos la venda que produce la ceguedad. La mujer, en
sus tres condiciones, ata mi lengua, pues le rindo culto en la trinidad de los afectos
diferentes que inspira. ¡Madre, esposa é hija! Hé ahí los eslabones de la cadena que
con lazos indisolubles une al hombre y á la mujer. Á la sombra de las palmeras
de Cuba, respirando su deleitable brisa, se mecieron las cunas de mi madre, de mi
esposa y de mis hijas. ¡El pasado, el presente y el porvenir! Con mi santa madre
traigo á la memoria los amantes recuerdos de ayer; con mi buena esposa gozo las
delicias inefables de hoy; con mis hijas invado el mañana, ese mañana lleno de
temores, pero tambien de risueñas esperanzas.

TEODORO GUERRERO.






[Figure] AMÉRICA ESPAÑOLA.

[ISLA DE PTO-RICO-Dama de la Capital.]




LA
MUJER DE PUERTO-RICO
POR
D. TEODORO GUERRERO.

I

Islas hermanas se llaman vulgarmente las de Cuba y Puerto-Rico, más que por
su afinidad de clima y de costumbres, sin duda por haber permanecido fieles á la
madre patria, no queriendo seguir la suerte de las antiguas colonias, que fueron mucho
tiempo ricas preseas de la corona de Castilla. Acaso esa fraternidad impulsó al Editor
de esta obra á confiar á mi pluma el ímprobo trabajo de retratar á las mujeres de los
dos países; ímprobo trabajo, sí, porque del paralelo ha de resultar la verdad, que no
siempre favorece al retratado, sobre todo cuando el pincel se determina á no alterar
las líneas de la fisonomía.

Cuando la vida asendereada de los funcionarios públicos me llevó á la isla de
Puerto-Rico, cargaba sobre mis hombros la honrosa toga del Magistrado con que el
Gobierno español premió mis pobres merecimientos y mi lealtad nunca desmentida; y
la severidad que imprime al hombre todo cargo en que hay que administrar justicia
parece que me cierra hoy las hojas de este libro, pues no faltará quien asegure que
la toga sería obstáculo para acercarse á las mujeres á la distancia necesaria, con
objeto de apreciarlas debidamente. Verdad es que las leyes de Indias son exigentísimas
con los que tienen que ser sus guardadores en las Provincias ultramarinas, pues les
prohiben todo trato social, para alejarlos de los compromisos que contrae el hombre
en las relaciones íntimas; pero áun los más estrictos observadores de esa especie de
etiqueta — que parecerá algo tiránica en estos tiempos de toda clase de libertades —
acometerían, sin cargo de conciencia, la empresa de pintar la mujer de la colonia en


20

que fueron dignos intérpretes de la diosa Thémis. ¿Acaso el Juez no aprecia más de
cerca las interioridades de la vida doméstica? ¿Quién mejor que él aprende á sondar
el corazon humano y á conocer sus secretos, puesto que levanta por sus cuatro puntas
el velo del misterio? Hecha esta aclaracion, que puede llamarse salvedad, entraré en
materia.

Con razon, al recorrer nuestras antiguas colonias, encuentran los europeos impropios
los nombres con que los primeros pobladores bautizaron las islas en general y las
ciudades en particular; así dicen, que «ni Puerto-Rico es rico, ni Puerto-Príncipe es
puerto, ni Santo Domingo es santo». La historia de Santo Domingo, desde la traicion
de Toussaint-Louverture hasta la anexion á España, no necesita que el cronista haga
grandes esfuerzos para borrar la especie de canonizacion con que, por su nombre, la
distinguieron los españoles; su santidad no es ya problemática. La ciudad de Puerto-Príncipe
està levantada muchas leguas tierra adentro, siendo Nuevítas su verdadero
puerto. En cuanto á Puerto-Rico, para demostrar su riqueza, me bastará consignar
que cuando en 1867 puse el pié en aquella isla, llevando el recuerdo inmediato de las
grandezas con que el progreso favorecía á la floreciente Cuba, no encontré un hilo
telegráfico, ni un rail tendido en sus terrenos, ni más vías terrestres de comunicacion
que la carretera de seis leguas, abierta desde la capital al pueblo de Cáguas, y otras
de menor importancia en el interior.

Cuba y Puerto-Rico son dos islas hermanas; hermanas por sus afectos, por sus
costumbres, por la sangre, por el sol que las calienta, por los frutos de sus tierras;
pero viven, aquélla, ahita, como el antiguo mayorazgo; ésta, en la inopia, como el
segundon. El adjetivo rico que se dió á aquella Antilla, segun sus historiadores, fué
á consecuencia de ser su puerto muy bueno y cerrado y seguro de tormentas, no faltando,
sin embargo, algunos1 que aseguren fué «por la mucha riqueza de oro que se
encontró en ella». En la Historia, geográfica, civil y política de la isla de San Juan
Bautista de Puerto-Rico
, escrita por Fray Íñigo Abbad, que apareció por primera vez
en Madrid en el año 1788, nada se dice relativamente á este punto, pues sólo hace
constar que el Almirante Cristóbal Colon, al descubrirla en Noviembre de 1493, de
paso de la Guadalupe para Santo Domingo, le dió el nombre de San Juan Bautista,
y añade despues que quedó olvidada hasta que Ponce de Leon volvió á reconocerla
en 1508; pero en la Biblioteca histórica de Puerto-Rico, publicada en 1854 por
D. Alejandro Tapia, aparece que en 1505 celebró el Rey Católico con Vicente Yáñez
de Pinzon un asiento para ir á poblar la isla de San Juan, nombrándole Capitan
y Corregidor de la misma y Alcaide de la fortaleza que debía construir en ella.
Conviene recordar que este Yáñez de Pinzon fué el que mandaba la carabela Niña
en la expedicion del Almirante Colon al emprender su primer viaje á las Indias, y


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el mismo que en 1500 descubrió el Brasil, habiendo sido el primer europeo que pasó la
línea equinoccial hácia la parte de los mares del Océano occidental.

Al tener que hablar de las mujeres de Puerto-Rico no me parece fuera de lugar
dar una ligera idea de los habitantes de la antigua isla de Borínquen, puesto que los
efectos son siempre consecuencia de las causas. Dice Fra Íñigo Abbad que cuando los
españoles pasaron á aquella isla, estaba tan poblada de gente como una colmena, y tan
hermosa y tan fértil que parecía una huerta; la gobernaban diferentes caciques: Agueynaba
era el principal, á quien estaban sujetos otros muchos, y tenía su residencia en
el punto donde hoy se levanta la ciudad de Aguadilla.

Una idea salta á la vista, poco favorable por cierto á la virtud de las indias, por
la desconfianza que envuelve; los hijos mayores de los caciques heredaban este empleo,
y si morían sin sucesion, no heredaba el hijo mayor del hermano segundo, sino el de
la hermana mayor, porque (dice el historiador) «de éste no dudaban que fuera sobrino
verdadero, como los de otros hermanos». Este pensamiento suspicaz no es nuevo, pues
entre los negros de la costa de África se concede idéntico privilegio, por idénticas
razones, á los hijos de las hermanas; lo cual acredita que la civilizacion es más generosa
ó más ciega en materia de concesiones á las hembras y de reconocimiento de
derechos á los varones.

Todos los hombres y mujeres doncellas andaban enteramente desnudos, aunque
pintorreaban sus cuerpos con dibujos de monstruosidades, valiéndose de aceites, aguas
y resinas viscosas que extraían de los árboles; y en verdad que este procedimiento
bárbaro tenía su disculpa, pues no les impulsaba simplemente la vanidad de aparentar
la belleza de moda en aquellos tiempos; los aceites y las resinas de la pintura
no sólo les preservaban del calor excesivo y de la transpiracion, que en esos climas
enervan las fuerzas, sino que el olor espantaba á las plagas de mosquitos y de otros
insectos que los perseguían. ¿Llevan, por ventura, tan razonable intencion las damas
de la sociedad moderna al embadurnar su rostro y estropear su cútis con los menjurjes
inventados por los especuladores que con la química saben dar á los incautos
gato por liebre? Aquellas pobres indias se contentaban con adornar sus cabezas con
plumas de variados colores, se ponían en las mejillas planchuelas de oro, se colgaban
en las orejas y en las narices caracolillos, conchas, piedras y otros dijes, sin que uinguna
dejara de lucir el retrato de su cemí (deidad).

¡Á qué poca costa vivían halagadas y aparecían presentables las borinqueñas del
siglo XVI! ¡Cómo han cambiado los tiempos! Véanse hoy, en el presupuesto doméstico
de cada familia, las cuentas de la tienda comisionista de Francia en la capital de
Puerto-Rico, La Villa de Paris, y se comprenderá que no haya padre ó esposo que
no eche de ménos aquellos tiempos primitivos en que las doncellas tenían bastante
con una caja de betun y algunas plumas, y las casadas con el aditamento de un
delantalillo que se ceñían por la cintura y sólo les llegaba á media pierna, dejando
lo demas del cuerpo en su natural desnudez, ahorrando así muchas varas de lienzo


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y de ricas galas; galas que, en resúmen, son y han sido, en todas las épocas, el
paraíso de las mujeres, el infierno de las almas y el purgatorio de los maridos.

La mujer en aquellos tiempos era, por decirlo así, una esclava, una cosa; no se
conocen las formalidades que entónces se usaban para dar validez al matrimonio, pero
no se había inventado todavía el registro civil, ni nada parecido á las formalidades de
un contrato, pues los hombres tomaban las mujeres que podían mantener, y las dejaban
cómo y cuando les placía; vivían ellas juntas, en dulce calma, componían el pelo
al esposo cada vez que había de salir de casa, tenían á su cargo todas las obligaciones
domésticas y áun las del cultivo de los campos, y lo que era más halagador para
las mancebas del cacique, cuando éste moría, veíanse obligadas á enterrarse con el
difunto. Bien puede asegurarse que á haberse perpetuado esta ley tan justa, no necesitaría
el registro civil de empleados, porque las mujeres del dia se quedarían, como
dice el vulgo, para vestir santos: ¡que no valen los hombres tamaño sacrificio! Si el
sacrificio fuera mutuo, no dudo ya que las solteras se decidieran, por aquello que
anuncia el refran de que el que algo quiere algo le cuesta.

Hoy las mujeres de Cuba llevan gran ventaja á las de Puerto-Rico por la diferencia
de educacion que reciben en las islas hermanas; en Puerto-Rico es lastimoso el estado
de la educacion, y sobre todo, la de la mujer se ha descuidado tanto, que todavía se
tocaban sus efectos en la época en que conocí la Isla. El mal venía del principio;
Fray Íñigo Abbad, comprendiendo que la falta de instruccion en la juventud era causa
de la ignorancia, pues los más no sabían lo muy preciso de la doctrina cristiana, decía:

«La crianza de los hijos es lastimosa: el amor indiscreto que les manifiestan, la
ninguna educacion que les dan, la mansion continua en los campos, la falta de escuelas,
el ningun oficio á que los destinan, los hace desaplicados, independientes de toda
subordinacion, faltos de instruccion y tan libres que se separan de sus padres luégo
que hallan medios de subsistir.»

En 1765, lamentándose tambien del atraso intelectual de aquella Antilla, decía el
conde de O'Reilly: «Conviene saber que en toda la Isla no hay más de dos escuelas
de niños, y que fuera de Puerto-Rico y San German pocos saben leer». Por fortuna,
la libertad de comercio con los extranjeros difundió algun tanto la ilustracion por el
país, y se dió un gran paso. El Obispado y los conventos de Santo Domingo y San
Francisco se dedicaron á hacer cultivar los estudios de latinidad y filosofía: en 1824
se crearon várias cátedras para la enseñanza de la juventud; en 1831 se fundó el
Seminario Conciliar, y despues la Sociedad Económica de Amigos del País fundó una
escuela primaria de doce niñas pobres; ¡primera vez que se abrió la puerta á la mujer
para instruirla! Triste es todavía, muy triste, el estado de la educacion de la mujer
en Puerto-Rico, y basta fijarse en un cómputo que tengo á la vista, del cual resulta
que en 1864, en una isla de más de seiscientos mil habitantes, había cuarenta y ocho
escuelas públicas y nueve privadas, de niñas, á las que asistían solamente mil noventa
y dos; y aunque algo haya ganado la instruccion en los años transcurridos con la


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proteccion que algunos Gobernadores le han dispensado, debiendo citar con elogio el
colegio de niñas de San Ildefonso, en la capital, se comprenderá que no pueden las
mujeres de la isla de Puerto-Rico citarse como modelos de una educacion que no han
recibido.

No sé si deba atribuirse á esta causa la falta de genios literarios que hayan honrado
la tierra que los vió nacer; Puerto-Rico no ha producido una Gertrúdis Gómez
de Avellaneda, ni una Luisa Pérez de Zambrana, poetisas que han esparcido por el
mundo la gloria de Cuba; quizas los genios, encerrados en el capullo de la ignorancia,
faltándoles el soplo de la instruccion, no han pasado de crisálidas á mariposas; imaginaciones
vivas sobran en toda tierra que recibe el sol á plomo.

Por más que se recorre la historia de Puerto-Rico no se encuentra una mujer que
haya hecho célebre su nombre; yo, á lo ménos, la desconozco, y hubiera tenido vivísimo
placer en copiar su retrato; no es sólo genios en las letras lo que he buscado
con afan, sino alguna celebridad en las artes ó en el campo de los hechos gloriosos.
¡Ni una corona de laurel, ni un nombre escrito en el mármol de la Historia! La
calentura política no ha invadido aquella tierra; las hijas de Puerto-Rico han tenido
calma bastante para meditar y convencerse de que la mujer está mejor al lado de
su familia que errando por los campos en pos de aventuras caballerescas. La mujer
de Puerto-Rico no se encuentra en la Historia, pero se encuentra en el retiro de su
hogar; como la violeta, exhala su perfume á la sombra.

II

Para proceder con órden, y respetando las jerarquías sociales, me veo obligado á
sorprender en la capital de la isla de Puerto-Rico á la mujer que voy á retratar, pues
no siendo por sorpresa, es muy difícil apoderarse de los secretos de las mujeres; es
sabido que éstas no guardan más secretos que los suyos; por fortuna, en las Antillas
puede decirse que se vive al aire libre, porque sus casas están siempre abiertas; sin
embargo, la ciudad de San Juan, capital de Puerto-Rico, es pequeña, levantada en
anfiteatro, y las casas, de dos ó más pisos, pues hay pocas terreras (de uno solo),
presentan el aspecto de una poblacion española; en los pisos altos habitan los blancos,
y en los bajos los negros, que forman diferentes familias, haciendo esta confusion poco
agradable la vida, pues no es posible entrar en una casa, sin que por el desaseo,
por el mal olor natural de la raza africana, y por el ruido, natural animacion en
todas partes de las clases mal educadas, se anuncie la presencia de los negros, que
invaden el zaguan y llenan el patio, gritando siempre, mal vestidos los grandes y
completamente desnudos los pequeños. Muchas son las casas de la capital que ofrecen
este inconveniente, y confieso que á no haberme proporcionado la casualidad la


24

magnífica casa de Arroyo, en la calle de San José, me hubiera sido ménos grata la
residencia en la ciudad de San Juan; residencia por cierto bien atribulada por haberme
destinado mi mala suerte á encontrarme en aquélla durante la serie de espantosos
temblores (terremotos) que empezaron en Noviembre de 1867 y acabaron en Marzo
de 1868.

Debiera dividir en tres categorías las mujeres de Puerto-Rico, buscando las diferentes
clases con que la sociedad las separa, pero no me atrevo á determinarlas fijándome
en sus condiciones de nacimiento, de talento y de riqueza, por no ser ésta la índole
del trabajo que me ha encomendado el Editor del libro; hay que analizarlas aquí en
monton, por decirlo así; no me queda, pues, otro camino que explorar las ciudades,
los pueblos y los campos para estudiar los trajes, usos, religiosidad, belleza, defectos,
preocupaciones y excelencias de la mujer en aquella colonia, hoy Provincia española.

¿Constituye tipo especialísimo la mujer de la capital de Puerto-Rico? Creo que no,
pues ni en su esencia ofrece variedad con las hijas de cualquiera de las Provincias de
España; no es allí donde hay que ir á buscar á la legitima puerto-riqueña, la típica
criolla; componen la poblacion blanca de esa ciudad, en su mayoría, las familias de
los comerciantes y de los empleados peninsulares, que no comen el sabroso mofongo
(característica olla del país), y que no habiendo alterado en lo posible su interior
doméstico, no prestan fisonomía nueva á la vida del hogar. Las damas se visten por
figurines algo atrasados, porque despues que llegan éstos á la Isla en los vapores
extranjeros, tienen que hacer los pedidos á Francia, donde la moda altera cada semana
la indumentaria femenina; únase á esto que no se conoce allí el ramo de modistas, ni
siquiera de medianas preparadoras de costura, siendo en aquel tiempo ¡asómbrense
mis lectoras cortesanas! el encargado de interpretar las modas y de vestir á las señoras
¡un mulato! Y debo hacerle justicia, pues era hábil en el manejo de las tijeras para
el corte y adorno de los trajes.

En la capital, por la limpieza de sus calles y por lo reducido de las distancias,
no hay más que el carruaje del Gobernador Capitan General, y dos ó tres carretelas
que por lujo ostentan algunas familias, que, habiendo conquistado con sus fabulosos
capitales timbres de nobleza, creen necesario ese mueble, allí puramente de lujo. Así,
caminando (segun la acepcion general que en las Antillas se da al verbo andar) se
ve á la puerto-riqueña ir á la iglesia con su mantilla española, ó al mezquino teatro
que está en la plaza de Santiago, ó á la Plaza Mayor para disfrutar por las noches
de la Retreta, ó á las reuniones particulares, á que no son por cierto muy aficionadas
las familias, pues á las diez de la noche cierran sus puertas para entregarse al sueño;
y esto habla muy alto en favor de aquella ciudad, donde la moral se asienta en su
verdadero trono. Es preciso confesar que la buena educacion que resulta del ejemplo,
el saludable recogimiento y la falta de roce con la juventud, que pierde hoy sus
buenos instintos en los grandes círculos de Europa, donde aprenden los hombres á
divorciarse de las mujeres, conservan en las niñas el candor y la virtud, inapreciables


25

dotes que cimentan en lo porvenir la felicidad conyugal; no saben los hombres el
mal que hacen en predicar y practicar las malas doctrinas, pues ellos son las verdaderas
víctimas de su extravío; las mujeres, mal enseñadas, no pueden ser buenas
esposas, y es torpeza querer recoger buen fruto habiendo sembrado mala semilla. Los
jóvenes aventureros se aburren en aquel suelo tranquilo y reniegan de la vida patriarcal
de las familias; pero una vez que la calma busca su nivel y eligen por esposas á
aquellas mujeres, bendicen su suerte y aprecian á tan excelentes compañeras.

La paz doméstica que brindan las esposas en aquellas tierras donde la prostitucion
no ha sentado su maldita planta, es deleitable para el espíritu y consoladora para el
alma. Si fuere necesario reforzar esta idea con un dato incontestable, me bastaría
consignar una observacion; en la isla de Puerto-Rico no existía ninguna casa de
maternidad para recibir expósitos; y no se crea que se debía esta falta al abandono
de su gobierno; no se había fundado porque se creía innecesaria. ¿Puede darse prueba
más elocuente del triunfo de la moralidad en aquella isla? Yo lo aprecié bien de
cerca, como hombre de ley, y aseguro, con la mayor satisfaccion, que Puerto-Rico se
recomienda sobre todo por la poca importancia de su criminalidad; en los dos años
que administré justicia en aquella Audiencia, no se vió una causa de infanticidio.
Esto acredita que no ha sido preciso fundar el establecimiento que en la Habana se
conoce con el nombre de Casa-Cuna y en Madrid con el de Inclusa. No me atreveré
á negar rotundamente que haya mujeres que lloren las consecuencias de un mal paso;
pero si hay alguna, obedeciendo al sentimiento de la maternidad, se olvida del mundo
para cumplir con el primero de los deberes que Dios impone á la mujer: lactar y
educar á sus hijos. Quizas se me tache de poco sociable, pero hablo siempre con el
corazon, y tratando do este particular, en uno de mis libros1 dije hace tiempo: «Una
madre que obligada por las exigencias separa á su hijo de su lado, es una madre
doblemente criminal: ¡la falta exige el heroísmo! La que olvidó sus deberes de mujer
no puede olvidar sus deberes de madre. De lo contrario, engaña al mundo y engaña
á su hijo».

III

En las villas de Ponce, Mayagüez, Aguadilla y Arecibo ya se encuentra el tipo
de la mujer de Puerto-Rico, la criolla de pura raza; hasta el aspecto de las poblaciones
transciende á la tierra, si es permitido valerme de esta frase; la construccion
de los edificios, más abiertos y elegantes, anuncia á América, y sus mujeres, con el
color quebrado, con las significativas ojeras, poética sombra que hace resaltar el brillo
de las negras pupilas, y con la indolencia del cuerpo, que sufre la influencia del sol
tropical, cautivan á los europeos.


26

Las damas allí rinden culto exagerado al domingo, como todos los pueblos atrasados,
no sólo por devocion, que esto sería loable, sino por ser dias de fiesta; van
por la mañana á misa mayor, muy adornadas, llevando á tal extremo su afan de lucir
galas, que vi á algunas entrar en la iglesia con traje de baile; y por las tardes recorren
las calles, sin salir de la poblacion, muellemente recostadas en unos carruajes
muy ligeros y abiertos que llaman calesas, pues casi no hay familia medianamente
acomodada que no tenga un vehículo de esta clase.

No es posible pintar la mujer de Puerto-Rico en todas sus clases sin dar una
ligera pincelada sobre el baile, que en aquella isla, lo mismo que en la de Cuba, es
una especie de delirio; y no es de estos tiempos esa pasion, pues Fray Íñigo Abbad,
el historiador ya citado, nos dice:

«Cualquiera que fuese el suceso que sobrevenía de circunstancias alegres ó melancólicas,
se celebraba con el areito ó baile que acompañaba la música, canto y
embriaguez: verdad es que el areito entre estos indios no era precisamente diversion;
era ocupacion muy séria é importante: si se declaraba la guerra, el areito explicaba
los sentimientos que los animaban á la venganza; si querían mitigar la cólera de
su cemí, celebrar el nacimiento de algun hijo, llorar la muerte de algun cacique ó
amigo, hacían bailes propios de las circunstancias y sentimientos del objeto á que se
dirigían; si había algun enfermo, se hacía un baile como remedio eficaz para recuperar
la salud, y si el paciente no podía resistir la fatiga del ejercicio, el buhiti (médico)
danzaba por él.

Todos sus bailes eran imitacion de algun asunto, y aunque la música que arreglaba
los movimientos era muy simple, los bailes eran muy vivos y animados. El de
la guerra era el más expresivo de todos: en él se representaban todas las acciones de
una campaña completa: la partida de las tropas, su entrada en el país enemigo, las
precauciones del acampamento, las emboscadas, el modo de sorprender al enemigo, la
furia del combate, la celebridad de la victoria, la conduccion de los cautivos; todo se
representaba á los espectadores con tanto ardor y entusiasmo, que parecía combatían
de véras; conformaban los gestos, fisonomía y voces á las circunstancias respectivas
del asunto, acompañando siempre la música y canto.

Los instrumentos músicos que usaban eran un tambor hecho del tronco de un
árbol hueco, más ó ménos grande, al cual abrían un agujero por cada lado, y en el
uno daban golpes, de que resultaba un sonido horrísono y harto desagradable. Solían
acompañar á éste con la maraca y otros calabazos, de los cuales usan áun hoy mismo
en aquella isla.

Los cantares eran graves y materiales. Por la mayor parte eran sus historias, en
que referían los sucesos más serios é importantes de su país; la serie y genealogía
de sus caciques, la época de sus muertes, sus hazañas, las victorias adquiridas, los
buenos ó malos temporales: todo se refería y contenía en estos cánticos.

El areito ó baile se componía de mucha gente: unas veces bailaban hombres


27

solos, otras mujeres solas, otras todos juntos formados en dos filas, asidos de las
manos y una guia que llevaba el compas y la voz, á quien respondían todos repitiendo
la historia que cantaba. Miéntras unos bailaban, otros daban de beber á los danzantes,
sin parar jamás hasta que iban cayendo embriagados: algunas veces entraban otros á
ocupar el lugar que dejaban, otras se acababa el areito con una borrachera general.
Sin este motivo se entregaban con exceso á la bebida de la chicha, que hacían las
mujeres, de maíz, frutas y otras cosas; tambien se emborrachaban con humo de tabaco
que tomaban por las narices con cañutillos.»

La accion de los siglos, el convencimiento razonable que lleva consigo la civilizacion,
y la fuerza del excesivo calor, que parece debia haber calmado el furor por el baile
en la tierra ménos preparada para sufrir la agitacion del cuerpo, nada han podido,
y difícilmente se encuentran países más amantes del baile que nuestras colonias; el
areito de que nos habla Fray Íñigo no ha variado más que en la forma; hoy, como
en aquellos tiempos, todo sirve allá de pretexto para la danza, pues hasta en los
velorios de los negros y los jíbaros se baila para despedir alegremente al difunto. La
música produce una especie de fanatismo en Puerto-Rico; así, pocas son las familias
que no poseen un piano, y casi todas las señoritas tocan, aunque sea simplemente
una dancita para bailar.

El frenesi por el baile es general, pues en las grandes poblaciones, no sólo en las
fiestas del Patron y en todo el mes de Mayo con motivo de las Cruces, sino durante
todas las épocas del año, se improvisan reuniones, que se llaman jaranitas cuando
sólo hay piano, y bailes cuando hay orquesta; para celebrar estas funciones que con
el carácter de privadas se hacen públicas, basta llevar el aviso á domicilio ó correr
la voz
media hora ántes de abrir las puertas de la sala; van turnando despues las
familias del pueblo, y toca cada noche á una en su casa, sin que le sirva de disculpa
su falta de voluntad, pues allá entran los asaltantes con ánimo resuelto de bailar y
con la seguridad de estar á la recíproca.

«El que no ha visto bailar á las criollas, no ha visto », me decía en el pueblo
de Bayamon un jerezano amigo mio. No bailan con la sal de las andaluzas, ni dan
golpes con las caderas, como las vizcaínas, ni brincan á manera de marionnettes,
como las gallegas; parece que no bailan, y sin embargo, aquel movimiento tan acompasado,
tan lánguido, tan dulce, es—segun la expresion de un distinguido escritor1
«el quejido del placer».

El que baila con una jóven no disfruta solo de la satisfaccion de la danza, pues
se ve acometido por otros jóvenes que quieren participar de ella, y es descortesía, casi
un casus belli, no ceder una punta, que así se llama la cesion de la compañera para
bailar un cedazo, volviendo ésta en seguida á su poder.


28

IV

Las mujeres de los pueblos de Puerto-Rico son una degeneracion de las de las
ciudades, pues tratan de imitar á éstas, y por tanto, exageran las modas hasta el
ridículo; son, con raras excepciones, de poca ó ninguna instruccion y desconocen la
música, pero tienen la misma pasion por el baile. Las fiestas del Patron del pueblo se
celebran siempre con bailes, y al efecto, se lleva una orquesta de la poblacion grande
más inmediata; pero no falta, durante el año alguna jaranita improvisada, que se
celebra, para suplir la falta del piano, con violines, guitarras y güiros. En estas fiestas,
las jóvenes se cargan de flores y cintas muy mal combinadas y se embadurnan el
rostro con cascarilla, de la que hacen tanto abuso que cada vez que acaban de bailar,
entran en la habitacion destinada á tocador para empolvarse de nuevo; pero hoy no
es éste un defecto que pueden las europeas echar en cara á las mujeres de América,
porque por acá, las damas no se contentan ya con la simple cascarilla de huevo, ni
siquiera con el blanco-cera, sino que algunas van más léjos, pagando restauradores
que las barnizan, como los cuadros viejos. Allí es más disculpable la costumbre, pues
el sudor que provoca la elevada temperatura obliga á buscar un secante, miéntras
que aquí se pintan por el gusto de engañar á los hombres. Entre los adornos de las
jóvenes para presentarse en los bailes, lo que más me llamó la atencion al entrar en
la sala fué la luz que despedían las cabezas, pues las mujeres se clavan en el pelo
cucubanos1, y era de efecto sorprendente aquel resplandor de vivísimos rayos que
hacia centellear el negro de las pupilas.

Las mujeres de los pueblos montan perfectamente, pues como son tan malos los
medios de comunicacion por la falta de carreteras, viajan á caballo por el interior, y
desde pequeñas se acostumbran á ser excelentes jinetes; así se encuentra á cada paso,
en aquellos mal llamados caminos, una familia que va de visita, cabalgando en jacas
del país, con las galas que en estos casos requiere la etiqueta.

No es posible, al hablar de las mujeres de nuestras Antillas, pues todas se distinguen
por idéntica bondad, dejar de rendirles un tributo de admiracion por la noble
hospitalidad que dispensan al que llega á su puerta, lo mismo al amigo que al desconocido,
lo mismo al rico que al menesteroso. Mujeres que saben querer como Dios
manda, con el corazon, buenas por instinto y hospitalarias por costumbre, bien merecen
que se les consagre una página preferente en la historia de las mujeres del
mundo. Y yo me glorío de ser justo apreciador de su mérito y admirador de sus
encantos.


29

V

Capítulo aparte necesita la mujer de los campos de la isla de Puerto-Rico; y al
decir capítulo aparte, debiera expresar mejor el pensamiento determinando que necesitaba
relacion aparte, pues si el viajero hubiera de formar idea de las mujeres de
aquel país por las que encontrara fuera de los pueblos, habitando en bohíos de yaguas
ó de palma, es seguro que se creeria casi trasladado á los tiempos de la conquista:
¡tanta es la ignorancia de las gentes campesinas, que se conocen con el nombre de
jibaros! Si se estudian sus costumbres, grande es el desconsuelo que el alma siente,
pues allí, como en todas partes donde la religion y la saludable enseñanza no llevan
sus benéficos principios, ha de encontrarse fructificada la maldita semilla de la inmoralidad;
los jíbaros no mandan sus hijos á la escuela, y no sólo no saben leer, sino
que hablan mal, pues estropean la lengua castellana con torpísimos modismos que se
han perpetuado, dándoles carta de naturaleza; de la l hacen ll y de la r hacen l;
dicen compae y comae por compadre y comadre; para referirse á dos personas ó
cosas se valen de la expresion dambos á dos; el primo hermano es primo coyunto;
se nombran unos á otros señó hombre y señá mujer; para citar á alguna señora,
ó para hablar con ella, le llaman la doña; y á la persona que se porta mal en sus
tratos la designan con el original adjetivo de hombre confiscao.—Esto da una idea de
la condicion social de los jíbaros.

Las mujeres se dedican, en su mayor parte, á los trabajos rudos de campo, como
pilar arroz, coger café y sembrar batata (el boniato de Cuba); se levantan á las
cuatro de la mañana y ajuntan la candela, en la cual ponen una gran paila para
hervir el café, que toman á pasto durante el dia y con el que obsequian á los
vecinos y transeuntes; al café solo, le llaman prieto, y al que toman sin endulzarlo
con el melado (azúcar negra del país), café de puya. Miéntras hacen el café, el
marido, ó sea su hombre, baja al batey á ordeñar la vaca y recoge la leche en un
coco preparado al efecto. Sus comidas ordinarias, acompañadas de fuertes libaciones
de Rom (aguardiente de caña), se componen de raices, como son la batata, el ñame,
la yuca y la yautía; usan mucho del plátano mafafo asado con leche, del soruyo,
del guanime1, del arroz blanco, y en dias muy señalados preparan el mofongo,
alimento favorito de aquellos indígenas, saboreando tambien el durísimo casabe de los
pueblos de Loyza y de Cangrejos, únicos puntos en que, por ser el terreno arenoso,
donde se cultiva con más abundancia la yucca dulce2, se elabora ese pan de palo,
como le llaman los españoles.


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Las casas de los jíbaros están cubiertas en forma de tijera, con palmas de yagua
ó paja; el soberao (la parte más alta) y los setos (divisiones interiores) son de la
misma palma ó de madera; si tienen alguna puerta, no usan cerrojos ni llaves, pues
la aseguran, para cerrarla, con una emajagua ó bejuco; la entrada da á la sala, en
cuya pieza, por lo regular, sólo hay alguna silla de paja, un banquito de madera
y el chinchorro (hamaca de cuerda de esparto), donde pasa el jíbaro todo el dia
entregado á la ociosidad, hasta que llega la noche y se levanta para ir á jugar à la
manigua
(el prohibido del monte). Algunas mujeres tampoco trabajan ni hacen más
que estar sentadas en la hamaca, fumando unos tabacos muy retorcidos y muy malos,
á que se da el nombre de jumazos; casi todas las jíbaras, ademas de fumar, mascan
un tabaco especial que se llama mascadura. Basta ver el color amarillento del
rostro de aquellas gentes para comprender que sufren físicamente, á causa sin duda
de la mala construccion de sus casas, levantadas casi siempre en terrenos pantanosos
cerca de los manglares1 , focos de fiebres intermitentes y palúdeas; en cambio, si
su físico padece, su parte moral está tranquila.

Los jíbaros tienen generalmente un caballo, que les sirve para sus excursiones
por el interior de la Isla; aparentan siempre andar muy diligentes, pero detienen el
paso de la cabalgadura en el momento que encuentran en el camino algun amigo ó
compae; entónces cruzan las piernas sobre el car eto, y pierden horas enteras en una
conversacion que por lo general nada les interesa; si pasan por donde hay reunion
de jugadores de naipes, entran á perder los chavos2 , y á veces no vuelven á su casa
hasta una semana despues. Durante la corería del jíbaro, su caballo anda suelto,
merodeando en las tierras del vecino para comer; cuando la bestia aprovecha bien
esta educacion que recibe y sabe vivir sobre el país, dice el dueño que su caballo es
muy liberal
. Y hé aquí por dónde los jíbaros han venido á dar una gran lección
á la Academia de la Lengua Española, que todavía no ha definido, de una manera
concreta y á gusto de todos, la voz liberal, especie de comodin para las ideas de
los Proteos políticos.

Las jíbaras más entonadas van á misa los domingos al pueblo inmediato, y de
allí al mercado; visten camison (traje) de sarasa, de rayas ó cuadros, liso ó con
faralares, pañuelo de Madras al pescuezo, prendido con un alfiler, camisa y enaguas
almidonadas, y zapatos bajos de marroquin, verdes, amarillos ó encarnados, mantilla
negra de punto de algodon, y una flor en el peinado de cocas; llevan en la mano
un pañuelo blanco, luciendo las cuatro puntas, y un abanico de cuatro reales; usan
zarcillos de coral ó piedras de chispa, pero siempre de oro. Para las fiestas suprimen
la mantilla, y al salir á bailar, se quitan los zapatos, dejándolos debajo del banco,
pues es costumbre general en los jíbaros de ambos sexos andar descalzos toda la


31

semana, por lo que se les nombra generalmente con el dictado honorífico de piés
por suelo
.

En sus jaranitas bailan la danza, pero muy exagerada, determinándola con el
ridiculo nombre del garabato, cuyos bailables se llaman: matatoro, sonduro, cadena,
seis chorreao, seguidiya, seis punteao
y cabago. En las fiestas de Cruz, bailes
llamados de capa, que duran todo el mes de Mayo, están obligados los concurrentes
á aceptar un lazo de cinta que les prenden en la chaqueta ó camisa, para costear el
baile y el refresco al siguiente dia; se convidan à comer arroz con coco, y empieza la
fiesta por el Rosario, que cantan, acompañándose con los instrumentos de cuerda el
tiple, el cuatro y la bordonúa1 , hasta que rompe el baile, y entónces rascan ademas
el güiro. No faltan en estas funciones familiares sus lances de honor, provocados
por la susceptibilidad caballeresca de los danzantes, que suelen jalar del machete
que llevan á la cintura, como los galanes de capa y espada de las comedias antiguas;
que en todas las clases de la sociedad son ellas causa de turbacion en los
ánimos varoniles por coqueterías más ó ménos insinuantes; pero allí, por lo comun,
el motivo de la querella es simplemente haber tomado la jíbara la mascadura ó
jumazo de alguno que no es su novio.—«¡Humo las glorias de la vida son!» como
dijo un poeta.

La muerte de un niño, y sobre todo de un recien nacido, proporciona á los jibaros
ocasion para celebrar una gran fiesta, pues bailan toda la noche, sin que falte el
lechon asado con salmorejo
, manifestándose los padres muy contentos porque envían
un angelito al cielo; si la familia es tan pobre que no puede pagar los gastos, algun
vecino más acomodado se lleva el muertecito á su casa, y la jarana dura hasta el
siguiente dia, retirándose los convidados á la madrugada, despues de tomar el café
prieto.

El furor por el baile es tan grande que—parecerá broma, pero puede comprobarlo
el que haya estado en la Isla—hasta las campanas de algunas iglesias, con distintos
aires, marcan el compas y el movimiento de la danza puerto-riqueña El Merengue,
notándose más claramente en los repiques de las campanas del convento único de
monjas Carmelitas de la capital. Y no es sólo en las fiestas del Patron ó en las de
Cruz
donde se baila en la Isla; para tener pretexto todo el año, se inventaron los
aguinaldos, que abrazan la época desde Pascua de Navidad hasta la octava de Belen,


32

y en algunos puntos, como en Ponce, se prolongan una semana más, que llaman
octavita.

Los aguilandos (como dicen los jíbaros) se reducen á reunirse varios vecinos de
ambos sexos, y con los instrumentos que ántes cité, y con las maracas, van de casa
en casa, sean ó no amigos, para cantar delante de su puerta algunas coplas especialísimas;
esta reunion, á que se da el nombre de truya, sale á pié ó á caballo, segun
fuere la distancia que ha de recorrer, y se detiene al frente de cada casa para entonar
sus cantares, dirigidos siempre, unos á alabar á Dios, y otros á saludar à la familia
obsequiada. Quiero consignar aquí tres de esas coplas que recuerdo, tanto por lo que
de caracteristicas tienen, cuanto porque ponen de relieve lo que las musas y el habla
castellana tienen que agradecer á la rima de los jíbaros de Puerto-Rico.

Hélas aquí:

«Señol don Fesnando,
Salga usté pá fuera,
Saque los doblones
De la faltriquera.»
«¿Dónde está la doña
Que no se la ve?
Que salga y nos ponga
Prontito ey café.»
«Y asina mesmo
Ey compae Ramon
Que vaya estapando
La botella é Rom.»

¿Será preciso detenerse á pintar más al natural la mujer de los campos? Basta
y sobra para comprender que está fuera del cuadro que el Editor de este libro desea
conservar; esa mujer, sin necesidades, sin educacion, sin idea de lo bueno, sin temor
al dia de mañana, no es el tipo que marca la importancia de un pueblo.

Y si creo que en esta pintura sobra la jíbara, más creo que sobraría el tipo de
la negra, que necesitaría mucho espacio para pintar. Las exigencias de la época han
hecho desaparecer de aquella isla, por una ley reciente, la odiosa esclavitud, y la
negra ha entrado en condiciones de sociabilidad, pasando del estado de cosa al de
persona; pero eso no me autoriza á darle un lugar en esta galería, porque por


33

galante que con ella fuese, el color de su cara y de sus costumbres descompondría
el tono del cuadro. Dejo, pues, á otro pincel este trabajo, que aunque detesto la
esclavitud, como Mrs. Beecher Stowe y los demas filántropos del siglo, si no me
atrevo á sentar á mi mesa al negro, ni á darle entrada en mi sala, tampoco debo
colocarle en este libro.

La mujer de Puerto-Rico es legítima criolla; en la confusion del europeo con
la hija del trópico, saca la criolla todo lo bueno de aquél y todo lo bueno de ésta.
Probado está por la experiencia.

TEODORO GUERRERO.






[Figure] ISLAS FILIPINAS

(India Chichirica.)







[Figure] ISLAS FILIPINAS

Indigena de los alrededorres de Manila.




LAS
MUJERES DE FILIPINAS1
POR
D. VICENTE BARRÁNTES.

INTRODUCCION.

El que dijo que es el sexo la menor diferencia que Dios puso entre el hombre y
la mujer, dijo una gran verdad, aunque no conociera al médico aragones Juan Huarte,
autor estrambótico si nunca los hubo, que en efecto sostiene ser tal diferencia un
accidente baladi, hijo de un desarrollo más ó ménos grande de calórico en el claustro
materno. Sostiene más todavía; sostiene que este desarrollo puede ser tambien accidental,
hasta el punto de que nazca varon un feto que, como quien dice, de primer
golpe hubiera sido engendrado hembra, y viceversa. Por graves consideraciones hácia
nuestras lindas lectoras, no debemos explanar aquí la peregrina teoría del Exámen
de ingenios
, fuente donde han bebido muchas ideas materialistas los filósofos alemanes,
que hoy hacen pasar por nuevas ataviándolas á la moda; teoría que se ve rotunda
y categóricamente desmentida por la naturaleza filipina, cuya hembra es el reverso de


36

la medalla del varon, no tanto en su orgauismo físico, como sus cualidades morales
é intelectuales.

Declaran todos los pensadores que han estudiado con atencion el archipiélago conquistado
por Legaspi hace tres siglos, que si aquellas razas indígenas y mestizas
tienen una fisonomía bajo ciertos aspectos poética y amable, no se la presta en verdad
el hombre, que es el claroscuro del cuadro, más que claro casi siempre oscuro; se
la presta sola y exclusivamente la mujer. El filipino, ya se sabe, sea indio, mestizo ó
español del país, llega á cierto nivel intelectual que muy rara vez pasa; adquiere
ciertas costumbres y ciertos hábitos que son á todos los hombres de su raza comunes,
y vive y muere del mismo modo, por idénticos caminos y con análogos ideales.

Es el del indio trabajar lo ménos posible, pasarse horas enteras en cuclillas acariciando
su gallo, tomar cuando le place su tabaco y su buyo, satisfacer, vivos ó flojos,
cuando los siente y como los siente, los impulsos del amor, y roncar á pierna suelta
el resto del tiempo, sobre un petate ó sobre una piedra, que es lo mismo para él.
De holgazan nada tiene el mestizo ni por pienso, ántes mucho de activo é industrioso,
acaso más que el hombre de Europa; dase en cuerpo y alma al comercio y
á la usura, á la política y al enredo, al lujo y á los vicios; con sus inferiores cruel,
es blando é insinuante con sus superiores, corruptor por excelencia, y por excelencia
móvil, tornadizo y peligroso. Como todas las razas mezcladas, como todas las naturalezas
híbridas, posee en grado superior las malas cualidades de las dos sangres
que por sus venas corren, de cuya conjuncion, imitando el estilo de Huarte, brotan,
como chispas de pedernal herido, vislumbres y áun verdaderos resplandores de inteligencia.
Si no fuera por el salto atras, cuyos fenómenos antropológicos procurarémos
poner en este escrito al alcance de nuestros lectores, Filipinas se hubiera perdido ya
para España, porque calculando que cada año desembarcan en sus costas cinco ó
seis mil chinos, que residen en el Archipiélago lo bastante para tener á lo ménos
un hijo cada uno, en trescientos años se ha echado allí la simiente de milion y
medio de familias mestizas, con que deberían de escasear hoy los indígenas poco
ménos que en Cuba, donde son tan raros ya como los aerolitos. En cuanto al español
del país, criatura beata, que ha heredado de sus padres unas cuantas casas hipotecadas
en todas las Obras pías, ó una hacienda que no se sabe de quién fué ni
dónde están las escrituras, es un verdadero fósil, que, víctima de aquella naturaleza
exuberante y devoradora, va perdiendo paso á paso las tres potencias del alma, cuyo
eclipse total será visible en sus hijos. Como fruta de invernadero, únicamente conserva
de su olor y sabor primitivos un dejo cada vez más imperceptible.

La mujer filipina presenta absolutamente el reverso de la medalla. Su inteligencia
es tan flexible y á las veces tan profunda como la de la europea, y sus pasiones,
aunque en otra forma sentidas, y tambien con diferencias esenciales manifestadas, no
tienen por eso ménos realidad fisiológica, que en el hombre puede ponerse en duda.
Acaso no llega en ellas al paroxismo, á cierto linaje de monomanía por lo comun


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feroz y obra pura de la materia á que suele llegar el varon, el indio sobre todo; pero
es por la mayor claridad de su inteligencia y la mayor solidez de su juicio. Domina
con facilidad sus sentimientos, aunque con sus semejantes no los oculte, que este
artificio instintivo lo guarda todo para el europeo, objetivo principal de su amorosa
diplomacia.

Si no pareciera paradoja, nosotros formularíamos nuestra opinion en el asunto con
estas breves frases:

—«La india no ama al indio; siente su atraccion por natural impulso; pero más
que amarle, cuando se casan, ó como se dice gráficamente en el país, se amontonan,
le compadece, porque se siente superior á él, así como con el europeo es sumisa y
reconcentrada, porque se siente inferior. Con estas distintas armas los vence á ambos
de un modo, que Cleopatra y Aspasia la envidiarían. En su dulce tirana hay para
el indio un fondo de ternura y de justicia, que empeña su gratitud, máxime siendo
el material y poco vidente, como diría un espiritista; y al español, caballeresco y
arrebatado, aquella pasiva dulcedumbre, que ella sin rebozo llama frialdad, y que
acaso no lo es, se le clava, duro acicate de amor, en lo más hondo del alma, y
ambos se dejan envolver gustosos en sus redes, como niño en los pañales que le
abrigan y le consuelan.»

El español, sin embargo, lucha, y cuando cae vencido, se avergüenza; el indio, por
lo contrario, hace gala de su inferioridad, y no se siente completo y habilitado para
vivir en el mundo, para ser formal y por su palabra creído, para alcanzar la confianza
ajena, hasta que se casa ó tiene una mujer en su compañía. ¿Es que cree el matrimonio
una profesion, un estado bendito, un sacerdocio? ¿Es que, filósofo verdadero,
como todos los hombres primitivos, comprende que el mayor alarde de la libertad
humana consiste en entregarse á otro, en sacrificar su personalidad en aras de Dios
ó de una mujer? ¿Es que como vive tan cerca del Paraíso, recuerda y traduce mejor
que los demas hombres la parábola santa de Adan y Eva, cuyo traje y procederes á
lo vivo, ¡y tan á lo vivo! imita? Ello es, y notorio por el mundo, que el indio alega á
manera de titulo ó categoría superior la de casado, con tanto aplomo y tanta prosopopeya
como puede decir un chino:—«Yo soy mandarin de cuatro botones azules»:—y
no va descaminado ciertamente, que si la union es la fuerza, ninguna mayor que la que
presta al hombre el matrimonio para luchar con las contrariedades de la vida.

Cuando repara un indio que dudamos de su veracidad ó su exactitud, y se apresura
á decirnos: — «Aquél mi mujer vendrá á hablar con usía»,—hay en el fondo de
esta confesion de inferioridad un poema bellísimo de abnegacion y modestia. Hácenos
reir, á nosotros hombres frívolos y descreídos de la vieja Europa; pero en el pecado
llevamos la penitencia, que Dios quiere que la verdad sea el capital que más réditos
produce, y aquel indio de cuya candidez nos burlamos, porque nos envía á su mujer
á terminar un negocio, ya no puede ser engañado en manera alguna si lo pretendemos,
tiene ya la seguridad de engañarnos á nosotros, porque en materia de contratos


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de do ut des, y en todas las cosas menudas de la tierra nos puede dar su mujer
á él y á nosotros quince y raya.

No han hecho los Gobiernos españoles, si pueden llamarse Gobiernos las medianías
que han tejido nuestra moderna historia, una observacion importantísima, que arroja
mucha luz sobre los más oscuros problemas de la política ultramarina. Las razas
intertropicales son indudablemente incompletas, y ellas mismas tienden, sin duda por
impulso divino, á buscar su perfeccion en los elementos que pueden dársela. ¿Por qué
son las mujeres en Filipinas y en América las más propicias al cruzamiento de la
raza? No se dirá que en el primer caso, absoluta disparidad é incongruencia físicas
produzcan este fenómeno, pues mujeres tan abyectas han ido á Filipinas, mayormente
cuando eran presidio de Méjico, y tal género de vida hacían allí, que ni por ley de
naturaleza, ni por la social podían rechazar al indio; y sin embargo, sólo un ejemplar
se cuenta que haya producido mestizos de indio y española; y por cierto que no era
una mujer comun; y por cierto tambien que el no hallarse previsto el caso en las
Leyes de Indias, ocasionó ruidosos é interminables pleitos, sin que consiguieran sus
descendientes obtener la categoría de mestizos españoles. Los partidarios del evolucionismo
y de la seleccion natural pueden sacar mucho partido de este fenómeno.
El ejemplar superior de las razas inferiores tiende con toda evidencia á completarse
y perfeccionarse. Modifica la india con su frialdad, en mi concepto aparente, las
pasiones de fuego del español, miéntras el unirse con nosotros da á la americana
solidez de juicio y enfrena su exuberante fantasía. Parece indudable que éstas nos
van perdiendo el amor de algunos años á esta parte. ¿Será por la ruin gentecilla
que les hemos enviado?

Vamos á concluir esta introduccion con otras observaciones más modestas, que
tocan á la índole de nuestro escrito. País excepcional por excelencia, donde todo
sucede al reves que en Europa, donde hasta el lenguaje, con ser el nuestro, y á las
veces más puro y castizo, tiene matices fenomenales y modos incomprensibles, allí es
natural lo que aquí parece extraño, y claro lo que aquí abstruso. Para evitar que el
lector nos tilde de incongruentes y contradictorios, tendríamos que empedrar de peros
y distingos, de notas históricas y críticas, de textos, en fin, más autorizados que el
nuestro, esta fisiología, que áun así habría de parecer incongruente y contradictoria
al que no conozea de visu el Archipiélago. Procurarémos, pues, evitarlo hablando con
claridad y tan á la llana como nos sea posible, presentando las figuras al desnudo
todas las veces que no nos sea dado el describir con exactitud su traje, y donde
quiera que una contradiccion ó un misterio antropológico nos salgan al paso, declararémos
con lealtad cómo lo entendemos... si lo entendemos. Porque hay que advertir,
de una vez para siempre, que allí la naturaleza es la contradiccion misma, cualidad
primordial y matriz, que en todas sus manifestaciones clarísimamente se revela. ¿Puede
encontrarse en el mundo mayor fenómeno histórico que un país conquistado por un
escribano? Pues en lo moral los presenta mayores todavía. Bajo un sol abrasador, la


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filipina dice que es agua, y en efecto lo parece, habiendo llegado á deducir de esta
rara circunstancia una teoría amorosa muy conocida:—«El español es fuego, la filipina
agua... agua mata fuego».—Parece asimismo incapaz de amar, y es amante esposa y
mediana madre. Parece, en fin, indiferente á las mudanzas de la fortuna, puesto que
pasa con la misma impasibilidad que el indio de la riqueza á la miseria, de andar
en coche á andar sin zapatos, y ninguna mujer del mundo tiene más instinto mercantil,
ni más desarrollado el órgano de la adquisividad y la especulacion. ¿Será fácil
reducir á fórmulas gráficas un tipo tan contradictorio?

Estas reglas generales tienen muchas excepciones, siempre favorables á la mujer,
siempre en sentido ascendente hácia el ideal que de ellas nos formamos en todas las
zonas. Hé aquí otra dificultad, y no la menor, de nuestra tarea. En todo país intertropical,
las razas están mezcladas, y lo híbrido de sus productos responde, se identifica,
se armoniza con lo híbrido de su organizacion social y administrativa. Imposible alumbrar
enteramente con la luz de la fisiología aquella especie de crisol oscuro donde
están en constante ebullition tan raros, tan anómalos, tan inconciliables elementos.
Así pues, aunque el tipo sea idéntico en el fondo, en la forma, la española filipina
ó española del país se diferencia mucho de la mestiza, y ésta de la india, que es para
nosotros la preferible, porque la consideramos verdadera Eva de aquel paraíso, donde
los españoles, bajo el punto de vista del amor, desde el primer dia hemos sido las
serpientes.

¡La cuestion del amor! ¡esencia y objetivo primordial de las mujeres de Europa! Si
la creyéramos con lo dicho ventilada, nos expondríamos á merecer en adelante y más
de una vez la censura de los lectores, por no haberles dado suficiente luz para resolver
el problema. Problema en efecto, desde el siglo XVI planteado por todos los que
de Filipinas escriben y no resuelto jamás, que ciertamente parece irresoluble. ¿Es
verdadero amor lo que la mujer de Filipinas siente, ó es la atraccion pasional, obra
exclusiva do los instintos naturales, de que hizo Fourrier el cimiento más robusto y
ménos sólido de su sistema comunista? La ciega, la absoluta, la servil sumision que
muestra la filipina á su amante, máxime si es europeo ó español, ¿nace de astucia?
¿nace de indiferencia? ¿nace de frialdad inconcebible de su sangre? ¿Es, en fin, reconocimiento
tácito de su debilidad, de su falta de armas para la lucha? El famoso vos,
cuidado
, que dan por respuesta á las preguntas más graves, en las ocasiones más
transcendentales y decisivas, que es como decir:—«lo que usted quiera»—«á usted
le toca resolver eso»—«yo soy masa inerte en sus manos»,
—¿es síntesis de carácter
ó es poema de sentimiento? ¿Es diplomacia ó abnegacion? ¿marrullería ó candidez?
¿indiferencia ó dominio de sí misma?

Sólo Dios lo sabe. Los interesados no lo averiguarán nunca. Marido hemos conocido
nosotros que ha muerto sin oir á su incomparable y virtuosa mujer una sola afirmacion
de cariño. El laissez fair, laissez aller de los economistas que están perdiendo
á España, parece su única doctrina sentimental. Se dejan llevar, se dejan hacer, sin


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repugnancia, pero sin satisfaccion visible, y esta contrariedad excita en tanto grado
el temperamento ardiente del español, que el amor allí no es lazo ni coyunda, es
red inextricable que le sujeta. Otro ejemplo, que podrían citarse mil, de esta glacial
pasividad en situacion más crítica y peligrosa para la mujer. Un distinguido jóven
quería poner las inmensidades del Atlántico entre una boda proyectada y un amor
irresistible. Abundan estos viajes, que tienen siempre un fin trágico... como el del
capitan Febo. Su corazon vacilaba casi tanto como su inteligencia insistía, porque en
aquél era la duda un acicate, un estímulo, y en ésta un temor, un presentimiento de
desengaño. Para infundirse á sí propio más valor, quiso ver á su novia por última
vez, como aquel poeta del Gil Blas que diariamente se despedía de las musas... en
verso. La había dejado impasible, serena, sin una lágrima en las pestañas, sin una
arruga en la frente, y lo mismo la encontró.

—¿Con que no te importa que me marche?—exclamaba desesperado.

—No.

—Pero... ¿y si no vuelvo?

—Volverás.

—Pero... ¿y si no?...

—Tú cuidado. (Eso es cuenta tuya.)

Tenía licencia por un año. Anduvo tres ó cuatro meses por España, como un
autómata, sin poder apartar su imaginacion de aquella mujer, cuyo cariño era un problema
desesperante para su amor propio y para su inteligencia; de aquella mujer, fria
como el mármol en sus palabras, y centelleante como un volcan en sus ojos. Á los
seis meses volvió, habiendo escrito ántes que estuviera preparada la boda, y ella sin
alegrarse ni entristecerse le dijo:

—Yo estaba segura de que volverías.

—Pero ¿y si me hubiera casado en España?—replicó furioso él.

—Tú cuidado.

He conocido pocos matrimonios más felices, aunque ella jamás le acariciaba, y ni
en público ni en secreto le hacía esos mimos que constituyen en el viejo mundo
nuestra felicidad conyugal; pero sin duda el pobre español se había acostumbrado al
marmóreo amor de la estatua, como cierto personaje de la mitología, y se decidió á
pasar su vida luchando por robar á Júpiter un rayo de sol para animarla.

En esto no hay diferencias. Igual que con la india acontece con la mestiza y con
la española del país. Para tales casos se escribe esta introduccion; para declarar
previamente que ciertos rasgos característicos son comunes á todas las mujeres del
Archipiélago, y que no porque se omita, verbigracia, el buyo al tratar de la española
del país, vaya á creerse que no lo masca, como la india más pura de Caloocan ó de
Malolos. De la morisqueta trinchada con los dedos, de la cama de familia y de cierta
libertad de costumbres muy rayana con la desenvoltura, puede decirse lo mismo, excepto
cuando se trate de la mestiza china, que necesita algun toque fuerte. Hay, sin embargo,


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para el hombre una diferencia muy grande y transcendental en que sea su mujer
de una raza ú otra. Con la india no puede volver á España, porque su costilla le
avergüenza, y sus hijos, sólo en el Retiro figuran dignamente; con la mestiza, aunque
en menor escala, suele correr tambien peligros semejantes, pues da la descendencia
terribles saltos atras, máxime si en la sangre mezclada de su consorte hay una sola
gota de la China, como suele suceder, que esta sangre jamás se pierde, borra ni
extravasa tan siquiera; y entónces el santo varon no puede vivir tranquilo, pues el dia
ménos pensado le nace en casa un Confucio, con sus ojos redondos como cerezas y
su panza fenomenal. En cuanto á las hijas del país, á las verdaderas criollas, ésas
vienen seguramente á España, quieran ó no sus maridos, por gastar botas y abrigos
de terciopelo, guante y manguito de armiño, aunque tambien, quieran ellos ó no,
vuelven á morir á Filipinas. Cuéntanse muy pocos casos de criollas de mediana clase
que no hayan dado una vuelta por España, jurando y perjurando que ésta es su tierra,
que se encuentran aquí perfectamente, y que el summum de la felicidad consiste en
pasar el verano en Paris y el invierno en Madrid; pero á lo mejor, so pretexto de
enfermedades ó de conveniencias ilusorias, que son en puridad nostalgia, arrastran á
sus maridos otra vez á Filipinas, y esta vez para siempre.

Para siempre, sí, que el español casado con una mujer de allá puede tener por
seguro que han de enterrarle en Paco (cementerio de los españoles). Todo conspira á
este fin desde el dia de la boda. La dulzura y pasividad de su mujer le hace allí
agradable la vida, acompasándose con las languideces del espíritu y el cuerpo, miéntras
aquí le despecha y áun le irrita el ver otras mujeres zalameras y cariñosas; sus hijos
aquí casi le avergüenzan, miéntras allá parecen hasta angelitos de Dios; aquí toda
su familia es vulgar por lo ménos, cuando no objeto de admiracion ó chacota, y en
Filipinas se los tiene por oráculos y se les oye con la boca abierta... Admirablemente
explotadas, como quien no quiere la cosa, estas contrariedades por la mujer, que siente
verdadero amor al país donde se meció su cuna, y prontísimo cansancio de botas
apretadas, de abrigos que más que abrigar ahogan, de carruajes donde no se lucen
hasta los alfileres, de baños en que no se come, y de comidas en que se está tieso
como un espárrago, producen el infalible resultado de que el marido renuncie á su
patria para siempre, y mire ya como un buen porvenir para sus hijos el ser gobernadorcillos
ó capitanes pasados. Detras suelen venir otras renuncias más afrentosas.
Viene el comer la morisqueta con los dedos; el atracarse de bibinca y poto; el dormir
en cama redonda toda la familia; el hablar en castellano de cocina, cuando no en
tagalo... ¡qué sé yo cuántas! que á esas cosas y á otras por el estilo se acostumbra
el que per sœcula sœculorum vive á la orilla del Pásig.

¿Quién es aquí el débil? ¿quién el fuerte? Ecco il problema. Pero no, que ésta
es otra faz del mismo problema, desesperacion perdurable de los matemáticos enamorados.

Concluyo con otra advertencia preliminar, que dudo poder formularla de un modo


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inteligible. Cuando quiera y donde quiera que de la educacion de la mujer trate,
entiéndase bien, ya aplauda ó ya censure, que mis puntos de vista en esta materia
no son los europeos, ni pueden serlo en manera alguna. Simples, patriarcales, limitadas
las exigencias de aquella sociedad anómala, resultaría en Filipinas exagerado
y estéril lo que aquí exigimos á la mujer, ó por lo ménos de dudosa aplicacion,
miéntras las enseñanzas prosaicas y humildes de los colegios de Manila ofrecen una
utilidad práctica muy grande en una tierra donde los noventa y nueve céntimos de
la poblacion no tienen más necesidades que las de una pobrísima familia. Así pues,
sólo de un modo relativo ha de entenderse lo que diga de buena ó mala educacion,
sistema aplicable tambien, y perdónese tanta redundancia, tantas repeticiones y tantos
preámbulos, á casi todas las cosas y casos.

Con lo dicho creo que baste para justificar la necesidad de hacer con la conveniente
separacion el estudio de las figuras que llenan aquel cuadro tan confuso de
puro pintoresco y animado, tirando bien las líneas que separan la india de la mestiza,
y ésta de la española del país; líneas que aunque en algunos casos parezcan imperceptibles,
en otros son tan distintas, tan profundas, como las que tira la misma
naturaleza entre lo simple y lo compuesto, entre lo natural y lo exótico. Trátase de
un país donde el perejil á la segunda simiente se convierte en arbusto, y le nace
la joroba del búfalo á la vaca; del país que conquistó el escribano Legaspi, lo repetirémos
cien veces para que no se olvide. Miren, pues, los lectores si será necesario
para pintar á sus mujeres, que hasta usan diversidad de trajes, diversidad de lenguas
y diversidad de alimentos, preparar bien, con mucha claridad y mucha luz, el lienzo,
que tan fácilmente se emborronaría.

I
LA INDIA.

Dámosle el primer lugar por ser el tipo matriz, no el más curioso y digno de
estudio. Verdadera soberana cuyo imperio se extiende por los campos y por las ciudades,
únicamente la poesía acierta ya á ver sobre sus sienes la corona despedazada,
y caído á sus piés el cetro inútil y hueco de cañaheja. Hoy se halla reducida á la
condicion de flor silvestre, que se desarrolla con extraordinaria precocidad, y con la
misma se marchita y deshoja tras una existencia oscura é ignorada. Pero en el fondo
de aquella oscuridad, ¡cuánta abnegacion y cuántos sufrimientos! Sería una verdadera
mártir, si tuviera la sensibilidad más desarrollada, y la conciencia de su estado.

Desde que empieza á hacer uso de su razon, que suele ser muy temprano, se


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acostumbra la india á seguir á su madre, agarrada á su falda, como perro de ciego,
haciéndole el compas con el lento chancleteo de sus pies, en busca del autor de sus
dias, que los pasa casi enteros en la gallera, y despues de la soltada se mete á
jugar al panguingui con un amigo, ó se está las horas muertas sentado en el suelo
con su gallo entre las piernas, á ver si sale una estrella de rabo que dicen los viejos
que va á salir. Entre tanto, sus hijos y su familia comen un puñado de arroz, si lo
hay en casa, ó ayunan como en viérnes de Cuaresma, que es lo más frecuente.

Al reunirse el matrimonio contempla la pobre niña la escena—de gritos íbamos á
decir, pero los indios no gritan — aquella escena de improperios, en que su madre
tiene tanta razon como su padre la cabeza baja y la actitud sumisa, y éste al cabo
cual mansísimo cordero vuelve al redil, á ménos que se hayan encontrado en un
panguingui, en cuyo caso tambien la madre se pone á echar su manita, miéntras
la pobre criatura llora de hambre que se las pela, sin que le hagan maldito el caso
uno ni otro.

Cuando á los doce años empieza á ser dalaga (doncella), como duerme en el mismo
petate que su madre y su padre, y que sus hermanos si los tiene, bajo el mosquitero
comun, va enterándose por grados, hasta parecerle naturales y sencillas, de muchas
cosas que son una revelacion para la mujer europea y marcan una época en su vida.
Si la fortuna le ha deparado un buen padre y una buena madre, que la acompañan
á las fiestas y á los catapusan, que no la dejan dormir en petate ajeno, ni andar
de bahay en bahay visitando amigas, conserva por regla general algun perfume de
la primitiva pureza de su alma, sirviéndole de broquel el hábito mismo de mirar
ciertas cosas con indiferencia. Pero si sus padres son viciosos y cada uno anda por
su lado, entónces la dalaga se arrastra por las galleras y las tiendas de buyo como
un granuja de Europa, hasta tropezar con el hombre que ha de decidir de su existencia.
En semejantes casos el amor es un accidente, que sólo por sus consecuencias
materiales significa algo para la mujer india. Entre una raza donde el verdadero
comunismo tiene siempre una escuela práctica; donde el domicilio está abierto á todas
horas para todos; donde la mesa, que es el suelo, se halla dispuesta á la hora de
comer para cuantos pasan por allí con hambre, los cuales sólo con decir:—«Buenos
dias»,—tienen derecho á ponerse en cuclillas alrededor del plato y devorar su racion
de morisqueta; en un país donde sucede esto mismo con la cama, que es comun para
toda la familia, y áun el forastero y el transeunte que ha entrado á cenar tienen asimismo
derecho á levantar el linon que cubre el petate y tenderse bonitamente al lado
de la casada ó de la doncella, sin que tan siquiera se le pregunte su nombre al otro
dia; en un país así organizado, entre una raza donde esto sucede, se comprende bien
que la generalidad de las cosas ocurra siempre del mismo modo, y nazcan, crezcan y
vivan aquellas plantas humanas, como si fuesen en una selva por casualidad nacidas,
que á una casualidad deben el rayo de sol que las fecunda, y á otra casualidad el
viento que las troncha ó el pié salvaje que las aplasta.


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¡Pobres ceros de aquella gran columna aritmética, que por el poder de Dios se
alza en los trópicos á colosales alturas, y el mejor dia, á impulsos de la flojedad del
terreno en que está cimentada, por un terremoto, por una inundacion, por un contagio,
por un incendio, se disminuye en dos terceras partes, sin que nadie se ocupe en
recoger sus restos, que la tierra devora en un dia, como el boa devora su presa en
un abrir y cerrar de ojos! Esta india vulgar de que venimos tratando, si le cabe en
suerte un marido ó un amante que sólo sea holgazan, gallista y jugador, va con sus
hijos á buscarle como la han llevado á ella, bien á horcajadas sobre el cuadril si
son pequeños, bien agarrados á la falda si son grandes, ayuna como ellos cuando no
tiene que comer, juega sus manitas de panguingui, tenga ó no tenga dinero, y una
noche, estando dormida toda la familia sobre la estera que llaman petate, el estero
de al lado, que no es el macho de la cama, sino un pequeño canal que toma sus
aguas del rio más cercano, crece de repente y se lleva la casa en un abrir y cerrar
de ojos; ó un baguio, que es el tifon de China, el simoun de África y el huracan de
Europa, soplando á la vez de todos los lados del cuadrante, levanta como una pluma
aquella jaula de caña y nipa, sostenida en cuatro palitroques, y la estrella contra
la pared de enfrente, como si fuera un huevo; ó al final de la poblacion estalla un
incendio que arroja su primera caña convertida en cohete sobre los dormidos indios,
que por pronto que despierten están ya rodeados de llamas por todas partes; ó bien,
por último, el cólera ó la viruela penetra un dia en aquella pocilga humana, y en el
mismo petate de la familia los envuelve á todos para que vayan á la fosa comun.

Como allí los estados sociales se dan la mano, éste de media civilizacion (civilizacion
siempre relativa, por supuesto) presenta otro tipo muy curioso de india del
pueblo, que más que por amor por instinto selvático, instinto inmanente en la raza,
se hace aventurera y vagabunda con la misma facilidad con que pasa su hombre de
la condicion de tributario ó sácope á la de remontado. Sabido es que el indio pobre,
por la menor cosa, porque se le calienta aquella su cabeza, porque se cansa de la
vida un tanto ordenada de la poblacion, porque no puede pagar el tributo con su
cabeza de barangay
, etc., etc., se escapa al monte á vivir de raíces y de frutas,
á dormir en los árboles, á hacer, en una palabra, la vida salvaje; salto atras en el
camino de la civilizacion, más frecuente aún que los que da la naturaleza física,
pues ésta á veces tarda dos ó tres generaciones en hacer que los mestizos vuelvan
á engendrar indios puros. Este fenómeno antropológico explica perfectamente el estado
social y político de Filipinas, donde el desarrollo de la raza mezclada parece como
que se detiene, se paraliza de tiempo en tiempo, y es que vuelven al tipo comun las
segundas y las terceras generaciones, de suerte y en términos que el nieto del español
suele ser tan indio como Lacandola. Este fenómeno, que allí no lo es, se verifica
en lo moral con más frecuencia que en lo físico, siendo tal la atraccion de la vida
nómada y el amor que inspiran aquellas selvas, que hay ejemplos de haberse remontado
hasta sacerdotes indios y capitanes españoles de la marina mercante.


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Ahora bien, si en estos casos la india sigue á su marido ó á su amante, pues
ya se habrá comprendido que en estas uniones de la clase baja no interviene siempre
la Santa Madre Iglesia, vuelve á encontrarse la pobre mujer en la condicion primitiva
de la raza á que se incorpora, cambio que acepta como todos con una abnegacion
que unos apellidan indiferencia y otros idiotez. ¿Lo será? Hé aquí otro problema, que
resueltamente plantearémos y resolverémos en lugar más oportuno, cuando pase delante
de nuestro anteojo la española del país, que es el tipo más digno de estudio bajo este
aspecto.

Si el hombre se hace tulisan, bandolero ó simple vagabundo, que suelen ser una
misma cosa, la sierra de Maribeles ó los breñales de Morong le prestan guarida, y
entónces la mujer adquiere costumbres semejantes á las aetas, que es la tribu salvaje
más próxima á Manila, y la que acaso guarda más puras las tradiciones de la raza
aborígene, pues se cree que ha sido la primera que aportó á las playas luzónicas.
Tranquila, imperturbable, cambia por la vida monotona y triste de los bosques sus
aparatosas fiestas de la poblacion, sus procesiones, sus romerías, sus catapusanes,
teniendo que contentarse con el canto lúgubre y estridente llamado inalug, que les
sirve por toda música para el acubac. Éste es el gran baile popular, la fiesta á que
se entregan los aetas cuando están desocupados, que suele ser todo el dia los que no
bajan á las poblaciones próximas á cambiar miel y cera por telas ó plata. Colocan á
las mujeres en el centro de un corro, por ellos formado agarrándose de la cintura,
y así giran á saltos en derredor, y páranse tal vez para dar en el suelo una fuerte
patada, á compas del inalug, que entre dientes murmuran los viejos, contestando
hombres y mujeres con monosílabos aconsonantados, á manera de las composiciones
que en nuestra poesía llamamos ecos.

Tampoco echa de ménos, cuando la sobrecogen dolores de parto, su comadre de
la poblacion, tan decidora como embustera, con sus agüeros y estrellerias, sus amuletos
y relicarios; ni se soba el vientre con aceite de coco, ni pone debajo del petate
la pasionaria á medio abrir. Allí su petate es la ceniza caliente á campo raso, entre
dos árboles extendida; árboles que, á guisa de dosel, sujetan una especie de tejadillo
ó mosquitero de hoja de palma, no siempre impenetrable á la lluvia tropical. En la
ceniza envuelve tambien al recien nacido, dejándole la cabeza fuera, despues de haberse
bañado los dos en el más próximo estero, y desde que se levanta la madre al otro
dia lo lleva colgado al cuello ó sostenido á la espalda por una corteza de árbol, que
en la nuca se sujeta como un cabestrillo.

Pues si huye su hombre á las Provincias de Ilócos, que es harto frecuente en
verdad, por temor á las partidas del ejército que en la sierra de Morong persiguen sin
descanso á los tulisanes, ó le repugna la triste compañía de los aetas de Maribeles,
que no siempre toleran la intrusion de un forastero, se hace al momento tinguiana,
que es la raza libre de aquellos bosques. Allí prescinde de su cama de ceniza y de
su convalecencia puerperal, como de todos sus recuerdos de la vida anterior, si bien


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se baña del mismo modo poco despues de parir, y pone á su hijo el nombre del
primer objeto que hiere su imaginacion ó su vista, sea un animal, un árbol ó una
piedra. Ni un suspiro, ni una lágrima le arranca el recuerdo de los pomposos bautizos
de Manila, con su repiqueteo de campanas, su fiesta de cohetes y su borrachera
imprescindible é interminable.

Si entre los tinguianes se casa, que no es una mujer sino una niña la que llevan
sus padres al monte, prescinde con igual facilidad de las formalidades que ha visto
usar entre los indios cristianos, y acude al gobernadorcillo ó al cabeza-matanda (el
más viejo de los cabezas de la tribu, porque los tinguianes, aunque no reconocen todos
el dominio de España, han aceptado á su manera nuestra organizacion administrativa,
y sus pueblos están gobernados de un modo muy semejante á los nuestros). El
gobernadorcillo, pues, señala el dia de la boda, que al punto que amanece se anuncia
á són de batintin. Es una fiesta pública en que toda la ranchería toma parte. Despues
de una comilona y borrachera, que suele durar de sol á sol, el viejo, seguido
por todos los que se tienen de pié, lleva á los novios á su casa, donde ya está aparejado
el lecho nupcial, más ó ménos rico segun las circunstancias de los cónyuges.
Manda á éstos acostarse medianamente separados uno de otro, para que en el medio
quepa un niño de seis á ocho años, que duerme alli toda la noche, y hasta que por
la mañana se levanta no puede consumarse el matrimonio. Que esto es un simbolo
primitivo, parece imposible dudarlo. ¿Se ponen así los recien casados bajo la proteccion
de la inocencia? ¿Quiere la autoridad acostumbrarlos asi á refrenar sus pasiones desde
el primer dia? ¿Ó quizas, que es á lo que me inclino con preferencia, ha nacido esta
costumbre de una intuicion higiénica semejante á la que aconsejaba á los jesuitas del
Paraguay despertar á sus colonos al amanecer para que engendraran hijos robustos
y sanos? Ello es que los tinguianes son una raza hermosa y viril, y el único habitante
de la tierra, visto el respeto que á esta costumbre guardan, que puede cantar
con verdad la noche de novios, aquello de

Ni el Padre Santo de Roma
Hiciera lo que yo he hecho, etc.

El divorcio, que es muy frecuente, se verifica en iguales términos con gaudeamus
y borrachera, salvo el aditamento de una multa de cinco pesos, que paga aquel de
los cónyuges que lo provoca. En cuanto á los hijos, decide quién haya de llevárselos
el que tiene más razon, principio de equidad muy loable, que no holgaría en los
códigos de las naciones civilizadas; excepto cuando los niños están en lactancia, que
entónces la madre se los lleva, como tambien si los da á luz despues de la separacion
corporal. Con la mayor impavidez vuelve á casarse, aunque haya sido cristiana
y sepa que no admite la bigamia nuestra ley, cosa que no puede saberlo, digámoslo


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en tributo á la verdad, porque de seguro lo ha olvidado al irse al monte. Se casa
una, dos y tres veces, aunque vivan sus anteriores maridos, y á las veces con estos
mismos repite la ceremonia, pues se ha visto ejemplo de una tinguiana que á los
cincuenta años se había casado diez y siete veces, y cuatro de ellas con el mismo
hombre.

Así vive la india de la clase inferior, como un pájaro vagando de rama en rama,
aturdidamente, sin darse cuenta de lo que hace, hasta que llega la hora do cerrar los
ojos, que entónces vuelve á la tierra con la misma impavidez que en todos sus actos
ha demostrado, que pudiera parecer la calma del justo, y es por lo ménos la ignorancia
del que no distingue el bien del mal. Muchas de estas mujeres, que nunca se
remontan, no por falta de instinto, sino porque aciertan á unirse con hombres de
carácter más sosegado, se dedican en los pueblos á oficios menores, como buyeras,
lavanderas, freidoras, fruteras, etc.; mas no por eso adquiere el tipo variedad alguna,
ni mayor belleza, que todas trabajan y se afanan para mantener á los holgazanes que
se dicen padres de sus hijos.

La india rica y bien educada es desde sus primeros años interesantísima. En
muchas partes hemos dicho que la infancia en el archipiélago filipino merece especial
observacion, porque dia por dia y hora por hora va presentando al hombre estudioso
los síntomas de las grandes metamorfósis que aquel clima devorador produce en la
planta humana. Cuando sale de la tierra por la voluntad de Dios, es la niña india
casi blanca y rubia; pero á medida que crece, van el sol y el aire convirtiendo su
cútis en pergamino. ¿Será por esto por lo que los mediquillos del país y las parteras
las friccionan al nacer con aceite de coco tibio, para que les hagan ménos
efecto las impresiones de la atmósfera? Ello es que montadas en las caderas de indias
abominables se ven niñas muy hermosas, así como en las procesiones vestidas de
angelitos y zagalas, costumbre allí no ménos popular que lo fué en España hasta el
pasado siglo.

Consiste una educacion esmerada en Filipinas en aprender muy bien á leer, pues
medianamente lo hacen casi todos hasta en los campos, chapurrar algo el castellano,
que por ser los criados de los españoles maestros de esta arte se suele llamar castellano
de cocina
, grabar en la memoria el mayor número posible de oraciones, y tocar
el arpa, instrumento favorito de los indígenas, que no habiendo sido importado por
nosotros en el siglo XVI, autoriza la sospecha de una antigüedad bíblica que podría
remontarse al grande arpista David, llevando la cuna de la raza tagala á aquella
region hermosísima que desde el Paraíso terrenal, hoy la India inglesa, se extiende
hasta el mar Rojo. Á las labores de manos dan con razon las madres filipinas lugar
preferente en la enseñanza de las dalagas, y así salen ellas admirables bordadoras
y costureras, que aunque poco inventivas de suyo, como dotadas que están del instinto
de imitacion, plagian fácilmente y áun superan las labores más peregrinas de Europa,
con sedas, con torzales, con conchas y avalorios.


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Son tambien estas indias ricas y bien educadas, grandes tocadoras, bailadoras y
áun cantadoras desde sus primeros años, pues ya hemos dicho que allí la juventud
se anticipa, á ménos que se hayan educado en beaterio, las cuales merecen capítulo
aparte. En el tañer no son muy extremadas que digamos, ó por flojedad de pasiones,
ó por falta de consistencia en su atencion; al cantar suelen darse poco, porque fatiga;
pero ¡cosa extraña! al baile, que fatiga mucho más, le tienen una aficion verdaderamente
increíble. India hay que se está valsando toda una noche, que no por ser moda
exótica para ellas, deja de agradarles mucho. Y ¡cosa no ménos extraña! aquellas
mujeres que al parecer se caen á pedazos de puro lánguidas, y que más que andar
se arrastran y se ciernen como un barco de vela latina, son ligeras como una pluma
danzando, y tan dueñas de sí mismas, de su equilibrio, de sus movimientos, que es
maravilla algunas veces verlas arrojar al aire la chinela, y sin soltarse de su pareja,
sin perder el compas,—¡y qué compas, santo Dios, si toca un músico indio!—volver
á cogerla en el aire con la punta del pié, sin el menor tropiezo, sin la alteracion más
leve del cuerpo ni del rostro. Pero cuando la india verdaderamente se transfigura, es
cuando baila la danza indígena, el famoso cundiman, que tiene entre los españoles tan
ciegos apasionados. Hé aquí cómo lo describía un viajero en Octubre de 1860:

...«el músico afina su vihuela y empieza á puntear el cundiman; la bailadora coloca
el pañuelo sobre sus hombros y las puntas caen sobre su pecho; se aprieta el tapis,
que ciñendo airosamente su cuerpo, describe con perfeccion su esbelto talle; encaja
con gracia en sus pulidas manos las sonoras castañuelas de baticulin; sus ojos se
animan, el placer brilla en su semblante, sus encantos se multiplican: todos sus
movimientos y sus miradas indican lo sencillo de su corazon: ya se pone en un pié,
ya en el otro, ó se cubren de rubor sus ojos, como que quiere empezar, pero se
queda cortada. Ya parece pesarle haberse puesto en medio; sus compañeras, acaso
envidiosas, se rien, su padre la riñe; su madre la anima y le da el punto, le coge,
y hé aquí que agitando el ruidoso baticulin con redobles continuos, marca el compas,
entona el cundiman, une su voz á la guitarra, y sus piés entrelazándose apénas
tocan el suelo. La variedad de sus pasos, la elegancia de sus movimientos y en especial
la languidez de sus posturas y desmayos es lo que más indica el carácter del
cundiman, baile enteramente filipino. No hay palabras que puedan dar una idea de
la flexibilidad de su cuerpo, igual á una caña agitada por el céfiro. Sus brazos, ya
sea que los levante ó que dulcemente los estire como quien convida al abrazo, ya
sea que los baje y con amoroso desmayo haga caer blandamente su codo en su
delicioso regazo sonando el ahuecado baticulin, son la más viva expresion de las
costumbres del país. Tan pronto se halla como embriagada de contento y placer,
como oprimida de dolor; ya vuelve la cabeza como ofreciendo su tersa mejilla á
alguno, como se retira avergonzada... Despues de mil ágiles ensayos llega al estribillo

¡Ay cundiman! ¡ay cundañgan!

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su voz melodiosa se apaga, su cabeza se inclina como una flor marchita, y sus
castañuelas suenan con lentitud; pero llega el jelenan cundiman, toma brio poco á
poco, salta, brinca, trenza, vuela, y redobla el sonante baticulin y concluye girando
sobre sus piés como un trompo por más de cinco minutos.—La música del cundiman,
compuesta de suspiros y desmayos, de languideces y arranques vivos, de
gemidos de dolor y de gritos de gozo, ofrece una mezcla singular de alegria y armoniosa
tristeza.»

Aumenta el atractivo de la india pura su pintoresco traje. Consiste en una saya
las más veces de seda á grandes listas de colores fuertes, un tapis ó mantellina por
lo comun negro, que á manera de ceñidor le cubre las caderas y el vientre, una
camisa de jusi ó nipis, suelta, que sólo baja hasta la cintura, dejando entrever los
contornos asaz redondos y provocativos de su pecho, un rosario al cuello con cruz de
azabache y dieces de plata ó sándalo, y las orejas y la cabeza llenas de brincos y
arracadas más ó ménos ricas, que hacen resaltar notablemente el clásico peinado que
anuda el pusod. Cuando está en casa lleva el cabello tendido, como todas las mujeres
del país, para evitar que lo pudra la humedad del baño; hermoso cabello negro que
le cae hasta la falda como velo de Artemisa. Por la calle suele llevar á la cabeza un
pañuelo de piña ó nipis, coquetamente anudado debajo de la barba. Es complemento
de este traje el pié desnudo en una sandalia igual á las morunas, que deja el talon
descubierto, aumentando su andar lánguido y cimbreante, que al principio desagrada,
pero llega con el tiempo á parecer gracioso y aristocrático. Es por lo ménos original
y expresivo.

Como las indias se bañan todos los dias, el aroma peculiar que exhalan un tanto
almizclado, como todos los olores del extremo Oriente, se mezcla con los perfumes
que usan, principalmente la sampaguita y el voluptuoso ilang-ilang, llegando á hacerse
grato al europeo. Haylos que en tal manera se acostumbran á ellas y á todas las
cosas de su país, con tanto extremo se aplatanan, que gustan de verlas mascar el
buyo, fortificante que les pone los dientes y las encías encarnadas, merced á la cal
de su composicion, produciendo un olor acre y una saliva rojiza y nauseabunda, que
ellas cuidan mucho, cuando están entre españoles, de arrojar sin que se las vea. Al
efecto, las tablas que forman el piso en todas las casas tienen abundantes agujeros
en los balcones, por donde las indias, con raro tino, gracias á la costumbre, expelen
la saliva como flecha disparada.

Son tan frecuentes en Filipinas las mudanzas de fortuna, que indios y mestizos
suelen pasar en un dia de ricos á pobres, ya porque pierden su caudal al juego, ya
porque lo derrochan en la fiesta de un santo de que son patronos, haciendo banquete á
todo un pueblo de quince ó veinte mil almas, ya porque, fundados sus capitales en el
comercio marítimo, la ola pérfida los levanta ó los abate con la mayor rapidez, ya en
fin porque, faltos ellos de sentido y dados al lujo con exceso, gastan más de lo que
tienen. De aquí el que sea tambien cosa frecuento ver á niñas criadas entre mimos


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y regalos, zagalas de todas las procesiones, artistas de todos los conciertos, piés
forzados de todos los bailes, adoptar oficios mecánicos ó industrias poco ménos que
viles. Entre los primeros prefieren el de bordadora y costurera, viéndose ingresar en
ellos á jóvenes que han sido ricas con aquella indiferencia que unos llaman estupidez
y otros filosofía. Con la misma se despiden de la mayor ilusion de la mujer
filipina, que es casarse con un europeo, principalmente con un castila, ilusion que
alimenta siempre la india rica, miéntras lo es, para aristocratizarse, como aquí las
hijas de los banqueros se casan con nobles arruinados. Perdida esta ilusion, empiezan
á vencer su repugnancia al indio, y á aceptar sus galanteos como moneda corriente,
que harto les cuesta, pues conocen muy bien la diferencia de galan á galan. Ellas,
con el instinto delicado de la mujer, saben apreciar las olorosas flores del lenguaje
amoroso castellano, que nunca hablan los indios más instruidos, sino un verdadero
galimatías. Es el tagalo dulce y armonioso, pero poco enérgico, y la hembra de todas
las latitudes, como el buen corcel, gusta de probar á un tiempo el halago y el acicate.
Tienen, pues, que contentarse en esto de amor las pobres indias caídas de la rueda
de la fortuna con los productos del país, que no son más que pobrísimas y caricaturescas
parodias. El galanteo, el requiebro, la ronda, el mimo, el enojo y el desenojo,
únicamente los pueden aceptar del indio cuando no hay otra cosa, que la necesidad
carece de ley.

Áun asi es para ellas verdadero honor y triunfo inolvidable que les dé su galan
una emprentada, palabrilla que dejará atónitos á los lectores, creyéndola cosa del
arte de Guttenberg, ó que huele á tinta de imprenta por lo ménos, y no tiene de
tal sino lo que de poética tiene. ¿Qué lingüista, qué filólogo, qué cardenal Mezofanti
podrá adivinar el misterioso impulso á que obedeciera el indio filipino cuando tradujo
ciertas palabras castellanas en los primeros años de la conquista? Galanteadores
ellos y enamoradizos no ménos que nosotros, cuando en tantas cosas nos remedaban,
habían de imitar é imitaron de hecho nuestras serenatas, la más expresiva de las
manifestaciones amorosas; pero llamándolas enfrentadas, como aquel que enfrente de
la casa de su novia echa al aire su atrevido pensamiento al compas de una vihuela;
y no pudiendo ellos pronunciar la efe, que convierten en pe, quedó hecha y derecha
la emprentada, palabra incomprensible para el que no ve ejecutar el acto ó sabe su
etimología.

Cuando entreabre una india las conchas de su balcon, y se convence de que la
emprentada es para ella, cuando conoce á su novio y á sus amigos, que están á la
luna rascando como Dios les da á entender las cuerdas de un instrumento que trajo la
nao de Acapulco en sus postreros viajes, y que el calor y la humedad han convertido
en carraca, parécele á ella que las mujeres castilas de su barrio van á envidiarla, que
es el ideal más acariciado y lisonjero de su fantasía. En cierto artículo de costumbres
publicado en Manila hace algunos años he leído unas coplas de emprentada, que
no puedo resistir al deseo do trasladarlas aquí, para que el lector formo juicio exacto


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de la música, de las trovas y los trovadores. Regularmente las cantan al compas
del Jaleo de Jerez ó del Chactas y Atala, que para ellos todo es lo mismo, toda es
una misma música, exceptuando el Miserere y la Marcha real.

Titay ya de su Nanoy
Parese que está olvidá,
Porque mucho cosa nuevo
Con vos tengo repará.
Si vos á quere con otro
¿Por qué claro no jublá?
No mas ase modos mala,
El corason declará.
Pídole con vos un buyo,
Dise no quiere mascá,
Y si esta vos presta paño
Responde no está prensá.
En aquel noche na Quiapo
Pansit no quiere tomá,
Despues na pansiteria
Con otro yo ya mirá.
Una noche na vos casa
Una música emprentá,
Ni un ratito á la ventana
Siquiera no está asomá.
Ñora Tinan la buyera
Dice que un noche y mirá
Que un castila y dos tagalos
Contigo ya está banquiá.

En efecto, suelen decir los escritores de costumbres filipinas, que casi siempre,
miéntras en la calle el trovador se desgañita, la dama de sus pensamientos anda á
picos pardos dentro de la casa; pero yo creo estas malicias inspiradas por el afan de
hacer picarescos y áun picantes los escritos, rasgos de brocha gorda para pintar la
coquetería de las indias, que es en verdad hermana y áun pudiera ser madre de la
de nuestras mujeres europeas. Dicen más los tales escritores satíricos, una vez cogida
la pista de estas picardihuelas, que por pasar en casas de caña y nipa y en altas
horas de la noche no pueden ser muy inocentes; dicen que si el amante que está
adentro anda receloso y como picado de la víbora, porque aquella voz que canta no
es la primera vez que en el barrio la oye, desplega la india una habilidad increíble
para inventar historias de su vecina Cucan ó de su amiga Pipan, y jurar sobre la
cruz que la tiene con sus devaneos escandalizada. Yo no negaré, líbreme Dios, que en
muchos casos la india sea así, que por algo está aquella tierra tan cerca del Paraíso


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donde Eva escribió el primer capítulo de las fragilidades femeninas, y por algo he
apuntado, y apuntaré mil veces, que en ninguna parte como allí existe una escuela
práctica de ese comunismo que los sabios traducidos del aleman quieren regalar á
España para que gaste nuestra civilizacion taparrabo; pero como no es ésa la india
que me he propuesto pintar, y como todas las reglas tienen sus excepciones, sigo
creyendo que bien puede haber alguna que de véras se deleite con la emprentada
de su galan... único, y que trate de amores á palo seco.

Lo que sí merece repararse es que siempre estas coplas de amor y celos acaban
con un estrambote filosófico, como si los pobres indígenas no las tuvieran todas consigo,
y recomendasen con especialidad á sus dalagas que huyan de los castilas, que
son en efecto para ellas lo que la luz para las mariposas. ¡Cómo se desvanecen las
infelices, cuando logran atraer las miradas de un teniente del resguardo, de un aforador,
ó de un cabanista!... (cuando los había, aunque este tipo no desaparecerá jamás
de la esfera administrativa, miéntras haya ministros cursis ó botarates, que inunden
las oficinas del archipiélago de empleados que, al reves de aquéllos, no valen un caban
de palay). ¡Qué habilidad desplegan para fascinarlos! ¡y qué pronto y qué bien lo suelen
conseguir!... pero ¡cuán á su costa!

Porque si ya la india no es rica, si ha perdido sus casas de la poblacion, sus
quiñones de caña dulce ó sus barcos de cabotaje, difícilmente logra llevar á su galan
ante el padre cura, á ménos que éste por cuestiones de conciencia y religiosidad tome
el negocio á su cargo, ó se halle el español in articulo mortis. Lo más comun es
que la india costurera ó bordadora, como hemos dicho, tenga franco acceso á la casa
del novio, adonde la llevan por la mañana sus mismos padres, que de camino participan
de la morisqueta de los criados, de los cigarros del señorito, y de todo lo que
hay á mano, incluso dinero, que piden adelantado á cuenta del trabajo de la niña. Ésta
entre tanto elige para taller el balcon de la alcoba, para poderle probar las camisas al
castila, quien al cabo de tres ó cuatro años se encuentra surtido para siempre de
pecheras bordadas, de pañuelos con marcas como puños, y de otras mil chucherías;
pero llega la hora de volver á España, y entónces le traspasa á su sucesor sus muebles
y sus criados, entre ellos la costurera.

Demos por sentado, para concluir y huyendo del terreno resbaladizo de los escritores
maliciosos, que el buen trovador de la emprentada no tenía motivos razonables
para acusar á su novia de gatuperio, y que siguiendo los amores su ordinario trámite,
acaban en la parroquia con la epístola de San Pablo. No es más feliz en el estado
matrimonial la india acomodada que la del monte, que hemos descrito, ni su mision
la eleva una línea sobre la otra. Así como el plátano en cuanto rinde un primer fruto
engendra retoños que le secan, y puede decirse que sus hijos le matan, así la india
viene á ser un cero social desde el momento que los tiene. ¡Cuánto envidian ellas en
silencio el tipo delicioso de la madre jóven europea, á quien la sociedad teje una doble
corona, y la familia envuelve en una atmósfera constante de amor y felicidad! Á veces


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llega su candidez hasta maravillarse de que una madre pueda ser querida por su
esposo, como si fuera una dalaga. Debajo de esta admiracion, ¡qué desnudas se ven
las pasiones selváticas del indio, y los brutales desengaños que, una vez satisfechas,
dan en pago á los pobres instrumentos de sus placeres!

Verdad es que á ellas las destruye la maternidad tanto como á las nuestras las
hermosea. Aunque ya dejamos hechas sobre este punto bastantes indicaciones, nunca
el lector podrá dar crédito á las atrocidades de que son víctimas aquellas pobres
mujeres en manos de mediquillos y parteras. Un solo hecho las probará, que es elocuentísimo.
Todos los frailes españoles, ántes de dedicarse á la cura de almas, estudian
algo de obstetricia, para poder salvar las de muchas pobres mujeres á quienes parteras,
mediquillos y hasta las mismas familias abandonan, despues de tenerlas dos ó tres
dias como quien dice en parto, colgándolas por los hombros, sentándoseles en el
vientre, y haciéndolas otros remedios por el tenor, que acaban con el hijo y con la
madre. En los libros de Embriología, que constituyen uno de los más ricos ramos de
la literatura hispano-filipina, se leen casos que erizan los cabellos y que sólo al conocer
prácticamente el país pueden admitirse como históricos.

Quedan, por consiguiente, desfiguradas y enfermizas, y su débil constitucion las
predispone á multitud de graves padecimientos. Debe tambien de resentirse algun tanto
su cerebro, pues se observa que las preocupaciones y monomanías tienen en las indias
adultas un carácter más pronunciado que en las jóvenes. Desde la edad de treinta
años, que se precipita como una avalancha la decadencia física y moral de la mujer
filipina, viven en una especie de limbo cuyas tinieblas inocentes son dignas de particular
estudio. Las historias están llenas de sucesos, en su mayor parte grotescos, por
las preocupaciones de las indias provocados. Yo mismo presencié en Manila en 1867
uno de los más notables y curiosos, que justifica la larga serie de ellos que publicó
D. Sinibaldo de Mas en su Estado de Filipinas en 1842, y que tantas críticas le
merecieron por inverosímiles.

Antojósele sin duda á una calenturienta soñar que á cierta india rica de la Pampanga,
en castigo de su lujo y sus vanidades, la Vírgen le había convertido en culebra
un collar que llevaba al cuello, de suerte que nadie podía desenroscársela y por
momentos la ahogaba. Corrió así vagamente la noticia dos ó tres dias por los círculos
de caña y nipa y por los rincones de las cocinas, y una mañana amanecieron alborotadas
todas las indias de Manila, diciendo que en el Palacio arzobispal estaba la de
la culebra
, que la habían traído para que el Prelado la exorcizara. En media hora
se despoblaron los arrabales, las fábricas de tabaco y hasta las casas de los españoles,
pues hubo criada que se despidió porque no le consentían ir á ver la culebra. Yo no
pienso presenciar nunca espectáculo como aquél. Quince ó veinte mil mujeres en
oleadas siempre crecientes henchían la calle del Arzobispo, sentadas unas, otras de
pié, clavando con ojos ansiosos ventanas y balcones del Palacio. Algunos maridos,
como ovejas mansas, las oían con la boca abierta murmurar los más extraños disparates,


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en el blandísimo y apénas perceptible tono en que hablan los indios las cosas
misteriosas. Reinaba un silencio tan completo y aterrador que se oía el volar de las
moscas, circunstancia comun á las muchedumbres indias, á quienes se diría que las
fiestas entristecen, pues sólo á la de Ovando, como dice un refran, se va y se viene
cantando y bailando, y eso porque se celebra el dia de San Pascual Bailon, patrono
de aquel pueblo.

Hizo la casualidad que acudieran á la sazon á visitar al Prelado superior del Archipiélago
tres de sus sufragáneos, que se hallaban en la capital accidentalmente, y ya
no fué posible quitar á las indias de la cabeza que el Arzobispo había impetrado la
ayuda de sus compañeros, porque la culebra, despreciando sus continuos conjuros, se
resistía á desenroscarse. Hubo momentos en que se temió un grave conflicto de órden
público. Al fin la noche, el cansancio y la esterilidad probada de aquella inocente congregacion,
hicieron lo que consejos ni reflexiones podían conseguir. La muchedumbre
se disolvió para meterse tranquilamente en la cama.

Á la vecindad de la China, donde tan poco estimada es la mujer, que los padres
ahogan dos terceras partes ó más de las niñas que nacen, atribuyo el menosprecio
en que es tenida la india por su raza cuando el tiempo la esteriliza y envejece. Al
reves de los ancianos (matandas), á quienes miran como verdaderos oráculos, con
veneracion y respeto, reflejo indudable del que las tribus primitivas profesaban á sus
patriarcas, arrastran las indias viejas una existencia mísera y despreciable, que las
hunde más y más en los vicios á que siempre su instinto las inclina. El juego consume
por lo general sus últimas horas, y el dia que mueren es casi como una fiesta
de familia celebrado.

II
LA MESTIZA.

Por ser Dios en todas sus obras admirable, en medio de aquella naturaleza lánguida
y muda, como si su propia magnitud la abrumara, al lado de aquellos séres taciturnos
y melancólicos, ha puesto la mestiza, criatura jovial y ruidosa, que sólo piensa en las
maneras de pasar agradablemente la vida. Peregrino es el contraste que con la india
ofrece, áun dándolo la mano, como dos hijas que son de una misma madre. Perezosa
como ella, como ella preocupada y fantástica, es sin embargo más aristocrática que
ella, y mira en el trabajo de la mujer, no sólo pesada carga, sino á las veces insoportable
deshonra. Pero este trabajo es el meramente corporal, entendámonos bien;
el trabajo que esclaviza, el que fatiga, el que trae sudor al rostro, cansancio á los


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miembros y al cútis aspereza, pues otros que á su condicion se amoldan, como el
comercio, la industria y sobre todo la usura, no ya los acepta, sino que los apetece,
los persigue, ávida, tenaz, incansable.

Otra advertencia debemos hacer, que no en balde queda en la Introduccion advertido
que los peros y los distingos abundarían en este trabajo. Á la mestiza únicamente
le causa horror el suyo miéntras es soltera y jóven, que el de sus criadas y dependientes
sabe á las mil maravillas explotarlo, áun en aquella feliz edad en que no piensa
en otra cosa que en divertirse, aumentando y luciendo sus atractivos. Muchos tiene
en verdad, si no hay en su sangre, como tambien queda apuntado, alguna gota china,
que entónces el tipo varía por completo, y aunque no desagradable á la larga, suele
serlo á primera vista. Ojos redondos, pómulos salientes, cabello lacio y áspero, manos
huesudas, ángulo facial un si es no es deprimido, y finalmente, un lenguaje abigarrado,
lento y gangoso, en que las eñes se acentúan mucho, las erres se convierten en eles,
y los diminutivos, de que tanto se usa y abusa en Ultramar, acaban en ico ó ica,
como en la huerta de Murcia, distinguen á la mestiza china de la española ó europea,
cuyas líneas del rostro son más puras, el aire más fino, el lenguaje casi correcto, la
elegancia más natural, y porte, maneras y costumbres más distinguidas. Otro matiz
que á diferenciarlas contribuye, es que la mestiza china odia ménos el trabajo corporal
que la europea, y de aquí su mayor basteza y su constitucion más tosca. No parece
sino que sobre sus hombros esté pesando de continuo la pinga que llevó su padre
por las calles de Manila con espuertas de carbon ó fardos de lienzo; miéntras que la
mestiza española transciende desde legua á lo que en el lenguaje moderno llamamos
burocracia, ya civil, ya militar.

Hasta en el traje se diferencia una de otra, como se diferencian en los gustos y
los orígenes. Por los colores chillones, los adornos ostentosos, los recargadisimos bordados,
en una palabra, por la majeza deslumbrante, se perecen las mestizas del Celeste
Imperio, miéntras las españolas, más delicadas y severas, combinan los colores fuertes
con acierto, y aunque tambien majas y ostentosas, no tanto atienden al brillo como á
la solidez y elegancia de los objetos. Mucho contribuye al refinamiento de los instintos,
demas de lo antitético de sus bellezas, la diversidad de condiciones en que una y otra
viven, pues miéntras la mestiza china suele ser antipática á todas las razas, desde
el español hasta el indio puro, y sólo puede imponérseles por la superioridad de su
inteligencia, que la hace casi siempre rica y dominadora, nuestra mestiza europea,
sublimada por la ley que la protege, enlazada con las dos razas principales que la
tienen por suya, desde el primer momento impone su superioridad, por el aspecto
distinguido, por la regularidad de sus facciones, por sus ojos hermosos y penetrantes,
y muy particularmente por la blancura relativa de su finísima tez, de un mate ebúrneo
y transparente, por sus redondas y pulidas manos, donde se ve circular una sangre
activa y azulada, y por la brevedad de sus piés, verdaderamente diminutos, que sólo
en Andalucía y Extremadura tienen rivales.


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El traje de las mestizas, idéntico en ambas razas, las distingue tambien por las
diferencias de color y gusto artístico que hemos insinuado. Una saya, que en los primeros
tiempos era enteramente igual á la que usa la india, y hoy sierva obediente de
la caprichosa moda, es por lo comun ancha y larga, hasta cubrirle por delante los piés,
y caerle por detras en abominable cola, encubriendo uno de sus mayores encantos;
la camisa de piña ó jusi, á la cintura sujeta, camisa de anchas y airosas mangas,
donde goza el redondo brazo de una libertad anárquica, que le permite enseñar bien
dos ó tres pulseras; un pañizuelo cruzado sobre el pecho, no tanto que impida lucir
las gargantillas y collares, y áun la suave canal que inicia la mayor y más bella singularidad
de las formas de la mujer; un peinado á la moda europea, con el adorno
indispensable de una flor de colores vivos, que suele ser la gumamela ó el granado
silvestre, y el pié en la bordada chinela descalzo y jugueton... hé aquí el pintoresco
traje de la mestiza asiática. Una observacion añadirémos, para nuestros lectores de
Europa importantísima, para los de allá ridícula de puro vulgar. No usa tapis. Esta
prenda es la que distingue á la raza indígena de la mezclada, que la mira con verdadero
horror. Ni por casualidad ni por broma siquiera se pondrá una mestiza el
distintivo de la india, como ésta no lo suprime tampoco ni por casualidad, que un
instinto misterioso la obliga á mirarlo con secreta vanagloria, como símbolo de sangre
pura y sin mácula. Qué ley ó qué costumbre primitiva haya hecho del tapis frontera
artificial de las dos razas, no hemos podido averiguarlo, ni lo sabe nadie en el país;
pero su nombre mismo, recuerdo humilde del humildísimo taparrabo, nos ofrece un
poema etimológico lleno de candorosa poesía y de inocente significacion.

La vida de una mestiza hasta que se casa, no tiene, al reves de la de Juan Soldado,
mucho que contar, á no tratarse de aquellas aventureras que están muy léjos de
nuestro tipo, aunque tengamos que dedicarles algun párrafo incidental. Por la mañana
temprano de iglesia en iglesia para ver y ser vista, ora con su madre, ora con una
amiga vieja, variedad curiosa y digna de estudio en la mesticería; despues al baño y
á la mesa, donde se despacha á su placer, porque tiene un estómago privilegiado.
Observa á este propósito un escritor de costumbres que es respetuosísima con sus
padres, á quienes besa la mano al acabar de comer, así como á los sacerdotes que en
la calle encuentra; pero éste es rasgo característico de todas las mujeres de Filipinas,
educadas á la antigua española, en el santo temor de Dios y en el respeto á los
mayores de edad, saber y gobierno, como dice la doctrina cristiana. Hé aquí la causa
de que sean tan dóciles y propensas al bien, cuando no se las deja entregadas á los
impulsos de su naturaleza montaraz.

Tampoco se ha generalizado en Filipinas la abominable moda de tutearse padres
é hijos, moda que indiferentes hemos aceptado como sencilla y sin transcendencia,
siendo así que hace en nuestra sociedad estragos increíbles, minando por su base
aquella autoridad, que es raíz y fuente de todas, excepto la de Dios, de la cual parece
no obstante reflejo fiel y purísimo. Un país que nació en brazos de la Iglesia católica,


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y por ella arrullado ha crecido hasta ser hoy la perla de la Oceanía, como en todo
el Oriente se le llama, no podía ménos de presentar instintivas y tenaces resistencias
á la invasion de ciertas novedades, cuya misma futilidad las hace más temible instrumento
de corrupcion. No es la familiaridad buena amiga del respeto, por más que
otra cosa pretendan los modernos pedagogos, que mal pueden hacer buenos ciudadanos,
cuando empiezan por hacer malos hijos. Si algun ejemplar hay de estas perniciosas
corruptelas, hija es del prurito de imitacion, copia de los modelos ruines que nuestra
sociedad les envía. Así, aunque difícil y trabajosamente, á medida que se moderniza
el Archipiélago, poniendo en algunas inteligencias rebeldía contra el principio de autoridad,
y en algunos corazones dudas de todas las creencias que eran la vida moral de
aquel pueblo, se aflojan sus lazos con nuestra patria y se hace su situacion política
más peligrosa. En 1808 empezaron nuestros gobernantes miopes á llevar allí derechos
que pugnan con los deberes, ideas incompatibles con los sentimientos religiosos, que
son en puridad el bien moral y social, y siguen llevándolos hoy, sin tener en cuenta
las tristes lecciones de nuestra historia americana, donde se ve claramente el dogal
que nos ha ahogado por nuestras mismas manos tejido.

Afortunadamente no han conseguido todavía los ciegos errores de España arrancar
por completo á Filipinas el espíritu religioso, gracias á hallarse incesantemente alimentado
por las Órdenes monásticas, únicas que conocen bien el carácter del indio, sus
necesidades y tendencias, á que dan satisfaccion con paternal agrado; y el dia que lo
consigan casi puede asegurarse que serán únicamente las razas mezcladas las que
cambien nuestro amor en odio, como en América ha sucedido; pero guárdense bien
nuestros vencedores aquel dia de no desconocer la fuerza de la sangre, como ahora
la desconocen; guárdense bien de no hacer con sus desprecios y sus crueldades que
el indio recuerde á los Padres castilas, y su blanda y cariñosa dominacion, pues
pudiera suceder que una misma hora viese su triunfo y su castigo, aunque el país
quedase á mayor barbarie entregado. Nunca llegara ese triste dia, si estableciésemos
un sistema de educacion inteligente y hábil, para modificar los instintos aviesos de la
raza mezclada, principalmente de las mujeres, que son las más peligrosas y duchas
en las artes del disimulo, y por ende en las de conspirar llegado el caso. Sus tendencias
religiosas son nuestra única garantía, como hasta aquí lo han sido bajo la
direccion de los frailes, y nos empeñamos en quitárselas, que es como quitarnos á
nosotros mismos el arma y el escudo.

Donde quiera que hay una procesion ó una fiesta de iglesia, cerca ó léjos de su
morada, allí está infaliblemente la mestiza con su cortejo de adoradores, grande por
regla general, que el tipo cuenta muchos apasionados entre naturales y europeos. Si
tiene carruaje, lo lleva lleno de golosinas, pues es la criatura más aficionada al dulce
que se conoce, y si á pié va, hace cada momento estaciones en todas las pansiterías
y tiendas análogas del camino. Por un contraste muy natural le gustan los ácidos del
mismo modo, y es que el calor húmedo de Filipinas, reconcentrándose en la epidermis,


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deja el estómago en tal estado de languidez y decadencia, que sólo cosas raras
apetece.

El amor es la ocupacion habitual de la mestiza, amor vehemente y voluptuoso en
el fondo, glacial y hasta repulsivo en la forma, que convierte en adagio la máxima
latina suaviter in modo, fortiter in rè. Más que ninguna otra mujer del país muestra
decidida preferencia á los europeos, y ni áun á los mestizos se inclina hasta que ha
perdido la esperanza de casarse con un español. El que, arrostrando los inconvenientes
que en la introduccion hemos reseñado, cierra los ojos y la lleva á la parroquia, puede
tener dos cosas por seguras: que se hace rico muy pronto, y que cuantos cargos ejerza
le han de ser soberanamente lucrativos. De aquí sin duda la Ley de Indias, vigente en
la actualidad, pero siempre violada por condescendencias y debilidades de los Jefes superiores,
que prohibe ejercer en Indias cargos de magistratura á los que están casados
con naturales del país; ley que debería de hacerse extensiva á todos los funcionarios
públicos, pues en todos los casos sería de igual modo conveniente. Y no es que pueda
acusarse de cohecho á las tales esposas, ni que vendan los favores ni la justicia en
los términos que aquí solemos entenderlo, no; es que con procederes extraños y
viciosos, aunque naturales y corrientes en el país, rebajan la dignidad de los destinos
públicos y comprometen á los que los desempeñan.

Así como al llegar á un pueblo, por el estado de la iglesia, su aseo y buena
compostura, se conoce á tiro de arcabuz si el Párroco es fraile español ó sacerdote
indio, así conocereis si es mestiza la Alcaldesa (Gobernadora) por la cantina de la
cárcel, que seguramente de su cuenta corre; por el estanquillo, si es administradora
de Hacienda pública, y por la abundancia de tabaco igorrote, si con un aforador ó un
teniente de carabineros está casada. Del marido en muchos casos puede decirse lo que
Luis en El Hombre de mundo,

Todo Madrid lo sabía,
Todo Madrid... ménos él;

otras veces... pero ¿qué ha de hacer un pobre marido, que á lo mejor descubre la
existencia de una sociedad anónima entre su mujer y el chino contratista de anfion
(opio), que sin él comerlo ni beberlo, métenle en su casa cada mes cuatrocientos ó
quinientos pesos, como quien dice á la fuerza, ó que bajo mano acaparan todos los
puestos de buyo de la poblacion, que les producen la miseria de medio real diario cada
uno, y son la friolera de trescientos ó cuatrocientos, como en Madrid los de castañas
por Diciembre? ¿Qué ha de hacer sino callarse como un bendito, dando gracias á Dios
por haberle deparado tan habilidosa consorte, que sin que lo sienta la tierra y con el
incesante ir y venir de la hormiga, le llena su despensa y le rellena su bolsillo, para
cuando suene la hora fatal de la cesantía, única hora fija en el reloj de los empleados


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españoles? Y es que más dificultad que descubrir el negocio mismo, ofrece al pobre
descubrir los medios de que su mujer se vale para redondearlo. Como tiene la sarten
por el mango, no consiente competencias y hace unas alcaldadas que la Casa Real se
estremece. ¡Desdichado el indio que se atreva á poner un puesto, sin pagarle á ella
la patente! ¡Desdichado el que comercie en cosa que perjudicarla pueda! No dará ella
la cara, ni se comprometerá por cierto; pero á fe que para el caso se pintan solos
todos los dependientes de la Autoridad en Filipinas, que siendo indios puros y mestizos,
desde el más rico escribano hasta el más desharrapado alguacil, se entienden con
su paisana á las mil maravillas, y sin que el castila lo barrunte, la sirven hasta los
pensamientos. Si escribas y alguaciles no pueden por circunstancias especiales ayudar
á la hormiga á traer á casa el grano, tambien anda por allí otro tipo curioso, que
se llama personero de los Alcaldes, porque lo ha sido de todos los anteriores, y lo
será de cuantos empuñen la vara hasta que Dios le mida con la suya. Personero, en
aquel castellano singular, quiere decir apoderado, representante de intereses no muy
católicos, y en el nuestro, en el lenguaje que hablamos los nacidos desde la Coruña
á Cádiz, se llama testaferro, explicacion que abrirá los ojos de nuestros lectores más
que si les escribiéramos un tomo en folio.

El personero... hé aquí una raza novísima: tiene de fecha unos treinta años. Desde
que se prohibió á los Alcaldes comerciar, y recibir los tributos en especie, tuvieron
los pobrecitos que ingeniarse, y entónces se ingeniaron, aunque á la verdad posteriormente
un mayor desarrollo plausible de la conciencia administrativa, por ministerio
de las causas criminales y de alguno que otro presidio, ha hecho bastante raros los
casos que en aquella época eran comunes. Envalentonado el personero con la proteccion
del Alcalde, compra á los labradores sus frutos á bajo precio, les adelanta
sumas con un interes bárbaro á cuenta de la recoleccion, les prohibe hacer contratos
con otros especuladores, y si la provincia es tabacalera, se pone de acuerdo con algun
aforador débil para que declare de desecho muchos fardos, que él compra á precio
vil, y luégo por recomendacion del Alcalde se declaran de primera; en una palabra,
cohibe á los indios, los veja, los arruina, más aún que podía hacerlo el Alcalde mismo
cuando comerciaba. Calcúlese ahora cuánto abusará la mestiza de sus personeros, y
cuánto abusarán éstos á la sombra de la mestiza convertida en juez y parte. Deus
ex machina
, en todas está invisible y en todas presente la aprovechada Alcaldesa.

Nosotros hemos visto á un caballeresco oficial de un cuerpo aristocrático, obligado
á ausentarse del país porque descubrió que su mujer prestaba pequeñas partidas de
medio peso y un peso á los mismos soldados de su compañía, sirviéndola de corredores
los sargentos. ¡Honorífica especulacion! Á fin de mes puntualmente, con la
puntualidad de un Comisario de guerra, recogía la capitana sus pequeñas ganancias,
y si alguno se hacía el remolon, propinábanle una mano de bejuco los sargentos. Todo
Manila comprendió que el marido, bravo é inteligente oficial español, era ajeno á
tales manejos; pero ¿lo comprenderían de igual suerte los rudos soldados indígenas?


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El que hace la vista gorda á las agencias conyugales, ya lo hemos dicho, rico
seguro. En pocos años le reune su mujer un capital de consideracion, y aunque ella
le gaste mucha parte en joyas y requilorios, no es dinero perdido, como aquí, sino
puesto á muy alto interes, que tambien le deja tarde ó temprano su ganancia, cambiando
las joyas ó vendiéndolas. Nada tan frecuente como oir en las tertulias más
encopetadas diálogos por este estilo:

—¡Qué pendientes tan bonitos trae usted, Pipan!

—Cosa chichiricos, ¿sabe?—dice la mestiza.

—Sí por cierto que son chichiricos,—replica la española.

—¿Gusta vos con ellos?

—¡Vaya si me gustan!

—Doscientos pesos costaron á mí.

Y gana cerca de la mitad, porque al otro dia, quieras ó no, los recibe la española...
con un recadito expresando que el dinero no corre prisa.

Otras veces tiene almacen en una habitacion reservada de su casa, pretextando que
son restos de su antiguo comercio ó favor que hace á una amiga desvalida; almacen
que nunca se agota, como las liquidaciones de farsa de las tiendas de Madrid, por
derribo, por cambio de tienda, por quiebra de fábricas
, etc., etc. Sabe, por ejemplo,
que á tal ó cuál señora le hace falta cierta tela, llévala allí en secreto de otro
almacen, y la avisa que por casualidad ha encontrado una pieza entre sus desperdicios,
con que viene á quedar gananciosa y agasajada. Otras veces, con aquel instinto
mercantil que Dios ha dado á los mestizos, presiente que va á escasear un artículo
de comercio, compra todas las existencias, provoca ella misma el alza, y cuando sobreviene,
hace su agosto. Carruajes, caballos, vestidos, alhajas, todo lo vende en cuanto
logra algun interes, y así mata dos pájaros de una pedrada, que llena su bolsa, y
siempre usa cosas nuevas. Respírase en las regiones intertropicales una atmósfera
mercantil tan exagerada, que es muy difícil resistir su contagio: invade á hombres y
mujeres, á chicos y grandes, como una epidemia. No diré si es un bien ó es un mal,
que ántes me inclino á lo primero que no á lo segundo; pero me limito á consignar
un hecho, que en el bello sexo nos parece abominable á los hombres de Europa,
aunque vayamos teniendo ya, por tener de todo, nuestras dames de comptoir y
nuestras tenedoras de libros.

Ni quiere esto decir que no sean las mestizas obsequiosas y bizarras en ocasiones,
cuando un español cae en desgracia, cuando queda una española viuda y miserable,
cuando se trata de costear una fiesta civil ó religiosa, etc., etc. ¡Hay tantos huérfanos
en el archipiélago filipino que se hubieran muerto de hambre sin la inagotable caridad
de las mestizas! ¡Hay tantos españoles que les deben su salvacion en momentos críticos!
La crueldad de que se les acusa, y de que yo en conciencia sólo puedo hablar
de oídas, tengo para mí que la guardan toda para el indio, que es su béte noir, su
cuña de la misma madera. Cuentan los criados horrores de ellas, y de su manejo


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del bejuco, en que parece que sobresalen; y ¡cosa rara! tienen en cambio con sus
criadas complacencias incomprensibles.

Tan pronto como el marido, si es español, retrasa media hora su vuelta á casa,
escápase á comer con ellas, en retirada habitacion, sobre un petate más ó ménos
limpio, que esto importa poco, alrededor de una fuente de morisqueta y seis ú ocho
platitos con salsillas chinas y ácidos del país, donde es de ver al ama de la casa en
cuclillas, rodeada de sus sirvientas indias, comiendo con la mano, riendo á carcajadas
sus candideces, y tan contenta y tan feliz como la gata-mujer cuando vió pasar
al raton.

La variedad más basta del tipo, la mestiza china, se casa con otro mestizo por
regla general, lo que es una fortuna para la Metrópoli, pues los hijos salen ya casi
indios; marido y mujer derrochan en pocos años el caudal, y así desaparece como
humo aquel elemento peligroso, que han juntado entre ambos á cual más trabaja. La
mestiza china comercia por mayor y por menor, en groso y miudo, como dicen los
portugueses, y asi vende una arroba de leña como cien sacos de palay (arroz). Tan
pronto se la ve en el puerto, ayudando á la descarga del barco en que es su marido
arraez, como en coche desempedrando las calles á contratar con un comerciante
inglés un giro sobre Lóndres.

La mestiza española sigue por lo comun una línea más recta en sus especulaciones,
y no suele descender á trabajos corporales.

Como la belleza de una y otra se marchita muy pronto, yo no puedo conceder
la perpetuidad de aficiones amorosas que se les supone, y que se dice llegar á su
periodo álgido cuando caducan y chochean. De jóvenes, sí, ya solteras, ya casadas,
cuéntanse lances singulares, no faltando quien suponga que las que tienen maridos
españoles encuentran en sus Minotauros, segun la feliz expresion de Balzac, mayor
benevolencia y áun complicidad mayor que las casadas con mestizos. Tambien ha de
observarse una circunstancia fenomenal, pero que se eleva con frecuencia á la categoria
de hecho consumado è irrevocable. Ansiosos de conocer á toda costa prácticamente el
amor de las mestizas, tan ponderado en versos y novelas, van á Filipinas muchos españoles
cándidos y de poco mundo, que buscan por tercera una mestiza solterona ó ya
entrada en años, oficio para el cual tienen disposiciones especiales; téjense así motu
proprio
desde el primer dia redes peligrosas, y cuando vuelven en su acuerdo ya están
cogidos, hasta el punto de haber empeñado el dominio directo á las que sólo demandaban
una modesta tercería, y eso por pura aficion y por remojar, como quien dice,
la palabra.

Para la mestiza vieja, que parece nacida entre Alcalá y Huete, mi pincel no hallaría
colores sin recordar á la Celestina, tronco frondoso y eterno, cuyas ramas en todas
las zonas reverdecen. Obsequiosa, extremada, insinuante, desde el momento que os
conoce adivina vuestros pensamientos, cosa fácil en verdad cuando se trata de un
europeo, que se mete á caza de gangas por aquellos montes donde la veda es palabra


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casi vedada. ¿Necesitais una costurera, para poner en práctica aquella profunda sentencia
de Trapisondas por bondad: «puesto que la costurera tiene unos piés tan
bonitos, necesito hacerme camisas?» Pues al dia siguiente os envia dos ó tres para
elegir, á cual más hábil, á cual más lista, que así pegan un boton como echan un
puño á una camisa en dia más ó ménos; pero feas, horrorosas, que teneis que volver
la cara cuando os están haciendo el servicio. ¿Necesitais un cochero, un cocinero, un
bata, un zacatero, un chino, que os llene la despensa todo el mes, y hasta presentaros
la cuenta no deje de hacer genuflexiones y llamaros señolia? Pues no teneis más
que abrir la boca, y ella os enviará los más hábiles espías que hayan entrado jamás
en vuestra casa. Pero habeis de ir á la suya á darle las gracias y hacerle vuestros
encargos en persona. Habeis de entrar en aquel bosque de Armida, en cuya puerta
os dice la Fama con incesante trompeteo que hay que apretarse las corazas y calzarse
las espuelas con más cuidado que entre moros.

Allí os recibe en una habitacion tibiamente alumbrada por un globo de colores,
lleno el ambiente de embriagadores perfumes, porque sobre el velador del centro hay
en un plato de china un monton de sampaguitas, y ella tiene al cuello un collar de
las mismas flores, y otro cada una de las amigas que la acompañan. Aquello parece
una perfumería. Tendidas en blandas mecedoras, si no por la materia por la configuracion
blandas, á cada movimiento del voluptuoso mueble os enseñan el pié desnudo,
y algo más, bajo la flotante falda de jusi. ¿Os sofoca mucho el calor? Pues la que
está más cerca os da aire con su paypay, como si á sí misma se lo diese, y acaso
acaso tambien sin que lo advirtais va acercando á la vuestra su butaca para que mejor
os refresqueis. Suena la hora de fumar y os alargan á porfia tabaco-romero, más
embriagador que el ilang-ilang. Al cuarto de hora, la atmósfera seria irrespirable si
no estuvieran conchas y puertas misteriosamente entornadas.

La conversacion discurre lánguida, perezosa, discordante, y un tanto verde, como
un langosto pisoteado que se arrastra entre la yerba. Una copa de Jerez y un bizcocho
vienen á completar vuestro mareo. Si estais recien llegado, aquellas mujeres no os
agradan; aquel espectáculo casi os repugna; pero no podeis negar que son cariñosas,
dulces, retozonas, complacientes, y que os han ofrecido haceros agradable la vida
monotona del país, oferta que sabrán cumplir de seguro, á juzgar por aquel ratito.
En cuanto á la vieja... ¡oh! la vieja se deshace. Está en todo, lo prevé todo, y en
todo cuanto os ocurre va delante de vuestros deseos, de vuestros caprichos y áun de
vuestros pensamientos. Salis de allí con una cita para el domingo, que se van á bañar
á una casa de campo, donde pasarán el dia de jolgorio. Como estais conociendo ya
por experiencia las delicias del baño en Filipinas, y todo el mundo os dice que el
bañarse con las mestizas es bocatto di cardinali, diversion-principe en que iban
soñando desde el cabo de Buena Esperanza los viajeros de la nao de Acapulco, siglos
se os hacen los dias que faltan para el de la fiesta. Antes de la hora convenida estais
allí. De dia os parecen las muchachas ménos bellas aún; su traje os parece ménos


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vaporoso y pintoresco que visto á la luz artificial; la vieja, por último, os parece una
lagartija, que canta medio cayéndose del techo; pero esperais que el baño os indemnice,
y os indemnizará: tenedlo por seguro.

Vase á estas fiestas en banca, que es un bote con un toldo de estera, barquichuelo
muy poético cuando está limpio y bien cuidado. Haylos verdaderamente preciosos, con
flecos, alamares y caídas de seda de colores sobre la blanca estera de Singapoore, y
como las góndolas de Venecia, sólo permiten ver la cara y medio busto de las que
van dentro, ondinas (pase la comparacion) que nadan á flor de agua. Toca alguna
de ellas la vihuela para entretener los ocios del viaje, con que se siente el europeo
transportado á la mismisima perla del Adriático. Como está la casa á la orilla del
rio y tiene muelle para el bote, sin molestia ninguna se encuentra en un comedor
casi anfibio, puesta sobre el agua la mesa dentro del mismo baño.

Aunque no se usan los remilgos de Europa, ni el vestirse y desnudarse es obra
allí de romanos, si las mestizas pertenecen siquiera á la mediana clase, entran en el
agua con un traje á propósito, como nuestras bañistas de Bilbao y el Sardinero. Darse
buenos chapuzones y gozar del agua del rio con la delicia de un pez que se ha
escapado de la cesta, es lo primero que se hace, pues el agua dulce en los trópicos
proporciona tanto placer como la del mar desabrimiento y hasta repulsion. ¡Cosa que
parece increíble! El Grande Océano está siempre tibio en aquellas latitudes, y las
pequeñas corrientes frescas y gratas. Este fenómeno es algo semejante al que la
impresion del baño produce en las mestizas, como en todos los naturales del país,
que los enloquece de alegria; pero si ésta es en las jóvenes como diez, en la vieja
como veinte. La sesentona salta y brinca, se chapuza y hace zapatetas, ni más ni
ménos que si veinte años tuviese.

Si el europeo no sabe nadar, todas se disputan el honor de darle lecciones, y es
de ver la juguetona gimnasia, los pintorescos grupos, las actitudes más ó ménos
graciosas que esto produce. Entre los camafeos de la Roma clásica, cuando tenía la
señora del mundo Emperadores, que eran maridos de todas las mujeres y mujeres
de todos los maridos, hay uno que trae á la memoria cuadros semejantes, obra de
cincel griego. Representa el baño de lecho que Neron tomaba con sus ninfas. Rindiendo
un tributo de justicia á las costumbres asiáticas, dirémos que en la patria
de los taparrabos el artista no suele estudiar el desnudo tan á lo vivo como en Roma,
en la patria de las talares vestiduras.

Todo aquel que aprende á nadar, tiene miedo; todo aquel que tiene miedo, se
agarra; todo aquel que se agarra, se agarra donde puede... hé aquí las mejores peripecias
de la leccion gimnástico-natatoria. Las maestras son débiles, el piso inseguro,
el elemento pérfido... aquí cae una, allá se levanta la otra sacudiendo la melena,
mientras la de más allá, cegada por el agua, tiende los brazos, y coge... al discípulo,
que se deja coger... para no ahogarse. ¡El instinto do conservacion! Instinto que ademas
se halla soberanamente excitado, porque entre bromas y véras, ya le zambullen,


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ya en alto le levantan, y más de una vez ha cogido conchas con los dientes. La
mestiza vieja es la que le da mayores achuchones.

Como es natural, la natacion despierta el apetito, y el almuerzo paga el pato. Aquí
es una verdad lo del similia similibus, porque patos son los comensales, que rodean
la mesa dentro del agua, y devoran la fruta que compone casi exclusivamente el desayuno.
Si es tiempo de mangas, por docenas desaparecen, que creen los filipinos, y
no sin razon, que todo exceso de esta excelente fruta queda impune; y en efecto,
teniendo, como suele tener, más carne que una naranja, hay quien engulle en el baño
cincuenta ó sesenta sin pestañear. Otro recuerdo de la Roma sibarita y voluptuosa,
aunque los romanos tomaban en el agua más sólidos alimentos.

Esta ocasion es la que aprovecha la vieja náyade, que está cansada de juguetear,
y acaso no muy libre de disentería, para lucir sus conocimientos históricos y filosóficos,
sentada humildemente en la orilla del rio, miéntras el neófito y las otras siguen
rodeando la mesa, engullendo frutas y jugueteando por debajo del agua cuanto Dios
quiere. En sus tiempos... ¡qué tiempos aquéllos! los españoles que traía la nao de
Acapulco no eran tan remilgados ni pusilánimes. En cuanto saltaban en tierra, en
cuanto decía el señor Arzobispo el Tedeum laudamus en el muelle, salían como alma
que lleva el diablo por las calles á buscar su acomodo... porque entónces no había
fondas ni casas de huéspedes, que todas las casas estaban abiertas para los castilas.
Ellos preferían, como bobos, ¿cuáles habían de preferir? las de las mestizas, donde
no se les negaba nada, donde á todo lo que pedían se les contestaba amablemente:
vos cuidado... Á veces ni se tomaban el trabajo de pedir las cosas. ¡Aquéllos sí que
eran verdaderos castilas! no éstos, que sólo piensan en el correo y en la cesantía, en
si hay República ó hay Rey en Madrid... (aquí, si la mestiza tira al monte, cosa no
rara, introduce un parrafito de crítica, que es un modelo de sentido comun, y una
acusacion fulminante contra nuestros Gobiernos, que sólo por la misericordia de Dios
no han perdido ya las Provincias ultramarinas. Habla de los empleados que llegan
llenos de trampas, de los que andan con su baul acuestas por las calles, de los que
comen por miseria morisqueta, no por amor al país, de los que escandalizan en las
plazas, de los que se conchavan con los chinos para hacer chinerías de los que
piden limosna cuando se quedan cesantes, ó reniegan de España y de la madre que
los parió, etc., etc. Tambien suelo tirar alguna puntada sobre los Generales, y si hay
poca plata en la Caja Real (allí todo es real y lo será por los siglos de los siglos), y
si no se paga el tabaco de Cagayan, y si el Intendente es muy corto de vista y el
Gobernador muy largo de manos, y si entre unos y otros anda el país casi fallido,
porque crecen las fallas y menguan los buenos fallos).

Volviendo al tema de las mestizas, repite el elogio de los castilas antiguos, que
sólo pensaban en gozar, y lo primero que hacía cada uno era elegir su cada una,
porque las mestizas son las criaturas hechas exprofeso por Dios para el amor, y en
buen amor y compaña se hace la vida ménos amarga. Cuenta que muchos se las


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llevaban á provincias de Alcaldesas y Gobernadoras, donde á los dos les tocaba el
premio gordo do la lotería, ó á Madrid del Rey, donde las tenían hechas unas señoronas,
que en el Prado todo el mundo las señalaba con el dedo. Su amiga Pipan llegó
á ser condesa del Sinamay, su concuñada Cucan baronesa del Pus-pas, y hasta una
mestiza china de la calle del Prosano, princesa de la Tinola, porque se casaron y
todo
con unos castilas de aquellos buenos tiempos.

Hé aquí la última ocupacion de las mestizas, alternada con el beaterio, las visitas
á los Padres curas, las recomendaciones á los empleados, en que suelen hacer su
agosto, y las novenas á Nuestra Señora de Antípolo ó al Santo Niño de Cebú. Y no
se crea que me refiero á las viejas solteronas, á las que no tienen casa ni hogar,
oficio ni beneficio, no por cierto. Por lo comun son señoras regularmente acomodadas,
y las jóvenes á quienes proporcionan los inocentes placeres del baño... sus hijas
ó sus parientas. Incapaces ya para el amor, conservan, sin embargo, todavía la aficion
y el compas.

III
LA ESPAÑOLA DEL PAIS Ó CRIOLLA.

El orígen de este tipo es casi siempre la desgracia, y por una anomalía poco
frecuente en el mundo, escasea tanto como la desgracia abunda; circunstancia que
principalmente se debe al cortísimo número de españoles que han ido en todos tiempos
á Filipinas. Por esta misma razon apénas se encuentran verdaderas criollas fuera
de la capital, que es donde han solido radicarse los europeos, hasta que á fines del
siglo pasado la Compañía de Filipinas inició la explotacion de las demas islas del
Archipiélago, no ménos importantes y fértiles que el grupo luzónico. Por eso tambien
la raza criolla es tan diferente allí de la de Cuba, á lo que han contribuido mucho la
diferencia de sistemas colonizadores y la influencia climatológica. En brevísimo resúmen
lo dirémos: las Órdenes religiosas, impidiendo la destruccion de los indios, y los
considerables saltos atras de todas las razas europeas; explican perfectamente la escasez
de criollos filipinos, miéntras que en las Américas, extirpada casi por completo
la raza indígena, se ha aclimatado fácilmente la europea. Familias en que padre y
madre caen heridos por una epidemia, padres que abandonan sus hijos, frutos de
amores ilícitos que se crian en los campos ó en las casas de Maternidad: hé aquí
sus reducidos orígenes. Quedan tambien algunas familias que se establecieron allí al
hacerse Méjico independiente en 1823, y alguna otra de desterrados políticos; pero


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llevando todas ya más de un cuarto de siglo de residencia, se han cruzado con razas
mistas, razones muy bastantes para que no conserven de españolas sino los privilegios
y las pretensiones.

Recientemente algunas familias de empleados, sorprendidas por la funesta cesantía,
han tomado en el Archipiélago carta de naturaleza, y algunos extranjeros interesados
en las grandes casas de comercio de las principales ciudades, están produciendo hijos
españoles por la nacionalidad y la lengua, aunque no tanto por los instintos ni las
costumbres.

Empezaré por este tipo excepcional, indudablemente el más bello ¡triste es confesarlo!
porque recibe una educacion esmeradísima, casi siempre en Europa. Hijas de
ingleses y alemanes, que habiendo ido á Filipinas de mancebos, como llamamos nosotros
á los mozos de las tiendas, en fuerza de trabajo, perseverancia y economía
consiguen al cabo de veinte ó treinta años fundar un establecimiento y una familia,
en tan largo período de aclimatacion, aunque las madres no sean españolas, que
suelen serlo tambien, sus hijas por lo ménos aman á la patria con aquel amor entrañable
que inspira la tierra que nos formó y el cielo donde hemos fijado nuestra
primera mirada. Al regresar ya jóvenes de los colegios de Europa, constituyen una
especie de aristocracia, un mundo aparte en la sociedad filipina. Si bien hablan varios
idiomas, el castellano correcto y gramatical es el predominante entre ellas. Sus casas,
modelo de aseo y de buen gusto, son á la par templo del arte ó de la ciencia, pues
tienen elevadas aficiones intelectuales, rara avis en aquella tierra. Unas aman la
música, otras la pintura, ésta herboriza, aquélla forma colecciones de conchas y
mariscos, no habiendo faltado quien rinda culto á las musas, pero en secreto, porque
toda inspiracion parece fria y todo metro inarmónico donde es la naturaleza tan
gigante y abrumadora.

Aunque estas casas están abiertas siempre á la buena sociedad, es por lo comun
de extranjeros la que las frecuenta, y con extranjeros por consiguiente se casan las
jóvenes de la familia. Así y todo, conservan largo tiempo el tipo hispano-filipino, verdaderamente
perfeccionado con la sangre inglesa ó alemana. Hermosas por lo general,
fáltales, sin embargo, la gracia ingénita, el garboso no sé qué de las verdaderas españolas,
y como su educacion les impide adquirir las costumbres de éstas, y hasta su fe
protestante, en secreto profesada, las separa como un muro de bronce, dentro del tipo
criollo constituyen una variedad incolora, simpática sin duda bajo el aspecto estético
é intelectual, pero que no ofrece los caprichosos matices y el encantador claroscuro
de la criolla perfecta. Pasan por desabridas y áun desamoradas; pero no han faltado
célebres excepciones, ni faltarán en lo faturo, á juzgar por algunas muestras. Posible
es asimismo que den asidua ocupacion á la crónica escandalosa.

Pobrisima por cierto la educacion de la española del país, se aventaja muy poco
á la de la india, que ya hemos descrito. Recíbela generalmente en los beaterios ó en
el colegio de Santa Isabel, piadosa institucion fundada en el siglo XVII para albergar


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á las huérfanas de los españoles. Con el transcurso de los tiempos ha degenerado
bastante. Parece que su historia está llena de lances de capa y espada y aventuras
amorosas; pero ¿qué coleccion de mujeres españolas no ha dado al poeta dramático
asuntos, á los galanes enojos, y al valor ocasiones de mostrarse? Por eso justamente
son tan bellas y tan amadas; por conservar puras las tradiciones de su madre Eva.
Hoy es posible que en el colegio de Santa Isabel no ocurran lances de capa y espada,
que yo no lo aseguro; pero lo que es de amor, me consta que ocurren, pues
de allí sale para el altar la mayor parte de las criollas que aumentan la poblacion
filipina.

Del triste génesis que al principio he trazado, se deduce una historia no ménos
triste. Los primeros años de la pobre niña criolla pasan casi siempre en las tinieblas
de la orfandad ó en los abismos del abandono. Su verdadera existencia empieza cuando
un empleado de mil quinientos ó dos mil pesos la saca del colegio de Santa Isabel
para hacerla señora de su casa. Entónces la colegiala se transforma, hasta ser por
muchos dias objeto exclusivo de todas las conversaciones. Pobre avecilla encerrada
sin ver la luz, ¿por qué extrañar que el primer rayo de sol la deslumbre y atolondre?
Su educacion ademas la predispone á todo linaje de desvarios. Se le está diciendo
constantemente en mil maneras, á cual más fantástica: «Tú eres la reina de este
pais. Tus padres lo sacaron del fondo del mar, y tus sacerdotes del mar sin fondo
de la barbarie. Tus hermanos lo gobiernan hoy y lo gobernarán por los siglos de
los siglos, á ménos que sigan empeñados en lo contrario. Por ti y para tí es tan
hermosa esta naturaleza, tan penetrantes estos perfumes, tan rico este suelo. Eres
una señora blanca con seis millones de esclavos aceitunados». La pobre cree que al
casarse con un español... de verdad, se realizan todos estos sueños. Los dos mil pesos
volátiles de la nómina le parecen la renta de todos los antecesores juntos de Lacandola,
último rey indígena, amontonada á sus piés por el derecho de conquista. Como
todo le ofrece novedad, á todo se lanza con verdadero frenesí. Es la paloma sedienta,
que ve el pozo pintado de la fábula.

Si el marido, prudente y previsor, la trae á Europa en la luna de miel á calmarle
el ardor de la sangre, á la vuelta parece que haya adquirido una nocion más exacta
de su estado y sus deberes sociales. Habla ménos, piensa más, y ya no cree que su
cualidad de española sea un salvoconducto para todas sus extravagancias y sus caprichos
todos. Se ha visto en un país donde la cara de castila y el hablar castila no
sirven absolutamente para nada, ni dan distincion, ni derecho siquiera á que le saluden
á uno en la calle. Ha visto que los dos mil pesos famosos dependen de cualquier
perdulario que por arte de birlibirloque, sin conquistar una pulgada de terreno, ni
saber acaso lo que es un conquistador, sabe apoderarse de la silla del ministro de
Ultramar. Ha visto que un coche en el Prado de Madrid vale más y cuesta más que
una carrocería en la Escolta. Ha visto que hay mujeres que gastan al año en blanquete
y bermellon los dos mil pesos que ella creía símbolo de su derecho de conquista,


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y ha visto, en fin, la pobre criolla tales y tan estupendas cosas, que su imaginacion
desbocada se pára, como un caballo que recibe un tiro en el pecho.

Ya es el embrion de una mujer. La forma depende del artista. Que el marido siga
siendo prudente, y ella se perfeccionará; pero por desgracia, en estos matrimonios el
sér fuerte suele ser el primero que autoriza con sus errores los de la parte débil.
Recobran otra vez su imperio los instintos de la naturaleza, sus fueros la amistad, el
hábito, la costumbre, la indiferencia entre el bien y el mal, y los resultados son convertirse
en sus últimos años la criolla en una verdadera mestiza, en la acepcion que
darán los lectores á esta palabra recordando los cuadros que dejamos trazados.

Instituciones pedagógico-religiosas, los beaterios, hijos de la ardiente caridad de
los primeros pobladores de Filipinas, son colegios que sujetan á sus educandas á
regla claustral. Como toda institucion útil y que resiste al vértigo demoledor de la
moderna era, las Órdenes monásticas los fundaron ó protegieron, y por ellas viven
hoy exclusivamente. Estableció el primero la de Santo Domingo en 1696, poniéndolo
bajo la advocacion de Santa Catalina de Sena, y con una española del país por directora.
El segundo, de San Sebastian, fué creado en 1719 por cuatro dalagas indias, y
pocos años despues lo tomaron los Padres Recoletos bajo su proteccion. El de Santa
Rosa data de 1736, y lo fundó una monja catalana, así como los Jesuitas en el último
año del siglo anterior crearon el de San Ignacio ó de la Compañía, que hoy está
debajo de la vigilancia del Provisor del arzobispado. El último y más moderno existe
en Pasig, junto á Manila, sólo para niñas indias.

Por un módico pupilaje, tan módico que es ínfimo en alguno de estos beaterios,
educan á la mujer no tanto para la sociedad como para la familia. (Recordamos sin
embargo al lector, por no aceptar responsabilidades innecesarias, lo que en la Introduccion
hemos dicho respecto á este punto.) En casi todos se observa clausura, no
muy rigurosa en verdad, que así la permiten las constituciones canónicas de Indias,
y en comunidad suelen salir á paseo los dias de fiesta. Entónces usan un traje especial.
Saya negra, rebocillo morado de medio cuerpo arriba, y una toca blanca, no
ceñida al rostro como la de las monjas, sino caída á manera de capucha interior.
Las españolas del país se distinguen por el antiguo manto castellano, el manto poético
y tradicional que manejan con un brioso desgaire, conservado indudablemente de
las famosas tapadas de medio ojo, que en las comedias de Calderon y Lope dan
tanto que hacer á los galanes y la justicia. Labores femeninas, leer y escribir, es lo
que aprenden bajo la direccion de una Priora, y algo de música, innovacion modernamente
introducida. El trabajo de manos y las faenas caseras, la capilla y las lecciones
consumen alternadamente sus horas, desde la madrugada hasta las ocho ó las nueve
de la noche, que se retiran á descansar. Algunas toman á la casa tanto apego, que
si no encuentran marido por el mundo, se mueren allí de puro viejas, y otras que
enviudan sin hijos, se encierran entre las paredes que les recuerdan su infancia. Que
los jardines de los beaterios anden constantemente rondados por bultos misteriosos,


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no lo extrañará sin duda el que recuerde que esa institucion pertenece á la época
en que existia en España el raro tipo del galan de monjas. ¿Quién arranca de raíz
de una sociedad como la nuestra una planta espontánea, que de tal suerte se identifica
con el jugo y las calidades de la tierra?

Algunos casos, pero raros, se ofrecen de criollas que no están criadas en Santa
Isabel, en beaterio, ni en algun colegio recientemente establecido, como el de la Constancia,
que dirigen las hermanas de la Caridad. Son hijas de españoles dedicados al
comercio ó á la industria, ó de militares de alta graduacion que toman allí el retiro
por seguir disfrutando vida barata y regalona. Algunas, en fin, nacen de las antiguas
familias emigradas de Méjico, y éstas inventaron, como un mote para las criollas que
ha venido á caerles encima, el vulgar apelativo compuesto de la palabra palay y otra
un poco sucia y un mucho apestosa. Aunque por líneas casi imperceptibles separadas,
nada más fácil que distinguir las diferentes procedencias, en aquella sociedad que
desde el primer golpe de vista descubre un conjunto abigarrado de castas fundidas
tras lucha titánica y secular en dos cuños admirables: la religion católica y la naturaleza
potente de la India.

Este último tipo de mujer se confunde muchas veces con la española pura, más
que en sus costumbres en sus sentimientos. Honradas esposas, excelentes madres de
familia, graves en el hablar y sesudas, en su porte recatadas, no se distinguirían de
las españolas si no tuviesen un amor vehementísimo al país, una tendencia irresistible
á influir en las cosas públicas, y ciertas malas mañas en el uso, que mejor llamarémos
abuso, de esta influencia. Una vez pasada la época del amor, que como pasion
dominante y exclusiva suele durarles poco, puede decirse que consagran su existencia
á la explotacion de los medios que la ley de razas y las de Indias ponen en su mano.
Enlazadas casi todas con españoles, cerca por tanto de las Autoridades, y representando
para ellas las fuerzas vivas del país, forman el mayor núcleo de la buena
sociedad filipina, dan el tono, dirigen los sucesos, y contrapesan de una manera
muy conveniente la influencia de las razas mezcladas, que, careciendo de recuerdos
de la patria, son elementos cada dia más dignos de atencion bajo el punto de vista
político.

Sentimos no poder prescindir de algunas observaciones, que van á cerrar este
escrito tristemente; pero que no deben escaparse á un observador imparcial y concienzudo,
más atento á la esencia que á la forma de las cosas. En este estudio
de carácter social y crítico, si no dejáramos reflejado con la exactitud que nuestra
pobre inteligencia permita el estado presente del Archipiélago, y los grandes problemas
antropológicos que la ebullicion y compenetracion constante de las razas en todo
país colonial encierra, haríamos quizas un trabajo curioso y literariamente bello; pero
no cumpliríamos con el alto deber que tiene todo escritor de espíritu elevado, de
decir la verdad cuando atraviesa su patria crisis supremas. Al penetrar, pues, en el
fondo de la sociedad filipina, al estudiar el elemento preponderante de ella, como


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resúmen y síntesis de los demas elementos, fuerza nos es apreciar la direccion en
que camina y los fatales resultados que de su desarrollo en el tiempo y en el espacio
puedan tocarse.

El criollo se da la mano con el mestizo y con el indio puro, sin excitar en éste
el odio y el menosprecio que excita aquél, ántes, al contrario, inspirándole el instintivo
respeto que el español le inspira. Hasta por su natural amor á la tierra hacen
estudio los criollos de hablar á los indios en sus dialectos, cosa que los halaga y
más y más los une. Sociedad verdaderamente diminuta, asi en los antiguos tiempos
como en los actuales, pues hoy mismo con dificultad se encontrarían en todo el Archipiélago
cien familias criollas, su principal ocupacion es discutir las cosas públicas, de
que están perfectamente enterados, y discutirlas, no sólo con nosotros, sino con los
indios, que es mucho más grave. Hablando en puridad y refiriéndonos á las mujeres,
que son las más peligrosas, porque conservan despejadas las facultades intelectuales,
que en el criollo se amenguan y debilitan hasta parecer un crepúsculo de la inteligencia
española, pasan, digo, su vida las mujeres en constante chismorroteo sobre
cosas y personas. Cuando la dificultad de las comunicaciones y el tranquilo estado de
España encerraban esta discusion en los limites locales, solían envenenarse las pasiones,
engendrarse odios y rencillas y hasta surgir conflictos de gravedad entre los
elementos gubernamentales; pero morían donde nacían y de la propia manera; no lastimaban
por regla general los intereses locales, y jamás los de la Metrópoli. Hoy las
cosas han variado mucho. Abusos administrativos, escándalos, atropellos, predicaciones
insensatas, y ante todo y sobre todo, la contemplacion de los ruines representantes
que en estos últimos años ha enviado España á sus hermosas islas Filipinas, han
destruido casi por completo nuestro prestigio moral, y están dando á la raza criolla
algunos rasgos del carácter que en América la han hecho tan temible.

No se olvide, pues, que son flojos, muy flojos, los lazos de la sangre á tanta distancia,
y la nacionalidad un nombre vano, máxime si esa sangre y esa nacionalidad,
en vez del respeto, nos atraen la compasion, y en vez del aprecio, el ludibrio de las
gentes; no se olvide que los criollos participan ya por nuestra culpa de todos los
delirios revolucionarios, y son muy poco ilustrados para apreciar las dificultades de
su aplicacion á aquel país; no se olvide, por Dios, que ellos son en todas las colonias
los que soliviantan á las razas indígenas, los que rompen los velos de misterio que
poetizan á los conquistadores á los ojos del indio, y los que en el espejo de sus
propias debilidades le están constantemente haciendo mirar las nuestras exageradas y
ennegrecidas. Casi los únicos que ya tratan á los trabajadores con crueldad; casi los
únicos que ya comercian con sus necesidades y miserias; casi los únicos, en fin, que
guardan la mala tradicion de antiguos procederes abusivos, son los criollos al mismo
tiempo los que alientan por un lado la corrupcion administrativa, para presentársela
por otro al indio como un cáncer orgánico inseparable de nuestra dominacion. Ellos
son los que inspiran á los Generales é Intendentes los errores que amenguan nuestro


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prestigio, siendo despues los primeros en censurarlos, y ellos los que al oído de toda
pasion, de toda concupiscencia, de toda insensatez, balbucean á cada hora: «Macbet,
tú serás rey
», para volverse al pueblo y decirle con la misma voz: «Ha blasfemado.
Merece la muerte
».

El remedio de estos peligros está en la criolla, tan noble, tan inteligente, tan buena
patricia, que una administracion hábil podría hacer de ella una matrona romana; pero
¡qué sueño no es esperarlo en el dia de la fecha!

Madrid, Marzo de 1874.

VICENTE BARRÁNTES.






[Figure] REPÚBLICA ARGENTINA

(Buenos-Aires.)




LA
MUJER ARGENTINA
(BUENOS AIRES)
POR
D. JOSÉ T. GUIDO.

Sunt mihi bis septem præstanti corpore Nymphæ.
VIRGILIO.—Eneida.

I

El asunto de que va á tratarse ha sido siempre delicado en las épocas en que la
galantería tiene la sancion de una institucion pública. Pero existen grados en ese
respeto caballeresco á la más bella mitad de nuestra especie.

Preferiré para mis apreciaciones el término medio. Necesario es que me afiance en
él para evitar abismos ó no correr la suerte de los compañeros de Ulíses, demasiado
sensibles al canto seductor de las sirenas. Estas precauciones me son tanto más necesarias,
cuanto que ya he pasado la línea equinoccial.

Las argentinas no presentan un tipo único ni excepcional. Pero precisamente en
esto consiste la dificultad del que se propone observarlo, ademas de que hay santuarios
adonde es temerario acercarse.

La primera cuestion que se presenta es la de raza. Nosotros descendemos de
aquellos aventureros andaluces que no sólo acompañaron á Solis en sus primeras
expediciones de descubrimiento en la costa oriental de América, sino que vinieron
sucesivamente en las carabelas de otros navegantes y de otros fundadores de los
pueblos de estas vastas comarcas. Las conquistas de sus valientes armas, y las del
amor, que no siempre se mantenían en la raya de la cortesía sobre poblaciones subyugadas,
fueron el plantel de que se ha derivado una descendencia que aún hoy, á traves
de tres siglos, conserva las huellas de su orígen.

Pero esto es antigua crónica. Hablemos ya de la porteña. Esta hija de la ciudad


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de Buenos Aires, antigua metrópoli de un vireinato inmenso, y hoy capital provisoria
de una república confederada, merece y ha obtenido los honores de la historia, de la
poesía y de la pintura. Su rasgo característico es la gracia. Sería arduo analizar la
esencia ó los matices de ese privilegio envidiado. Bastará sentirlo y admirarlo.

Un retrato no lisonjeado de esa simpática figura presenta tez morena, pero sonrosada;
ojos negros, cuyo fuego es templado por la dulzura; talle esbelto, aunque inclinado
á una incómoda corpulencia despues de la maternidad; cabellos negros ó castaños, sin
que se acierte siempre á distinguir si son ó no una planta exótica. Sus movimientos
son garbosos, y en plazas y paseos se deslizan como esas hadas que al pasar dejan
una ráfaga de luz y de fragrancia.

Desde que la corriente de la inmigracion ha traído á estas playas peregrinos de
todas las nacionalidades, el tipo primitivo ha experimentado alteracion. La mezcla de
la sangre europea en la americana se advierte en las nuevas generaciones, hermoseadas
con las pálidas rosas del Norte ó con las áureas hebras del ya olvidado Apolo.

La mujer, desde su regeneracion por el Cristianismo, se ha sustituído ventajosamente
á las divinidades domésticas de la pagana antigüedad. Ella tiene el poder de
esos númenes de su hogar, y puede decirse que ejerce una providencia celestial.

La sociabilidad argentina sostiene la comparacion con la de los pueblos más adelantados
de la era moderna, aunque no haya llegado todavía á la madurez y á la perfeccion
á que aspiramos.

Esposas, madres, hijas, hermanas, cumplen la mision de paz y de sacrificio que la
naturaleza les ha reservado. Dotadas de exaltada sensibilidad, propia de los pueblos
latinos, llenan sus deberes, no con el teson de la rutina, sino con el arrebato del
entusiasmo ó con exquisita percepcion. Si cometen errores, se los hacen perdonar fácilmente
con sus lágrimas, y áun á veces con la franqueza de sus confesiones. Si la
educacion no las ha preparado para los trabajos más altos del entendimiento, esto no
les ha impedido ser un ornamento de la sociedad, por la aptitud de asimilarse las
impresiones y las ideas dominantes en el círculo á que pertenecen.

La porteña es inclinada á la devocion, y se somete de buen grado al influjo fascinador
de las pompas religiosas. Sin embargo, ni la supersticion ni el fanatismo
prevalecerán nunca entre las hijas del Rio de la Plata.

Al contrario: la frecuencia de casamientos mixtos produce un resultado que no es
por cierto de aplaudirse; tal es el de que algunas jóvenes del país han abandonado
su creencia para adoptar la de sus maridos, y otras han caído en una indiferencia
que á ellas y á sus hijos puede serles fatal.

II

El tono general de la sociedad es una combinacion de resabios de la antigua
sencillez con las prácticas de la etiqueta y de la moda ultramarinas. Pero en un país


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donde no existe aristocracia, las distinciones de modales, de trajes y de porte no son
jamás bien definidas.

La nobleza de sangre y los timbres genealógicos han sido desterrados como simulacros
vetustos que nadie invoca para servir de título á la consideracion de los demas.
Las ideas han tomado en este país vuelo más rápido que en ninguna otra seccion
del Continente Americano. Lo que establece diferencias crecientes cada dia es la fortuna,
cuyos vaivenes hacen cambiar continuamente de aspecto la familia y la vida
expansiva á que casi siempre convida el dinero.

Casi no existen esas gradaciones que determinan ocupaciones y gustos diversos,
segun la posicion y el capital. Aquí mucho se sacrifica á una vana ostentacion, aunque
bajo las telas más delicadas se encubran penurias y zozobras.

III

Es la oportunidad de indicar que los artefactos y todos los objetos de lujo que
Europa inventa ó elabora con inagotable variedad, hallan en los mercados del Plata,
y sobre todo en Buenos Aires, un vasto consumo. Todos los productos que la mudanza
de las estaciones pone en boga en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados
Unidos, para el ornamento de la persona, se compran aquí, donde se transforman
prodigiosamente entre las manos de modistas, quienes constituídas en árbitras de la
elegancia, deciden de la propiedad de un color, de la novedad de una cinta y del
tamaño de las plumas que hayan de ondear sobre un sombrero. La consigna viene
de Paris, ese foco eterno de toda clase de irradiaciones, que cuenta con la fascinacion
de su propaganda gentil, con sus batallones de obreras que se reparten en el resto
del mundo, y con la credulidad de millares de feligresas.

Por supuesto, las cuentas no se hacen esperar, y el alcance de sus cifras es disimulado
por una terminología bárbara que, pronunciada más bárbaramente aún, y
admitida en el ritual del tocador, hará la perpetua desesperacion de la Real Academia
Española.

No solamente las industrias manuales, sino las artes del otro lado del Atlántico,
enriquecen la coleccion en que se embelesa la vanidad ó el espíritu de ciega imitacion.

No creemos que presida superior discernimiento al uso de tan costosas fruslerías,
que cuando ménos debían reservarse para las ocasiones solemnes. Pero se prodigan
las sedas, las blondas, los terciopelos. Se lucen en los espectáculos, en los paseos,
en el teatro y en calles, donde se salta con este aparato inmenso para preservarlo
del lodo.

Aún muchas conservadoras son fieles á la mantilla española, y á fe que no tienen
razon de arrepentirse. La prefieren en Semana Santa.

Suele tambien preferirse lo ostentoso á lo útil, y algunas preseas de valor no compensan


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la falta esencial de otros recursos ménos visibles, pero indispensables para lo
que la positiva Inglaterra llama comfort at home.

Los inconvenientes de los gastos superfluos se atenúan con la riqueza y con la
espléndida ventaja de fomentar á los artistas y á los fabricantes. Pero aquí todas las
clases rivalizan en esa lucha de encajes y de telas. No hay de esa manera presupuesto
posible para ninguna de ellas.

IV

Las fábricas y el taller para las mujeres no existen propiamente en la República,
con raras excepciones.

La costura ocupa millares de brazos en servicio de las tiendas especiales ó por
encargo del Estado; pero estas labores se efectúan á domicilio.

La industria rural sólo ocupa á una minoría escasa de la poblacion. La fabricacion
de quesos y manteca, la trasquila, la preparacion de las pasas de higo y de uva, el
cultivo ó venta de flores en las quintas, el tejido de mantas y ponchos de vicuña, el
cuidado del corral de aves caseras, la confeccion de ciertas golosinas al horno, y el
proveer al alojamiento de huéspedes, son recursos usuales para personas destituidas
de otro género de recursos. Á esto se agrega el servicio doméstico, que no se distingue
ni por la puntualidad, ni por la honradez, ni por el aseo, y que lucha con la
preferencia acordada á extranjeras.

V

La argentina, por sus calidades y áun por sus defectos, ha ejercido incontestable
influjo en la suerte del país desde la época de la Revolucion en 1810.

La intuicion de las altas verdades que en el órden político se proclamaban, la fascinacion
de las nuevas teorías, el aire vivificante de la libertad, la fiebre que se apodera
de la multitud en las grandes crísis de su historia, todo agitó y elevó el espíritu de
mis paisanas.

Su exaltacion patriótica llegó á la altura del heroísmo. Valor en la adversidad,
fortaleza en los peligros personales ó en los de los séres más queridos, son testimonios
del ardor desplegado hasta en los campos de Marte. Allí la bandera azul y blanca
se ha visto tremolada por heroínas que, como las del Tasso, inspiraron ó exigieron
sentimientos más dulces para dar á su patriotismo un tinte más romántico.

Bajo su patrocinio, la instruccion y la caridad pública han contado con planteles
importantes, desde que el ilustre Ministro Rivadavia instaló una sociedad compuesta
de la flor y nata de nuestras señoras. El Gobierno y el país, durante un largo transcurso
de años, se han felicitado de los halagüeños resultados de estas instituciones,
imitadas con ménos éxito en otras Provincias de la Confederacion.


77

VI

No existe en Buenos Aires nada que recuerde el Hotel de Rambouillet, ni esos
salones en que una elegante frivolidad suele disputar la palma al ingenio y al saber.
Pero no faltan elementos para lucir las dotes ó la galanura del talento.

La aficion á leer se limita generalmente á las personas de circunstancias desahogadas.
La insuficiencia de conocimientos no impide, sin embargo, que se hable de todo
áun en los círculos muy mediocres, sin que se excluyan debates sobre la política, los
cuales dan el trasunto de los errores ó de las antipatías del dueño de casa.

La prenda más útil y simpática es la hospitalidad. No há muchos años, la simple
recomendacion de extranjero era un título para ser admitido.

La afluencia inmensa de inmigracion, después de la caída del Gobernador Rosas
en 1852, ha entibiado la grata confianza.

La llaneza para hospedar al caminante es más notable hoy en el interior de la
República. El viajero pide ser alojado en una estancia, en una granja ó en un pobre
rancho: aunque se demore ó se detenga dias, no es ménos suave por esto la jovialidad
con que se le dan los buenos dias, con que se le convida con el mate, con que se le
brinda con un buen asado.

Bajo otros aspectos se echa de ménos en Buenos Aires la originalidad que da
colorido á los episodios más vulgares.

Los bailes del Club del Progreso, los saraos por suscricion, las máscaras no
siempre ingeniosas del indescriptible Carnaval, han sustituído á las tertulias improvisadas,
donde las muchachas del barrio se convidaban unas á otras, y en que los
caballeros eran en gran parte convidados de sí mismos ó conocidos del sobrino de la
tia de la vereda de enfrente. El lujo estaba proscrito de esas reuniones inocentes; y
en vez de joyas, los jazmines prendidos en los cabellos de azabache ó en un seno
virginal eran el adorno poco costoso de los verdes años.

Aun en las temporadas de campo, durante el verano, hay actualmente más tirantez
en la forma y más esmerado acicalamiento en los trajes. El tocador con sus perfumes
y la provision de vestidos han llegado á ser los mismos en la metrópoli que en las
aldeas, donde tan fastidioso engorro no permite con la alegría de ántes las correrías
campestres, ni las humoradas, ni las chanzas.

VII

Es más dificultoso trazar cuadros de costumbres cuando éstas se transforman ó se
modifican en muy breve tiempo, como sucede en pueblos nuevos. Aquí, esa influencia


78

va penetrando hasta en las cabañas del desierto, y los tipos primitivos serán en época
no muy lejana leyendas romancescas del pasado.

Consérvanse, sin embargo, bajo algunos techos rústicos, hábitos de antaño. No falta
un tocador de guitarra, instrumento que ya ha abdicado su imperio, cediéndolo á otros
más recomendables por su novedad ó por sus combinaciones armónicas. Ese músico,
á quien el dios Pan no habría repudiado como alumno, toca y canta el cielito, baile
criollo que imita algunas de esas danzas españolas en que se derrama la sal de Andalucía,
y en que aparece una especie de combate entre el pudor y la desenvoltura.

Como en todos los climas meridionales, la música y el canto inspiran un gusto
genial á todos los argentinos. Al traves de las rejas ó discretas persianas de las ventanas
á la calle, suele oirse á deshoras la melodía de las mejores óperas y la voz
pura de alguna niña puesta en ese momento bajo el patrocinio de las musas.

La aficion al teatro es general, y sobre todo al teatro lírico, y ése es un campo
en que se abusa de la facultad de que las niñas arrojen flores y hasta sus pañuelos al
proscenio. No es extraño, pues, que los comentarios de la funcion, y áun las peripecias
de dentro de bastidores, tengan lugar demasiado ámplio en la conversacion de las
concurrentes á la «cazuela», ese Olimpo inaccesible á los profanos, donde el cetro es
el abanico, y donde se impera sobre las regiones inferiores con la mirada y hasta con
la esquivez.

El matrimonio, ese eden para algunos, ese árido escollo para otros, ese campo de
orégano para unos cuantos, era, no há muchos años, el desenlace usual de una pasion
consentida ó contrariada. Los amantes, tan finos como los de Teruel, no tenían á veces
ni áun cómo pagar los gastos curiales sin acudir á la benignidad de un padrino.
Los gastos del ajuar no eran como el dote de las Infantas; pero las penurias presentes
adquirían color rosado á los ojos de la pasion, y el porvenir se dibujaba aún
más risueño. La juventud arrojaba su manto de luz sobre el fondo del cuadro, y había
que capitular con los caprichos y con las locuras del amor.

Las cosas, en el año de gracia en que vivimos, han cambiado de aspecto. Se
calcula más friamente sobre las necesidades triviales, pero imperiosas, de una casa por
establecer: se averigua si la dama de nuestros pensamientos no será acaso heredera
de su tio. Empieza á echarse un velo sobre la edad de la novia, si ésta tiene la suerte
de figurar como propietaria en el registro de la contribucion directa, ó en el Banco
como depositante. Por lo demás, nada de esto es extraño: se obedece aquí, como en
todas partes, á las corrientes del progreso, y las matemáticas han desterrado los idilios.

Justo es recordar, en medio de tan mundanales miserias, que entre nosotros la
mujer casada se consagra casi síempre con santa abnegacion á los cuidados de su
marido y de sus hijos. No confía la crianza de éstos á nodrizas que residen léjos, y
dia y noche vigila con ternura la cuna de la infancia. Si en todo país el agradecimiento
filial es un deber, aquí es una necesidad profunda y ardiente de todo corazon
en que la naturaleza ha grabado sus instintos.


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VIII

No son muy acentuadas las divergencias físicas y morales entre las hijas de esa
pléyade de pueblos que forman la República Argentina.

El tipo originario se conserva más genuino en el interior del pais que en Buenos
Aires. El cabello y la tez son más oscuros. Se ve que la sangre indígena circula en
las venas de esa clase numerosa conocida bajo el nombre de chinas, tomado como
sinónimo de indias. La raza negra y la mestiza dan al panorama nuevos tintes. Ellas
están reducidas, casi en su totalidad, á una condicion servil; bien que no sea raro
ver en los grados del ejército, en los empleos y en los escalones de la fortuna, individuos
que no pretenden al honor de una generosa prosapia.

En las Provincias litorales vemos á las hijas de Santa Fe con gustos y habitudes
iguales á las de sus hermanas de Buenos Aires. Pero esa comarca pierde cada dia su
originalidad por la fundacion de colonias agrícolas de extranjeros.

Las correntinas, entre las que se ven muchas de azules ojos y color sonrosado,
hablan el guarani, idioma que se va extinguiendo, y en él se cantan bajo tupidas
enramadas ó á la claridad de la luna esas canciones que dejan en quien las escucha
una impresion profunda, como el eco de aquello que no volverá.—El calor del clima
invita allí á bañarse. Tal vez se abuse de estas abluciones por esas náyades juguetonas
que saben nadar, como sabrían manejar el remo ó aventurarse á las corrientes
cristalinas en sus toscas canoas.—El pintor que, á pretexto de estudiar las humanas
formas, se entrega demasiado á esta contemplacion anatómica y reproduce con valientes
toques imágenes muy poco cubiertas, encontraría en los mercados, en las plazas, en
los villorrios ribereños y aun en ciertas horas, si penetra indiscretamente hasta el
segundo patio, modelos dignos no sólo del lienzo, sino del mármol ó del alabastro.

Abundan en la campaña de Entre-Rios mujeres valerosas, aunque demasiado tostadas
por el sol y por la intemperie. Las campesinas, las hijas ó esposas de los
gauchos, merecen con frecuencia los versos aplicados por un poeta á la famosa Doña
Marina, que acompañó á Cortés en sus aventuras mejicanas, porque le son parecidas
en aquello de

«Varonil y hermosísima amazona.»

El viajero recordará tambien de cuándo en cuándo, en una de las estancias ó
dehesas de la comarca bañada por el Paraná y por el Uruguay, ó en los ranchos, el
elogio de Cervántes á una heroína simpar:

«Esta que veis de rostro amondongado,
Alta de pechos y ademan brioso,
Es Dulcinea, reina del Toboso.»

80

En efecto, vese á esas garbosas entre-rianas montar sin miedo caballos ariscos,
correr ó recoger los ganados, y penetrar en sitios montuosos donde no solamente se
topa con las fieras, sino con los bandidos.

En la Provincia de Santiago la gente es pobre, y los hábitos se refinan poco en
medio de una habitual penuria, bajo un clima que incita al sueño, y de una situacion
política que ha frustrado toda organizacion sólida. Las mujeres son allí más laboriosas
que los hombres.

Las tucumanas son celebradas por su belleza y su afabilidad. Allí las novias no
necesitan encargar á manos mercenarias sus coronas de azahar, cuando pueden tejerlas
con las flores de los deleitosos naranjales que crecen en los valles y en las faldas de
los cerros.

Las hijas de Tucuman se distinguieron por su entusiasmo patrio en la epopeya de
nuestra independencia.

No creemos que haya diversidad resaltante entre las mujeres de Jujuy, Salta, Catamarca
y Rioja, pueblos destinados á un desenvolvimiento que para los dos últimos
puede ser el de su futuro esplendor, por las riquezas minerales que encierran. Entónces
se producirán mudanzas profundas en su cultura y en sus hábitos.

Las que nacen en Mendoza, San Luis y San Juan, forman el mejor ornato de una
comarca enriquecida con los dones de Pomona y de Baco, pero sacudida por fuegos
subterráneos que la amenazan con la catástrofe de Herculanum y Pompeya.

Las cordobesas son sumamente devotas, lo que no impide la blandura de su trato.
Su modo de hablar es como un canto. El melancólico misticismo de algunas almas
contemplativas forma contraste con el brillo cortesano que se desplega ocasionalmente
en la ciudad de Córdoba, la vieja Salamanca de Sud América.

No necesitamos multiplicar estos bosquejos, y repetimos que los matices sociales
que se advierten al pasar de un territorio á otro de la Confederacion Argentina no
son tan pronunciados como sus accidentes geográficos.

IX

Las observaciones anteriores muestran la uniformidad en el tipo, y la alteracion
simultánea que se nota en el modo de ser de los habitantes de una vasta region de
la América Meridional abierta á todas las invasiones del genio de otras razas.

Durante el coloniaje, las habitudes domésticas eran semejantes á las de las Provincias
españolas no contagiadas aún por el furor de las innovaciones.

Levantarse y acostarse temprano, tomar mate, oir devotamente la misa, practicar
las labores de una casa sencilla, comer á las dos ó tres de la tarde, reservando un
palomino de añadidura para los domingos, echar en verano una siesta, pasear á puestas
de sol, volver al mate, rezar el Rosario, recibir visitas de confianza, por fin cenar:
hé ahí el programa diurno observado por nuestros abuelos ántes que la emancipacion


81

política hubiese interrumpido la placidez de la existencia y abierto otros horizontes á
la fantasia y al orgullo.

Desde entónces huyó esa quietud envidiada, sobre todo cuando se acerca para nosotros
el crepúsculo.

Aun las mejoras en la viabilidad han disipado costumbres pintorescas, Ahora se
viaja en ferro-carriles ó en tramways. Antes se prefería, para salir al campo, ir en
carreta de bueyes, los que con perezosa lentitud transportaban por entre pantanos, no
sólo las personas, sino los trebejos de la familia, cuando iba á pasar la temporada
de la fruta en San Fernando, ó á bañarse en San Isidro, ó á pescar en las Conchas,
ó á respirar un aire confortante en San José de Flores.—Tambien se organizaban esas
cabalgatas, ya raras, en que noveles amazonas manejaban con gallardía las riendas
de un corcel, hijo de la Pampa. Los jinetes iban orgullosos de sus compañeras, é
inscribian estas excursiones en el libro de oro de su vida.

Algunos recuerdos de mis juveniles años ofrecen el diseño imperfectísimo de un
método familiar que siempre se observaba con placer.

Á la edad de catorce años me envió mi padre en unas vacaciones á la estancia
de un amigo, para que mi salud se fortificase. Era aquél un caballero casado, y con
ocho ó nueve hijos, el mayor de los cuales apénas tendría un año más que yo. Esa
casa, esencialmente argentina, era el asilo de la felicidad más pura. El jefe de la
familia procuraba por su dedicacion asidua restablecer los restos de su fortuna, que
había sido pingüe. La señora ha sido comparada por mí á la mujer fuerte de que
habla la Escritura. Es imposible ver un carácter más igual, ni semblante más sereno.
Ni una sola vez la vi ni áun aparentemente contrariada. Los muchachos obedecían á
su voz dulce, como si fuese á un misterioso talisman. Ella, que había en otro tiempo
vivido en la opulencia, desempeñaba, con la escasa ayuda de una sirvienta, las variadas
faenas del interior. Yo, con muy poca galantería, le abandoné el cuidado de mi ropa
y mi cama: y aún recuerdo que, acompañándola en carruaje, ella manejaba las riendas
de los caballos, miéntras yo me dejaba rodar.

Los pobres de aquellos alrededores venían á consultarla en sus dolencias, y recibía
á los más importunos con una paciencia que encantaba.

Recuerdo todavía su trato candoroso y su sonrisa. Despues de un dia pasado en
un trabajo útil, se recreaba en pasear á pié, acompañada de alguno de sus hijos, y
solía pararse de repente á admirar el ocaso del sol, que señalaba para ella el término
de una jornada consagrada á la piedad maternal y á la virtud.

Ahora, desde ese modesto pero cómodo albergue, transportaré al lector á otra casa
solariega que visité en compañía de mi huésped.

Las dos de la tarde serían cuando llegamos en un dia caluroso á una casa con
corredores espaciosos, situada á cortísima distancia de la márgen del Paraná, famoso
por su majestad salvaje y por la salubridad de sus aguas.

Entramos á una sala fresca donde se veían muebles antiguos, y donde reinaban el


82

órden y la pulcritud. Una señora de agradable y dignísimo aspecto, y vestida de luto,
nos recibió con la graciosa urbanidad de una princesa en su feudal castillo. Supe
que era viuda, y que aunque lo era desde años, había decidido no usar ya nunca
otro traje que el negro. Esta propietaria vivía allí con dos hermanos, que en ese
momento se ocupaban en la destilacion de las frutas que con inmensa profusion se
recogían en la hacienda.

Yo me separé para contemplar el rio é internarme en un bosque umbroso, cuyos
frutos ostentaban á la sazon los colores de la grana y del oro. Mi ocupacion allí fué
muy poco intelectual: se redujo á comer cuantos duraznos pude, teniendo que rechazar
con el desden del que está harto los más sabrosos melocotones de la cristiandad.

Cuando regresé paso á paso de mi excursion exploradora, me encontré con la mesa
puesta: la limpieza de los manteles incitaba á gustar de los manjares, cuya abundancia
recordaba la que halló D. Quijote en la casa del «Caballero del verde gaban».

Pero todo esto me hizo entónces ménos impresion que la vista de una jóven, cuyos
claros ojos reflejaban el candor, viéndose en sus labios y en sus mejillas el tinte de
la granada y de la rosa.

La conversacion durante la comida fué entre grave y amena. Todos hablaron, ménos
la niña, que no hacía sino mirar á la dama principal y sonreirse de la historia de
mi hartazgo de duraznos, que referí sin el menor rubor y sin ocultar ni su calidad
ni su número.

X

Ya hemos dicho los dones derramados sobre el cuerpo y sobre el espíritu de las
que, sin esfuerzo poético, pueden llamarse las «Ninfas del Plata».

Una imparcialidad severa nos llevaría á trazar el reverso de esta medalla. Pero
creemos que tal empeño no enseñaría nada nuevo, ni interesaría á los extraños.

Los refinamientos de la civilizacion producen vicios á que queda sujeto un gran
número de mujeres que no han contado con ninguna de las ventajas materiales y
morales para mejorar su condicion ó realzar el sentimiento de su dignidad.

Aquellos tipos eternos, trazados por la mano maestra de poetas y de romancistas,
tienen tambien aquí alto relieve. Aquí, como en las cinco partes del mundo, hay
beatas gazmoñas, mujerzuelas intrigantes, niñas prontas á dejarse robar, esposas poco
escrupulosas, viudas fácilmente consoladas, suegras de fiero talante, tias fingidas, y
criadas á quienes se aplican los versos de una comedia antigua:

«Andas con vergüenza poca,
Cristina, muy inquieta,
Y con puntos de discreta,
Dos mil puntadas de loca.»

83

Estamos persuadidos que se irán suavizando estas sombras bajo la atmósfera de
la educacion que se difunde con la mayor actividad. Ademas, se procura con ahinco
multiplicar las facilidades para una honesta subsistencia, aunándose en este generoso
propósito la prensa, el Gobierno y el pueblo.

Parécenos que, para alcanzar fines más prácticos, convendría adaptar mejor la instruccion
de la clase proletaria al papel subalterno que está condenada á desempeñar
en todas partes. En lugar del pulimento que se reserva para las posiciones seguras
ó brillantes, prefiéranse los rudimentos que preparen para la lucha de las que tienen
que ganar el pan de cada dia. Una mujer hacendosa y económica vale más para la
generalidad de los maridos que la que borda almohadones en su estrado ó escribe las
más lindas poesías.

XI

Y vosotras, amables compatriotas, no os afaneis en pedir á peregrinos inventos ó
lujosas extravagancias los encantos que la naturaleza os prodigó. Los hombres de las
más distantes naciones del globo han venido á tributaros su ardiente admiracion, y
son innumerables los que han quedado para siempre aprisionados en dulces cadenas.
Vuestro clima os comunica una electricidad peligrosa para vosotras mismas, más peligrosa
aún para aquellos que os han contemplado. Hallais por todas partes esclavos
de vuestra victoriosa tiranía. El «pampero» os comunica su alegre frescura, la flor del
aire su perfume. Vuestros pensamientos vagan en la inmensidad de los desiertos, ó
se confunden con el azul del cielo.

Guirnaldas de himeneo, risa del festin, danzas ligeras, joviales devaneos, son como
las brisas que en las cumbres del Erimanto animaban los juegos homéricos de las
doncellas griegas, rivales de las musas.

Pero vosotras ¡oh argentinas! estais llamadas á más nobles destinos. Traed más
bien á la memoria los ejemplos de Israel. Sus vírgenes, bellas y sábias como Raquel
y Esther, se reunían bajo las palmeras para estudiar la ley, cantar las alabanzas de
Jehová y recordar la inocencia de los blancos corderos destinados al holocausto. Los
pensamientos de esas hijas del Oriente fueron no ménos sublimes cuando en Babilonia,
cautivas, suspendían sus arpas de los sauces del rio. y elevaban plegarias armoniosas
por la libertad de su patria.

Buenos Aires, Enero de 1877.

JOSÉ T. GUIDO.






[Figure] REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY.

(Montevideo.)




LA
MUJER DEL URUGUAY
D. MATEO MAGARÍÑOS CERVÁNTES.

SEÑOR DON CÁRLOS DE OCHOA.

Mi querido y estimado amigo: He leido su apreciada carta de Febrero 20, interesándose
conmigo, á nombre de D. Miguel Guijarro, para que le escriba uno de los
tipos que han de figurar en su «Galería de Mujeres Españolas y Americanas», cuyo
Prólogo redacta el profundo hablista señor Cánovas del Castillo, siendo principales
colaboradores su excelente padre y amigo mio, D. Eugenio de Ochoa, D. Emilio Castelar
y otras eminencias literarias de la talla de los nombrados.

Esta sola circunstancia bastaría para arredrar á quien, como yo, no tiene títulos
para campear al lado de reputaciones tan justamente conceptuadas, pues sabe usted,
amigo mio, que no he trillado el campo ameno de la literatura, siendo apénas un
recluta en las ardientes luchas del periodismo, consagrado exclusivamente á la vida
política, expresando siempre mis pensamientos con más rudeza que elegancia.

Pero como es usted el elegido por el señor Guijarro para manifestarme el honor
de haberse acordado de mí y de mi país, á fin de que figure la mujer de la República
Oriental del Uruguay en una obra destinada á poner en contacto á la raza
hispano-americana, haré un esfuerzo supremo para vencer el miedo, natural en el
prudente, ya que saberse vencer es ser valiente, segun dijo Ercilla, siquiera sea para
desvanecer más de una preocupacion arraigada todavía en mucha gente ilustrada del
Viejo Mundo acerca de los usos y costumbres de las que fueron Colonias españolas.

Esto sentado, la primera cuestion que ocurre es ésta:

¿La mujer de la República Oriental del Uruguay constituye por ventura un tipo
diverso de lo que se conoce en Europa?

Esta pregunta, que por primera vez formulo ahora que me he comprometido á


86

describir una criatura que ofrezca alguna novedad á los lectores de esta Galería, y
especialmente á las lectoras, más inclinadas al primitivo pecado, segun la leyenda
bíblica, puede resolverse negativamente.

En lo físico, nosotros encontramos el tipo de la mujer uruguaya en Andalucía, en
Vizcaya, en Cataluña, en Valencia y en Castilla; la encontramos en Francia, en Italia,
y pronto la encontrarémos en Inglaterra y en Alemania.

En lo moral, con pequeñas variantes, sucede lo mismo.

Para darse cuenta de estas aserciones mias, basta recorrer la vista por el mapa.

Colocada la República del Uruguay en la márgen oriental de los rios Plata y
Uruguay, de donde toma su nombre, con los mejores puertos en la embocadura del
primero y en toda la extension del segundo, de los cuales el de Montevideo es el
principal, no se puede aportar al Rio de la Plata sin hacer escala en la capital de
la República Oriental del Uruguay, como en tiempo colonial no se hacían expediciones
militares ó comerciales al Vireinato de Buenos Aires sin que Montevideo fuese el
puerto preciso de arribada, que por su seguridad relativa ha sido siempre el escogido
para la estacion de las escuadras desde el tiempo de la Conquista.

De ahí el mayor contacto con el extranjero, de ahí las alianzas de familia en
todas las clases sociales; por manera que si algunos restos quedasen de las primitivas
razas que encontró Solis al descubrir el territorio que forma hoy la República Oriental
del Uruguay, estarían tan adulterados que fuera preciso un estudio fisiológico muy
profundo para encontrarles su peculiar fisonomía.

Por otra parte, tambien á causa ele su posicion topográfica, el territorio de la
República Oriental del Uruguay ha sido el teatro de las luchas entre españoles y
portugueses para establecer los respectivos límites de sus dominios en aquella parte
del Continente Americano; así es que pronto, despues de la Conquista, desaparecieron
las tribus de indios payaguases y charruas, que fueron á internarse en las Pampas
argentinas y en el Gran Chaco.

La extensa zona, pues, que forma hoy esa República, ocupada alternativamente por
españoles y sus derivados, ó por portugueses y brasileños, cuenta ya dos generaciones
que ni de vista conocen el primitivo tipo que poblaba aquellas comarcas al tiempo del
descubrimiento, por más que otra cosa diga el maestro de geografía y de historia Mr. Bouillet1.


87

En corroboracion de lo que dejo expuesto, me basta llamar su atencion hácia una
criatura que forma el encanto de los salones del Círculo Hispano-Americano en Paris,
nacida en la ciudad que hizo exclamar á un poeta argentino cuando la vió por vez primera:

«Ciudad coqueta, sonríes
Cuando ves los pabellones
De poderosas naciones
Flamear en rico bajel».

y desafio á los hombres de gusto más refinado de todos los países célebres por la
produccion de mujeres celestiales á que desdeñasen á esta perla oriental, que usted
conoce, y cuyas dotes morales corren parejas con las físicas. Estoy seguro que todos
querrían reivindicarla para sí, digo, para su nacionalidad, si no fuese contrario á los
mandamientos de la doctrina cristiana, que nos prohibe codiciar los bienes ajenos.

Pero me apercibo que su carta viene acompañada de un plan á que debemos ajustarnos
para describir los tipos, segun el cual es preciso hablar de la mujer tal como
es en el hogar doméstico, en los campos, en las ciudades, en el templo, en los espectáculos,
en el taller y en los salones; de su carácter, trajes, usos, costumbres, creencias
religiosas, belleza, defectos, preocupaciones y excelencias.

En el hogar doméstico, la mujer de la República Oriental del Uruguay empieza por
ser hija extremosa, porque, como todas las de nuestros progenitores los españoles, es
mimada de sus padres;—es amante esposa, porque todavía, merced de Dios, nuestras
sociedades embrionarias no practican esas transacciones en virtud de las cuales una
mujer pasa de los amorosos brazos paternales á los de un hombre cuyo corazon es
para ella un arcano, y por consiguiente, no ha interesado el suyo;—todavía se rinde
culto sacrosanto á la pasion que, si á las veces entraña grandes sinsabores, agita
noblemente las fibras del alma, vibradas por los sentimientos delicados que nos han
transmitido mujeres de nuestra raza, como Santa Teresa de Jesus y Doña Ines de
Castro, cuya memoria se ha perpetuado en todo su poético esplendor por los versos
que puso en su lápida de la fuente de los Amores do Coimbra el más primoroso de
los poetas lusitanos, que no puedo resistir á la tentacion de recordar aquí:

«As filhas do Mondego, a morte escura
Longo tempo chorando memoraram;
E por memoria eterna en fonte pura
As lagrimas choradas transformaram.
O nome che poseram, que inda dura,
Dos amores de Ines que allí passaram.
Vede que fresca fonte rega as flores
Que lagrimas sao agua, e o nome amores;

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sentimientos que tanto predisponen á esa sublime abnegacion con que saben soportar
los reveses de la fortuna.

La índole ó carácter de nuestras mujeres es dulce, como que se despierta al calor
del hogar doméstico; porque allí se practican todavía las doctrinas de Fenelon y Aimée
Martin, y no se destierra á las hijas para darles una educacion literaria, muy lucida
si se quiere bajo el punto de vista intelectual, pero que casi siempre mata ó mitiga
las dulces afecciones del corazon, relajando los lazos de la familia; y esa dulzura se
desarrolla y crece al dar sus primeros pasos en el mundo, en donde entra demasiado
temprano acaso, porque en América se rinde á la mujer un verdadero culto: allí el
pudor y la inocencia no tienen por rivales esas cortesanas que, dando al vicio deslumbrantes
proporciones, se pavonean en el Prado de Madrid, en el Bois de Boulogne de
Paris, ó en Hyde-Park de Lóndres, poniendo en sobresalto el corazon de la vírgen,
que con frecuencia ve comprometido el objeto de su amor por estas fáciles conquistas.
Pasan de la niñez á la juventud sin más tormentas que las que agitan el corazon en
las pasiones honestas.

La suavidad de nuestras costumbres, unida á la carencia de otras distracciones que
abundan en Europa, contribuye á que la tertulia familiar constituya el principal pasatiempo
de la juventud; de manera que nuestras niñas se ven rodeadas de atenciones
delicadas, y pudiendo dar expansion ilimitada á los dulces afectos del alma, se acostumbran
desde temprano á dominar por el atractivo, haciendo consistir todo su poder
en la fuerza del amor, sin los atavios que impone el refinamiento de las costumbres.

Y como la que es buena hija es por lo general amante esposa, y como, con rarísimas
excepciones, la mujer americana une su destino al destino del elegido de su
corazon, con quien se liga despues de largo y meditado noviazgo, que es la piedra
de toque de las almas puestas en comunicacion, lleva al hogar de su marido gran
caudal de cariño, que raras veces amengua en el grado que, por desgracia, hace
tan voluminoso el catálogo de los divorcios en el Viejo Mundo, ó de los matrimonios
que arrastran una vida indiferente, cuando no tumultuosa y agitada, debajo del mismo techo.

Y como las leyes de la armonía tienen una lógica inflexible, la mujer que fué
acariciada siempre en su niñez, la que en brazos de un puro, santo y desinteresado
amor engendra su prole, tiene que reflejar necesariamente la tierna imágen de la extremosa
madre en cuyo regazo se meció su infancia desde que abrió los ojos á la luz
de la inteligencia.

Yo por mí sé decir que todavía veo á la mia, envuelta en la vaporosa nube que
nos separa del infinito, como el ángel tutelar de mi niñez, suavizando siempre la
severidad impuesta por el deber del más honrado ele los padres, acostumbrándome á
bendecir hasta sus rigores.

En el prolongado sitio que tuvo que sufrir la ciudad de Montevideo para resistir
á la tiranía que quería imponerle el dictador sanguinario que ha manchado las páginas


89

de la historia argentina, tuvieron ocasion de mostrarse en todo su esplendor las
relevantes prendas morales de la mujer oriental.

Exhausto el Gobierno de la Defensa de toda clase de recursos, fué necesario apelar
al patriotismo de sus habitantes. Para honra indeleble de aquella generacion, las
familias todas rivalizaron en abnegacion para el sacrificio. Las baterías de cocina y
la plata labrada se enviaron á la acuñacion para convertirse en moneda circulante, y
hasta las alhajas del tocador de nuestras damas pasaron al altar de la patria.

No siendo bastante el Hospital de Caridad para asistir á los que caían mutilados
por el plomo enemigo, se improvisaron hospitales de sangre, y no solamente se mandó
allí cuanto era indispensable para la asistencia, sino que las damas orientales se
constituyeron en hermanas de la Caridad, disputándose la gloria de velar dia y noche
á la cabecera de los enfermos.

Entre tanto, escaseaba el servicio doméstico, porque todos los hombres eran soldados,
y sus mujeres se habían constituído en vivanderas; de modo que nuestras damas
suplían su falta llenando los menesteres del hogar con un donaire encantador.

Por la noche, la que no estaba en los hospitales, recibía á sus amigos y familiares
haciendo hilas y vendas con la misma complacencia que cuando se bailaba, turnándose
las señoritas en el servicio del mate1: y cuenta que esta situacion duró la friolera de
nueve años.

Jamás plaza sitiada presentó un aspecto más simpático, como pueden atestiguarlo
los oficiales de marina de las escuadras extranjeras surtas en aquel puerto.

En medio de las penurias de una situacion por demas tirante y apretada, en la
noche, cuando cesaba el estruendo del cañon, se improvisaban las tertulias, asistiendo
nuestras mujeres en el modesto traje casero, sin perder, ántes por el contrario aumentando
con la sencillez su natural donaire y continente seductor; porque á mi juicio, y
perdonen mis compatriotas, en la República Oriental del Uruguay no descuellan las
bellezas plásticas, pero en cambio abundan las hechiceras por su gracia y donosura
y por la delicadeza de sus formas.

Ya me parece divisar la sonrisa de alguna maliciosa lectora motejándonos de hiperbólicos,
diciendo para sus adentros y con aire desdeñoso que nuestra tierra es un
eden donde no se encuentran sino perfecciones.

Voy á explicarme á este respecto.

En nuestra tierra, como en todas partes, la perversion del corazon humano es la
excepcion de la regla: para honra de la humanidad, las nociones de lo bueno, de lo
justo y de lo bello provienen de sentimientos innatos, miéntras que los malos instintos
reconocen causas artificiales que desfiguran la obra perfecta del Divino Arquitecto del
universo.

Es asi que esas causas no tienen tanta razon de ser en países donde la escala


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social no establece el chocante desnivel que divide á los pueblos del Viejo Mundo,
alimentando las odiosidades de los desheredados, porque allí no se conoce la miseria
en toda su deformidad, siendo, por el contrario, general el bienestar, y pudiendo
satisfacerse fácilmente las primeras necesidades de la vida; reina la alegría en el
hogar, y en corazones que reina la alegría no caben siniestras intenciones. Por lo
demas, tambien la envidia, los celos, el amor al lujo y todas las malas pasiones que
suelen atormentar el corazon de las mujeres, ha producido y produce monstruos femeninos
en América, como ha producido, produce y producirá en toda la superficie de
la tierra; pero por las razones expuestas, esos abortos de la naturaleza son por fortuna
más raros allí.

Tocante á creencias religiosas, dicho se está que prevalecen las que enseña la
Iglesia Católica Apostólica Romana, sin preocupaciones ni mojigaterías, sin duda por
efecto de lo que ya se ha anunciado de ser una sociedad cosmopolita, y tambien
porque desde que nació á la vida de las naciones la República Oriental del Uruguay,
resolvió en su Carta fundamental uno de los problemas que todavía agitan á muchos
pueblos del Viejo Mundo, consagrando en ella la libertad de cultos.

Por lo que hace á trajes, usos y costumbres, con saber que la Europa se ha puesto
en comunicacion con la mayor parte del Continente Americano, á punto de alimentar
cinco vapores por mes para sólo el Rio de la Plata, y con hacer notar que se multiplica
todos los dias el número de inmigrantes voluntarios de los principales centros de
la civilizacion, se comprenderá por qué prevalecen allí los mismos trajes, los mismos
usos y las mismas costumbres de los españoles, franceses, ingleses, italianos y alemanes,
que procuran rodearse de todo lo que en su país respectivo constituye la vida confortable.

De tal manera ha penetrado el cosmopolitismo en aquellas regiones, que el mismo
campesino español, que en la Península por nada abandona el traje de sus mayores,
se despoja de su tradicional calzon corto, su polaina, su chambergo y sus alpargatas,
para vestir el pantalon y la jaquette, apénas transcurren los primeros dias de su
estancia en aquel pais.

El programa quiere que hablemos de los defectos de la mujer, materia ésta que,
como la de las edades, merece que pasemos como por sobre brasas.

Tambien debemos decir cómo son nuestras mujeres en el templo y en los espectáculos,
y para ello me basta conducir al lector á cualquiera de las iglesias y teatros
de Madrid, Sevilla, Barcelona ó Cádiz: porque, hijas de españolas, han conservado en
eso integra la tradicion.

Si de las ciudades pasamos á las campañas, tambien encontramos perdida la fisonomía
peculiar del gaucho que ha pintado Sarmiento, por más que otra cosa haya
entrado por los sentidos á los millones de visitantes que tuvieron ocasion de ver el
grupo que adornaba el pabellon destinado para las Repúblicas del Plata en la Exposicion
de Paris de 1867. Los comisarios de aquellas repúblicas, extranjeros los tres,


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preocupados con la idea de alimentar el espíritu novelero de sociedades hastiadas,
tuvieron la peregrina ocurrencia de vestir de chiripá, calzoncillo, chaqueta, cinturon
y un sombrero de paja á dos feas figuras ele cera, montándolas en un mal caballo embalsamado, ensillado con recádo, y una china en ancas de cada uno, con un vestido
de zaraza y un pañuelo de seda en la cabeza; de modo que los ociosos salieron
de allí pensando que todavía hay una nacion donde prevalecen esos trajes, tomando,
como sucede á los espíritus superficiales, la excepcion por la regla.

No hay duda que todavía se encuentran gauchitas en el interior de la República
del Uruguay, pero con el mismo sentimiento y con las mismas dotes de las mujeres
de las ciudades.

Estas mujeres de nuestros ranchos no tienen más que una preocupacion, por lo
mismo que viven en la soledad: el amor en todas sus manifestaciones, pero el amor
del cual no se puede hacer romance, segun la expresion de una mujer americana,
tan bella como inteligente, que profesaba la teoría de Alfredo de Musset:

«Il faut aimer sans cesse
Aprés avoir aimé»;

porque, segun ella, el amor es la locura de las personas de juicio y el único momento
lúcido de los locos que amaron.

Ligadas á un hombre, á él se consagran, con él y para él y sus hijos viven en la
inmensa soledad de nuestros campos, debajo de una enramada, sin más distraccion
que el murmurio de las aguas del arroyo y de las hojas de los árboles, contemplando
siempre los esplendores de una naturaleza vírgen, y por música el gorjeo de los pajaritos,
miéntras su compañero recorre el campo cuidando su ganado.

Sin duda á esta vida contemplativa se debe un tinte de simpática melancolía que
predomina en la fisonomía de nuestras mujeres del campo, dignas hijas de aquella
célebre Maldonado, que por guardar la fe jurada fué víctima de la persecucion de un
hombre brutal.

Juzgo de oportunidad referir la historia de esta heroína de los bosques americanos,
porque ella revela los tesoros de sentimiento que encierra el corazon humano, y cómo
la dulzura y el amor dominan hasta á los animales feroces.

Segun la leyenda, la Maldonado era una hermosísima mujer del pueblo que, manteniendo
relaciones amorosas con un indígena, provocó con su belleza la concupiscencia
de uno de los oficiales de la guarnicion. Para escapar á la tenaz persecucion de éste,
que asesinó á su amante, huyó desalada de la ciudad, y vagando sin rumbo por los
campos, acosada por el hambre, al aproximarse la noche entró en una cueva que
le deparó el destino. Apénas dado el primer paso, descubrió una leona formidable.
Sufría la bestia los dolores de un trabajoso parto; así es que, dominada por el sufrimiento
que acallaba sus feroces instintos, se aproximó toda trémula en ademan de


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pedir socorro con sus gemidos al sér viviente que tan de improviso se le aparecía en
su caverna.

La Maldonado, con el instinto propio de su sexo, comprendiendo el trance en que
se hallaba la leona, á pesar de la oscuridad, empezó á acariciarla, frotándole el vientre
y ayudando de este modo á la naturaleza, hasta que tuvo lugar el alumbramiento.

Desde aquel instante la leona no se movía del lado de aquella pobre mujer, que
vivió algunas semanas compartiendo la presa que servía de alimento á los cachorrillos.

Pero ¡ah! esta situacion duró lo que tardó la naturaleza en dar á éstos la fuerza
necesaria para buscarse por si mismos el sustento, con lo que se rompieron los
vínculos de esta familia singular, y viéndose abandonada, la Maldonado tuvo que salir
de su retiro, cayendo en poder de los indios, que todavía en aquel tiempo recorrían
el territorio que fué tumba de Solis.

Sé bien que estos rasgos de sublime abnegacion no son patrimonio de aquellas latitudes.

Al mismo tiempo que la Maldonado prefería la muerte á unos amores que su
corazon repugnaba, Lucía de Miranda, española de orígen, que siguió á su marido, el
valeroso Sebastian Hurtado, uno de los Oficiales de la comitiva del Gobernador de la
fortaleza de Santi Espíritu, que por órden de Gaboto se levantó en la embocadura
del rio Carcarañal, al Poniente de Paraná, provocó la degollacion de todos los españoles
que la defendían, por no ceder á las pretensiones del Cacique Mangora, jefe de
la tribu de los Timbues, que se apoderaron de aquel recinto á favor de una traicion.

Si yo pudiera, pues, hacerme cómplice de los que, por tal de producir efecto,
faltan á la verdad histórica, no tendría más que hacer la descripcion de una mujer
fantástica, vestida de plumas, con la sal de las manolas de Madrid, decidora como
las del barrio de Triana, montada en ancas de una especie de contrabandista como
esos que todavía se encuentran en Sierra Morena, con la pequeña diferencia del chiripá,
los calzoncillos y la bota de potro, en vez del pantalon corto de pana y la
polaina, ó bailando la media caña al són de la guitarra y payando en estos ó parecidos
términos:

«Dígame, amigo del alma,
Que le quiero preguntar,
¿Cómo, pariendo la Vírgen,
Doncella volvió á quedar?»

á lo que el aparcero responde:

«Eche una piedra en el agua,
Ha de abrir y ha de cerrar;
Pues así parió la Vírgen,
Doncella volvió á quedar.»

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Pues todavía en los contornos de nuestras poblaciones campestres se encuentran
trovadores con esa chispa y ese gracejo para amenizar las tertulias de candil.

Pero tratándose de un libro serio, como el que se propone publicar el señor
Guijarro, no me parece digno falsear de una manera tan grosera el espíritu y tendencias
de la nueva civilizacion que germina en las entrañas del mundo que, para
nuestra madre España, arrebató de los arcanos del tiempo el inmortal viajero genoves;
civilizacion destinada á regenerar un dia á la humanidad.

Paris, Abril de 1872.

MATEO MAGARÍÑOS CERVÁNTES.






[Figure] REPÚBLICA DEL PARAGUAY

[La Aguatera]




LA
MUJER DEL PARAGUAY
POR
D. ILDEFONSO ANTONIO BERMEJO.

Para hablar de esta mujer con el esmero y puntualidad que el caso requiere,
necesito primeramente empeñarme en la tarea de describir el suelo en que nació,
porque sus costumbres tienen por necesidad que relacionarse mucho con las condiciones
á que se vió sometido aquel país durante muchos años. En los treinta que
precedieron al de 1840, nadie supo lo que en el Paraguay pasaba. Colocado por su
situacion en el corazon del Nuevo Mundo, no es cosa fácil penetrar en él: pero dificultades
de otro linaje que oponía, no la naturaleza ni su situacion, sino un hombre
extraordinario que regía sus destinos, eran el muro que lo separaba de los demas
países del globo. El especulador, que alentado por la codicia que le excitó la riqueza
no comun que allí derramó la Providencia; el naturalista, que acariciado con los
tesoros de ciencia que guardaban aquellas dilatadas selvas, se atrevieron á pisar aquel
territorio, fueron detenidos, y un arrepentimiento estéril aumentó la pesadumbre de
su largo cautiverio.

Maravilla el pensar cómo pudo el dictador Francia establecer en el Paraguay un
sistema de aislamiento tan perfecto y acabado, áun con los Estados vecinos. Yo he
visitado ese país quince años despues que aquel hombre sin igual había fallecido, y
despues que la nacion paraguaya había entablado algunas relaciones con Europa y
América. Encontré, por lo tanto, al Paraguay resentido de su anterior dictadura, y sin
que hubiesen todavía desaparecido las trazas que dejó como vestigio funesto aquella
poderosa autoridad. Yo he subido las mansas corrientes del caudaloso rio ele la Plata
y penetrado en el Paraná. Uno de los más hermosos panoramas que he contemplado


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durante mis viajes por América, es el que vi en aquella sucesion de rios que, despues
de haber cruzado vastísimas regiones, van entrando uno detras de otro en el gran
Paraná. ¡Qué majestuoso se presenta éste cuando, enriquecido con los despojos de sus
tributarios, inunda inmensos territorios con el caudal de sus aguas! Estas se extienden
dulcemente por vastísimas llanuras, llevando en su seno islas pobladas de espesos
bosques. Las aguas del rio corren á menudo por entre las islas con rapidez, formando
sorprendentes paisajes. Ya se ven largas calles de arboles gigantes que se elevan
sobre un pavimento de brillante plata, ya pensiles que se mecen sobre la mansedumbre
de la corriente. El suave vapor que sale de las aguas, extendiéndose á la
caída de la moribunda tarde sobre los árboles lejanos, se eleva hasta tocar las ligeras
nubes que rodean al crepúsculo, y forma, herido por la luz del sol, figuras caprichosas
de templos, castillos y palacios cercados de selvas amenas y jardines deliciosos.
Las islas del Paraná, desiertas casi todas, no tienen más habitantes que los jaguares
y leopardos. En algunas es tan espeso el monte, que costaría trabajo abrirse camino
al hombre que intentase penetrarlo.

Por la márgen derecha del Paraguay existe un vasto territorio que se denomina
el Gran Chaco; los españoles y los portugueses apénas tenían sobre él otras noticias
que las que les dieron los misioneros. No entiendo cómo han pasado tres siglos sin
que esa fértil y rica region haya sentido la accion noble y generosa de gobiernos
que se empeñen en civilizarla. Algunos europeos la han visitado en diferentes tiempos;
pero eran humildes sacerdotes que se proponían catequizar á sus salvajes habitadores,
y unos perecieron asesinados, otros de necesidad, y fueron muy pocos los que lograron
asentarse en ese país y reducir algunos hombres al conocimiento de Dios y de la fe.

Las regiones del Gran Chaco que dibuja el rio Paraguay son habitadas por las
tribus Guaycurú y Payaguá. Sin domicilio fijo, mudan sus tolderías á su antoja ó
segun sus necesidades. Sin autoridad que las gobierne, ni más leyes que las de la
naturaleza, y sin otros conocimientos que los instintos de su conservacion, para ellas
no existe más mundo que el desierto, cuya extension no conocen, ni más ciencia que
la naturaleza, que estudian en los árboles de las selvas, ni otros séres que los salvajes
de las tribus que conocen y las fieras que de tiempo en tiempo penetran en sus
tolderías y les devoran sus hijos.

Las tribus Guaycurú y Payaguá se odian de muerte, y por los más leves motivos
emprenden guerras desastrosas; pero áun cuando son antagonistas declarados, no desacuerdan
en costumbres. Lo mismo la india guaycurú que la payaguá se manifiesta
dócil al precepto del marido; es honesta, sufrida y recatada; y la poligamia, tan comun
en otras tribus, no existe en ésta. Guarda con rigidez extremada para el marido que
le toque en suerte la pureza de su virginalidad; se enlaza, no con el hombre á quien
se siente inclinada, sino con el que le designa su padre por consejo privado del sacerdote,
que es médico y patriarca, y al cual sostiene y regala la tribu en premio de
funciones tan respetables y sagradas. Para la union de los cónyuges no existe otro


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rito ni otra ceremonia que el acuerdo anticipado de los padres, y la designacion del
dia en que se verifica el consorcio, que determina el sacerdote. La novia no lleva
más dote que el cuero de vaca ó la piel ele tigre en que reposa, y la túnica blanca
de algodon con que se viste, á la cual dan el nombre de tipoy. Antes de penetrar
en la toldería ó habitacion del marido, se arrodilla la novia á la puerta, cruza sus
manos sobre el pecho, inclina la cabeza en tierra, y oye en esta postura una salutacion
del sacerdote, con la cual encarece el deber de humillarse ante su esposo,
reconociendo su superioridad y autorizándole para castigarla si contraviniese á alguno
de sus preceptos, con lo que queda terminado el desposorio.

La india, desde este momento, es una compañera inseparable del esposo. Juntos
buscan el sustento. Si el matrimonio pertenece á la tribu Payaguá, como ésta es mansa
de condicion y laboriosa, penetra en la poblacion y comercia con la gente civilizada;
juntos el marido y la mujer cortan las cañas tacuaras, el pasto para los animales,
cazan los loros y las cotorras, adoban las pieles de tigres, y juntos marido y mujer
se embarcan con estos menesteres en la canoa, y tomando puerto en la orilla opuesta,
venden su mercancía, y con el producto de su modesto tráfico compran frutas, telas
para vestirse, y otras baratijas ó dijes de quincallería, hácia cuyos objetos se manifiestan
siempre muy inclinados. De lo último que se abastecen es de aguardiente, con
cuyo licor se trasladan á su campo, y entrados en él, saborean el licor con delicia,
y logran que los cristianos no sean testigos ni mofadores de su embriaguez.

Es doctrina entre ellos, que se respeta y no se olvida, el mandamiento expreso de
que la mujer, áun cuando se le consienta beber con el marido, no ha de excederse,
á fin de que, conservando entero el uso de su razon, le asista y repare los desórdenes
que pueda cometer con el exceso de su embriaguez; y hase visto muchas veces que,
no habiendo podido la esposa resistir á la tentacion de imitar á su compañero, por
haber quebrantado el advertimiento, ha sido acusada al siguiente dia por los parientes,
y castigada con severidad por su consorte. Sólo es permitido á la mujer embriagarse
de lleno á la par de su marido en ocasion de alguna solemnidad, festejo ó aniversario;
pero fuera de esto, en ninguna ocasion.

Hay en la tribu Payaguá una costumbre horrible, que no he podido averiguar si
la perpetúa el uso ó algun precepto religioso. La india payaguá no puede tener más
que dos hijos, nazcan hembras ó varones; los que vienen despues son sacrificados tan
pronto como aparecen fuera del vientre de su madre. Cuando esta desgraciada nota
las angustias precursoras al alumbramiento, se lo participa al marido, el cual le da
permiso para que busque una parienta casada, amiga ó compañera, que la asista en
tan tremendo lance, y retiradas en la espesura del bosque, así que se presenta la
criatura, sucumbe ahogada entre las manos de la cruel matrona, la cual se ocupa
inmediatamente de su enterramiento. Por lo general, la paciente se encuentra apta
para todo género de ejercicio al dia siguiente, sin que se adviertan consecuencias
funestas por el peligro que trae consigo esta delicada situacion, á lo cual no sé si


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contribuye lo benigno del clima ó la connaturalizacion especial de aquella raza, por lo
regular más robusta que hermosa.

La india payaguá es bien formada, y su color tira á cobrizo. Su frente tiene una
prominencia desagradable, sus ojos son pequeños y un tanto inclinados como los de
los asiáticos, su nariz ancha y aplastada, sus mejillas ajuanetadas, su boca grande, y
la barba un tanto puntiaguda. Esta fisonomía poco seductora aumenta su deformidad
con los adornos y acicalamientos repugnantes con que presumen ellas alindarse. Dejan
extender su cabellera, no larga, áun cuando muy espesa y lustrosa, resultado de una
especie de betun que ellos mismos fabrican con la resina de ciertos árboles. Se pintan
la frente con bermellon, y atraviesan sus orejas con dos cañutitos labrados.

Siendo mi propósito hablar de la mujer paraguaya, no estará fuera de cuenta
apuntar algo acerca de las tribus Guaraníes de que procede. La Provincia de Corrientes,
el territorio de las Misiones, el Paraguay y los rios del Paraná, los ocupaban en
tiempo de la Conquista tribus numerosas, casi todas de origen guaraní. Unas eran
agricultoras, otras cazadoras y pescadoras; todos combatían, y combaten hoy los que
restan, con la flecha, el arco y la maza, á cuyo pesado instrumento dan el nombre
de macana. Todos estos indios fueron reducidos durante los siglos XVI y XVII; una
parte se confundió con los españoles, otra constituyó las reducciones confiadas á los
Franciscanos en las cercanías de la Asuncion, y el resto fué organizado por los
Jesuitas para establecer su famosa Provincia de Misiones, al Oeste del Paraguay, entre
el rio Tebicuary al Norte, el Miriñay y el Ibicuy al Sud, la sierra del Tope y las
selvas vírgenes del Pepiri al Este, y la laguna Iberá y el gran estero (pantano) de
Nembucú al Oeste.

Estas poblaciones, que carecen de historia, que ninguna ha formado un cuerpo de
nacion, sin vínculos que las unan y sin tradiciones, llevan en sus rostros, en su color
y en sus instintos las trazas de un orígen comun, pero ignorado; y cosa de notar,
hablan todas el mismo idioma. Este fenómeno es tanto más extraordinario, cuanto que
en medio de ellas existen otras naciones reducidas á un corto número de individuos
que hablan diferente lengua, y he llegado á averiguar que el número de dialectos
conocidos que hablan los indios de la América del Sud pasa de mil doscientos. He
creido notar que estas lenguas son tan pobres, que no abrazan más que reducido
número de ideas.

Dotados de cierta docilidad nativa, despues de una resistencia bastante briosa al
principio, se entregaron á los españoles y á los portugueses, dejándose reducir en
encomiendas por los primeros y en una verdadera esclavitud por los últimos. Unos y
otros de estos conquistadores tomaron mujeres en esta nacion, y así se formó la
numerosa raza de los mestizos. Al mismo tiempo, la lengua guaraní vino á ser la
usual en estas regiones; de tal modo que hoy, en la Provincia brasileña de San
Pablo, en el Paraguay y en la Provincia de Corrientes, el pueblo, y especialmente
las mujeres, no hablan todavía más que el guaraní, muy adulterado con palabras


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españolas y portuguesas, pero es la lengua general que se habla en dichos lugares.

Ésta es tambien la lengua de las Misiones jesuíticas, formada casi exclusivamente
de guaraníes de las diferentes tribus, pero agrupadas hábilmente por los fundadores
de estos establecimientos célebres. Los Jesuitas han dejado una gramática, un diccionario
y algunas obras impresas en este idioma.

En el departamento de Misiones existe una tribu llamada de los matacos, cuyas
mujeres son el tipo de las demas poblaciones paraguayas. Son tan desaseadas como
los hombres, y cuyos cabellos erizados les dan un aspecto repugnante. Sin embargo,
miéntras son jóvenes, esto es, hasta la edad de veinte años, conservan una fisonomía
agradable; su tez cobriza, sus grandes ojos negros, sus dientes blancos y sus piés y
manos de una pequeñez notable, las harían más simpáticas si tuviesen más aseo.
Desgraciadamente, cuando se casan, los cuidados de la maternidad y las fatigas del
servicio doméstico contribuyen á que desaparezca esta belleza efímera, siendo las viejas
lo más repugnante que haya podido verse ó concebirse.

El mataco es un indio industrioso y afecto al trabajo, razon por la cual se aparta
de su tolderia y entra en las poblaciones para trabajar en clase de peon (jornalero).
La mujer mataca se emplea en la recoleccion de la caña, en cargarla en los carros,
conducirla al molino, y en el transporte de objetos de peso leve. Estos indios reciben
su salario, ya en dinero, en telas ó tabaco, y el sustento, que consiste en carne, maiz
y algunas legumbres. El sábado por la noche se les da una abundante racion de
guarapo, ó jugo fermentado de la caña, bebida hácia la cual se manifiestan muy
dados, y con la que se embriagan aquella noche. El domingo le consagran al reposo.

Los matacos levantan su toldería ó ciudad movible cerca del paraje donde trabajan,
y en sus chozas, aunque muy reducidas, viven con su familia, que suele ser muy
numerosa. Ya residan en la tolderia, ya moren en las plantaciones ajenas en que trabajan
por su salario, viven en completa libertad, porque sus caciques no tienen sobre
estas gentes más que una autoridad nominal y transitoria, ora en caso de guerra, ora
para juzgar algun crímen cometido en lo interior de la tribu.

Existe una nación que se llama de los chiriguanos. La mujer chiriguana es la
más agradable ele todos los indios guaraníes, y lo exquisito de su aseo contribuye á
que resalte más la belleza de sus formas y la elegancia de su cuerpo. Se bañan por
lo ménos dos veces al dia, y peinan cuidadosamente sus largos cabellos negros que
flotan sobre sus hombros. Una larga túnica azul de algodon, tejida y teñida por ellas,
las envuelve como una toga romana, y la ciñen á su cintura por una ancha faja de
color carmesí. Los niños de ambos sexos permanecen desnudos enteramente hasta
que llegan á la edad de diez ó doce años.

De ésta y de otras razas análogas desciende la mujer paraguaya, y especialmente
la campestre, puesto que existen paraguayos de linaje enteramente europeo. La mestiza
paraguaya, que ha nacido en el campo como la india, anda desnuda hasta que llega
á la edad de diez años, época en que ciñe un gracioso tipoy, que es una especie de


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túnica de algodon que envuelve á su cintura con una faja de estambre, á la que dan
el nombre de chumbé. Esta túnica le deja descubierta la garganta y casi todo el
pecho, asi como sus robustas piernas desde la rodilla. La mestiza paraguaya tiene la
piel cobriza, con un sonrosado transparente que le afina el cútis de una manera
agradable. Peina su negra cabellera con primor, tiene ojos grandes y negros, y el
resto de sus facciones presenta el tipo de una española del Mediodía. Es airosa en
el andar, mueve sus caderas con intencion maliciosa, mira á los hombres dulcemente,
y cuando gusta de alguno á quien dirige su plática, lo verifica con pausa macilenta,
formando un compuesto encantador con el contraste de su melancólico acento y lo
gracioso de su natural sonrisa. Generalmente obedece con más devocion al culto
amoroso del europeo que al que le tributa su paisano, dando á entender con esta
inclinacion que goza más con la lisonja culta del extranjero que con la palabra insustancial
de su compatriota.

Es la mujer paraguaya del campo por demas tan sencilla, y tiene por lo general
una inocencia tan salvaje, que contando ademas con la indulgencia de sus padres, lo
que nosotros reputamos por inmoral y digno del castigo de las leyes, allí no tiene
importancia. Cuenta, y no lo olviden mis lectores, que me refiero á la mujer campestre.
Un ejemplo demostrará mejor lo que quiero que entiendan bien mis lectores.

Convaleciente de una enfermedad, residía yo en una casa de campo (chacra), á
unas treinta leguas de la Asuncion, capital del Paraguay, y me vino en antojo una
tarde dar un paseo á caballo por aquella deliciosa campiña. Á una media legua distante
de mi campestre residencia, topé con un viajero inglés, dependiente de una casa de
comercio de la Asuncion, que montado en un caballo y seguido de un peon (sirviente),
seguía una senda tortuosa que conducía á una población, de nombre Villarica. Nos
saludamos, entramos en plática, gustóme su conversacion, y por lo que me dijo supe
que se dirigía á aquella poblacion á recibir de algunos cosecheros de tabaco la promesa
de enajenar su futura recoleccion en cambio de géneros y algun metálico. De esto
íbamos hablando, cuando vimos á nuestra derecha un Viejo paraguayo que se ocupaba
en despojar de maleza su sembrado, y que alzando la cara y viendo al inglés, exclamó
gozoso y entusiasmado:

—¡Don Enrique!

—¡Hola, señor Mauricio!—repuso el inglés.

—¡Ingrato! Hace año y medio que nos conocimos, y no ha vuelto por aquí.

—He estado en Buenos Aires, amigo mio.

—Pues durante su ausencia hemos tenido novedad en la chacra,—añadió Mauricio.

—¿Qué novedad?—preguntó D. Enrique.

—¡Toma! Que mi hija Isabel ha parido un niño.

—¿Pues se ha casado?—preguntó el inglés.

—No señor,—contestó el paraguayo. —¡Si la criatura es de usted! La noche que
se quedó á dormir en mi chacra, dejó preñada á la chiquilla... Y ha salido una


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criatura tan linda que da gozo, y tan rubia como usted, y tan blanca como usted, y
tan graciosa como usted, y con los mismos ojos azules de usted. Apéese, y la compaña,
véngase á la chacra, saque un cigarro, que yo le daré fueguito para que piten.

Y fuimos á la chacra, nos apeamos, fumamos, vimos á Isabel, al hijo de D. Enrique,
y la alegría del abuelo contemplando á su nieto con la boca abierta. Isabel no
tenía madre. Lo que hizo el inglés con esta criatura, al saber y penetrarse de que
era hijo suyo, no hay para qué referirlo aquí.

La inocente franqueza con que la mujer paraguaya del campo rinde culto al amor
no se encuentra en la capital de la República, ni en otras poblaciones. En la ciudad,
la soltera hace gala de su recato, la casada de su fidelidad al marido, y la viuda de
su consecuencia al hombre que perdió.

Dentro de la misma ciudad no sucede lo mismo con la mujer de baja condicion.
El contacto con los extranjeros, su ejemplo, y la residencia allí de la tropa acuartelada
y de guarnicion, son causas para que desaparezca el recato en la mujer del
pueblo, y hasta que el interes y el apetito al lujo la conduzca á la práctica de una
vida poco recogida, pero nunca escandalosa.

Mas ántes de entrar en menudencias y pormenores respecto á estas mujeres del
pueblo, voy á decir alguna cosa de la paraguaya de alto rango. Ya he dicho que
tiene virtudes, y ahora me resta añadir que se envanece con lo esclarecido de su
linaje. En el seno de una familia distinguida del Paraguay se profesa un horror
desmesurado á las palabras esclavo, mulato ó indio. Los paraguayos, que se enorgullecen
llamándose republicanos, y que son ardorosos devotos de la democracia, cuando
están convencidos de la clara y limpia legitimidad de su orígen, ántes consentirían
perecer que adulterar su linaje con la introduccion de un miembro de prosapia dudosa;
y yo conocí una familia en la Asuncion, en los críticos momentos en que experimentaba
una de estas graves angustias.

Don Julian Falcon, aunque paraguayo, de procedencia española, y casado con Doña
Mercédes Ugarte, blanca de linaje, tenía tres hijos, dos varones y una hembra. Enamoróse
ésta de un jóven, hijo de padres ricos; pero de mucho tiempo atras se sabía
por tradicion que uno de los antecesores de este pobre muchacho había sido mulato,
y esclavo por añadidura; y cuando D. Julian Falcon se enteró de estos amores, y se
persuadió de que la inclinacion de su hija tenía que terminar en matrimonio, se alteró
de manera que hubo de amenazar á su hija con la muerte, ántes que consentir en
un consorcio para él tan reprobado. La muchacha estaba apasionada de Fernando
Trigo, que éste era el nombre del afortunado zagal, y miéntras más la mortificaban
sus padres á fin de que se enajenase de aquella inclinacion, más se aumentaba el
afan de la muchacha por corresponderle.

Don Julian y su atribulada esposa buscaron confidentes de todas clases para que
aconsejasen á Encarnacion á fin de que se apartase de lo que reputaban criminal
extravío. Viendo los padres que era muy devota, trabajaron para que intervinieran


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varios sacerdotes; intervino la esposa del Presidente, intervine yo, aunque de mala
gana, y fué el caso que sin yo saber lo que me decía, notaron los padres que mi
discurso más había servido para fortalecerla en su propósito que para desviarla de
su temerario empeño. Desesperado el padre, buscó al novio, y le ofreció una cantidad
fuerte de dinero si se alejaba de la capital y olvidaba á su hija; pero el mancebo,
teniendo padres ricos, desdeñó la dádiva y se manifestó persistente, más bien por
vengarse del agravio que le inferían calificándole de mulato, que por verdadero amor
á la prometida. El padre de Encarnacion y el del novio tuvieron una entrevista, y si
no los separan, se maltratan á golpes. D. Julian, en su desesperacion, hasta manifestó
conatos de sobornar á una criada de la casa del novio para que le envenenase.

Llegó á noticia del Presidente de la República este desórden doméstico, y hacienda
uso del poder omnímodo que ejercía, cortó por lo sano, haciendo de súbito soldado
al muchacho, y mandándole á Humaitá, fortaleza situada en la márgen del rio Paraguay,
y distante de la Asuncion unas sesenta leguas.

Áun cuando Encarnacion estuvo á punto de perder la vida por la fuerza del pesar,
sus padres no disimulaban su contentamiento, y habrían preferido la muerte de su
hija á verla enlazada con el hombre que había escogido para compañero de su vida.

Pero el tiempo fué amortiguando esta pasion, con tanto más fundamento, cuanto
que no veía al objeto de su desvarío. Entró en la casa un cocinero de un buque
portugues que era blanco y rubio, requirió de amores á Encarnacion, correspondióle
ésta, y el aristócrata D. Julian entregó muy satisfecho y gozoso su hija al cocinero
portugues, al cual protegió, suministrándole todo linaje de recursos para que se ejercitase
en el comercio.

Pero ya que he llegado á la Asuncion, capital de la República, y que tengo de
analizar á sus habitadoras por clases y categorías, aplazo la descripcion de la gran
señora paraguaya hasta despues de haber pintado á la que no pertenece á tan elevada
jerarquía.

Presento en primer lugar á la mulatilla, hija de alguna esclava ó liberta, que
hasta tanto que no llega á la edad para el ejercicio de funciones mayores en el
servicio doméstico, es una especie de maniquí del ama para limpiarle la cabeza,
llevarle la alfombra cuando asiste á la iglesia, y para hacer los recados. Este último
ejercicio es el que desempeña esta muchacha con más exactitud y puntualidad. Transmiten
las de su clase el recado de su ama á manera de leccion aprendida de coro,
sin hacer puntos ni comas, y sin dar reposo á la narracion, por larga que sea, hasta
que la terminan. Yo he recibido un recado por una mulatilla, expresado do esta
manera: «Buenos dias tenga usted dice mi ama que cómo está usted que aqui le
manda esta florecita para su esposa Doña Pura que me dé usted la ropa sucia que
mañana van las muchachas al arroyo que si le ha sabido bien la torta que ayer
le mandó y memorias para todos».

Las cocineras por lo general son negras, de orígen africano, y esclavas de condicion.


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La sirvienta paraguaya, á más de los servicios domésticos, ha de saber amasar
y hacer dulce.

La mujer del pueblo bajo del Paraguay ejerce distintas profesiones. Existe la vendedora
(placera), de carácter resuelto, jovial con los compradores, y habilidosa para
encarecer la bondad de los objetos que vende. Establece en el mercado su tienda,
que consiste en una pequeña mesa de piés muy cortos, sobre la cual extiende su
comercio de legumbres, frutas, nueces, tabaco y panecitos de dulce. El pan no se
vende en el mercado, porque se fabrica en casas particulares y se lleva á domicilio;
la carne la expenden los hombres y en grandes porciones, y el tocino no se come
en el Paraguay, porque el cerdo (chancho) es reputado como animal de carne dañina
y nociva para la salud en aquella tierra.

Despues de la placera viene la cigarrera, no tan suelta y desgarrada como aquélla,
porque asalariada en casas particulares para la elaboracion de este artículo, no tiene
tanta libertad ni tanto contacto con las gentes como la vendedora.

Pero el tipo que más resalta entre la mujer baja del pueblo es la aguadora (aguatera),
la cual, por un tanto mensual de cada casa, tiene la obligacion de suministrar
el agua suficiente, que extrae, no de fuentes, que no existen en el Paraguay, sino de
pozos abiertos en el campo y de diferentes cascadas cercanas á la capital.

Es de ver á esta mujer, tan robusta como esbelta, caminar por las calles de la
ciudad con su cántaro en la cabeza, cuya posicion es más graciosa si le lleva vacío.
Embozada en su manto blanco, y sin más adorno en su cuerpo que el ajustado tipoy
que apénas le llega á las corvas, camina con su cigarro puro en la boca, hacienda
gala de su desnudo, blanco y pequeño pié, y de su garboso andar. Generalmente,
aunque morena y un tanto tostada, es linda de facciones, de graciosa mirada, y
maligna en su conversacion.

Para hablar de la gran señora paraguaya es indispensable recordar lo que dije al
empezar este trabajo respecto al aislamiento en que se encontró este país desgraciado
durante la dictadura del doctor Francia. Este hombre feroz, que se complacía en
humillar á la clase más elevada, que se distinguía por su riqueza ó su talento, trabajó
en este sentido, de manera que los hombres más ricos y de más lúcido entendimiento,
y las señoras que más brillaban por lo escogido de su educacion, tuvieron que retirarse
al campo, á gran distancia de la capital, y aceptar las costumbres de las gentes
más humildes para evitar las persecuciones y los actos depresivos del dictador. Lo
que empezó por una necesidad, vino, andando el tiempo, á convertirse en un hábito;
y cuando falleció este monstruo y se abrieron las puertas del Paraguay para los extranjeros,
se encontraron costumbres tan extrañas, que más se avecinaban con los tiempos
primitivos que con los modernos, y hubieron de pasar algunos años ántes que se
modificase aquella sociedad embrutecida y casi salvaje.

Todavía el año de 1855, un dia que visité á la esposa del Presidente en su quinta
de recreo, la encontré sentada en medio de un patio, rodeada de sus dos hijas,


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vistiendo el tipoy de las aldeanas, con su cigarro puro en la boca y distribuyendo á
sus hijas rajas de sandía, de cuyo agasajo participé. Cuando se pusieron de pié,
observé que estaban descalzas.

Hablé largo rato con estas señoras, y noté que su conversacion estaba en armonía
con su traje. Pues á este tenor eran todas las principales señoras de la Asuncion,
hasta que, habiendo regresado de Europa el hijo mayor del Presidente D. Francisco
Solano López, empezó á establecer reformas exteriores en su familia, que fueron prontamente
imitadas por la escogida sociedad del Paraguay. Para la adopcion del traje
europeo contribuyó mucho la residencia en la Asuncion de la esposa de un maestro
de matemáticas frances, la cual, cortando patrones, mostrando figurines y cortando
trajes á la usanza parisiense, al par que sacaba lucro provechoso, propagaba en el
país las reglas del buen gusto.

Una señora inglesa, que vino poco despues del general López, procedente de
Francia, dando frecuentes bailes y adoptando el sistema de la tertulia, logró modificar
el trato social de las paraguayas; y yo mismo me maravillaba al ver en un sarao
elegantemente vestida y luciendo las galas del más donoso traje parisiense á la que
aquella misma mañana contemplé en su casa descalza y casi desnuda, amasando pan
ó haciendo cigarros.

La gran señora paraguaya no renuncia por serlo á estas faenas domésticas, y áun
cuando no sabe leer ni escribir, tiene entendimiento agudo, imita con perfeccion las
costumbres de los extranjeros, y las practica en momentos solemnes con soltura y
desembarazo. Es religiosa sin hipocresía, buena esposa, y no cree que se denigra
trabajando á la par de su marido. La coquetería no es conocida en aquella sociedad.
El amor materno es tan grande que raya en el delirio, y para probarlo voy á poner
un ejemplo.

Tenía yo un amigo paraguayo que se llamaba D. Vicente Urdapilleta, casado con
una señora principal y de claro linaje, de la cual había tenido un solo hijo, que era
el encanto y solaz del matrimonio. Procuró la madre educarle con esmero; gozaba en
verle tan elegante y apuesto como el extranjero más bien portado; y en verdad, debo
decir que el mancebo se distinguía de sus paisanos por su trato ameno y por la
elegancia de sus modales.

Hacía muchos dias que yo no hablaba á D. Vicente, y me lo encontré una tarde
á orillas del rio, sentado sobre una enorme piedra y en ademan pensativo. Le saludé,
correspondió á mi saludo tristemente, y conociendo que le embebía el pesar, le pregunté
el motivo de su dolor. Suspiró Urdapilleta, y me dijo: «¡Mi pobre Agustina se
ha vuelto loca!» Y prorumpió en sollozos. Sorprendido por la noticia, le pedí pormenores
de caso tan repentino y desventurado, y me dijo: «Mi pobre Agustina está loca
porque le han arrebatado á su hijo». Y despues de una breve pausa, me refirió la
siguiente historia: «Mi hijo amaba tiernamente á Panchita Garmendia, huérfana de
padres españoles, y recogida por una tia. Se habían dado palabra de casamiento, pero


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le vino en antojo al Coronel D. Venancio López, hijo menor del Presidente, requerir
de amores á la huérfana para fines poco honestos. Respondióle la muchacha negativamente,
pero con mucha cortesía, añadiéndole que estaba próxima á contraer esponsales
con mi hijo, del cual estuvo siempre envidioso el jóven Coronel por la preferencia y
el favor que le dispensaban todas las mozas de la Asuncion. Insistió D. Venancio en
su pretension, fué tenaz Panchita en la negativa, y juró vengarse de un desaire que
él no esperaba, y que en ninguna mujer había encontrado en la dilatada carrera de
sus galanteos. Tembló la prometida, tembló mi hijo cuando lo supo, y temblamos mi
mujer y yo cuando llegamos á entender lo sucedido. «¿Qué hará?» nos preguntábamos.
Cuatro dias despues entró un sargento en mi casa seguido de dos soldados,
que me dijo estas siniestras palabras: "De órden del excelentísimo señor Presidente
de la República, me entregará usted á su hijo Valentin para trasladarle al vapor
de guerra Tacuari, donde se le destina en clase de marinero". Valentin estaba en
la sala traduciendo del frances el folletin de un periódico de Paris que leía á su
madre. Entré, participé la órden de su excelencia. Agustina cayó accidentada; Valentin
soltó el periódico, y tomando su sombrero de paja, sin replicar una palabra, besó
á su madre, me apretó la mano, y siguió al sargento que había venido á sacarle por
órden superior. Volvió de su letargo la accidentada, lloró muchos dias la ausencia
del hijo querido; pero una mañana quiso ver á su pobre Valentin. Tomamos una
canoa, y prévio consentimiento del Comandante del vapor, subimos á bordo, y vimos
al hijo amado, al mancebo más elegante de la Asuncion, con un pantalon de lienzo
rayado, en mangas de camisa y descalzo, fregando la cubierta del buque en compañía
de otros marineros, y tan pálido y demacrado que ni su madre ni yo pudimos
reprimir el llanto.

«Regresamos á casa con el dolor que es de presumir; mi pobre mujer no pudo
arrancar de su memoria aquel espectáculo, y tanto le preocupó el recuerdo de este
incidente, que comenzó por maniática, y ha terminado por loca rematada con accesos
de furia. Fueron sus denuestos y sus términos injuriosos contra el Presidente tan
violentos y arrebatados, que la vecindad escuchaba sus frases agresivas contra los
causadores de la desgracia de su hijo, por lo que he tenido que llevarla al campo y
encerrarla en mi quinta, para evitar un nuevo atropello.»

Se ha visto tambien en el Paraguay el cariño de la esposa rayar en el heroísmo.
Durante la dictadura del doctor Francia, fueron innumerables los presos políticos que
lloraron muchos años de cautiverio; y algunas de las esposas de estos desgraciados,
más valerosas que los hombres, procuraron salvar á sus maridos; ninguna logró su
heroico propósito, y sucumbieron animosas en el suplicio, sin arrepentirse de su malograda
tentativa.

En circunstancias extremas no les falta el valor. Sucedía muy á menudo en este
país que por el delito más insignificante contra el Estado ó contra su representante,
era un hombre fusilado. Hecha la ejecucion, se retiraban los ejecutores y la tropa


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que había formado el cuadro, y el cadáver quedaba allí abandonado para que le
recogiese la familia del arcabuceado, sin más auxilio que un cuero de vaca en que
recoger sus restos. Terminada la ejecucion, se ha visto á la esposa paraguaya acudir,
aunque anegada en llanto, pero valerosa, al sitio de la ejecucion, y ella sola arrastrar
el cuero, segun mandato, hasta cierta distancia que se designa, y cogiéndole despues
en sus brazos, tributarle las exequias más devotas.

En aquel país, donde tanto ha abusado la dictadura, el hombre ha obedecido ciegamente
el mandato de su opresor, y guardado el más medroso silencio; la mujer, por
el contrario, ella es la que murmura del Gobierno, la que le maldice y la que casi
siempre pone en gran aprieto la existencia del marido. El hombre suele ser hipócrita
y reservado, y la mujer franca y arrogante en sus manifestaciones.

Tan trabajadora y modesta en su casa, es alegre y bulliciosa en una comida de
campo ó en una romería, sin quebrantar por esto las reglas del decoro.

La paraguaya soltera, áun cuando constante y leal con el amante que ha escogido
para compañero de su vida, si éste es paraguayo, no suele ser expresiva en su casto
devaneo. Yo he visto á dos prometidos que por espacio de tres años observaron la
siguiente conducta: el novio era dependiente de una casa de comercio; al oscurecer
cerraba la tienda, cenaba y se despedía de su principal, y se dirigía á la habitacion
de su amada, la cual le estaba esperando. Entraba el prometido, saludaba á los padres
de la muchacha, ésta tomaba una silla, el jóven otra, y se sentaban á la puerta de
la casa debajo de un naranjo. Se respaldaban contra la pared, sacaba cada cual su
cigarro, fumaban, terminaban, encendían otro, y sin más diálogo, al sonar las nueve,
se levantaba el novio, se despedía de los padres de la novia, y se encaminaba á la
tienda para descansar y para repetir al siguiente dia lo mismo que había hecho la
noche anterior.

Al fin se casaron, y fueron felices.

Para describir á la mujer paraguaya he tenido necesidad de presentarla en accion,
porque me hubiera sido muy difícil analizar este tipo americano, cuyas costumbres,
cuyos hábitos experimentan hoy una rápida transformacion. De la vida casi salvaje, se
avecina con la civilizada, merced al contacto de los extranjeros que acuden á este
territorio para residir en él más ó ménos tiempo.

Ántes la paraguaya distinguida por su linaje quedaba satisfecha y complacida si
el modesto ajuar de su casa se limitaba á una mesa de cedro, á un grande arcon
con cuatro piés para guardar su ropa y el dinero, á una docena de sillas con asientos
de cuero, y á un candelero de plata, que con su correspondiente vela de sebo solían
poner de noche en el suelo para alumbrar la habitacion. Donde tanto impera la hamaca,
era desconocido el lecho. Hoy mismo la paraguaya gusta mecerse en la hamaca,
y goza con su continuado balanceo, sin que por esto se diga que es perezosa; pero
cede en los momentos de reposo, no sólo á la costumbre, sino á la influencia de
un clima ardiente que nos despoja en ocasiones de la actividad europea.


107

La paraguaya de estos tiempos se deleita en adornar su habitacion con los muebles
de nuestra época, importados por la codicia del comerciante extranjero.

Por esta y otras razones, la mujer distinguida paraguaya no puede aproximarse
todavía á la graciosa y elegante porteña de Buenos Aires, porque ésta ha nacido ya
envuelta en los atractivos de la civilizacion y entre los cuidados de la educacion más
esmerada. Pero así y todo, no quiero despojar á la mujer del Paraguay de sus dotes
recomendables por más de un concepto.

Una guerra desastrosa ha venido en estos últimos tiempos á entorpecer el camino
por donde marchaban para completar la educacion á que aspiraban; pero esta guerra
ha terminado; el brasileño ejerce grande influencia en la América del Sud, y como
vencedor y protector de aquella República, activará su progreso y acabará de imprimir
en este pueblo las costumbres del mundo civilizado.

ILDEFONSO ANTONIO BERMEJO.






[Figure] REPÚBLICA DE CHILE

(Señorita en traje de sociedad de confianza.)







[Figure] REPÚBLICA DE CHILE

Señora Chilena con trage para Misa.




LA
MUJER DE CHILE
POR
D. CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.

Chile, fértil provincia, y señalada
En la region Antártica famosa,
De remotas naciones respetada
Por fuerte, principal y poderosa:
La gente que produce es tan granada,
Tan soberbia, gallarda y belicosa,
Que no ha sido por rey jamás regida,
Ni á extranjero dominio sometida.
(ARAUCANA, Canto I.)

I

Pocos son los antiguos y modernos filósofos que se hayan dedicado al estudio
fisiológico de la mujer, y muchos han sido los poetas que consagraron sus desvelos
á celebrar las bellezas ó encantos que pudieran enaltecerla.

Esto no basta.

Sería indispensable escribir su historia, siguiéndola en todas las fases y peripecias
de la vida.

Los estrechos límites de este artículo no nos permiten aducir
ámpliamente las
consideraciones en que podríamos apoyarnos para significar hasta qué punto merece
ser estudiada esa preciosa mitad del género humano, tributándole el homenaje que la
misma naturaleza le concede, dándole mayor participacion en todos los actos sociales,
y procurando su verdadera emancipacion.

Cuando los pueblos hayan llegado al mayor grado de civilizacion, cuando los eternos
principios del derecho público se practiquen inviolablemente, cuando la libertad deje de
ser un mito y arroje torrentes de luz para desvanecer las preocupaciones acumuladas
por el fanatismo, el orgullo y la ignorancia, se consumará la reivindicacion de la mujer.

Sentados estos preliminares que indican sumariamente nuestra opinion relativa á


110

los justos títulos que tiene la mujer para exigir la reparacion á que es acreedora,
procurarémos bosquejarla tal como hoy existe en una de las apartadas regiones de
la América del Sud.

II

Bajo el hermoso cielo del país cantado por el sublime Ercilla, cuyo vivísimo azul
rara vez empañan las nubes, al calor del sol que vivifica las espigas de sus campos
feraces, al soplo bienhechor del aura que mece las flores y las hojas de sus productivos
y gigantescos árboles, nace, desarrollándose con galana hermosura, la mujer chilena.
Alta, robusta, de formas esbeltas, blanquísima tez que contrasta con su negro y brillante
cabello, ojos que despiden fuego y una gracia incomparable, seduce, fascina al observador,
que gradualmente se siente con ánsia de estudiar las condiciones físicas y morales
de ese bello modelo tan semejante á los más correctos de la estatuaria griega.

Consideremos á la mujer de Chile en sus cualidades distintivas y en sus múltiples
deberes prescritos por las leyes de la sociedad.

Dotada de una imaginacion vivísima, se educa fácilmente, adquiriendo las nociones
de una instruccion indispensable ó el complemento de los conocimientos que posee la
mujer perteneciente á la alta clase social, teniendo por base la religion cristiana,
verdadero consuelo ó refugio para resistir los embates de las pasiones. Con tales
precedentes, llama mucho la atencion la mujer chilena por la finura de su trato y por
ese conjunto de nobles sentimientos producidos por la caridad, el amor, la piedad y
el patriotismo. Divídese en dos clases, y con tendencias que sólo difieren por consecuencia
del estado más ó ménos acomodado á que pertenece, pero existe ostentando
el mismo sello característico en punto á su entusiasmo por el progreso de su patria.

Comenzarémos haciendo una rápida reseña de las propensiones, usos, costumbres
y especialidad de la mujer del pueblo.

III

Entre la bulliciosa algazara de un festin de familia, al compas de la indispensable
guitarra, oyendo el canto de las chistosas coplas inspiradas por el placer, baila la
popular cueca la seductora chilena, haciendo ondear entre sus manos un finísimo
pañuelo con gracia inimitable. En tal momento es irresistible y domina en el alma
de los que la contemplan; los hombres la alaban y la requiebran ebrios de entusiasmo;
en cambio, ella reparte por su mano la chicha1 y el ponche, sonriendo con
un donaire que acaba por hacer perder el juicio á los más tímidos ó indiferentes.


111

Continúa la zambra, reina la alegría entre los concurrentes, se multiplican las libaciones
espirituosas, cuyos vapores, subiendo al cerebro, estimulan el deseo de rendir
culto á la diosa que domina aquella situacion. En ese estado, escucha detenidamente
las declaraciones de amor, y se inclina en favor del hombre que posee los atractivos
de la locuacidad ó de una notoria gallardía, y á quien supone honesto y leal en sus
intentos. Así pasa las horas embebida, colmada de galanterías, sin proponerse otro
objetivo que el de agradar al que cree destinado á compartir su suerte ligado por los
vínculos conyugales.

Infinitos son los lances, salpicados de vis cómica, motivados por la originalidad de
esos bailes tan populares en Chile, y conocidos con la denominacion de las remoliendas,
verdadero orígen de las diversas pasiones que suele fomenter el veleidoso Cupido.

Examinemos á nuestro tipo en opuesto sentido.

IV

El cromo que acompaña á este artículo representa á la chilena del pueblo en los
momentos de dirigirse al templo cristiano. Tiene puesto el manto con marcada coquetería,
viste el mejor de sus trajes, y lleva sobre su torneado brazo la alfombra para
arrodillarse en los oficios divinos. Entrégase entónces á la contemplacion del Creador
universal con todo el fervor de sus creencias religiosas; permanece absorta en sus
meditaciones, fija la mirada en las imágenes sagradas y con manifiestas señales en su
semblante de un piadoso recogimiento.

Terminado ese deber ineludible, vuelve á su casa contenta de sí misma, distribuye
en el tránsito algunas limosnas á los indigentes, saluda familiarmente á las amigas
que encuentra, sin desperdiciar la ocasion oportuna de soltar algun chiste como natural
resultado de su índole juguetona.

V

El curioso observador que visita los campos de Chile suele quedar sorprendido
viendo muchas mujeres á caballo que corren con rapidez vertiginosa, saltan vallados,
atraviesan torrentes y desaparecen en el horizonte infinito. Esas mujeres son siempre
las hijas del pueblo, que con ánimo varonil vuelan en pos de los que aman para
estrecharlos en sus brazos al retorno de la batalla que libraron en defensa de las
leyes de la patria, ó para orar sobre la tumba de los que sucumbieron heroicamente.

La escena ha cambiado. La chilena amante, piadosa y decidora se convierte en
una leona furiosa si ha perdido en lucha fratricida al esposo, al hijo de sus entrañas;
su odio es terrible; tiene sed de venganza, que sólo es posible aplacarla con el exterminio
de los autores de su infortunio. Grita, mesándose el cabello, y sus doloridos


112

ayes se repiten en los últimos confines de las montañas. Tan cruel estado viene á
terminarse con la resignacion infundida por las máximas del Cristianismo, verdadero
bálsamo que cicatriza las profundas heridas del alma.

Si, al contrario, vuelven coronados de laureles los séres que le interesan vivamente,
se entrega á los transportes de un júbilo delirante de amor y patriotismo, restituyéndose
á la vida doméstica para oir los plácemes de sus conciudadanos.

VI

Vamos á narrar una triste leyenda, en la que brilla por sus virtudes la mujer de
Chile oriunda de la clase obrera.

«Á fines del año 1640, José Quiapu, natural de Copiapó, emprendió un viaje á los
desiertos de Atacama, con el objeto de buscar minas de metales preciosos. Durante
algunos dias de trabajos y privaciones, no le fué posible obtener ningun resultado favorable.
Apesadumbrado y mohino regresaba á su país, atravesando comarcas desiertas
y erizadas de obstáculos. Sin camino conocido, dirigía al acaso los pasos de la mula
que montaba, viéndose obligado á descender á una quebrada estrecha, de aspecto sombrío,
y por la que corría un riachuelo. Allí le sorprendió la noche, que pasó envuelto
en su poncho, no sin haber ántes asegurado la mula con una cuerda firmemente atada
á un arbustillo.

Por la mañana, notó que el arbustillo estaba arrancado, y que á sus raíces, llenas
de tierra, se hallaban adheridas algunas piedras relucientes; removió el terreno con el
auxilio de un cuchillo, y encontró muchas de la misma clase, más ó ménos grandes.
Sospechando entónces que podían ser de gran valor, reunió cuantas pudo para llenar
sus alforjas y bolsillos.

Cubrió cuidadosamente las huellas de aquel descubrimiento, dejó puesta una señal,
y montando en su cabalgadura, consiguió volver á su hogar con el corazon henchido
de esperanzas.

VII

Apénas Quiapu hubo llegado á Copiapó, hizo llamar á un platero de humildes
recursos que era su compadre y de toda confianza, y habiéndole enseñado las piedrecillas,
procedió el artífice á ensayarlas, declarando al fin que eran de oro finísimo y
de veintiun quilates de ley.

Quiapu, loco de alegría, no vaciló generosamente en referirle su feliz aventura,
prometiéndole que irían juntos á explotar la prodigiosa riqueza que indudablemente
existía en aquella verdadera tierra de promision.

Juraron los dos compadres no revelar el secreto, temerosos de que la fama de ese


113

incalculable tesoro promoviese la codicia de los especuladores, quedando entónces obligados
á dar participacion de una fortuna que consideraban de su exclusive pertenencia.

Equipados de lo más preciso, y llevando cuatro acémilas consigo, emprendieron su
dorada expedicion.

VIII

Habiendo superado los dos compadres las dificultades de su marcha por aquellos
lugares desiertos, lograron al fin acampar en la deseada quebrada.

Durante tres dias se ocuparon en hacer excavaciones en diferentes puntos, encontrando
siempre y á poca profundidad el oro apetecido en cantidades extraordinarias,
y como tuviesen reunido ya todo el que creían suficiente para cargar las acémilas,
decidieron retornar á Copiapó, dejando borrados todos los vestigios de sus trabajos
de exploracion.

IX

Poco tiempo despues, llamaba la atencion de los habitantes de Copiapó el fausto
con que vivían aquellos dos afortunados descubridores de un secreto tan positivo para
labrar la felicidad humana.

Efectivamente, José Quiapu compró un magnífico palacio, y el platero dejó su
oficio, convirtiéndose en señor de una vasta extension de tierras de cultivo. Ambos
ostentaban gran riqueza, que sorprendía á cuantos trataban de inquirir su procedencia.
Suponían algunos que sólo la fabricacion de moneda falsa podía ocasionar esa inaudita
transformacion, y otros, que el hallazgo de algun caudal enterrado les proporcionó
aquella repentina opulencia.

La opinion pública se perdía en un completo dédalo de conjeturas, por cuyo motivo
la autoridad vigiló con empeño la conducta de los dos improvisados millonarios.

Notóse que tenían entrevistas con un judío genoves llamado Samuel, antiguo vecino
de la ciudad, con fama de muy rico, extremadamente avaro y usurero, causando mayor
admiracion cuando se supo que el indicado judío colocaba millones en el Banco de
Lóndres, á la órden y disposicion de los compadres.

Miéntras tanto, Quiapu y el platero dispensaban muchos beneficios á todas las clases
sociales, distribuyendo abundantes limosnas á los pobres, y facilitando sumas crecidas
para el fomento de la agricultura, el comercio y la mineralogía.

X

La repentina desaparicion del judío dió lugar á que la justicia indagase la causa.
Hechas las pesquísas convenientes, se le halló en su casa, muerto, tendido en la cama,


114

con señales infalibles de haber sido estrangulado, sus cofres fracturados, algunas monedas
derramadas en el suelo, y por consiguiente, con todas las señales evidentes de
haberse cometido un crímen con el carácter agravante de la premeditacion.

Difundida la noticia de aquel atentado, se comentó mucho, indicando como autores
á Quiapu y al platero, que fueron puestos en prision, procesados criminalmente y
condenados á muerte, apoyándose los tribunales en las pruebas que resultaban de
haberles visto salir de la casa del judío dos noches ántes de que se notase su
desaparicion; en la incomprensible fortuna que poseían, sin haber justificado su legal
adquisicion, y finalmente, en su terquedad para no querer declarar si estaban ligados
con la víctima en negocios de importancia, de lo cual se deducía una incontestable
culpabilidad, puesto que no se ignoraba que el judío manejaba mucho dinero que con
su muerte había desaparecido, para caer, segun todas las probabilidades, en manos
de los delincuentes.

XI

Los supuestos reos oyeron con calma la sentencia; solicitaron permiso para hablar
en secreto, y no hubo inconveniente en acordarlo, creyéndose que por ese medio se
podría obtener una ámplia declaracion de su crímen.

Tomadas las precauciones indispensables, estuvieron reunidos en un mismo calabozo
los infelices condenados, y mirándose fijamente, prorumpieron en amargo llanto.

—¡José!—dijo el platero.—¿Es posible que nos crean capaces de... Ya ves, yo no
he querido declarar nada referente á nuestro tesoro...

—La misma conducta he observado yo, compadre,—repuso José; —ambos hemos
mantenido fielmente el juramento con que estamos comprometidos, y... ¡vamos á morir
ajusticiados, con la nota infamante de asesinos!

—Mira, compadre,—repuso el platero,—tú eres el único que me puedes desligar
de mi juramento... Si me autorizas, pediré que nos oigan y diré la verdad... Tal vez
por ese medio se comprobará nuestra inocencia...

—¡Ah, compadre mió! Puedes hacer lo que te plazca,—replicó José:—pero... ¡no
te creerán! Dirás de dónde proviene el oro que teníamos, todo lo que tú quieras...
y... ¿dejarán por eso de acusarnos como asesinos?

—¡Dios mio! ¡Es verdad!...—exclamó el platero.—La extraordinaria muerte de
Samuel... sus negocios identificados con los nuestros... ¡todo, todo se ha conjurado
para perdernos! ¡Sin pruebas que acrediten nuestra inocencia, no podemos escaper del
patíbulo!

Hubo un momento de angustioso silencio. Aquellos dos hombres estaban heridos
en lo más profundo del alma.

José fué el primero que reanudó el interrumpido diálogo.


115

—Compadre,—dijo con amargura,—hemos nacido para morir... Conformémonos con
nuestra triste suerte... Pero si tenemos que sufrir tal afrenta... ese agudo pesar... ¡que
no sepan en dónde se halla nuestra riqueza!

—Sí, compadre de mi vida. ¡Que nuestro secreto nos acompañe á la tumba!...—
murmuró con rabia el platero.

Dicho esto, se abrazaron con efusion, animándose mutuamente á morir con fortaleza
y resignacion cristiana.

Pocos minutos despues, estuvieron separados y puestos en capilla.

XII

Pasados tres dias, fueron ejecutados en la Plaza Mayor de Copiapó José Quiapu y
Pedro Laya (el platero) por ladrones y asesinos. Sufrieron la última pena con el valor
emanado de la inocencia, dejando profundamente afectados á todos los que asistieron
á tan horrible espectáculo.

Entregados los cuerpos de aquellos infelices al amparo de los hermanos de la
Caridad, fueron conducidos al cementerio para ser enterrados en la fosa destinada á
los malhechores.

Concluído ese piadoso deber, y cuando se hubieron retirado los asistentes á tan
triste acto, disponíase el sepulturero á cerrar la verja de la entrada de aquel lugar
destinado á los muertos, pero se lo impidió la súbita aparicion de una niña de diez
ó doce años de edad que se arrojó á sus piés, pidiéndole con tiernos sollozos que le
permitiese orar sobre la tumba de los pobres que acababan de morir á manos del
verdugo.

Condolióse el sepulturero, y accedió á la demanda de aquella criatura tan interesante
por su afliccion y belleza.

La niña estuvo largo rato de rodillas, humedeciendo con sus lágrimas la tierra
que cubría los cuerpos de los dos ajusticiados. Despues sacó de su seno una pequeña
cruz de madera, y fijóla allí cuidadosamente; despidióse del sepulturero, dándole una
moneda de plata y las más expresivas muestras de su gratitud, y se alejó lentamente,
no sin dirigir de vez en cuándo sus hermosos ojos hácia aquel sitio, glorificado con la
enseña del Hombre-Dios.

XIII

Á los pocos meses de haber ocurrido la desdichada muerte de Quiapu y Laya,
cayó en poder de la justicia un famoso asesino perseguido por sus inauditos crímenes,
confesando plenamente que él y su cuadrilla habían robado y muerto al judío Samuel.


116

Quedaba completamente probada la inocencia de aquellos mártires, por cuyo motivo
se rehabilitó su memoria, devolviendo los bienes confiscados por sentencia ejecutiva,
que debían pasar al dominio de los herederos.

Mudos de espanto quedaron los moradores de Copiapó al saber que la justicia
humana se había equivocado.

Acudieron muchos pretendidos parientes á reclamar la opulenta herencia, y estando
á punto de adjudicarse al que era considerado con mejor derecho, presentóse un
venerable sacerdote, pidiendo con ahinco audiencia al Gobernador Subdelegado de la
Provincia, con el propósito de hacer importantísimas revelaciones relativas á los desgraciados
que sucumbieron víctimas de un irreparable error judicial.

XIV

Concedida la audiencia por aquella autoridad, el sacerdote declaró que, habiendo
asistido con los auxilios espirituales á los infortunados Quiapu y Laya, cumplía con
la obligacion que le impusieron de guardar sigilosamente un pliego cerrado, y de
presentarlo al dominio público llegado el caso de esclarecerse la verdad con relacion
al asesinato del judío, debiendo procederse á la apertura y exámen de ese documento
de una manera solemne, con asistencia de las personas más notables de la ciudad.

El Gobernador Subdelegado ordenó inmediatamente que se reuniesen en el salon
principal de su palacio todos los funcionarios públicos, concediendo la libertad de
poder concurrir á ese acto á cuantos lo deseasen.

Un numeroso gentío de todas clases llenó completamente aquel local. En breves
palabras dió cuenta la primera autoridad de los motivos de tan inusitada reunion,
indicando á su secretario que rompiese el sobre del ansiado pliego y leyese su contenido,
que era el siguiente:

«En nombre de Dios Todopoderoso, y en los momentos de comparecer ante su
presencia, declaramos que somos inocentes del crímen de que se nos acusa, y sin
pruebas suficientes para condenarnos, marcharémos al patíbulo con la resignacion de
los mártires.

Es nuestra expresa voluntad que este documento se lea en público el dia en que
se descubra que la justicia de los hombres ha sido cruel quitándonos la vida en
nombre de la ley, y para que sepan todos que por vengar un delito, la sociedad ha
cometido otro mayor.

Por consejo del virtuoso sacerdote que nos ha consolado hasta el último instante,
y queriendo cumplir con lo que nos ordena nuestra conciencia, hacemos saber que
la fabulosa riqueza de que disponíamos proviene de un abundante venero de oro
que se halla en la Quebrada Negra, cuarenta millas al Norte saliendo de Copiapó
con direccion al desierto de Atacama, descubierto por nosotros y que explotábamos


117

secretamente, temerosos de que nos arrebatasen lo que creíamos de nuestra propiedad
exclusiva.

Las relaciones que manteníamos con el judío se reducían al cambio del oro por
moneda corriente y á la colocacion de valores en el Banco de Lóndres, sin que ese
desgraciado hubiese sabido jamás de dónde extraíamos aquel apreciado metal.

En recompensa de nuestra leal declaracion, de gran utilidad é importancia para
la riqueza pública, solicitamos como justa reparacion que se respeten nuestros bienes,
consistentes en muchas propiedades conocidas, y en el oro que tenemos enterrado en
el sótano de la casa que habitábamos juntos, cuyo tesoro cuantioso, dividido en tres
partes iguales, destinamos: una para los pobres, otra para la fundacion de un hospital,
y otra para la niña María Cruz, como premio legítimo á su amor filial, consagrado
á consolar y asistir á su madre enferma hace cuatro años, y como tributo de reconocimiento
á la ternura y sensible interes que manifestó por nosotros miéntras
estuvimos en la prision, y áun en los momentos terribles de conducirnos al suplicio,
queriendo pagar ese ángel con sus cuidados la caridad que dispensábamos á su madre
cuando disfrutábamos de tiempos más felices.

Perdonamos á los jueces que nos han condenado, confiando en que por ese medio
Dios querrá concedernos su gracia.

En la cárcel de Copiapó á 12 de Abril de 1641.—José Quiapu.—Pedro Laya.»

Difícil sería describir el sorprendente efecto que hizo la lectura de aquel singular
documento. Aplaudióse el acierto de la distribucion de los bienes, causando á todos
gran contento al ver recompensada á la niña María Cruz, que era la misma que
hemos visto en el campo santo llorando sin consuelo sobre el sepulcro de los condenados.
Pidieron los asistentes á ese acto que se llamase á esa niña modelo de virtud,
para tributarle un homenaje de respeto y admiracion, segun costumbre establecida por
los habitantes de aquella ciudad, siempre dispuestos á premiar las acciones nobles.
Concedido el correspondiente permiso por la autoridad, salió una comision, compuesta
de personas notables, en busca de nuestra heroína, que no tardó mucho en llegar,
conducida en triunfo, con la frente coronada de flores, bella como un serafin, y
demostrando en su semblante la pureza de su alma.

Disputábanse todos á porfía el poder aproximarse á esa criatura para acariciarla
y ensalzarla con los epítetos más distinguidos; colocáronla en un rico sillon, situado
á cierta altura dominante, y allí fué proclamada con el título de hija predilecta y
amada del pueblo.

Aquella ovacion concedida á la protegida de los que sucumbieron sin merecerlo en
afrentoso cadalso, simbolizaba la reparacion que la opinion popular concedía á su
memoria.

Los nombres de Quiapu y de Laya se pronunciaron con religioso respeto, y la
niña María se levantó entónces, diciendo con cándido acento:

—Escucho alabanzas en favor de mis pobres protectores, y esto me consuela algo


118

de la gran pena que siento por haberlos perdido... Sin ellos, mi madre se habría
muerto por falta de pan, de abrigo y de las medicinas que necesitaba. ¿Encontrais
algo de extraordinario que yo haya cumplido con el deber de la gratitud?

Aquí fué interrumpida con nuevos aplausos esa niña admirable por sus bellísimos
sentimientos, realzados con una sencilla y natural elocuencia.

Restituida la niña María Cruz á su casa con toda la pompa de un triunfo adquirido
legítimamente, continuó siendo por mucho tiempo el ídolo de sus conciudadanos.

Calmada la sensacion general producida por el desenlace é incidencias de los
principales interlocutores que figuran en el descubrimiento del oro de la Quebrada
Negra
, dedicáronse muchos industriales al beneficio y explotacion del metal más
codiciado del mundo.

Son inmensas las riquezas que produjo aquel descubrimiento.

Registrados los libros del Tesoro correspondientes á la Administracion de Rentas
de aquella época, consta que los explotadores pagaron al Rey de España la enorme
suma de ochocientos millones de pesos fuertes como resultado de la contribucion
denominada el quinto, que pesaba sobre la industria minera. Fácil es calcular el
producto por la cantidad á que monta el impuesto.

Seis años despues de los sucesos que hemos referido, murió la madre de la niña
María, y no teniendo ya en la tierra á quien prodigar sus desvelos, tomó el hábito
de religiosa, repartiendo ántes á los pobres sus cuantiosas riquezas.

La tradicion dice que Sor María dejó de existir á los cincuenta años de edad,
llorada de cuantos la conocieron y en medio del respeto que inspiran el mérito y
las virtudes.»

Una respetable familia de Copiapó conserva su retrato y un manuscrito de aquella
época, que hemos examinado para coordinar los anteriores apuntes.

Hemos creído conveniente consignar en nuestro artículo esa leyenda, en la cual
toma una parte tan eminente una hija del pueblo.

XV

Resumiendo las principales condiciones y hábitos de la mujer del pueblo en Chile,
puede decirse que es alegre, decidora, inclinada á los placeres y arrebatada en cuestion
de amores. Viste sencillamente, pero siempre con gracia y algunas veces con lujo.
Gusta de la música y del baile, ama á su patria con delirio, es laboriosa é inclinada
á viajar. Profesa las creencias cristianas sin fanatismo, es buena esposa y madre
amorosísima.

Tal es, en conjunto, el tipo que dejamos delineado: su porte y conducta son el
resultado de la educacion relativa que ha recibido, de la influencia nacional y demas
circunstancias que agitan su existencia. En Chile hay una instruccion al alcance de


119

cada jerarquía social, privativa y peculiar, pero siempre encaminada á la ilustracion
de las masas populares, sin lo cual es difícil que el pobre se conforme con su estado,
ni pueda comprender los medios que tiene disponibles para su elevacion.

Veamos ahora á la mujer del gran tono, á la dama eminente.

XVI

Preciso es confesar que la cultura y la moral han hecho sólidos progresos en el
país emancipado y normalizado por los O'Hinggins y Carréras. Grande es nuestra
admiracion despues de haber estudiado detenidamente el sistema político de la República
Chilena, que constituye el órden hermanado con la libertad, bajo el protectorado
de una inquebrantable administracion de justicia. Hemos recorrido su fértil territorio,
viendo que los canales, puentes y vías férreas cruzan de Sur á Norte todos los focos
agrícolas é industriales; hemos visitado sus universidades, y contemplado extasiados
la fundacion de escuelas, hospitales y otros muchos establecimientos dedicados á la
instruccion, recreo, comodidad, ornato ó alivio de la humanidad doliente.

¿En qué consiste esta metamorfósis operada en un país reducido ayer á las duras
condiciones del coloniaje, y que hoy, casi sin tiempo para haberse organizado, levanta
su erguida cabeza iluminada por la razon, el derecho y la justicia? Es que sus hijos
están dotados de una gran fuerza de voluntad, dispuesta á labrar la felicidad del suelo
en que han nacido; es que entre esos hombres existen el patriotismo, la probidad,
el valor, el cultivo de las ciencias y el más entrañable amor á la libertad. Con tan
poderosos elementos, Chile ha podido elevarse en pocos años á una altura fabulosa,
ostentando á la faz del mundo su sistema político-administrativo, por el que ha sabido
captarse el respeto y simpatías de las naciones más adelantadas. La amplitud de sus
leyes y tratados internacionales facilita el bien general, convidando á los extranjeros
para que se establezcan con capitales é industrias útiles en aquella república modelo,
á la que con justa causa puede apellidarse la soberana del Pacífico.

De todo ese conjunto resulta la armonía social, y por consiguiente el brillo de
todas las clases, resaltando notablemente la mujer, que forma la parte más esencial
y constitutiva del bien comun.

Sentado, pues, el precedente resúmen del estado próspero de aquel país, entrarémos
de lleno á tratar el asunto que nos hemos propuesto.

XVII

La dama de buen tono perteneciente á la alta clase, que voy á describir, tiene los
mismos instintos, sin distincion entre solteras ó casadas, entre niñas ó adultas. Dotada


120

generalmente de peregrina hermosura y de una educacion esmerada, dispone de esos
medios poderosos para cautivar á cuantos la rodean.

Veámosla en los distintos casos en que su interesante figura aparece en la escena
social.

La dama elegante y de alto rango en Chile es la mujer por excelencia, porque
consagra su vida entera á la práctica de su inclinacion á dominar por el arte, el
amor, el lujo y la virtud. Así se la ve algunos dias lánguida, vaporosa, sentimental,
alegre, viva. Viste con esmero, usa adornos de buen gusto y joyas de gran valor,
pudiendo decirse en concreto que en nada cede á las fashionables inglesas, ni ménos
á las graciosísimas francesas.

Penetremos en uno de los sorprendentes palacios que la aristocracia del dinero y
del talento tiene acumulados en la bellísima ciudad de Santiago.

XVIII

Estamos en una suntuosa morada que revela la persona que la habita; respírase
una atmósfera embalsamada; cubren el tálamo de la esposa ó el lecho de la doncella
el terciopelo y la seda suspendidos por el arte en agudas saetas; una lámpara cincelada
al estilo de Benvenuto Cellini difunde un suave resplandor, y cobijada entre una
riquísima bata, se contempla á la deidad que habita aquel templo. Allí, sumida en
dulces meditaciones, apoyada la sonrosada mejilla en su blanquísima mano, lee las
grandiosas páginas de Víctor Hugo ó de Castelar, estudia, entregándose, al fin, en
brazos del sueño casta y pudorosamente.

Pasemos al tocador de la chilena. En él emplea largas horas ensayando el efecto de
sus numerosos y ricos trajes, escogiendo los que puedan realzar su indisputable belleza,
y en tal contraste de gustos y en semejante laberinto de aficiones por los objetos de
moda, pasa una parte del dia, contenta, colmada su ambicion, sin pasiones violentas
y rodeada de plácidos afectos.

La poesía que la rodea, el arte maravilloso empleado en los más mínimos detalles
de su toilette, son los verdaderos elementos que impulsan su fuerza fascinadora é
irresistible.

XIX

Pero en donde brilla con gran éxito la dama chilena es en la buena sociedad,
adoptando maneras sumamente distinguidas y poniendo en juego los encantos de su
físico, ayudados por la instruccion. Habla correctamente el inglés y el frances, tiene


121

conocimientos literarios, entiende de bellas artes, pulsa las teclas del piano, interpretando
magistralmente las mejores melodías de Beethoven ó de Bellini, y hace los
honores de la casa con exquisita amabilidad cuando ha invitado á las personas du
grand monde
para una soirée, ó en los dias de mayor solemnidad.

En los bailes despliega mi tipo todos los inmensos recursos de que dispone. Allí
prodiga sus mejores sonrisas; allí se presta para tomar parte en la aristocrática
quadrille, ó bien se abandona lánguida en los brazos de su pareja al lanzarse al
rápido vals, para concluir dejándose caer sobre un sofá exánime y fatigada. Entónces
escucha con interes la improvisada declaracion amorosa de un apuesto galan, que jura
y protesta amarla eternamente, ó absorbe su atencion el canto de una sentimental
romanza.

Esta disposicion de carácter para plegarse á cumplir con los preceptos de la sociedad,
es verdaderamente admirable, pero que sólo se comprende por los resultados de
una esmerada educacion.

XX

Á los atractivos que dejamos enumerados, reune la chilena culta el verdadero
sentimiento religioso. Frecuenta los templos sin hipocresía, y se postra de hinojos
para adorar al Dios de los cristianos. Oyendo el canto sagrado acompañado de los
acordes del órgano, á impulsos de la palabra evangélica, y arrobada en la contemplacion
divina, reza piadosamente, haciendo fervientes votos por la felicidad de su familia
ó de la patria.

El teatro es otro de los sitios donde tiene erigido su trono: situada en un palco,
maneja los anteojos con gracia, fascinando á los concurrentes al verla elegantemente
ataviada y más resplandeciente en hermosura por efecto de los rayos de luz artificial
que se proyectan en su rostro clásico, irreprochable, y que haría morderse los labios
de envidia al mismo Fídias, si pudiera contemplarla. Ofrece ademas el teatro una
porcion de ocasiones favorables para el lucimiento de mi tipo: si el drama es triste ó
la ópera sentimental, demuestra su natural sensibilidad; y luégo, ¡es tan hechicera con
los ojos empañados por las lágrimas!

Si es alegre la pieza, al reirse descubre dos filas seductoras de preciosos dientes:
si un chiste grosero excita carcajadas á la multitud, se enciende ruboroso su semblante,
revelando así su pureza: si hay alguna escena horrible, vuelve la cara con
manifiestas señales de repugnancia ó compasion.

Es necesario ahora seguirla en la práctica de las dos condiciones más culminantes
de su existencia, que son la expresion genuina de su alma.

Procurarémos detallarlas con aquel placer ocasionado por todo lo grande y bello.


122

XXI

Una familia menesterosa carece de lo indispensable para sustentarse y cubrir su
desnudez; las enfermedades aumentan su triste suerte; el dolor sin límites de esos séres
sumidos en la mayor desesperacion va prolongándose con las angustiosas torturas
consiguientes á tan deplorable estado: cuando ya se oyen exhalar los últimos lamentos
de los que agonizan abandonados, aparece un ángel salvador que acude en socorro de
sus semejantes, derramando los beneficios de la caridad. ¡Es la mujer de Chile perteneciente
á la clase opulenta, que se acuerda en medio de los festines y de la abundancia
de hacer partícipes de su felicidad á los que gimen sin amparo, abrumados por la
miseria, que degrada, embrutece y mata! ¡Es ella, siempre ella, la que no se olvida
de seguir los impulsos de su sensibilidad, imitando la conducta que observara el
Redentor del mundo!

Si el sentimiento nacional está pronunciado por consecuencia del sagrado amor á
la patria, la chilena se inflama, recorre los lugares públicos, se hace visible, perora,
induce y promueve todo lo que sea capaz de exaltar el deber que sus conciudadanos
tienen de procurar su engrandecimiento ó defenderla de una agresion extranjera.

Como resultado de nuestro humilde estudio, podemos confesar que la mujer chilena
de elevada esfera encierra en sí las grandiosas cualidades que enaltecen á todas las de
su sexo pertenecientes á los pueblos más avanzados. Hermosa sin pretensiones, amoldada
á los usos de la más refinada elegancia, es benéfica, hábil, esposa leal, tierna
madre, y amante de las glorias de su país.

XXII

Quisiéramos disponer de más espacio para extendernos en una narracion descriptiva
de los incidentes más minuciosos relativos á la vida de las mujeres nacidas en la
tierra del heroico Caupolican y del prudente Colocolo, seguros de encontrar siempre
motivos de aplauso y admiracion.

Dejamos esta ardua empresa librada á los ingenios que poseen la suficiencia conveniente,
y confesamos que si este artículo no corresponde á la magnitud del asunto,
consiste en que no poseemos las facultades de aquellos insignes vates cuyas admirables
producciones llevan el sello de la sublimidad.

Concluirémos declarando que aún permanece latente en nuestro pecho el recuerdo
de gratitud que debemos á la sociedad chilena cuando en nuestros años juveniles
vivíamos en su seno, rodeados de atenciones y recibiendo una leal hospitalidad. Jamás
olvidarémos el obsequioso trato que recibimos cuando estábamos al servicio de un


123

país libre que nos honró con una mision oficial cerca del Gobierno que simboliza el
derecho público con el expresivo lema Por la razon ó la fuerza.

¡Salud, patria de Portales y de Molina, nacion que corre con pasos de gigante á
su apogeo! Aunque las tempestades políticas me hayan alejado de las playas del
Pacífico, no pierdo la esperanza, único consuelo del hombre, de poder admirar de
nuevo á tus encantadoras mujeres y vivir al amparo de tus leyes inspiradas por la
Santa Libertad.

Madrid, Marzo de 1878.

CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.






[Figure] REPÚBLICA DEL PERÚ
LIMA

(Señorita de la Capital.)







[Figure] AMÉRICA MERIDIONAL

REPUBLICA DEL PERÚ - Dama de Líma.




LA
MUJER DEL PERÚ
POR
D. CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.

I

La vastísima extension territorial que ocupa la República Peruana encierra infinitos
panoramas, que ofrecen á la imaginacion del hombre el aspecto de una bellísima y
sorprendente diversidad.

Los moradores de ese país encantador revelan mucha inteligencia, circunstancia
que da mayor realce á esa region privilegiada por la naturaleza. Allí, donde el sol
radiante y vivificador influye poderosamente sobre la especie humana, existe la mujer
del Perú, embeleso de cuantos la contemplan y motivo de un profundo exámen.

En dos clases de pura raza divídese la mujer peruana: la blanca, oriunda de
España, y la india, procedente de la familia de los Quichuas.

Empezarémos por hacer un rápido bosquejo de la mujer indígena, para cuyo efecto,
preciso es remontarnos á ciertas reminiscencias históricas.

II

La tradicion y el historiador Garcilaso dicen que el Perú, ántes de ser conquistado
por Pizarro, era un imperio independiente, gobernado despóticamente por un Inca1
Su voluntad no conocía oposicion; era el Sumo Pontífice en materias religiosas; dispensaba
favores divinos y humanos; pretendía ser hijo del Sol, dios adorado por el pueblo,
y obligaba á sus súbditos al cultivo en comun de las tierras, al depósito de los granos


126

cosechados, que en cierta época del año se distribuían en cuatro partes, destinadas al
sostenimiento del Soberano, la Nobleza, el Sacerdocio y el Pueblo.

Vírgenes vestales estaban consagradas al culto del Astro luminoso.

Los delitos de regicidio, traicion, homicidio, desacato religioso, adulterio ó desobediencia
á las leyes, eran castigados de muerte. Las cargas públicas se soportaban
sin murmurar y como un deber prescrito por Dios para el fomento del culto y el
esplendor del Trono.

Creían en el goce eterno de una vida mejor, á la que debían ser llamados algun
dia; embalsamaban cuidadosamente los cuerpos para depositarlos en unos sepulcros
llamados chullpas, y son curiosísimas las momias halladas en un completo estado de
conservacion, que rivalizan en antigüedad con las del Egipto, observándose la circunstancia
de estar rodeadas de objetos de uso doméstico, de pequeños ídolos, maíz y
cántaros de chicha.

El Perú, habitado por los Quichuas, fué una nacion más civilizada que la de los
Aztecas en punto al conocimiento de un Sér Supremo y en el horror que profesaba
á los sacrificios humanos.

Bajo esa forma de gobierno arbitraria predominaba cierta tendencia á la proteccion
del pueblo, pero procurando que no se alterase el estado social en que vivía.

Semejante órden, constituído desde los tiempos más remotos, debía ejercer grande
influencia en el sexo femenino, tan importante por todos conceptos en los trámites de
la vida humana.

De ahí proviene la causa del apego que se nota en la mujer india á sus antiguos
hábitos, y de la poca docilidad que aún hoy revela para amoldarse á los usos modernos.

Examinemos, pues, las condiciones del tipo que motiva estas líneas y demas circunstancias
que concurren para determinar su índole especial.

III

En el Perú, las indias de raza Quichua, habitan casi siempre las comarcas inmediatas
á los Andes; son parcas, se alimentan con el maíz tostado, el chuño1 y carnes
secadas al sol; trabajan excesivamente, ayudando á los hombres en las tareas más
rudas; suelen andar descalzas, desaliñadas y con ropas bastante toscas. Su traje se
compone de una saya gruesa de lana y un rebozo de la misma tela que abrochan
con un grueso alfiler de oro ó plata. Altas y fornidas en general, tienen el color
cobrizo y la fisonomía parecida á la de la raza Mongola; su cabello es abundante,
negro y grueso. Confeccionan sus vestidos con las lanas de los alpacas2; entienden


127

de agricultura, y demuestran cierta habilidad en el conocimiento y aplicacion de las
plantas medicinales. Las indias aparentan mucha humildad, resignándose al duro trato
de los blancos, sus opresores. Nótase en ellas una gran tristeza, que se atribuye al
recuerdo de sus antepasados, al de su perdida libertad y como consecuencia de las
crueles persecuciones que su raza viene sufriendo por espacio de más de tres siglos
y medio. Gustan con delirio de la embriaguez, á la que se abandonan en ciertos dias
del año destinados á sus fiestas especiales. Aman mucho la música, que es la misma
de sus ascendientes, melancólica, original, y cantan sentidos yaravies, cuyos ayes son
una dolorosa protesta de la desdichada condicion á que se hallan reducidas.

La siguiente leyenda retrata fielmente la entereza varonil de la india peruana,
comparable sólo con los ejemplos heroicos que nos legaron los pueblos más grandes
de la antigüedad.

IV

«En cierta época histórica del Perú, correspondiente al año 1312 de nuestra era,
el inca Yupanqui residía en su corte, establecida en el Cuzco, capital de sus inmensos
Estados, y hallándose ocupado en dar audiencia para administrar justicia, llegó un
chasqui1, y puso en sus manos soberanas el quipo2 que el cacique de Andahuailas
le remitía, noticiando que el príncipe Vilcanota, encerrado en el castillo de Marcata,
se había rebelado con ayuda de algunos ambiciosos y descontentos.

El Inca, encendido de cólera, dispuso que se reuniese inmediatamente mucha gente
de guerra, y marchó en busca de los rebeldes, con la firme resolucion de hacer en
ellos un terrible escarmiento.

Apénas Yupanqui hubo acampado al pié de los muros de Marcata, comprendió que
sólo el hambre podía vencer á los amotinados, dueños de aquella inexpugnable posicion.

Despues de cuatro meses de sitio y de rudos combates, vióse Vilcanota reducido al
último extremo, sin elementos de resistencia y próximo á perecer de necesidad juntamente
con los suyos.

Envió algunos mensajes al irritado Monarca, ofreciéndole someterse, pero con las
condiciones que creía indispensables para asegurar su vida y la de todos los amotinados.

Yupanqui estaba muy distante de acordar las proposiciones del Príncipe desleal, y
ni las súplicas ni las lágrimas sirvieron para aplacarle.

Por fin Vilcanota, no pudiendo prolongar la resistencia por más tiempo, se entregó
á discrecion, obteniendo la gracia de que se perdonase á las mujeres, impidiendo que
fuesen víctimas de la licencia de los soldados, y que ademas pudiesen salir fuera de
la plaza sitiada con todo lo que les fuese posible llevar consigo.


128

El inca Yupanqui quedaba contento con desfogar su ira contra los hombres culpables,
y ningun interes tenía en ser cruel con las mujeres.

Los sitiados, al saber las condiciones de la capitulacion, resignáronse á sufrir la
triste suerte que les aguardaba, quedando á la merced del vencedor. Mas no estaban
conformes las mujeres, considerando que, si bien libraban la vida, perdían en cambio
para siempre á los séres que amaban apasionadamente, exponiéndolos á que fuesen
bárbaramente degollados. De ahí vino una confusion que acabó con los más espantosos
alaridos, negándose á salir solas, y diciendo con grande entereza que no permitirían
jamás ese espantoso sacrificio.

Entónces una jóven que se llamaba Yucaba, esforzando la voz, dijo:

—Escuchad. En estos momentos de terrible prueba he recogido mi espíritu invocando
al Padre de la Luz para que ilumine nuestras frentes. Dios ha oido mis
súplicas, y todos podrémos salvarnos. Seguidme y haced lo que os diga.

Aquella afligida muchedumbre obedeció resignada el mandato de Yucaba, que cual
inspirada sibila dispuso el órden en que todos, sin excepcion alguna, debían presentarse
ante el airado Monarca.

El poderoso inca Yupanqui, al frente de sus tropas, aguardaba la salida de los
vencidos, dispuesto á mantener su palabra empeñada para que las mujeres no sufriesen
daño alguno.

Al sonido de lúgubres instrumentos abriéronse las puertas del castillo de Marcata,
saliendo agrupados sus defensores en la forma y extraño modo que vamos á referir.

Iba Yucaba á la cabeza, conduciendo en sus hombros al desgraciado Vilcanota;
seguían á aquélla las demas mujeres cargadas con el padre, el esposo ó el hijo, y
cuando estuvieron cerca del Monarca, la jóven Yucaba fué la primera que con tierna
voz habló así:

Viracocha1 amado: Las mujeres, á quienes has concedido la vida y facultad de
llevar consigo lo que fuere de su agrado, vienen aquí, persuadidas de que tu real
palabra será mantenida. Míranos, pues, conduciendo sobre nuestros débiles hombros
los tesoros de nuestro cariño entrañable; apiádate del infortunio que nos abruma y de
la pena que nos causa el haber incurrido en tu desagrado; duélete de nuestro llanto
y perdona á los que humildemente están arrepentidos, pues será más grande tu triunfo
si te dejas llevar de los impulsos de la clemencia.

Yupanqui oyó enternecido el discurso de aquella jóven singular, á quien contestó
diciendo:

—Vasalla: He oido tu sensible demanda, comprendiendo de cuánto es capaz la mujer
para salvar á los séres que afectan su alma. Admiro tanto amor, tanto heroísmo, y
no puedo negar lo que me pides. Estais todos perdonados.

Grandes aclamaciones de júbilo resonaron por aquel pintoresco valle.


129

Yupanqui volvió á su corte para ser recibido en triunfo y oir los cantos populares
que ensalzaban sus virtudes.

Aún se conserva en Huánuco gran parte de un obelisco levantado en honor de ese
episodio histórico, y en el que hay algunos bajorelieves representando tan sublime
rasgo de abnegacion, emanado de las mujeres del pueblo de Manco-Capac.»

Hemos indicado algunos signos característicos de la mujer indígena del Perú, y
vamos á ocuparnos ahora de otro tipo femenino que vive en ese país privilegiado,
cuyas relevantes cualidades estimulan al hombre estudioso á inquirir con vehemencia
las causas que contribuyen á su brillante conjunto.

V

Bajo la influencia de un clima delicioso, á orillas del pintoresco Rimac y rodeada de
perfumados jardines, existe la coqueta y hermosísima ciudad de Lima, fundada en 1535
por el conquistador Pizarro. Sus calles rectas y espaciosas, sus paseos embellecidos
con rara diversidad de flores y árboles frondosos, sus elegantes palacios, magníficas
tiendas, monumentos grandiosos y prodigiosa riqueza, cautivan, seducen de tal modo,
que es imposible que el hombre elegir pudiera otra morada que reuna mayor cúmulo
de goces para ir pasando esta vida transitoria y deleznable. Tan poderosos atractivos
son la causa de que esa opulenta capital alimente en su seno multitud de razas
que vigorizan, varían y hermosean la especie humana, entre las cuales campea con
arrogante belleza la que procede de la patria del Cid.

Á esa noble raza pertenece la mujer limeña, y de la cual vamos á ocuparnos
preferentemente.

VI

La mujer limeña, encanto y admiracion del género humano, tiene fisonomía expresiva
y animada; sus ojos llenos de vivacidad, su habla sonora, su gracia inimitable,
forman un dulce lazo del que con dificultad podrá librarse el que no esté familiarizado
con tantos hechizos. No necesitamos pedir luces al alba, ni pálidos destellos á la luna,
ni tintas á las flores, ni á la primavera sus encantos; nuestro tipo los posee todos y
crea otros desconocidos con la magia de su poder irresistible, dado que habita en un
país tan bello, sólo comparable con los dorados Elíseos, frecuentemente ponderados por
la férvida inspiracion de los poetas inmortales. Pasemos á definirla.

VII

En 1850 usaba aún la limeña el pintoresco traje denominado saya y manto oriundo
de los tiempos de Felipe IV. La saya era una falda de seda ó damasco de color oscuro


130

que terminaba proporcionalmente cerca del tobillo en pliegues numerosos y flotantes.
El manto, atado á la cintura, se componía de una pieza de crespon negro destinado á
encubrir la cabeza. Una tapada sólo dejaba ver libremente el ojo derecho y el brazo
izquierdo. Zapatos de raso blanco y medias de seda completaban aquel traje.

Ataviada la limeña de esa manera lo invadía todo; asistía á las procesiones, paseos,
teatros, toros y á cuantas festividades ó actos solemnes atraían la curiosidad pública,
ocupando siempre los sitios de preferencia, sin obstáculo alguno, para cuyo efecto
contaba con los prestigios de su hermosura.

Ese perpetuo disfraz se prestaba favorablemente á las intrigas galantes, y los celosos
maridos veían con enfado el entronizamiento de una moda tan perjudicial á la paz
doméstica.

La limeña tenía entusiasmo por las costumbres casi orientales que la mayoría de
sus ascendientes los andaluces establecieron en la antigua ciudad de los Reyes, y
adoptaba con rara facilidad modismos y peculiares hábitos que se notan en los pueblos
que vivieron sojuzgados por los Monarcas de la soberbia Córdoba. Así es que en la
moza mala
, danza original de su país, se la veía voluptuosa é incitante como una
odalisca, y bajo los prestigios de un talle gracioso y dos ojos de azabache animaba á
los tímidos, templaba á los valientes y alegraba á los tristes. La variedad de sus
donosos movimientos, sus mejillas sonrosadas, su sonrisa angelical, la agitacion de su
contorneado pecho, su pié diminuto, y en fin, todo su conjunto lleno de belleza,
poesía y amor, era sólo comparable con el de las sublimes huríes que Mahoma
prometió á los que profesaran las doctrinas del Coran.

En las fiestas de familia, en las excursiones al campo y en todos los casos indispensables
para la expansion y solaz de la vida, veíase siempre á la mujer limeña
tomar la iniciativa en aquello que concurrir pudiera á la animacion y alegría general.
Improvisaba coplas que revelaban su ingenio y tendencia á la sátira, haciendo justicia
al mérito ó ridiculizando sin misericordia lo que juzgaba mezquino ó indigno; repartía
obsequios á cuantos la rodeaban; era bulliciosa, infatigable, decidora, apasionada,
generosa y entusiasta por los hechos memorables que consigna la historia de su país.
Todas esas múltiples y variadas cualidades iban acompañadas de una refinada elegancia
en el vestir, como complemento de su poder fascinador.

Tal era la limeña de ayer.

VIII

El progreso humano ha echado hondas raíces en el imperio que la audacia de
Pizarro sujetó á los destinos de España.

El Perú, despues de haber sufrido las duras condiciones del coloniaje, pudo al fin
proclamar su independencia, adoptando la forma republicana y las ideas filosóficas
propagadas á fines del siglo XVIII por la inmortal revolucion francesa.


131

Tras de la opresion vino la libertad.

Con la libertad, la razon y la justicia.

Con la justicia, la proteccion humana.

Sentadas esas verdaderas bases del edificio social, llegaron despues la instruccion
pública, el libre exámen, la tolerancia de cultos, la fraternizacion con todos los pueblos
civilizados y la inviolabilidad de la vida del hombre.

Fundada la teoría del derecho, procedióse al cumplimiento del deber, que dió por
resultado el respeto mutuo.

Tan elevados principios promovieron la educacion de la mujer, íntimamente ligada
á los destinos de la sociedad, y como consecuencia lógica, su rehabilitacion en punto
á las consideraciones que por tantos títulos merece. De esos beneficios disfruta la
limeña de hoy, cuyas dotes se prestan para brillar con toda plenitud, dadas las circunstancias
de su misma naturaleza, tan fecunda en nobles resultados.

IX

Si observamos á la mujer nacida en la capital del Perú, la verémos siempre vestida
con riqueza y demostrando su afan en adornar su incuestionable hermosura con los
caprichosos atavíos de la moda. En los salones, en el delicioso paseo de Acho, transitando
por las calles, en el teatro, en los templos católicos y en todos los centros
expansivos de la vida, podrémos contemplarla ostentando su pasion por la música, su
destreza é infinita gracia al verla sentada sobre un potro de pura sangre árabe, ó bien
luciendo su porte majestuoso en aquellas escenas de la vida social en las que es
indispensable su interesante figura.

La transformacion es completa.

La limeña de ayer, que conservaba toda su independencia y la sencilla educacion
que recibiera de sus abuelos, se ha convertido hoy en elegante dama parisiense; emplea
los modales más distinguidos, cultiva su inteligencia y queda cautivada por los preceptos
del buen gusto, que adopta con entusiasmo.

Harémos una breve descripcion de sus variados sentimientos y de sus costumbres
absolutamente identificadas con el progreso de este siglo.

X

Emilia ama apasionadamente á Ricardo, de quien ha recibido una carta fechada en
Paris anunciando su pronto regreso á la patria. Su amante vuelve con el título de
doctor en medicina, obtenido á los seis años de estudios consagrados al servicio de
la humanidad.


132

El placer de Emilia es inmenso; sus deseos de unirse al hombre por quien suspira
quedarán colmados. ¡Cuán grande es su felicidad! Ricardo será útil á sus semejantes;
librará de la muerte á los que sufren postrados en el lecho del dolor, y recibirá las
ovaciones de sus conciudadanos. Emilia, delirante de amor, sueña en los triunfos de
su amado, ennoblecido por la ciencia.

Adela posee una vasta erudicion, adquirida por su constante empeño en instruirse.
Mira con desden las leyes de la sociedad, relativamente á la limitada participacion
que se concede á la mujer en los actos más importantes de la vida. Pasa las horas
embebida en el cultivo de las musas y en la lectura de los libros que obtienen su
marcada predileccion. Se extasía recitando los versos del Dante, admira los filosóficos
conceptos de su compatriota el sabio Olavide, estudia las bellezas de Rousseau y
adquiere conocimientos literarios consultando á Manzoni, Balzac ó Cervántes.

Julia es el tipo más pronunciado de cuantos ha producido la exaltacion del patriotismo
femenino. Concurre al Congreso el dia en que se debate alguna cuestion ruidosa,
y aplaude calurosamente al orador que impugna los procedimientos del Poder ejecutivo.

Lee con avidez los periódicos, identificándose con las ideas emitidas en un sesudo
artículo de fondo que revela la más obstinada oposicion. Timon, ó El libro de los
oradores
, es su compañero inseparable. Mirabeau, Danton, Washington, Salaverri,
Garibaldi, son sus ídolos.

Eloisa vive rodeada de todos los caprichos y gustos que constituyen la felicidad.
Combina el traje y adornos que usa para dar mayor importancia á su hermosura;
es escéptica en amores, pero tiene el afan de agradar á los hombres, tal vez por
intuicion, ó por ese gérmen que nace con ella, elevándose á la esfera de arte; su
alma saborea el placer ocasionado por los triunfos adquiridos sobre ese cúmulo de
adoradores que la persiguen sin tregua ni descanso; escucha sin inmutarse los acentos
más apasionados; desdeña el oro y sigue imperturbable ese sistema tan opuesto á los
diferentes afectos que se agitan en el alma de la mujer.

¿Querrá por ese medio vengarse de la tiranía del hombre, ó tal vez, acallando los
instintos de su naturaleza, teme perder su dignidad y libre albedrío?

La leyenda histórica que sigue acabará de dar á conocer de cuánto es capaz la
limeña cuando so siente inspirada por los sentimientos más elevados.

XI

«Estamos en la noche del 18 de Octubre de 1839. Lima está amenazada por el
ejército boliviano acampado alrededor de sus muros. El Protector D. Andres Santa
Cruz dirige las operaciones convenientes para la ocupacion de esa capital, único
baluarte que aún queda para resistir á los extranjeros que en los campos de Socabaya
vencieron á un puñado de valientes capitaneados por el bravo Salaverri.


133

El comandante Eduardo Castro, á la cabeza de mil ciudadanos resueltos, ha salido
por la puerta de Maravillas, para reconocer las posiciones que ocupa el enemigo.
Dos valerosas amazonas le siguen á caballo: una es la mujer, y otra la sobrina del
célebre coronel Luis de Montoya: llevan en el arzon de la silla pistolas primorosamente
cinceladas, y cada una sostiene tambien en su blanca mano una espada llena
de preciosas labores. Repentinamente dos escuadrones de caballería boliviana cargaron
sobre los exploradores, obligándoles á entrar precipitadamente en la ciudad. Por
desgracia, cortados algunos en su retirada, llegaron demasiado tarde á la puerta de
Maravillas, que ya estaba cerrada y alzado el puente levadizo, dejando ver claramente
un foso ancho y lleno de agua. Allí fueron hechos prisioneros algunos limeños,
pudiendo otros salir á campo libre, favorecidos por la oscuridad de la noche. De este
número fueron el teniente Enrique Pérez, hijo del Coronel que mandaba la artillería
de la plaza, y las dos jóvenes de que ya hemos hablado, cuyos nombres eran Rosa
y Clara de Urismendi. Todo género de peligros amenazaba aquella noche á las dos
amazonas al atravesar el campamento del ejército sitiador, que mataba á cuantos
caían en sus manos.

Rosa, esposa de Montoya, tenía entónces treinta y dos años. Sorprendida por la
proposicion de esta salida hecha por Eduardo Castro, y que ella y su sobrina habían
aceptado con la novelesca temeridad de que las mujeres dieron tantas pruebas en
aquella época, no había querido hacer esperar al Jefe de la expedicion, y partió vestida
como estaba, es decir, con una ancha saya de seda sujeta con un corpiño de terciopelo.
El rostro de esa dama era un tipo maravilloso de distincion y de nobleza: una
frente blanca y pura cortada en admirables líneas, el mirar dulce de sus rasgados
ojos de un color negro brillante, una boca hechicera que entreabría con la sonrisa
como una rosa con el rocío. Aquella noble cabeza llevaba una corona ondeante de
hermosos cabellos de ébano.

Clara de Urismendi, que la acompañaba, sólo tenía veinte años. Increible parecería
que á esta edad osara una jóven arrostrar los peligros de la guerra, si no se
supiera que en aquella época de turbulencias estaba tan continuamente en juego la vida.
Clara de Urismendi, vestida casi como su tia, hubiera podido pasar por su hermana.
Tenía cabellos rubios, ricamente prodigados sobre las sienes y la espalda; hermosos
ojos azules; un color admirablemente mezclado de blanco y rosa; en fin, una gracia
sin igual.

Enrique Pérez era un jóven de veinticuatro años de edad, alto y bien dispuesto,
célebre en Lima por su amabilidad y porte generoso. Las dos amazonas y el jóven
Oficial que les servía de guía siguieron algun tiempo á galope la direccion que habían
tomado; pero á poco encontraron el terreno tan cortado por zanjas y fosos, que sus
caballos les eran, no sólo inútiles, sino embarazosos, porque sus relinchos ó sus
pisadas podían descubrirlos. Los tres fugitivos se apearon, abandonaron sus caballos
en un sembrado de maíz, y prosiguieron su camino sin proferir una sola palabra,


134

pues el ruido de las armas y las canciones de los soldados que se oían por todas
partes, anunciaban la proximidad del enemigo. En fin, las dos damas, siguiendo
siempre á su guía por senderos desconocidos, caminaron en direccion opuesta á la
ciudad, y despues de una larga y penosa marcha llegaron á una playa arenosa inmediata
al Callao, y en la que había tres casas de pescadores. Enrique, echando una
rápida mirada alrededor suyo, les dijo, respirando con libertad:

—Ahora os permito que hableis, señoras; ya hemos llegado á sitio seguro.

—De mí sé decir—exclamó Rosa soltando una carcajada—que jamás perdonaré al
señor Teniente por haberme cerrado la boca por espacio de dos horas mortales.

—¡Vírgen del Cármen!—dijo Clara.—¿Qué país es éste? ¿Estamos en tierra, ó emar?

—Tranquilizaos, señorita; conozco muy bien todos estos sitios.

—¿Conoceis este desierto, Enrique?

—Sí señora; y vais á orientaros como yo, pues ya veis cómo la luna aparta las
nubes para veros pasar. Mirad, señoras: esa casita de la derecha la conozco tan bien
como la mia, porque he venido á ella más de mil veces con el señor Noguéras, íntimo
amigo mio.

—¿Y qué veníais á hacer aquí?—preguntó Rosa con aire burlon, miéntras que
Clara miraba al jóven con inquietud.

Enrique comprendió esta mirada, y respondió sonriendo á ambas señoras:

—Veníamos á hacer una cosa muy sencilla, señoras: veníamos á ver la pesca con
fuego
. Esta casita pertenece al señor Noguéras, que en verdad está muy distante de
pensar que va á servirnos de asilo esta noche.

—¿Y si la puerta está cerrada?—preguntó Rosa.

—La forzarémos,—respondió Enrique.

—¡Oh!—murmuró Clara, á quien este modo de tomar posesion parecía un poco
extraño, á pesar del trance crítico en que se encontraban.

—¡La Vírgen del Socorro nos valga!—dijo Rosa.—Me parece que allí veo una luz
siniestra.

Y señaló en el horizonte con la punta de su espada, que aún no había envainado.

Todas las miradas se dirigieron hácia aquel punto, y hubo entónces un momento
de silencio.

—¡Chist!—dijo Rosa estremeciéndose.

—¿Qué hay?—preguntó Enrique, colocándose instintivamente delante de la jóven.

—Oigo ruido,—replicó Rosa.

—¿Dónde?—preguntó Enrique, bajando la voz á cada pregunta.

—Allí, allí cerca de nosotros, en esos matorrales,—respondió Rosa.

—Será el mar ó el viento,—repuso el jóven, permaneciendo inclinado un momento.

—Mirad allí, delante de nosotros,—dijo Rosa, apoderándose del brazo de Enrique.

Enrique se volvió hácia el lado que le indicaban, y en efecto, vió una figura negra
que se levantaba de entre los matorrales y se dirigía á la playa.


135

—¡Silencio!—dijo Enrique.

Y dejó á la aparicion que se adelantase: cuando ya sólo estuvo algunos pasos distante
do él, salió Enrique á su encuentro con la espada en la mano, miéntras que las
damas se disponían á socorrerlo si necesario fuese.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres?—preguntó el jóven, apoyando la punta de su acero en
el pecho del aparecido, que, en lugar de defenderse, cayó humildemente de rodillas.

—¡Oh, señor mi amo!—respondió el buen hombre.

—¡Ah! ¡ah!—dijo Enrique.—Parece que no es enemigo; pero no importa: cuando
en estos tiempos hay algun encuentro en tales sitios y á tales horas, es necesario
conocerse. ¿Quién eres? ¿Qué buscas, vuelvo á preguntarte?

—Soy el zambo Tomás, el pescador del amo Noguéras, y voy á sacar las redes.

—¡Pardiez que es verdad!—dijo Enrique.—Señoras,—añadió, dirigiéndose á las
damas, que permanecían apartadas,—no temais, estamos en país amigo.

—¡Aguarda! ¡Es el señorito Enrique!—dijo el zambo Tomás.—¡Y yo que no le había
conocido! Buenas noches, mi amo.

—Buenas noches, amigo.

—¡Cáspita! Me admiro de veros aquí, cuando creía que estuviéseis detras de las
murallas de Lima. Es una expedicion como...

—¡Chist!—dijo Enrique, á quien desagradaba el giro que había tomado la conversacion.
—¿Y no pescas?

—¡Ah! Sí señor; voy á pescar,—respondió Tomás dando un suspiro.

—Pero ¿por qué suspiras? En otros tiempos esta ocupacion era para tí una fiesta.

—¡Oh! Sí, mi amo, cuando pescaba para... cuando veníais con aquella...

—¿Pues para quién pescas ahora?

—¿Para quién pesco? ¡Madre mia del Cármen! Para esos bolivianos, que vienen á
comerse mi pescado y me lo pagan á palos.

—¡Cómo! ¡Los bolivianos vienen aquí!—exclamó Enrique.

—¿Que si vienen? Ni una noche siquiera faltan; no tardarán en llegar.

—Bien; bastante has dicho,—replicó Enrique.—Buen Tomás, aquí hay dos señoras
que tienen necesidad de reposo. ¿Tienes en tu cabaña una buena cama de hojas secas?

—¡Oh! En mi cabaña estarían muy mal esas señoras; aquello no es bueno más
que para muchachas como las que...

—¡Bien! Pero entónces,—interrumpió Enrique,—¿dónde van á pasar la noche?

—Si el mar no estuviera tan picado, os diría que en donde estarían mejor sería
en Chorrillos.

—¡Bueno!—dijo Rosa.—Eso me parece muy bien. Vamos á embarcarnos; ya sabeis
que no tenemos miedo.

—¡Ah! No señora, no; eso sería tentar á Dios.

—Pero el mar no está ahora muy alborotado,—murmuró Clara.

—Por aquí no lo está; pero el mar, señorita mia, aunque sea mala comparacion,


136

es como las mujeres, que no se han de juzgar por lo que se ve. Aquí está bastante
tranquilo, muy en bonanza; pero mirad allá abajo, al otro lado de esa roca, y vereis...
No, no, señorito Enrique; creedme: más vale esperar.

—Pero ¿dónde hemos de esperar, puesto que dices que en tu casa no estarémos
seguros?

—Seguidme,—repuso Tomás;—voy á abriros la casa de mi amo Noguéras. Si
vienen los bolivianos, id subiendo á medida que suban ellos, hasta que encontreis
una escala y una trampa. Entónces saldreis al tejado, quitareis la escala, y si teneis
la desgracia de que os persigan hasta allí, siempre os queda el recurso de arrojaros
desde el tejado para no caer en sus manos.

Las dos señoras se apretaron las manos.

—Vamos, pues,—dijo Enrique.

Tomás marchó el primero, y los tres fugitivos le siguieron en silencio: momentos
despues subieron las gradas de un pequeño pórtico, y el zambo empujó una puerta,
que cedió y se abrió fácilmente.

—¡Qué diablos!—dijo Enrique.—Esta puerta no puede cerrarse.

—La asegurarémos por dentro,—repuso Rosa;—ademas, yo creo que los bolivianos
no vendrán.

—Puede que vengan, y puede que no...—contestó Tomás;—mas no puedo asegurarlo,
porque esos malditos son volubles como una veleta. En todo caso, si vienen,
trataré de darles bien de cenar en mi casa para detenerlos todo el tiempo posible.

—Toma, para indemnizarte de la cena que les vas á dar,—dijo Enrique, poniendo
dos monedas de oro en las manos de Tomás.

—¡Ah! No hay necesidad de eso; quiero tener el gusto de serviros... Sin embargo,
no quiero rehusar vuestro regalo, por no ser impolítico.

—Vamos, guarda eso y ponte de centinela.

—Entónces, buenas noches,—dijo Tomás.

Y salió apresuradamente.

Habiendo quedado solo Enrique con sus dos compañeras, trataron de reconocer á
tientas el sitio en que se encontraban, porque encender luz hubiera sido denunciarse
fácilmente: fuerza era, pues, que las manos les sirviesen de ojos. Al hacer este reconocimiento,
Enrique oía latir el corazon de sus compañeras en medio del profundo
silencio que reinaba, y como encontrase al fin la escalera, exclamó:

—¡Por aqui, señoras!

Aquellas mujeres se encaminaron adonde había sonado la voz; Enrique extendió
un brazo, y cogió una mano temblorosa, que por temor sin duda estrechó la suya;
pero Enrique no tuvo necesidad de preguntar de quién era aquella mano.

—Seguidnos, señora,—dijo, volviéndose al lado donde presumia hallarse Rosa;—
estamos al pié de la escalera.

—Pues subid,—dijo entónces Rosa;—estoy asida de las faldas de Clara.


137

—¿Qué buscais, tia?—preguntó la jóven.

—Nada, mi pañuelo que se ha caído.

—Voy á bajar al momento, y lo buscaré,—dijo Enrique.

Los tres subieron entónces la oscura y estrecha escalera que conducía á los pisos
superiores, buscaron en la oscuridad la puerta de una sala, penetrando en la primera
que encontraron, decididos á esperar en ella que el mar se serenara.

Las damas no pudieron ver si el mueblaje era digno de ellas, puesto que el cuarto
estaba enteramente oscuro; pero se alegraron sobremanera de encontrar una cama
arreglada.

—Enrique,—dijo Rosa,—si quereis iros, descansarémos un momento.

—Y velareis por nosotras, ¿no es verdad?—añadió Clara.

—¡Oh! Confiad en mí,—respondió Enrique.—Os aseguro que ningun centinela ha
sido nunca tan vigilante en su puesto como yo lo seré en el mio.

—Y buscad mi pañuelo, que por él podrán descubrirnos.

—Á eso voy,—contestó Enrique.

Y poco despues se le oyó bajar la escalera.

El jóven anduvo buscando el pañuelo por algun tiempo; pero no pudo encontrarle.

Las dos señoras procuraron descansar de tantas emociones; pero hubo de impedírselo
un ligero rumor que escucharon, al parecer, fuera de la casa en que se habían
refugiado.

Clara fué la primera que se asomó á la ventana.

—Tia,—dijo retrocediendo un poco,—me parece...

—¿Qué?—preguntó Rosa.

—Ver unos hombres que vienen hácia aquí por el mismo camino que hemos traído.
Les estoy oyendo, tia.

—¡Bah!—dijo Rosa.—Será el ruido que produce el viento.

—No, tia; miradlos; allí están; son cinco... seis... siete...

Rosa se apartó de la cama donde iba á acostarse, se acercó á la ventana, y apoyándose
sobre los hombros de Clara, se alzó sobre las puntas de los piés y miró por
encima de la cabeza.

—¿Los veis?—dijo Clara, conteniendo la respiracion.

—Sí, los veo...

—¡Oh! ¡Dios mio, Dios mio, somos perdidas!—dijo Clara, juntando las manos.

Tres ligeros golpes dados en este momento á la puerta hicieron estremecer á las
dos damas; despues oyeron una voz que decía:

—Soy yo, no tengais miedo; soy Enrique Pérez.

Rosa corrió á la puerta y la abrió.

—¿Qué hay?—preguntó.

—Que vienen hácia este sitio.

—¿El enemigo?


138

—Tengo miedo.

—¿Y qué harémos?

—Seguid el consejo de Tomás; subid á los demas pisos, buscad un lugar donde
ocultaros, y no os inquieteis por mí. Aunque parezca que me alejo, no os perderé de
vista, y acudiré en vuestro auxilio, si necesario fuere.

Y sin esperar la respuesta de las damas, desapareció en medio de la oscuridad.

—¡Clara!—dijo Rosa.

—Aquí estoy, tia.

—Ven, y...

Al decir esto, le cogió la mano y la condujo fuera del cuarto.

Subieron al segundo piso, y allí permanecieron en acecho, con el oído atento á la
escalera.

Al mismo tiempo, en el pórtico estaban hablando en voz alta dos hombres que
parecían Jefes bolivianos, de tal modo que se les podía oir muy bien con el silencio
de la noche.

—Te digo, Lúcas,—decía uno de ellos,—que las he visto pasar como sombras, y
que he medido sus piés en la arena: no son más largos que mi dedo ni más gruesos
que mi lengua. Ademas, ¿qué dices de esa franja que hemos encontrado á pocos pasos
de aquí? ¡Lúeas, aquí creo que harémos buena presa!

—Empiezo á creer que tienes razon,—dijo Lúcas.—Ya ves, hemos perdido el rastro
muy cerca de estas casas; de modo que esas diosas, si no están tomando un baño en
el mar, deben estar detras de aquella puerta. Pero ¿no me explicarás por qué nuestro
General tiene tanto empeño en perseguirlas?

—Tengo órdenes expresas para ello,—respondió Pablo.—Se trata de capturar á
dos señoras muy peligrosas á nuestra causa. Son audaces en extremo, y ya han dado
mucho que hacer en el campamento.

—Siendo así,—dijo Lúcas,—procurarémos que caigan en nuestras manos.

—Y si tal fuese nuestra suerte,—continuó Pablo,—lograríamos que nos diesen el
ascenso inmediato. Así lo ha ofrecido Su Excelencia.

—¡Cuerpo de Lucifer! Que no se escapen, si por acaso se hallan escondidas en esa
casa,—dijo Lúcas.—Con tu permiso, voy á tomar las medidas convenientes.

—¿Dónde está mi asistente? ¡Eh, Hipólito, ven acá, ven pronto! ¿Qué diablos haces,
bribon? ¿Estás contando las estrellas? Escucha, pasa por ese arco, y guarda la casa
por el otro lado para cortar la retirada. ¡Por San Pedro, mis bellas damas, que no
os habeis de escapar!

—¿Qué es esto?—continuó Lúcas, recogiendo el pañuelo que Rosa creía haber
dejado caer en el vestíbulo, y que realmente se le cayó al pié de la escalera del
pórtico.

—¡Vive Dios, camarada!—dijo Pablo, tomando el pañuelo de las manos de su
compañero.—Esto es un pañuelo muy bordado y perfumado con esencia de jazmin, el


139

cual no tiene trazas de haber salido del bolsillo de un pescador: no se coge pescado
con redes como ésta.

—Subamos, Pablo, subamos. Y vosotros, camaradas, venid acá.

El resto de la tropa se acercó.

—¡Picana! ¡Picana!... Aquí. Quédate de centinela al pié de esta escalera. Hé ahí tu
consigna: para el que intente escapar, una bala de plomo. ¿Entiendes, Picana?

—Bien,—respondió el centinela.

Entónces Pablo empujó la puerta.

—No está esto muy claro. ¿Tienes ahí tu eslabon, Lúcas?

—¿Camino yo nunca sin él?—respondió Lúcas.

En el mismo instante se vieron saltar chispas del pedernal; la yesca se encendió
para dar luz á una débil cerilla, con el auxilio de la cual, Pablo pudo ver un farol
colocado en un rincon del vestíbulo.

—Aquí está lo que necesitábamos. Vamos, vamos.

Un soldado levantó el farol, que, despues de encendido, iluminó todo aquel espacio;
pero los exploradores no pudieron ver más que redes de toda clase amontonadas contra
la pared.

—Éstas son las redes de nuestro padre despensero, — dijo Lúcas;—es necesario
respetarlas, porque vivimos de ellas. ¿Dónde están las mujeres?

—Segun creo, en el primer piso las hallarémos,— repuso Pablo.

—Pues subamos,— dijo Lúcas.

Los hombres que le acompañaban penetraron en el cuarto que acababan de abandonar
las damas.

—¡Oh! ¡oh!—exclamó Pablo.—Los capullos se han quedado aquí, pero las mariposas
volaron. ¡Dos vestidos de mujer! ¡Cáspita, y qué lujo!

—Atencion, compañeros. Aquí hay un bolsillo lleno de... oro!

—Que se reparta á los soldados,— dijo Lúcas.

—Bien pensado,— dijo Pablo;—para ellos el botin, para nosotros la satisfaccion de
presentar al Protector esas mujeres que tiene empeño en apoderarse de ellas. Mira,
Lúcas, esta cama no está deshecha; las diosas no se han acostado.

—¡Á ellas! ¡á ellas!—gritó Lúcas.—Que las hemos de encontrar aunque se oponga
el diablo en persona.

Á estas palabras empezaron á subir la escalera.

Rosa y Clara no habían perdido una sola palabra de esta escena. Al oir que se
disponían á subir en su busca, se apoderó de ellas un temblor convulsivo, y se les
erizaron los cabellos. Pero como no había tiempo que perder, se lanzaron hácia el
ángulo en que estaba la escalerilla de madera que conducía á la trampa del tejado,
salieron á la azotea, tiraron de la escalera y cerraron la trampa.

Pocos instantes despues, un grande estrépito de voces que sonaba bajo sus piés
les avisó que aquellos hombres habían llegado á la sala que daba paso á la azotea,


140

y que aquél era el momento decisivo. Las dos damas se comprendieron sin hablarse;
sus labios se juntaron en un beso de tierna despedida, y puesta su esperanza en el
Cielo, se adelantaron rápidamente hácia los bordes del tejado. Con los ojos fijos en la
trampa, esperaban por momentos verla abrirse, y en este caso, ya habían tomado la
resolucion de precipitarse desde la azotea sobre el empedrado del vestíbulo. Esta agonía
fué larga y penosa. Las tejas crujían bajo sus piés, y más de una vez, á impulsos
de una convulsion nerviosa, se sintieron impelidas hácia el precipicio por una mano
invisible. Suspendidas así é inmóviles sobre su tumba, se asemejaban á las estatuas
del Pudor y de la Desesperacion, levantadas sobre las ruinas de una ciudad tomada
á saco.

Entre tanto, el sonido de las voces fué disminuyendo, y se oyó en la escalera el
ruido de los pasos de aquellos hombres al alejarse. Un rayo de esperanza brilló en
sus rostros, y dirigieron la vista al Cielo con una expresion de gratitud infinita. Rosa
levantó al momento la trampa con precaucion, y oyó distintamente las lamentaciones
de sus perseguidores, que fueron acompañadas del estrépito que hizo la puerta al
cerrarse. Á poco se sintieron en la escalera unos pasos ligeros, y se oyó una voz
tímida, que con el acento de la desesperacion, que se aumentaba por momentos,
llamaba al traves de todas las puertas. Esta voz ora la de Enrique Pérez.

La trampa se volvió á abrir, y la escalera se colocó de nuevo. Enrique dió un
grito de alegría, y puso un pié en el primer escalon.

—Aquí estamos, Enrique,—dijo Rosa á media voz.

—Pues venid pronto,—respondió Enrique;— un minuto de tardanza es la muerte.

Las dos señoras bajaron la escalera con admirable agilidad; pero cuando llegaron
al vestíbulo, oyeron á los soldados, á quienes creían muy léjos, que estaban hablando
acaloradamente. Enrique colocó á las dos señoras detras de las muchas redes que
pendían en la pared, y se ocultó con ellas, prestando atento oído á todo lo que pasaba,
pues un ruido mal interpretado podía ocasionar la muerte de los tres.

—Capitan,—decía Picana,—la visita ha sido inútil.

—Sí,—respondió Pablo con tristeza.

—¿Habeis buscado bien por todos lados?

—No hemos dejado nada por registrar. ¿Y tú no has visto nada?

—Nada.

—Baja, que ya estás relevado.

—Gracias,— dijo Picana:—no lo siento, porque el puesto no es de los mejores.

—¿Qué estás ahí diciendo?

—Digo, Capitan, que cuando querais pasearos por los tejados, acordaos del centinela
que está bajo las canales.

—¿Y por qué?

—Porque cuando llueven tejas y uno no tiene paraguas, es de mal efecto la lluvia.

—¡Cómo! ¿Dices que te ha caído una teja?


141

—¿Una? Más de diez me han caído; pero me mantuve firme en mi puesto: aunque
todo el tejado se me hubiera venido encima, no me habría movido de allí.

—¡Amigos mios!—exclamó Pablo.—En el tejado están. Mira, Picana, si has dicho
la verdad, te regalaré una onza de oro.

—¡Al tejado! ¡al tejado!—gritaron todos á un tiempo.

Y aquella gente, llena de ardor, atravesó el vestíbulo y empezó á subir la escalera.

—Ahora,—dijo Enrique,—no hay que perder un momento. Valor, y nos salvamos.
¡Venid, venid pronto!

Al mismo tiempo abandonó el primero su escondite, y tomando de la mano á las
damas, salió con ellas fuera de la casa, sobre cuyo tejado estaban los bolivianos.

—¡Capitan! ¡Capitan!—gritó Picana.—Mirad cómo huyen por allí. ¡Mirad! ¡mirad!
Allí, allí... Cuidado. ¡Maldito sea el...

Un gran grito, un grito terrible, uno de esos gritos de muerte que atraviesan el
espacio cuando un alma siente que va á salir violentamente del cuerpo, se siguió al
juramento de Picana. Los tres fugitivos se detuvieron llenos de espanto. Entónces
vieron caer una cosa del tejado, y oyeron un ruido como el de un cuerpo que se
estrella en el pavimento.

—Es el Capitan,—dijo Enrique estremeciéndose de horror,—que se habrá acercado
mucho al borde, y el tejado habrá cedido bajo su peso.

—¡Capitan!—gritaron muchas voces.

Pero nada se oyó, ni un grito, ni un quejido...

—Ha muerto,—dijo Enrique.—Dios tenga piedad de su alma. Ahora, pensemos
en nosotros.

—¡Alto! ¡Rendirse!—gritaron algunos hombres casi á un tiempo.

—¡Jamás!—exclamó Enrique.

Entónces sonaron muchos disparos de fusil.

Enrique estaba rodeado por una avanzada del campo enemigo, que acudió á los
gritos producidos por la muerte del Capitan.

Los expedicionarios que ocupaban la casa rompieron el fuego, suponiendo que eran
atacados por las tropas de la ciudad. En medio de tanta confusion, Enrique se batía
como un desesperado; un Oficial y dos soldados cargaron sobre aquel jóven valiente,
dispuestos á matarlo.

En aquel momento se oyeron cuatro detonaciones, y los perseguidores de Enrique
cayeron muertos.

Clara y Rosa, mezclándose en lo más rudo de la pelea, hicieron morder el polvo
á los que iban á inmolarlo.

En aquel instante, Enrique y las dos damas se dirigieron apresuradamente hácia
la playa.

Una barca estaba á la orilla del mar, y los fugitivos se acercaron á ella. Aunque
la noche estaba oscura, la tormenta había cesado, y el tiempo era sereno.


142

—Echemos esta barca al mar,—dijo Enrique —Dios no nos ha salvado tan milagrosamente
para abandonarnos en el último trance.

—¿Sois vos, amo mio?—dijo una voz que salía de la barca, miéntras que una
cabeza inquieta se levantaba, sobresaliendo apénas del borde.

—Nos hemos salvado,—dijo Enrique.—Es el buen Tomás.

—¿Y el mar?—preguntó Rosa.

—Tranquilo como una balsa,—replicó Tomás,—y el viento es bastante para que
no necesitemos hacer ruido con los remos. ¡Á bordo! ¡á bordo!

—Entrad, señoras, entrad,—dijo Enrique.

Luégo que se hubieron embarcado las señoras, Tomás empujó la barca y se lanzó
detras de los fugitivos. Enrique tenía ya los remos.

—Nada de remos, nada de remos,—dijo Tomás.—Los remos hacen ruido; la vela
al viento, y Dios nos guie. ¿Dónde hemos de ir?

—Á Chorrillos,—dijo Enrique.

—Bien, bien,—repuso Tomás.—Tomad el timon. Cuando yo diga á estribor, apoyad
sobre la izquierda, y cuando diga á babor, volved hácia la derecha. ¿Entendeis?

—Sí.

—¡Pues á la vela!

Y como si la barquilla no hubiera esperado más que el permiso de su amo,
comenzó á deslizarse blandamente por el agua. El patron había dicho la verdad; la
brisa les favorecía, y la pequeña vela, negra é invisible como las olas, comenzó á
hincharse y á impeler la barquilla. Al cabo de una hora, los protagonistas de esta
leyenda entraban en Chorrillos y se daban á conocer á una fragata de guerra chilena
anclada en aquel puerto.

El Comandante de la Esmeralda, que así se llamaba aquel barco, recibió con
noble hidalguía á los prófugos, los cuales al fin pudieron regresar á Lima, habiendo
manifestado su gratitud al digno Jefe que les diera tan noble hospitalidad.

Poco tiempo despues reinaba en Lima el mayor contento. El Protector vióse obligado
á levantar el campo, temeroso de ser envuelto por el ejército unido del Perú y
Chile, que á marchas forzadas venía en socorro de los pueblos que gemían bajo el
yugo de la titulada Confederacion.

La batalla de Yungai decidió los destinos del Perú, que pudo librarse de la tiranía
establecida por el general Santa Cruz.

Quince dias despues de los últimos acontecimientos que hemos narrado, celebrábase
en casa de Rosa el casamiento de Enrique Pérez con Clara Urismendi.

El zambo Tomás asistió á la boda lleno de júbilo, y quedó al servicio de los desposados.
En cuanto al propietario Noguéras, juró que jamás tocaría una sola piedra
de aquella antigua casa, legándola á sus hijos con su azotea, su vestíbulo y demas
accesorios, y tal, en fin, cual se elevaba á orillas del mar, como un albergue prodigioso
para salvar á dos mujeres heroicas.»


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XII

Necesitaríamos escribir un volúmen para detallar cumplidamente la multitud de
grandiosas y nobilísimas cualidades que encierra en sí la mujer de Lima. Como complemento
á los anteriores apuntes, añadirémos que, generalmente, reune á su consumada
educacion el sentimiento más profundo de moralidad. Todo da indicios en ella de
marcada distincion; tiene el talle esbelto y agraciado; el andar airoso; el rostro, de
finísima tez, suele ser muy blanco ó moreno sonrosado; las facciones, extremadamente
correctas, contribuyen al conjunto de la belleza. La armonía de su voz argentina, la
afluencia y esmero de sus palabras, muestran bien claramente el afan empleado en
cultivar su espíritu. Su elegancia en el vestir obedece al capricho de la moda, ostentando,
ya en la forma, ya en el adorno y accesorios de sus trajes, cierta novedad
que prueba cuando ménos su delicado gusto.

Finalmente, no es posible verla, contemplarla, sin experimentar la turbacion que
inspiran sus encantos; es de aquellas mujeres cuyo aspecto acalora la fantasía, conmueve
el corazon, y suscita deseos de adorarla eternamente.

Madrid, Mayo de 1878.

CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.






[Figure] SEÑORA DE GUATEMALA

(Centro de America)




LA
MUJER DE CENTRO-AMÉRICA
POR
D. IGNACIO GÓMEZ.

La América Central se halla dividida en cinco Repúblicas independientes, que son
Guatemala, San Salvador, Hondúras, Costa-Rica y Nicaragua. Sus límites son: al
Noroeste Méjico, al Nordeste y al Este el mar de las Antillas, al Sudeste los Estados
Unidos de Colombia, y al Oeste y al Sur el Grande Océano Pacífico. Asciende su
poblacion á tres millones de habitantes próximamente.

La más importante de estas cinco Repúblicas, respecto á la poblacion, es la de
Guatemala, que cuenta ella sola con un millon quinientos mil habitantes. La de Nicaragua
es la que tiene mayor superficie de todas, pues segun los datos oficiales, mide
ciento cincuenta mil seiscientos cincuenta y cinco kilómetros cuadrados. Distínguese
la de San Salvador por lo bien cultivados que están sus campos, por la importancia
de su comercio y de su industria, sobre todo si se tiene en cuenta que su territorio
es el más pequeño de los cinco Estados que constituyen la América Central. Llama
poderosamente la atencion en Hondúras la riqueza de sus minas de oro y plata, de
ópalo y de cobre, así como la frondosidad de sus bosques y la fertilidad de sus campos.
Los habitantes de Costa-Rica tienen fama de ser los más hospitalarios, los más
dulces de carácter y los más constantes en el trabajo de toda la América Central.

Casi idénticos son los usos, costumbres y manera de ser de los habitantes de estas
cinco pequeñas Repúblicas, cuyo estado de civilizacion es mayor cada dia, no sólo por
la diversidad de relaciones que mantienen constantemente con Europa y los demas
Estados de la América del Norte y del Sur, sino tambien por el amor al progreso
que se revela en sus habitantes, lo mismo en las clases altas é ilustradas que en las
más ínfimas de la sociedad.


146

Las familias acomodadas envían á sus hijos varones á Europa, principalmente á
Paris y Lóndres, para que sigan los cursos universitarios en estos dos grandes centros
del saber humano.

Regresan luégo esos jóvenes á sus respectivos países, despues de seis ó siete años
de estudios serios en las principales capitales de Europa, y así poco á poco se van
llenando aquellas Repúblicas de excelentes médicos, de doctos abogados, de buenos
arquitectos, de ingenieros, de artistas, de militares... Pero punto final respecto al sexo
fuerte, que aquí de lo que se trata es de hablar de las mujeres, ó sea de la parte
bella del linaje de Adan y Eva.

Plumas mejor cortadas que la mia os han hablado ya de las mujeres de las
diferentes Provincias de España, de la Habanera y de la Puertoriqueña, de la mujer
de Buenos Aires, del Uruguay y del Paraguay; yo os hablaré, segun mi leal saber y
entender, de la mujer de Centro-América.

Las centro-americanas merecen por lo general el epíteto de bonitas más bien que
el de hermosas. Ántes pequeñas que altas, por lo general, son esbeltas y bien proporcionadas.
En su rostro de facciones regulares y finas resplandecen, en medio de una
palidez que no tiene nada de enfermiza, aunque en las tierras altas hay buenos
colores, bajo un arco de cejas bien formado, dos ojos negros y grandes, de una
movilidad febril y de una expresion sin rival. Sus manos y sus piés tienen toda la
perfeccion deseable. Conservan por el pié una solicitud que antiguamente llegaba á
la idolatría. Por poco que la naturaleza haya dado á esta extremidad un tamaño
algun tanto exagerado, una mujer no vacila en sacrificar la forma á la dimension, y
se sujeta, como las chinas, al tormento de un calzado que la torture.

Las señoras de la buena sociedad merecen ser celebradas por su elegancia y la
fecundidad y flexibilidad de su imaginacion, tan inagotable en sarcasmos para las
personas ó cosas á quienes quiere herir, como en prevenciones ingeniosas para las
que estima. Tienen, en lo general, el entendimiento bastante cultivado, y son buenas
esposas y excelentes madres de familia.

En el interior de su casa y en la calle visten á la europea. Las modas parisienses
han tenido alas para atravesar el Atlántico. El sombrero se ha introducido poco á
poco, aunque se usa de preferencia el pañolon, que generalmente es de seda, y los
hay de la China, de un precio fabuloso. Con él, echado sobre los hombros, salen las
señoras á la calle.

El traje de las mujeres del pueblo se distingue por la más temeraria oposicion
de colores. Una camisa escotada, generalmente de tela muy delgada, cuyas mangas
no pasan del codo, ceñida á la cintura por una faja de seda de colores deslumbrantes,
alrededor de la cual se atan dos, tres ó cuatro zagalejos llamados fustanes, y
sobre éstos unas enaguas de zaraza, de lana ó seda; medias y zapatos ó botines,
cuando no el pié descalzo, y sobre un cuerpo flexible y gracioso un rebozo, especie
de chal, ó un pañolon, uno y otro de algodon, de lana ó de seda, cubre la cabeza,


147

cuyos negros cabellos están recogidos en dos trenzas flotantes y sus extremos tejidos
con anchos listones. Son amigas de las alhajas y todas llevan zarcillos en las orejas,
collar en el pecho y anillos en los dedos.

Como en todos los países españoles, la música y el baile son las artes que encuentran
en Centro-América más adeptos entre las mujeres: su disposicion natural se une
al sentimiento más exquisito para suplir la falta de maestros. Es muy comun que
sepan tocar el piano, y algunas más ó ménos bien. Les son conocidas las partituras
de todas las escuelas, pero su preferencia es por la música italiana. Las diversas
compañías de ópera que han ido al país y cantado en los teatros de Guatemala, San
Salvador y San José de Costa-Rica, han desarrollado el gusto por las melodías de
Rossini, Bellini, Verdi y los grandes compositores de Italia. Las voces frescas y límpidas
no son raras, y es frecuente oir con buen éxito los trozos más difíciles de las
óperas más conocidas.

En cuanto á la coreografía, han desaparecido los antiguos bailes del zapateado,
que sólo se usa en las clases del pueblo, el jarabe y otros, para hacer lugar á las
cuadrillas, el vals, la polka, la mazurka, la schottisch y demas bailes que se estilan
en Europa.

Las centro-americanas tienen mucha aficion á las flores. Apénas hay salon en el
mundo elegante de las grandes ciudades que no tenga un jarron ú otro utensilio lleno
de flores cortadas en los patios, y es muy pobre la casa que no tenga su jardin.

Los hábitos de sobriedad peculiares á la raza española se concilian maravillosamente
en Centro-América con el gusto por la ostentacion y el lujo. El confort apénas
ha penetrado en algunas casas, y lo necesario, sacrificado á lo superfluo, no existe
sino en muy estrechos límites.

Por lo general, las únicas dos comidas fuertes que se hacen durante el dia se
componen de dos ó tres platos, y no se bebe otra cosa que agua. Sin embargo, se
comienza á tomar la cerveza, siendo bastante buena la que se fabrica en el país. El
vino sólo se consume en las diversiones particulares y en las fiestas públicas. El caldo,
la sopa hervida, la olla clásica de la cocina española, y un guiso ó dos, uno de ellos
de carne de cerdo, á que hay gran aficion, constituyen los platos de resistencia en
las mesas de las clases acomodadas. En las del pueblo se ven los fréjoles fritos y los
guisos nacionales, en que el ají y las especias representan un gran papel.

Las iglesias, á la hora de la misa, especialmente los domingos y dias de guardar,
toman un curioso aspecto. La falta de sillas obliga á las mujeres, cansadas de estar
de rodillas, á sentarse en el suelo: de allí nacen ciertas posturas y actitudes llenas
de gracia que parecen naturales, pues la devocion está exenta de coquetería en Centro-América.
Al verlas recogidas, inmóviles, apoyadas contra la pared ó contra una
columna, con los párpados bajos ó la mirada perdida en las bóvedas del templo,
podría tomárselas por estatuas de la meditacion. La señal de la cruz, que se trazan
rápidamente en el rostro con los dedos, es el único movimiento con que demuestran


148

su vitalidad. Ningun ruido extraño turba en el santuario la armonía del sacrificio
divino. El incienso y los acentos del órgano suben con la oracion al cielo.

Las procesiones religiosas ofrecen tambien en Centro-América más de una especie
de interes. Estas solemnidades no tienen ya, á la verdad, la magnificencia que antiguamente
impresionaba al vulgo. Pero por más que hayan perdido con el progreso
de las luces y con una fe libre de supersticiones todo aquel gratuito acompañamiento
de tarascas, de gigantes autómatas, de bailes de moros y cristianos, y otras demostraciones,
no por eso han dejado las procesiones de conservar un carácter original, y
la ávida concurrencia del pueblo, y especialmente de las mujeres, demuestra bastante
que las fastuosas manifestaciones del culto católico han de conservar todavía largo
tiempo su prestigio.

Por una de aquellas anomalías que son comunes á ciertos Estados democráticos
del Nuevo Mundo, existen en Centro-América, á despecho de las instituciones igualitarias,
fuertes demarcaciones entre las razas que forman la sociedad. El desprecio del
blanco por el indio, y el odio de éste por el hombre de sangre azul, son la tradicion
fundamental de la Conquista. Más tarde, la fusion de estas dos razas dió nacimiento á
una tercera casta, llamada mulatos, animada contra las otras dos de una vehemente
antipatía, aunque más notable entre los hombres que en el bello sexo.

Estas dos categorías son las que se comprenden bajo la denominacion de gente
de medio pelo.
¿Se quiere retratar bajo su aspecto más gráfico el carácter de ésta?
Es menester seguirla en sus fiestas. La apatía que le es habitual no resiste á los
guisos fuertemente condimentados, á las bebidas fermentadas de los indios ó espirituosas
de los mulatos. Bajo el imperio de estos diversos estimulantes, su fisonomía
triste y resignada, así en el uno como en el otro sexo, toma una expresion de alegría
casi salvaje.

Si la sociedad blanca ha conservado en Centro-América el sello de las costumbres
de la madre patria, las de los indios y los mulatos son muy originales. La naturaleza
parece haber tratado á los primeros como verdadera madrastra; pero la mezcla ha
favorecido mucho á los segundos, especialmente á las mujeres. Así como entre los
indios el pelo liso, la nariz aplastada, los labios gruesos, el color cobrizo y la estatura
pequeña atestan su orígen, así entre los mulatos el color tira gradualmente al blanco,
son más robustos que los indios, y la hermosura, especialmente en el bello sexo, es
bastante comun. Bajo el punto de vista moral, la suma de sus virtudes equilibra la
de sus vicios. Aunque inclinados á la holganza, porque repugnan el trabajo, no son
crueles ni en general vengativos, y los que habitan las ciudades y viven bajo el ojo
de los blancos son afables, honrados y fieles.

Las mulatas son sumamente útiles en el hogar doméstico. Desde pequeñitas empiezan
á educarlas en las familias donde sirven sus padres, ya para hacer recados, ya
para cuidar de los niños, ya para servir á la mesa ó ayudar en la cocina; cuando
son mayorcitas lavan dentro de casa ó llevan la ropa al rio, planchan, cosen y hacen


149

toda clase de labores de mano. Les enseñan igualmente á peinar á sus amas, mostrando
algunas gran disposicion para colocar la peineta, ó las cintas y flores que
suelen ponerse las señoras en la cabeza. Son, por lo general, muy fieles y toman
mucho apego á las personas que se interesan por ellas. El sórdido interes no ha
penetrado felizmente en esas almas sencillas.

Tal es la pintura que puede hacerse de las mujeres de las diferentes clases sociales
en Centro-América, de su carácter, trajes, usos, costumbres, creencias religiosas,
belleza, defectos, preocupaciones y excelencias.

IGNACIO GÓMEZ.



LA
MUJER DE BOLIVIA
POR
D. CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.

«Les femmes sont, si j'ose le dire, une
seconde ame de notre être, qui, sous une
autre enveloppe, correspond intimement à
toutes nos pensées qu' elles éveillent, à
tous nos désirs qu' elles font naitre et partagent,
à nos faiblesses qu' elles peuvent
plaindre, sans en être atteintes.»—(Les
femmes, leur condition et leur influence
dans l'ordre social
, t. I.)
VICOMTE DE SEGUR.

I

Estamos en los bordes del gran lago Titicaca, encerrado entre las ramificaciones
de una interminable cadena de montañas que se extienden desde el cabo de Hórnos
hasta los últimos confines de la América. Del Titicaca nace el rio Desaguadero, el cual,
siguiendo un curso considerable, se ensancha cerca de Poopó y continúa su rápido
descenso con direccion al Sud, para perderse subterráneamente cerca de las arenosas
playas del Pacífico que forman el principio del inexplorado é inmenso desierto de
Atacama.

Grande es nuestro asombro al contemplar el Illampu é Illimani, que se destacan
sublimes é imponentes en medio de un panorama espléndido, ostentando sus erguidas
cabezas cubiertas de perpetua nieve.

Situados en el centro más culminante de los Andes, acuden á nuestra vista varios
fenómenos geológicos.

En lontananza distínguese una prolongada línea de elevadísimos picos de rara
diversidad en su forma. Obsérvanse por todas partes las huellas indisputables de los
sacudimientos volcánicos ó de la poderosa accion de las aguas. ¿Qué elemento predominó


152

primitivamente en nuestro globo? ¿Pueden afirmar su teoría los partidarios del
sistema Plutoniano? ¿Debe prevalecer la opinion de los que sustentan el principio
Neptuniano?

Tan prodigioso cuadro existe en el territorio del antiguo Alto Perú, que hoy constituye
la República Boliviana.

Continuemos nuestra excursion.

II

Hemos penetrado en la célebre Tiahuanaco, fundada por los Aymaraes. Sus ruinas
son dignas de un profundo exámen.

Todavía está en pié una gran parte del palacio de los soberbios descendientes de
Manco-Capac. Diríase que es un templo dedicado á Brahma, tan semejante por su
forma arquitectónica á las construcciones de la misma índole que existen en la India
Oriental.

No se comprende cómo pudieron labrar esas piedras de granito con tanta perfeccion,
ni de qué medios mecánicos disponían para acometer tales trabajos gigantescos aquellos
sencillos indios, completamente extraños á los conocimientos más ó ménos avanzados
de otros pueblos.

En Tiahuanaco hay muchos datos arqueológicos para el estudio histórico de aquella
raza de hombres, cuyo orígen continúa ignorado.

La singular identidad de los indios de las dos Américas con la mayoría de los
habitantes del Asia hace suponer su procedencia. Examinando la carta geográfica
universal, puede hacerse la hipótesis de que, en los tiempos remotos, el Asia y
América no estuvieron separadas por el mar, y que sólo algun extraordinario trastorno
ocurrido en nuestro planeta produjo, entre otros fenómenos, lo que hoy se llama el
estrecho de Bering, ocasionando la completa desaparicion de inmensas extensiones
territoriales, de las cuales han quedado las montañas elevadas que componen esa
multitud de islas en el Pacífico. Con tal motivo, pudieron quedar incomunicados
muchos pueblos que, con el transcurso de los siglos, han perdido la idea etimológica
de su raza.

Hé ahí nuestras convicciones, basadas en las múltiples observaciones relativas á
los usos y costumbres de los indígenas de la América. Los del Perú y Bolivia, por su
tipo y antecedentes históricos, guardan grande analogía con las razas asiáticas. En las
grandiosas ruinas de Huánuco, Cuzco, Pachacamac, Caxamarca y Tiahuanaco se notan
muchos jeroglíficos que son casi iguales en su carácter simbólico á los que usaban
antiguamente los habitantes de la India, Egipto y la China. En nuestros tiempos se
ha visto con asombro que los chinos llegados al Perú leyeron esas páginas de piedra
con rara facilidad.


153

III

Hemos pasado el rio Mauri, cuyo curso determina al Sud los límites territoriales
del Perú y Bolivia, y nos hallamos viajando por las interminables pampas1 situadas
entre Oruro y La Paz.

Estamos abrumados por una imponente tempestad. Retumban los truenos, á semejanza
de múltiples detonaciones de artillería, acompañados de un diluvio de agua.

El terreno que recorremos se hunde á cada paso.

Mojados completamente, sin tener donde guarecernos y venciendo el peligro de los
tagaretes2, vamos ganando la modesta aldea llamada Sepulturas, único objetivo que
nos hemos propuesto para salvarnos; pero con la inundacion de aquellos dilatados
campos han quedado del todo borradas las huellas del camino, circunstancia que nos
reduce á una penosa y difícil situacion.

Suponiendo ya que todos los obstáculos van á quedar vencidos, y estando próximos
á conseguir el refugio anhelado, una espantosa descarga eléctrica nos ha dejado casi
sin conocimiento.

IV

Informado el Párroco de Sepulturas de nuestro aflictivo estado, ha acudido para
prodigarnos toda clase de auxilios, haciéndonos conducir á su hogar hospitalario.

Los asiduos cuidados de nuestro noble protector, muy entendido en medicina, han
logrado restablecernos.

Durante nuestra residencia en Sepulturas, hemos adquirido algunos datos preciosos
referentes á la historia de los Aymaraes.

V

El orígen de los Aymaraes se pierde en la oscuridad de los tiempos. Únicamente
Garcilaso (el Inca) dice que componían una tribu independiente, con creencias idólatras,
y gobernada por un Cacique ó Jefe soberano. Su idioma es muy diferente del que
hablan los Quichuas.

El inca Atahuallpa, que ejercía un poder absoluto en el Perú mucho ántes de la
irrupcion de las huestes de Pizarro, realizó la conquista de esa tribu. La tradicion
dice que aquel Monarca, á la cabeza de un numeroso ejército, tuvo que luchar extraordinariamente


154

para vencer á los indomables Aymaraes, á quienes obligó á observar
la misma unidad religiosa y legislativa que regía en su vastísimo imperio.

Hoy viven sujetos al dominio de la raza blanca, que procede del pueblo español.

Su tipo es igual al de los Quichuas; iguales son sus costumbres.

Reinando Cárlos III, ocurrió una gran sublevacion, promovida por los indígenas,
en el Alto y Bajo Perú, entónces perteneciente á España, y en la que los Aymaraes
llamaron la pública atencion por sus actos de valor salvaje.

Gabriel Tupac-Amaru, ostentando tener sangre de los Incas, dió el grito de guerra,
que resonó desde el Cuzco hasta Tucuman. Millares de indios Aymaraes hicieron
causa comun con los Quichuas para luchar contra los dominadores, á quienes no
daban cuartel cuando caían en sus manos.

Infunden espanto las narraciones de aquel tiempo relativas á los terribles hechos
consumados por aquella raza, que creyó llegado el momento de restablecer su independencia.
Aún se conserva memoria de las batallas, incendios y asaltos que tuvieron
lugar en el Cuzco, Puno, La Paz, Chayanta y Tapacarí.

En vista de tan grave estado, mandó el Virey la organizacion de numerosas milicias
que, puestas en campaña, combatiesen sin tregua ni descanso á los amotinados. Á pesar
de los esfuerzos que hicieron las tropas del Rey, no era posible el restablecimiento
del órden, y no se sabe hasta dónde habría ido á parar ese peligroso levantamiento,
si la embriaguez y la anarquía que dominaban á los indios no hubiesen sido dos
poderosos auxiliares para la terminacion de aquel espantoso drama.

Vencidos parcialmente los rebeldes en el Cuzco y en La Paz, cayeron prisioneros
Tupac-Amaru y los principales caudillos, que sumariamente fueron juzgados, condenados
á muerte é inmediatamente ajusticiados.

VI

Los anteriores apuntes indican brevemente las escasas noticias históricas de los
Aymaraes adquiridas hasta los tiempos presentes.

Hecha la exposicion indispensable de esa raza, vamos á llenar la mision que nos
hemos propuesto al escribir el artículo de la mujer de Bolivia, tipo fácil de confundir
con otros de la misma ó parecida índole que figuran en la sociedad americana, el cual
procurarémos delinear para que aparezca con todos los incidentes que lo caracterizan
gráficamente. Plácenos esta tarea, por cuanto nos proporciona la favorable coyuntura
de rendir un justo homenaje á las eminentes cualidades de la mujer que nació
en ese suelo, tan grandioso por sus riquezas y elevados acontecimientos históricos.

En dos clases puede dividirse la mujer boliviana:

La que corresponde á la raza blanca.

La que es indígena, de la cual nos ocuparémos primeramente.


155

VII

La mujer india de la familia de los Aymaraes suele ser bastante bonita. Su estatura
es mediana; tiene los miembros gruesos, los pechos cónicos, la cara ancha, la
boca algo grande, y el labio superior arqueado; su nariz es ligeramente deprimida; sus
ojos medianamente abiertos, cuyo ángulo externo se eleva un poco; sus cabellos negros
y lacios, su tinte cobrizo y algunas veces amarillento.

El traje que usa es invariable: se reduce á una pieza de bayeton grueso hilado y
tejido por sus manos, de color negro, que ciñe á la cintura; un camisolin bordado
que ajusta al cuello; un rebozo de tela gruesa cubre sus hombros, abrochándolo sobre
el pecho con una aguja grande de oro ó cobre. Trenza sus cabellos, que lleva arrollados
y prendidos con ciertos adornos de metal comparables con los que usan las
romanas. Casi siempre va descalza, y se dedica á los trabajos más penosos. Suele
llevar á sus hijos en la espalda sujetos por una manta al cuerpo, con cuya carga
preciosa camina á pié muchas leguas. Vive á orillas de los lagos, en las escarpadas
montañas y en las regiones sumamente frias. Su reducida morada está construida tan
sencillamente, que no se concibe cómo puede contener á una numerosa familia con
todo el menaje indispensable, y que su débil fábrica resista las furibundas tormentas
que suelen estallar en los lugares que habita. Está dominada por la despótica voluntad
de su marido, á quien obedece sin réplica y temblando.

Sus deberes multiplicados, las fatigas que pesan sobre esa infeliz criatura, hacen
recordar el ignominioso trato á que están condenadas la mayor parte de las mujeres
pertenecientes á los pueblos del África ó de la India Oriental.

Profesa el Catolicismo, pero sin el conocimiento de la sublime moral que encierra,
por consecuencia de no haber recibido la educacion relativa que su condicion requiere.

Pasa casi todo el año entregada á las prácticas del servilismo más cruel, esperando
resignada que al fin suene la hora de su verdadera emancipacion.

Tal es la india de los Aymaraes. Semejante en todo á la de los Quichuas, nada
podemos añadir referente á sus hábitos peculiares, que guardan completa analogía
con los de la generalidad de las mujeres pertenecientes al pueblo que antiguamente
gobernaron los Incas.

Pasemos ahora á detallar las cualidades y condiciones de la mujer blanca.

VIII

Bolivia existe en una region casi central de la América del Sud, cuyo vasto
territorio está dominado por diversas influencias atmosféricas muy favorables. La
naturaleza se presenta allí bajo un aspecto, ora risueño ó majestuoso, ora severo ó
embellecido con la riqueza de la vegetacion más exuberante, resultando de tan armoniosa


156

combinacion que sus habitantes están dotados de las cualidades que enaltecen á
los tipos más distinguidos de la familia humana.

Con tales antecedentes, harémos el bosquejo de la mujer boliviana oriunda de la
raza española.

IX

Juanita ha nacido en la suntuosa ciudad de La Paz. Goza de grandes riquezas
que heredó de sus padres; vive independiente y rodeada de cuantos placeres puede
desear. Tiene pasion por los bailes; oye extasiada las declaraciones amorosas de
cuatro ó cinco jóvenes que se disputan las preferentes miradas de aquella diosa.

Juanita quisiera escoger un esposo, pero teme perder su libertad. Ademas, es muy
jóven aún para caer en manos de un hombre celoso, de un tirano doméstico; prefiere
conservar la independencia de su estado honesto. No falta jamás á los paseos;
delira por los abtapis1; viste lujosamente; desprecia el dinero; tiene el orgullo de
una sultana cuando se siente herida en su dignidad, y es humilde con los pobres,
á quienes socorre generosamente.

Andrea, natural de Oruro, es huérfana y gana el sustento empleada en una escuela
de primera enseñanza; vive con su anciana madre, á quien prodiga los cuidados más
tiernos. La inteligencia superior que demuestra cultivada con esmero, su amor filial,
la consagracion al cumplimiento de los deberes que se ha impuesto, sus virtudes
públicas y privadas, constituyen el modelo más acabado de la mujer del pueblo.

María es una niña de diez años que vió la luz primera en los fértiles campos de
Cochabamba; es bella como un ángel y posee los sentimientos más nobles.

Estudia con afan, y adquiere la instruccion indispensable á su tierna edad.

Distribuye á sus condiscípulas pobres las pequeñas cantidades de que dispone,
destinadas á satisfacer sus caprichos infantiles; ama á sus padres con toda la pureza
de su alma, y todo hace concebir en ella las esperanzas más lisonjeras; pero... ¡ay!
¡cuán efímera es la existencia de la criatura humana! Aquella hermosa flor debía ser
abatida por el furioso vendaval apénas abriera el cáliz de su fragancia vivificadora.
María leía mucho; tenía ansiedad febril por el estudio, y... sus ojos hechiceros se
inflamaron. Por desgracia, un empírico brutal aplicóle ciertos tópicos que le ocasionaron
una erisipela gangrenosa, y por consiguiente la muerte. Aún resuena en nuestros
oídos la voz angélica de aquella niña durante su agonía fatal. Despidióse de cuantos
la rodeaban, y espiró consolando á sus desgraciados padres. ¡El espíritu abandonó la
materia, remontándose al empíreo inmortal!

Mercédes ha tenido por cuna la docta Chuquisaca; su flúido lenguaje, interesante
figura y acabada elegancia la colocan al nivel de la mujer más perfecta. En literatura


157

conoce á los clásicos notables; en ciencias ha consultado á todas las celebridades
universales, y en bellas artes tiene marcada predileccion por el buen gusto que difundieron
las eminencias italianas ó españolas. Instruída sin pedantería, asombra á cuantos
pueden escuchar los conceptos emanados de su grandiosa inteligencia. Dedicada al
cultivo de todos los conocimientos humanos, representa la imágen de la diosa Razon,
condenando las doctrinas del hombre, casi siempre refractarias á la completa participacion
de la mujer en todos los casos de la constitucion social.

Un manuscrito original que por casualidad llegó á nuestras manos y que publicamos
á continuacion, puede servir de conclusion al ensayo descriptivo de la mujer de Bolivia
consignado en este articulo.

X

«En la época en que Pizarro y sus soldados invadieron las costas del Perú,
gobernaba aquel extenso imperio Huascar-Inca, señor omnipotente, cuya voz era obedecida
con idolatría por todos sus vasallos. Aquel Monarca supo con espanto que unos
hombres extraordinarios recorrían parte del litoral de sus Estados, enseñoreándose de
cuanto querían, sin que sus tropas fuesen suficientes á contener la arrogancia de
aquellos séres que, por su tipo, costumbres y armas terribles, parecían completamente
sobrenaturales.

Huascar-Inca, alarmado por los progresos de los invasores y deseoso de conocer
por sí mismo el motivo de tales desórdenes, decidió acceder á la demanda que continuamente
le hacía Pizarro de permitirle una entrevista, en la cual le explicaría su
conducta y la mision que debía llenar en el Perú.

Abandonó Huascar-Inca el Cuzco, su habitual residencia, y rodeado de gran número
de soldados, marchó en busca del audaz aventurero.

Algunos dias despues se avistaban los dos ejércitos enfrente de la histórica y
monumental Caxamarca.

Huascar-Inca sentó sus reales cerca del campo ocupado por Pizarro, enviando cerca
del caudillo español una embajada compuesta de seis nobles de su corte, con el
principal objeto de inquirir la procedencia de aquella gente de guerra y la causa que
motivaba tan inusitada invasion de su territorio.

Habiendo llenado los embajadores su mision, Pizarro les contestó que deseaba conferenciar
con el Monarca, á quien únicamente debía explicar el alto cometido que su
Dios y su Rey le habían confiado.

Resuelto Huascar-Inca á terminar tan dudosa situacion, encaminóse al campamento
de los castellanos.

Pizarro le aguardaba con quinientos treinta y cuatro soldados, dispuestos en órden
de batalla. Los arcabuceros ocupaban el centro; la caballería, dividida en dos trozos,


158

cubría las alas de la línea, y la artillería estaba colocada á retaguardia. Parecía imposible
que aquel exiguo ejército intentase batirse con las crecidas huestes del Inca.

En confusa gritería, y haciendo alarde de la superioridad numérica, formáronse los
indios en grandes grupos, sin arte ni concierto, provistos todos de armas blancas y
arrojadizas.

El ronco sonido de muchos salvajes instrumentos anunció la aproximacion de
Huascar-Inca, que al fin se presentó, conducido por algunos de sus súbditos, sobre
un trono de oro resplandeciente de piedras preciosas, y rodeado de los principales
magnates de su corte.

Acercóse Pizarro con ánimo de estrecharle la mano, pero el Inca saltó ligeramente
al suelo é indicó por señas que no permitiría jamás un acto tan familiar.

Por conducto de un intérprete, Pizarro le hizo saber que su Rey, el más poderoso
de la tierra, le enviaba para intimarle que se sometiese á sus mandatos y que, apartándose
para siempre de su falsa religion, reconociese la fe cristiana.

Atónito quedó Huascar-Inca despues de haber escuchado tan atrevido lenguaje.
Contestó que no reconocía otra majestad superior á la suya, no permitiéndole su
dignidad continuar atendiendo tales desvaríos; que en punto á religion, viviría siempre
cultivando la que profesaba su pueblo, sin variar ni admitir otra alguna. Un fraile
llamado Valverde, del séquito de Pizarro, terció en el debate, gesticulando y diciendo
con descompasados gritos que los Santos Evangelios prevenían la obligacion irrecusable
de adorar al Dios único y verdadero que vino encarnado al mundo para redimir las
culpas de los hombres. Dicho esto, sacó un libro impreso en latin, que comenzó á
leer con entonacion enfática.

Cuando concluyó de recitar algunos párrafos, exigió al Monarca que se convirtiese
en aquel mismo momento, adorando los textos sagrados.

Informado Huascar-Inca por las explicaciones del intérprete de cuanto había dicho
aquel hombre, pidió que le dejasen examinar el libro en cuestion, y habiéndolo puesto
en sus manos, estuvo hojeándolo muy despacio. Aplicóselo en seguida al oído como
en ademan de escuchar alguna revelacion; pero observando que nada extraordinario
influía en su entendimiento que fuese capaz de persuadirle para abandonar sus creencias,
dejólo caer, diciendo que aquello era inútil para su convencimiento.

Entónces el fraile Valverde dió un grito de rabia, que fué la señal para romper
las hostilidades. Los indios, viendo á su Monarca irritado, lanzaron espantosos gritos y
gran número de flechas.

Inmediatamente los arcabuceros hicieron una descarga, seguida de otra de artillería.

El espanto y la muerte reinaban en el campo del Inca.

La caballería de los castellanos completó la derrota de aquel ejército.

Huascar-Inca, solo y abandonado de su gente, que huía sin combatir, cayó en poder
de Pizarro, siendo conducido á Caxamarca, y encerrado en una estancia destinada á
servirle de triste prision.


159

Pasados algunos dias, notificóse al prisionero la resolucion tomada en Consejo de
aplicarle la pena de muerte en castigo á su deslealtad y á la inmotivada agresion de
sus tropas en los momentos de estar ajustando las bases de un avenimiento pacífico.

Oyó el Inca la fatal noticia sin inmutarse. En seguida levantó la mano derecha é
hizo una señal en el muro, indicando que llenaría la prision de oro y plata hasta la
altura de su cabeza, si le concedían la vida.

Aceptóse su propuesta, y continuó encarcelado hasta el cumplimiento de lo que
ofreciera, para cuyo efecto permitiósele que se comunicase con algunos de sus vasallos,
á quienes dió órden de esparcir la voz por todos sus dominios del estado peligroso
á que se hallaba reducido, y que sin pérdida de tiempo acumulasen y condujesen el
tesoro ofrecido para su rescate.

Quince dias despues, muchos indios cargados de oro y plata llegaban á Caxamarca.

Llenada la medida que demarcó el cautivo, Pizarro y sus compañeros quedaron
ebrios de contento con la posesion y reparto de un caudal que creyeron inagotable.

No obstante, muy pronto la mayoría de aquellos hombres promovió un tumulto de
serios cuidados, pidiendo á Pizarro que exigiese más caudales al Inca, pues aquélla
era la única ocasion de obtener una recompensa á sus afanes y duras penalidades.

Pizarro tuvo que recurrir al expediente de pedir más tesoros al infortunado Huascar-Inca,
el cual, puesto otra vez en comunicacion con algunos de sus vasallos, ordenó que
se ocultasen las riquezas de esa índole que existían en todo su imperio, colocándolas
en un lugar seguro é ignorado, con objeto de que no cayesen en manos de aquellos
extranjeros, ni pudieran jamás inquirir dónde se hallaban depositadas.

Dicho esto, despidióse de aquellos leales servidores, con el convencimiento de que
muy pronto perdería la vida.

La Historia refiere la trágica muerte de aquel Monarca.

Dos siglos despues de los sucesos indicados anteriormente, murió en San Pedro de
Chayanta un indio muy anciano, que había adoptado á una niña blanca que encontró
algunos años ántes abandonada en la puerta de su hogar.

Aquella niña se llamaba Ángela.

Los pocos recursos que legó el indio á su protegida sirvieron para procurarle un
asilo en una casa de educacion. Ángela no olvidó jamás las últimas palabras que
pronunció su protector en los momentos de terminar su existencia: «Estudia mucho,
y con el tiempo encontrarás en esta choza la clave de tu felicidad
».

Cuando Ángela hubo llegado á la edad de veinte años, brillaba extraordinariamente
por sus virtudes é instruccion. Estaba muy familiarizada con la lengua quichua, que
poseía con rara facilidad, y de la que hizo un estudio consumado, como consecuencia
del cariño que profesaba á la memoria de aquel indio que fué su verdadero padre.

Un dia, impulsada por un presentimiento feliz, pidió permiso á la Directora de la
casa de asilo en que vivía para ir á visitar la morada de su inolvidable bienhechor,
el cual le fué acordado.


160

Ángela estuvo largo rato en aquella mansion que le sirviera de amparo durante su
niñez. Todo se hallaba intacto: los útiles domésticos de su pobre padre adoptivo é
instrumentos de labranza, y acumulados en un rincon algunos granos de maíz y trigo.

Ocurriósele recoger aquellas provisiones, depositándolas en una manta para utilizarlas
en beneficio de los pobres, y cuando dejó limpio el lugar que ántes ocupaban,
llamóle la atencion una lápida adherida al pavimento, que contenía algunas figuras
simbólicas muy usadas en los tiempos de la dominacion de los Incas. La jóven
examinó las figuras, ejecutadas en bajorelieve, y vió que una de ellas estaba representada
con los atributos de la majestad real, en actitud de dirigirse á un edificio
en forma de templo, situado en el fondo, y seguida de varios indios cargados, al
parecer, con sacos llenos de monedas. Tan extraña escena indudablemente debía
referirse á algun notable acontecimiento de la historia de los Incas, y ésta fué la
idea que subsistió en la mente de la heroína de esta leyenda. Despues de haber
meditado detenidamente, descifró el significado de aquellas figuras, y pudo leer las
palabras Inca, colque, huasi, Pachacamac; deduciéndose en castellano que el tesoro
del Inca existía en la casa de Dios.

Dominada Ángela por el contenido de aquellas frases, comprendió, á consecuencia
de su instruccion, que tal vez el decantado tesoro de Huascar-Inca, ocultado despues
de su trágica muerte, podía existir en las bóvedas subterráneas del templo del Sol,
cuyas sólidas ruinas se conservan en el Cuzco.

Sin detenerse un solo instante, cerró cuidadosamente la puerta de aquella casa,
retornando á su asilo.

Ocupóse en anotar las impresiones de su descubrimiento, que al fin dejó terminadas,
y cuyo contenido era el siguiente:

«El desgraciado monarca Huascar murió recomendando á su pueblo que ocultase á
la vista de los conquistadores la inmensa riqueza metálica que existía en sus Estados.
En vano los dominadores han buscado con afan el sitio donde pudiera hallarse
depositada.

La raza indígena ha mantenido religiosamente el secreto de sus mayores, impuesto
por la voluntad del que representaba sus tradiciones seculares.

Un indio me ha servido de padre, amparando mi orfandad. Quiero pagar esa
inmensa deuda de gratitud, comunicando al anciano Curaca1 de San Pedro de
Chayanta el resultado casual de mis investigaciones.

El famoso tesoro de Huascar-Inca indudablemente está enterrado en los sótanos
del antiguo templo del Sol. Sin perder un instante, deben tomarse las medidas convenientes
para evitar que nadie se apodere de ese caudal, que el pueblo Quichua
está obligado á restituir algun dia al Monarca legítimo que pueda reconstituir el
imperio de Manco-Capac.


161

Renuncio á la felicidad que proporciona el oro. No quiero apoderarme de lo que
corresponde á esa pobre raza, á la cual pertenecía mi generoso protector.»

El indicado Curaca recibió el manuscrito de Ángela.

Aquella jóven murió víctima de una congestion cerebral, sin revelar jamás su
descubrimiento, probando de cuánto es capaz la mujer cuando se halla dominada por
el sentimiento noble de la gratitud.

Poco tiempo despues de los sucesos que hemos narrado, llamaba la atencion
pública en el Cuzco una ancha excavacion practicada en la base de uno de los muros
laterales del convento de Santo Domingo, edificado sobre las ruinas del antiguo templo
del Sol, que permitía penetrar por medio de una escalera de piedra al interior de un
espacioso subterráneo, en el cual se hallaron algunos granos de oro derramados por
el suelo, que estaba excesivamente húmedo, y que aún mantenía las huellas de las
pisadas de varios hombres. ¿Existiría allí el ponderado tesoro del Inca? ¿Fué acaso
trasladado á otro lugar seguro?»

XI

Dejamos apuntadas las variadas cualidades de primer órden que adornan á la mujer
blanca de Bolivia, y sólo nos resta decir, en resúmen, que corresponden en el conjunto
á la mayoría de las demas de su sexo que viven en las sociedades más avanzadas
de la América Meridional.

La boliviana manifiesta grandes aptitudes para la vida social. Es buena esposa,
madre tierna, piadosa, instruída y muy entusiasta por su país.

Hemos terminado nuestra tarea con el sentimiento de no poseer las facultades
elevadas que se requieren para detallar el distinguidísimo tipo de la mujer que vive
en el país que sustenta el famoso Potosí; pero si nos falta la suficiencia conveniente,
nos sobra el deseo de cumplir con el deber ineludible de la más estricta justicia.

Madrid, Julio de 1878.

CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.



LA
MUJER DEL ECUADOR
POR
D. NICOLAS AMPUERO.

«Qu'est-ce qu' une femme? Question aussi
complexe qu'importante; car de la réponse,
c'est-à-dire, de cette définition, dépend
la solution de ce problème: Quelle place
la femme doit-elle occuper dans notre siècle?»
(Histoire morale des femmes.)
LEGOUVÉ.

I

La República del Ecuador, situada en la parte más central de la América del Sud,
contiene un territorio muy fértil para el desarrollo de los frutos más apreciados. Sus
bosques, que son muchos, están poblados de robles, cedros, bananos, laureles, mangles,
y de muchas clases de madera propia para la construccion y ebanistería. Coséchanse
en abundancia los cereales estimados, y se cogen grandes cantidades de cacao, arroz,
algodon, tabaco y frutas exquisitas. Los rios crian multitud de peces y enormes
caimanes. Tan excelentes productos constituyen un activo comercio con los principales
pueblos del mundo.

Las condiciones atmosféricas de ese país varían notablemente. Desde Diciembre
hasta Abril, la temperatura es sumamente cálida y húmeda; cae la lluvia sin interrupcion,
y á veces va acompañada de tempestades y huracanes; en tal estacion salen
de madre muchos rios y forman extensos pantanos llenos de multitud de animales
venenosos, conocidos vulgarmente con los nombres de escorpiones, culebras y víboras,
los cuales, introduciéndose en la morada del hombre, son incómodos y á veces peligrosos.
Desde Mayo hasta Diciembre templan el calor las brisas, y durante esta última
estacion son muy raras las lluvias.


164

Guayaquil es el puerto principal de la República, cuya importante poblacion está
fundnda á orillas del rio Guayas, á cinco leguas distante del mar Pacífico. Divídese
en dos partes, que se comunican entre sí por medio de un puente de madera. Su
caserío es bastante bueno, y vense algunos hermosos edificios; pero sus calles, no
muy aseadas, presentan el constante riesgo de la intoxicacion ocasionada por los
insectos.

II

Quito, situada al pié del colosal Pichincha y en lo más elevado de las regiones
habitables de los Andes, es la capital del Estado Ecuatoriano, y por consiguiente, el
centro notable en productos agrícolas y en poblacion. Las casas suelen estar mal
construídas, y su interior es extremadamente sencillo, no adornándose más que la
sala principal, destinada á recibir las visitas, cuyas paredes están decoradas generalmente
de papel y de pésimas pinturas. Algunas lámparas colocadas en los ángulos y
una araña colgada del techo sirven para alumbrarse escasamente.

El suelo está cubierto de toscas alfombras fabricadas en el país; algunas mesas,
canapés con almohadones de seda, y la cama, que se halla en su respectiva alcoba,
profusamente dorada, completan el principal mueblaje.

Hay un vestíbulo á la entrada de las casas, y los patios son espaciosos. La mayor
parte de esas moradas tienen un gabinete que ocupan las señoras, denominado obrador,
en el que pasan las horas haciendo ciertas labores domésticas.

Aprisionado Quito por una red de montañas, y no pudiendo obtener mercancías de
Europa sino á un precio muy subido, se ha visto obligado á crearse muchos géneros
de manufacturas groseras, pero fuertes y sólidas, que son muy buscadas en Antioquia,
en el Choro, en Timana, en Barbacoas y en Guayaquil, cuya última ciudad las paga
en cacao, y las otras las compran con el oro de sus minas y otros productos de
mucha importancia.

Careciendo de escuelas las artes é industria, existen en la infancia. La escultura,
principal adorno de los templos de Quito, manifiesta las formas más imperfectas; la
pintura no está sujeta á ninguna regla, y la arquitectura participa del detestable gusto
churrigueresco.

III

Desde Quito se va primero á Tumbamba, y todas las posadas que se encuentran
en el tránsito están provistas de queso y chicha. En seguida se atraviesan las ciudades
cuyos nombres son: Machaque, Saguilisi, Taquaso, Tagnolo, Macuchimina, país riquísimo


165

en minas, cortado por muchos precipicios y rios, principalmente por el Yana,
el Yacú y el Pilalo, que no se puede atravesar sino en los hombros de los indios.
Los bosques de Macuchimina dan quina en abundancia.

Saliendo de Pilalo, se va á Ambato, hallándose el país que se atraviesa, ántes de
llegar allí, cubierto de arena procedente de los volcanes de que está llena toda la
comarca.

Llégase despues á Ambato, que es una bonita aldea; sus calles están tiradas á
cordel; las casas son aseadas, y las que están léjos del centro se hallan rodeadas de
un recinto de follaje formado de ciruelos, perales, de duraznillos y de otros muchos
árboles frutales. Algunas cabañas aisladas y ocultas detras de cortinas de verdura y
flores causan un efecto pintoresco.

Al salir de Ambato para trasladarse á Cuenca, se atraviesa el puente y la aldea de
Querro, el páramo de Sabanag, la aldea de Ilapo y el llano de Tapi; abandonando
éste, se atraviesan las minas de Riobamba. Esta aldea fué destruida el 4 de Febrero
de 1797 por un terrible terremoto.

Despues de haber recorrido un país sembrado de huellas volcánicas, se llega á
Guamote, donde se distinguen bien los dos ramales que forma la cordillera. El del
Oeste es el ménos elevado. Nótase allí una extensa abertura que la naturaleza ha
practicado para que corran las aguas, y constituyan allí el lecho profundo del rio
Guayas.

Se experimenta un frio vivísimo en Guamote, y sin embargo, el viajero no puede
cansarse de admirar su situacion sorprendente.

Guamote existe rodeado de montañas elevadísimas y sobre una isla que bañan dos
rios, cuyas orillas son prodigiosamente feraces.

Esta poblacion fué el foco de la célebre rebelion que asoló todas aquellas comarcas
en 1803. La palabra aduana, que el pueblo de estas montañas no comprende, y algunos
nuevos derechos que quisieron establecerse, promovieron aquel motin, al cual no se
puede buscar otra causa, pues no se reconoce en él ninguno de los caractéres que
han marcado las revoluciones de otros países.

Recordando las tentativas que se hicieron para constituir en esta parte de la
provincia de Quito el estanco del tabaco y aguardiente, creyeron los indios que se
trataba de imponerles esa gabela. Las excitaciones más imprudentes fueron causa de
graves conflictos. El odio mal reprimido que los indios alimentan contra los blancos
estalló con rabioso coraje, ocasionando una espantosa carnicería.

Aquella vasta rebelion, encaminada al exterminio de los blancos, fué mal dirigida
é iniciada prematuramente por los habitantes de Guamote. Los demas pueblos comprometidos
vacilaron, sin decidirse á la cooperacion de los sublevados, por cuya razon
el Gobierno logró comprimir fácilmente un trastorno que podía haber tomado grandes
dimensiones.

Terribles ejecuciones siguieron á la derrota de los indios, y Guamote fué incendiado.


166

IV

Continuando el camino de Cuenca, se encuentra Puma Chaca, donde se principia
á descender.

Se llega en seguida á Alausi, villa que encierra mil quinientos habitantes, casi
todos indios. En Alausi comienzan esas frondosas selvas que se extienden hasta el
Grande Océano.

Puma Chaca se halla á una elevacion tan considerable como Quito. Desde allí se
entra en el Asnay, cuyo páramo se compone de rocas. Las partes más elevadas tocan
al término de la vegetacion.

Despues de haber dejado á Puma Chaca, se continúa subiendo hasta Salanag, que
es un llano de grande extension, en cuyo término está Des-Piches, dominado por
una temperatura sumamente glacial. La subida es suave pero muy larga hasta Litan,
principio del páramo de Asnay. Cuando sopla el viento del Este, arrastra tal cantidad
de granizo y de nieve, que se oscurece el aire, y resfriado el viajero, con el agua
hasta las rodillas, siente engarrotarse sus miembros, pierde los sentidos, y es mucha
su felicidad si logra escapar de la muerte.

Se distingue sobre el Asnay una balsa, que puede tener sesenta metros de largo,
y cerca de allí principia el llano del Puyal, peligroso á causa de las lagunas profundas
que encierra. Á la extremidad del Puyal se ostentan las ruinas de un palacio de los
Incas, construído de piedra sin argamasa. Los indios manifestaron un gusto bien
singular en la eleccion de ese lugar para construir esa casa destinada á las comodidades
de la vida, puesto que durante ocho meses del año llueve allí y graniza.

Una vez pasado el Alto de la Vírgen, se entra en Dalek, caserío poblado de indios,
donde el país adquiere un aspecto más risueño, los caminos son mejores, aumenta la
poblacion, y todo anuncia la proximidad de una ciudad considerable. Y no se equivoca
el viajero: poco tiempo despues se halla en Cuenca, situada en un llano, cuya elevacion
sobre el nivel del mar es de mil doscientas setenta y nueve toesas.

La temperatura de Cuenca es muy agradable.

Alguna vez se ve el cielo nebuloso; pero llueve con ménos frecuencia que en Quito.

El país en que está edificada Cuenca es llano, arenoso y árido. Las calles, rectas
y anchas, están empedradas en su mayor parte.

La sociedad de Cuenca se compone de tres clases: la nobleza, que pasa su vida
sin hacer nada; la clase media, que se dedica al comercio, y el pueblo, que se ocupa
en los más rudos trabajos.

Cuenca recibe del Perú el algodon; de Guayaquil, el cacao; el arroz, el vino, el
aceite y la loza, de Europa; de Quito, en fin, algunas telas groseras, proporcionando
en cambio muchos granos y los productos de las montañas que la rodean.


167

El valle del Pante depende de Cuenca, y se halla á siete leguas al Nordeste de
esta ciudad. Se han descubierto allí minas de mercurio. Las inmediatas montañas
producen mucha quina, á una elevacion mayor de cuatrocientos metros que la ciudad
de Quito.

San Cristóbal, situado sobre el Supay, Vecú y Qualaceo son de la jurisdiccion de
Pante. Se recogen en los alrededores cochinilla y azúcar, y se explotan allí igualmente
minas de oro.

Guagal-Suma es una colina famosa en el país, porque se supone que los indios
sacrifican allí niños á los manes de sus Incas.

Tales son en compendio los datos que hemos creído necesarios para el conocimiento
del país que sustenta el tipo mujeril que nos proponemos describir.

Sentados estos antecedentes, comenzarémos nuestra tarea.

V

La india del Ecuador es del mismo orígen que la india del Perú y Bolivia. El
territorio que hoy comprende aquella República formó parte integrante del imperio
de los Incas, y nada podemos añadir á lo que ya se ha dicho relativamente á
los usos y costumbres de la mujer indígena que vive en medio de los colosales
Chimborazo, Pichincha y Tunguragua, por estar completamente identificada en usos,
costumbres é historia con el pueblo Quichua.

No obstante, la que habita en las márgenes de los rios ó en las calurosas playas
del mar, demuestra otra inteligencia más cultivada, mayor belleza en su físico, y
ciertos hábitos que indican su contacto inmediato con la raza blanca.

VI

La mujer ecuatoriana originaria del pueblo español participa de las mismas cualidades
que ensalzan á las limeñas, chilenas ó bolivianas, difiriendo sólo en ciertos
hábitos adquiridos bajo la influencia del clima y como resultado de la educacion que
recibe en su país.

Las ecuatorianas, en general, suelen estar dotadas de notoria belleza. Las guayaquileñas
son graciosas, bien formadas, y descuellan por su donaire. Las quiteñas
llaman la atencion por la correcta expresion de su rostro, talle elegante y noble porte.

Ensayemos el bosquejo de esos dos tipos que se destacan del cuadro que nos
hemos propuesto exhibir á la pública curiosidad.

Se cree casi siempre que cuanto más cálido es el país, más negros son los cabellos
de las mujeres, y que en las comarcas frias lo más comun es que sean rubias. Esta


168

opinion no puede prevalecer en la República del Ecuador, pues hay mujeres rubias
en las regiones cálidas, y las hay morenas en los lugares más elevados y sujetos
á una temperatura excesivamente fria. Rubias ó morenas suelen tener más ó ménos
gracia, y resaltan físicamente por el brillo de sus ojos, la mano bonita y el pié extremadamente
pequeño.

La ecuatoriana de los Andes guarda mayor semejanza con las mujeres europeas
del Norte, diferenciándose únicamente en que no revela la melancolía de las inglesas
ni la languidez de las alemanas, demostrando un rostro lleno de bondad y de dulzura,
que es la expresion genuina de su carácter humanitario.

Es muy original el traje de la mujer que habita en las faldas del gigantesco
Pichincha. Lleva un guardapiés de seda negro, destinado á cubrir las formas, y coloca
en su cabeza un pedazo de paño, que desciende triangularmente sobre la cintura.
Encima de esta especie de mantilla se pone un sombrero que no encaja completamente
en la cabeza, muy parecido al que suelen usar los marineros.

Las mujeres de la costa renuncian poco á poco al traje gráfico de las andaluzas,
para adoptar el de las inglesas. Su educacion está bastante adelantada, pues casi todas
poseen los conocimientos indispensables para distinguirse en la sociedad. Cantan y
tocan el piano con mucha gracia; su genio es vivo para aprender con facilidad cuanto
sea útil al cultivo de la inteligencia, y hay algunas que son verdaderamente eruditas.
Conocidas son las poesías de algunas ecuatorianas, cuyos trabajos literarios han llamado
la pública atencion.

Las mujeres de las cordilleras y de los paises llanos no tienen el mismo género
de hermosura, pero agradan en conjunto por su tipo especial.

Nótase gran diferencia en sus costumbres y en su carácter, siendo excesiva la antipatía
que reina entre ellas. Las rivalidades de rango, de fortuna, de orígen, de casta,
esparcen en la sociedad un espíritu de odio, que al pronto no se nota en medio de las
caricias con que se ahogan, y que manifiestan el arte que algunas veces suele emplear
el bello sexo para el disimulo; pero cuando dos amigas, si las hay, se confian sus
secretos, entónces satirizan al prójimo sin piedad, siendo éste un género de conversacion
bastante natural entre mujeres que raras veces salen de su hogar, y que pasan
sus dias hojeando un libro que el fastidio les obliga á dejar caer de las manos, ó se
entretienen en trenzar sus cabellos, ó mejor todavía en descansar en una cama fumando
cigarritos.

Las mujeres de la costa dan á las de los Andes el nombre de lanudas, y éstas
obsequian á las otras con el apodo de calentanas. Los odios nacionales no han tenido
frecuentemente otro orígen que el de las rivalidades y quimeras del sexo femenino, y
las continuas revoluciones que han agitado al Estado Ecuatoriano pueden haber sido
promovidas por semejantes puerilidades de funestísimos resultados.

En medio de ese cúmulo de condiciones encontradas, es preciso confesar que la
mujer del Ecuador no desmerece por esto de las demas que forman la sociedad de


169

la América Meridional. Si hay alguna diferencia entre éstas y aquélla, consiste en la
falta de costumbre para poder amoldarse al progreso de los pueblos más avanzados,
por efecto del empeño que demostraron ciertos gobernantes en apagar el brillo de las
ideas emitidas por la razon y la libertad.

Establecida la diversidad que se nota entre la guayaquileña y la quiteña, vamos á
detallar sus especialidades.

VII

La guayaquileña ama mucho los placeres, y se entrega al dolce far niente de las
italianas, como consecuencia de la predisposicion de su naturaleza ó del clima ardiente
en que vive. Continuamente recostada en una hamaca, y ataviada con una ligera bata
que deja entrever sus bellísimas formas, aspira las brisas del mar, sin moverse
durante muchas horas de ese lecho suspendido, en el que se mece perezosa. Sin que
nada sea suficiente para alterar sus peculiares hábitos, recibe en esa posicion voluptuosa
á cuantos frecuentan su amistad, y considera inútil é importuna toda ceremonia
basada en la etiqueta que pueda obligarla á cambiar sus costumbres verdaderamente
orientales.

Entona con acento envidiable las canciones dedicadas al amor, y cuando los abrasadores
rayos del sol se han ocultado, abandona lánguidamente su lecho aéreo para
entregarse á la danza, en la cual emplea los incentivos de su inimitable gracia.
Algunas veces pasea su gentil hermosura á orillas del poético Guayas, y á la luz de
la pálida luna que se refleja sobre su figura ataviada de blanca y finísima tela, parece
una hada que evocara algun genio inmortal.

Tal es su costumbre; así pasa las horas, los dias y los ańos, sin otra variacion
á ese género de vida que la que produce el estímulo del amor. Entónces se nota que
sus ojos brillan de un modo sorprendente, que su seno se agita, que está inquieta y
con manifiestas señales de hallarse poseída de un ferviente cariño, ó bien del tormento
cruel de los celos. Considerándola en plena posesion del ídolo de su alma, quiere
entónces ser muy mimada, demuestra cierto orgullo dominante y se complace en los
triunfos conseguidos por su singular belleza.

Hé ahí los principales distintivos de la guayaquileña.

VIII

La quiteña no es muy vehemente en cuestion de amores, sin duda por efecto de
las cumbres heladas que habita, pero tiene los instintos naturales de la afeccion más
sincera cuando se trata de vincular su existencia por medio del matrimonio. Entónces
puede decirse que despierta de un letargo; pone toda su atencion en el hombre con


170

quien debe unirse; vence los mayores obstáculos; no repara en prodigar cuanto sea
indispensable para el logro de sus afanes, y considera haber llegado al máximum de
su felicidad fijando su porvenir bajo la egida del mortal cuya honrada conducta no
puede ponerse en duda.

Las principales atenciones de la quiteña consisten en asegurar la subsistencia por
medio de los cuidados que requiere su hacienda. Establece el órden más perfecto en
todos los detalles de su vida; es económica, grave, juiciosa y entregada á las prácticas
de la devocion más austera.

Frecuenta mucho las iglesias, y no desperdicia las numerosas procesiones que se
celebran en su país, como un verdadero testimonio de su acendrado catolicismo.

Sus principales recreos consisten en algunas excursiones al campo y en el cultivo
de la música. El baile es tambien un placer para la quiteña, pero siempre con el
mayor cuidado de no incurrir en la falta grave de la descompostura impropia de la
honestidad.

La satisfaccion mayor de la quiteña consiste en obsequiar á los que honran su
casa, bien sea con el aromático chocolate, ó con los dulces elaborados por sus manos.
Si se trata do un convite á causa de alguna solemnidad de familia, se la ve multiplicarse
para que nada falte al servicio de los que asisten á tan clásico acontecimiento.
Obsequia á todos sin distincion, distribuyendo los mejores platos; propone algunos
bríndis, que son aceptados sin vacilar por los concurrentes, quienes la obligan á que
corresponda á esa salva de pomposos elogios que su amabilidad supo conquistarse.
Entónces ella, con tímido acento, profiere algunas frases, que regularmente quedan
interrumpidas por los aplausos más estrepitosos.

IX

Terminarémos nuestra tarea reseñando los motivos que se oponen al perfeccionamiento
del tipo que promueve este artículo.

La República del Ecuador tiene las bases de una riqueza positiva, pero de difícil
explotacion, por consecuencia de la falta de caminos para transporter á las costas del
Pacífico toda esa multitud de productos que constituyen un grandioso porvenir de
comercio é industria.

Si añadimos á esta causa tan vital la falta de administracion pública, la intolerancia
religiosa, y las funestas oleadas políticas provocadas por ambiciones bastardas, quedará
lógicamente probado el atraso relativo de un país que debería estar al nivel de Chile
y el Perú, á quienes no cede en elementos de grandiosa importancia para el consumo
y utilidad de la familia humana.

Aparte de las anteriores consideraciones, hay descuido en la educacion popular, ora
sea efecto de las turbulencias políticas, ora sea por la falta de un plan de estudios


171

completamente libre, ó por consecuencia de la sistemática propaganda del clero, siempre
contrario á las innovaciones, que considera peligrosas para su conservacion, y cuyas
doctrinas, refractarias al progreso, influyen, por desgracia, sobre una masa popular
inconsciente.

Así es que la mujer no puede recibir los beneficios de una sólida instruccion, ni
mucho ménos puede sacudirse de ese yugo que la aprisiona, tal vez sin conocerlo,
basado en el egoísmo, la ambicion y el fanatismo.

Esperemos resignados que suene la hora de constituir el engrandecimiento de la
patria del célebre cantor Olmedo, para ver entónces realizada la emancipacion relativa
de la interesante mujer ecuatoriana.

NICOLAS AMPUERO.



LA
MUJER DE NUEVA-GRANADA
POR
D. CÉSAR OLMEDO.

I

Cuando los españoles descubrieron y conquistaron la América del Sud, salvajes de
gran ferocidad y valor indomable ocupaban las maravillosas llanuras de Cumaná y las
orillas de los caudalosos rios Apuré y Orinoco.

Siempre errantes en aquellos inexpugnables retiros, manteníanse con algunas frutas
ó con los productos de la caza; la tierra en el verano, ó los huecos de algunos
enormes árboles en la estacion lluviosa, les servían de cama y de refugio; iban casi
desnudos; los raros adornos de pintura con que engalanaban sus cuerpos, algunos
dientes ó huesos de ciertos animales con que cargaban las hendiduras que se notaban
en sus orejas, y grandes anillos de oro que colgaban en la membrana de la nariz,
constituían los adornos más distinguidos entre esa tribu de costumbres singulares.
Algunas plumas de pájaros extraños cubrían por lo comun su cabeza, y las pieles de
los animales más feroces ocultaban solamente ciertas partes de sus cuerpos.

La ambicion imperaba en medio de tanta miseria, y el poder supremo era el
constante anhelo de los que aspiraban á ejercer dominio sobre la multitud. Ese
elevado puesto se concedía á expensas de las pruebas más dolorosas, y bastaba el
menor gemido, el más leve indicio de debilidad, ú otra causa análoga, para motivar
la más completa exclusion.

¿Aquellas sociedades bárbaras tenían necesidad de reconocer la superioridad de un
Jefe? ¿Era indispensable el fallo del que los gobernaba para dirimir todas las contiendas
que ocurrir pudieran?


174

Esa misma raza de indios que habitaba las montañas no revelaba tanta ferocidad
en sus costumbres; únicamente en la fértil region llamada Antioquía conservábanse
algunos hábitos sanguinarios; pero en la llanura que hoy domina la populosa Santa
Fe existía la nacion de los Moscas, muy bien organizada y con ciertas leyes que
demuestran el estado de civilizacion relative á que habían llegado.

Mantenían relaciones con las tribus circunvecinas, y consideraban muy honrada
la ocupacion dedicada á las labores del campo; era respetada la propiedad, tenían
habitaciones bastante cómodas, y vestían con notable decencia. La corte del Jefe de
Cundinamarca no carecía de cierta pompa, y aunque no igualaba en majestad á las
de Tenochtitlan y del Cuzco, no dejaba de estar adornada de todos los prestigios que
dan importancia á un Soberano.

La religion era muy respetada y se practicaba con gran boato en los templos,
haciendo sacrificios al Sol y la Luna, sus dioses venerados.

Tal era el estado más ó ménos salvaje de las tribus que moraban en el país que
en 1536 conquistó el célebre español Quesada, dándole el nombre de Nueva-Granada,
sin duda á causa de su sorprendente fertilidad, ó bien por cierta semejanza con el
país que dominaron por espacio de tantos siglos aquellos moros famosos, cuyo último
Rey lloró al abandonar la poética vega que riega el Genil.

II

La naturaleza de casi todas las comarcas de la República de la Nueva-Granada es
hermosa para los que gustan del desórden salvaje. Grandes árboles de notable elevacion
y vigoroso desarrollo cubren la mayor parte del país, cuya sombra sería deliciosa si
no estuviese expuesta á las peligrosas consecuencias de la humedad de la tierra, las
mordeduras de los insectos venenosos, ó al ataque de las bestias feroces.

El hombre ha plantado mucho en aquellos vastos territories. Los campos sembrados
de algodon, maíz, índigo, trigo, tabaco y cacao, forman una prodigiosa riqueza.

Aquel país, tan variado en sus diferentes temperaturas, produce todas las materias
primeras para la industria, y en grande abundancia el azúcar, la lana, el oro, la
plata y el cobre.

En resúmen: es tan bello, tan fértil, tan rico el territorio de la Nueva-Granada,
que no vacilamos en augurarle un porvenir de inmensa grandeza, hermanada con la
más poderosa influencia sobre muchos pueblos de la tierra.

III

Terminadas las indicaciones históricas de las tribus salvajes que moraban en las
orillas del Orinoco y demas comarcas adyacentes, procederémos á la descripcion de la


175

mujer que hoy habita tan bello país, detallando sus usos y costumbres; y como
merece primacía la que revela su orígen completamente indígena, vamos ´ darle un
lugar preferente.

La india de las regiones calurosas de la Nueva-Granada es bastante diligente.

Las casas que ocupa son de juncos ó de bambúes, y suelen estar elevadas en
medio de los bosques más espesos.

Allí vive en esos solitarios retiros y rodeada de una fecunda naturaleza, que le
prodiga sus mejores dones.

Viste pobremente y va descalza; su traje se compone de una pieza de tela ligera,
con la cual cubre lo más interesante del cuerpo.

Su albergue suele estar rodeado de un huertecillo lleno de verduras, que procura
tener resguardado de las inundaciones por medio de una empalizada. Una docena de
gallinas, una vaca y un cochino, metidos en el corral, completan la hacienda de la
india, que cuida con esmero, miéntras su marido está en los bosques cazando, ó en
pos de los ricos productos que la feracidad de aquel suelo le brinda generosamente.

La india posee ordinariamente un cilindro para hacer el guarapo1, un telar para
tejer estera, y conchas de tortuga que le sirven de platos, demostrando su prevision
con el cuidado que tiene de conservar siempre en su humilde despensa algunos trozos
de carnes saladas y varios canastos llenos de maíz.

Por lo visto, la vida de la india de la Nueva-Granada es bastante activa, con relacion
á sus necesidades; atiende á todo, y no espera ningun socorro de la sociedad;
así es que tan pronto se la ve empleada en la persecucion de un yaguar, como tambien
echando las redes al rio en busca de los peces que deben alimentar á su familia; y
cuando las aguas desbordadas inundan su hogar, se afana en ayudar á los suyos
para salvarlos, buscando un refugio al traves de los senderos sólo practicables para
los ciervos.

Profesa imperfectamente las máximas del Cristianismo, á causa de no haber sido
instruida de un modo conveniente en las excelencias que encierra; y sea efecto de su
vida selvática, ó de los instintos de raza que conserva, acostumbra á entregarse á los
placeres sensuales que su naturaleza requiere. El tipo de la india es parecido á todos
los de su índole que existen en la América Meridional, y aunque se notan algunas
pequeńias variedades en las líneas que demarcan su rostro, no obstante, tiene la misma
expresion gráfica: color cobrizo, estatura mediana, miembros robustos, pómulos algo
salientes, boca grande, el labio superior arqueado, nariz algo aplastada, ojos no muy
abiertos, y los cabellos abundantes, negros y lacios.

Concluirémos la reseña de la india neo-granadina haciendo mencion de sus sentimientos
exaltados por el espíritu de venganza ó por el amor á su hogar, que defiende
como una fiera, en el caso de verse atacada. Aún viven los recuerdos de los hechos


176

heroicos y terribles que consumaron los indios en los primeros años de la lucha que
empeñaron en sostenimiento de su independencia, y en los que tomaron una parte
tan activa aquellas mujeres, que revelan grande afecto á los principios que concede
una ámplia libertad.

IV

Despues de una penosa navegacion por el rápido rio Magdalena, y atravesando
muchas comarcas, hemos llegado á la vista de Bogotá, capital de la República de la
Nueva-Granada, que se ostenta bella y orgullosa, rodeada de altísimas montañas y bajo
la influencia de un clima igual á los más benignos de Europa. Aquí no hay que temer
la ferocidad de ciertos animales, ni las ponzoñosas picaduras de los insectos que
asolan las orillas de los rios que recorren las regiones bajas, y el hombre, libre de
tanto peligro, se encuentra transportado á una temperatura muy elevada. En estos
llanos crecen algunos álamos que alternan con muy pocos manzanos de raquítica talla,
y si los grandes vegetales no adquieren el desarrollo de otros climas, en cambio se
multiplican los cereales más estimados con asombrosa abundancia.

¡Qué grandioso espectáculo presenta el dilatado campo de Beauce, tan alto Como
los picos mayores de los Pirineos, y sin embargo, cubierto de mieses abundantes!
Preciso es confesar que ese cuadro sobrepuja por su extension y fecundidad á cuanto
pueda concebir de más bello la mente del hombre.

V

Dejando á un lado á Bogotá para visitarla con detenimiento, continuamos nuestra
excursion por una llanura casi inundada y rodeada de montes y colinas de aspecto
agreste, cuyas eminencias están allí colocadas á manera de islas en medio de un
gran lago.

De pronto podemos recorrer un país cubierto de árboles frondosos que causan
agradable impresion.

Han desaparecido de nuestra vista las negras y lúgubres rocas que rodean á
Bogotá, y por el contrario, se distinguen por todas partes cañadas, fértiles campiñas,
casas pintorescas y rodeadas de bananeros que se destacan sobre el follaje sombrío
de los bosques.

Á pesar del júbilo que nos causa este espectáculo, no podemos ver sin pena que
las cimas de las montañas se ocultan entre las nubes que bajan rápidamente para
convertirse en lluvia y tempestad.

Estamos penetrando en las selvas que dan sombra al famoso salto del Tequendama,
á cuya vista al fin hemos llegado. Grande es la impresion que nos produce el aspecto


177

de esta imponente cascada, y tal es nuestro asombro, que no podemos darnos cuenta
de la admiracion que nos domina, viendo las aguas del rio Bogotá precipitarse con
ruidoso aparato, á semejanza de una terrible avalancha que rueda desde la cumbre
del Chimborazo. Hemos tenido que echarnos boca abajo sobre el muro que forma el
costado del precipicio, y en el cual nos hemos colocado para contemplar tan sublime
escena.

Nuestra vista está fija en el abismo, distinguiendo los enormes raudales de agua
que producen mucha espuma absorbida en un océano de vapores.

Tan extraordinaria escena viene á interrumpirse por consecuencia de la profunda
oscuridad que nos envuelve. Al caer las aguas del rio desde las heladas alturas de las
cordilleras hasta los abrasadores abismos cavados á sus piés, forman una niebla que,
levantada por el sol, nos inunda por todas partes.

VI

Nuestra excursion á Tequendama nos ha promovido el anhelo de visitar las demas
cosas notables que encierra el país. Alimentábamos el deseo de ver el puente de Pandi,
y al efecto nos dirigimos á ese sitio, atravesando primero á Fusugasuga. Dejamos á
la derecha el Chocho, pueblecillo que toma su nombre de un árbol que es muy comun
en estas comarcas.

Habiendo escalado el Alto de Honda con mucha fatiga, hemos llegado al cabo de
dos dias á Mercadillo.

Continuando nuestra ruta, llegamos al puente natural de Pandi, formado de una
peña que tiene veinte piés de ancho.

Habiéndonos fijado en la abertura que separa dos grandes montañas, pudimos ver
á la profundidad de trescientos sesenta piés una corriente de agua, que á la elevacion
en que nos hallábamos nos pareció un arroyo.

Los habitantes del paés consideran estos tenebrosos abismos como la entrada del
infierno. Y en efecto, la noche continua que allí reina, las aves nocturnas cuyos gritos
retumban en las cavernas adonde se retiran durante el dia, las aguas negras que
llenan las profundidades de este precipicio, la prolongada cabellera de los árboles que
oculta en parte su misterio, el estrépito de las aguas, las rocas que, como el puente
de la mitología persa, sirven para atravesarlas, representan bastante bien el imperio
de la muerte. La ilusion es tanto más grande, cuanto que la mayor parte de los séres
vivientes han huído de estos lugares selváticos; el hombre ha separado de allí su
morada, y todos los animales han temido el ruido que allí se oye. Así es que se
complace uno mucho al salir de aquellas selvas antiguas, que quizas ensangrentaron
con víctimas humanas los sacerdotes indios de la feroz tribu de los Panchos.


178

VII

Al acercarnos otra vez á las alturas que dominan á Mercadillo, desde las cuales se
distinguen los llanos de Limon, que se extienden hasta el Magdalena, pronto atravesamos
bosques vírgenes, que pueblan los osos, el yaguar y el cuguar (leon de
América), hallándonos por la noche en Fusugasuga. Á medida que nos habíamos
alejado del valle abrasador de Mercadillo, encontramos una especie de hombres más
bella y vigorosa.

Despues de haber atravesado bosques muy espesos, hemos subido hasta un sitio
en el cual gozamos de una vista magnífica que se extiende sobre la provincia de
Mariquita, cuyas montañas parecen poco elevadas. Distínguense las casas de Honda,
enteramente blancas y con sólidos muros bañados por el Magdalena. Las verdes orillas
de este rio embellecen singularmente el cuadro que estamos contemplando.

Al emprender de nuevo la subida, sólo vemos con espanto lo escarpado de la cordillera,
en la que por primera vez hemos penetrado; pero van disminuyendo nuestros
temores al ver la inteligencia de la mula que conduce nuestra humanidad. Es realmente
curioso observar el discernimiento con que el pobre animal escoge las rocas en que
puede apoyarse con más acierto.

VIII

Acabamos de pasar Rio Seco, deteniéndonos algunos instantes en una posada, y
atravesando sucesivamente infinitos arroyos que cortan el camino en todos sentidos,
por fin hemos llegado á Venta Grande, en donde nos proponemos pasar la noche.

Por la mañana estamos ya en marcha, escalando el monte Sargento, y nos hallamos
envueltos en una niebla fria, húmeda y tan espesa que ni siquiera nos permite
distinguir los hombres que marchan en nuestra compañía.

La bruma va disipándose, y al cabo de algunas horas hemos encontrado una piedra
en la que está escrita la elevacion del suelo sobre el nivel del mar. Estamos á ochocientas
setenta toesas, y faltan diez y ocho leguas que recorrer para llegar á Santa Fe.

Los caminos se presentan ya mejores, y poco tiempo ha sido necesario para llegar
á la cumbre de una montaña desde la cual se descubre el hermoso valle de Guadúas.

Descendiendo, produce gran encanto la vista de una verde pradera cortada en todas
direcciones por riachuelos, sobre los cuales hay puentes estrechos, pero seguros.

Á derecha é izquierda se notan casas rodeadas de campos cultivados y de muchos
sauces; experiméntase un calor dulce, como en Lima. Hemos llegado á una altura en la
que el hombre puede gozar la más completa dicha bajo las influencias de un purísimo
cielo y de un clima delicioso.


179

IX

Estamos en Guadúas, ciudad muy limpia; algunas de sus calles empedradas y
con aceras; la plaza donde se hallan la iglesia y otros edificios está adornada de una
fuente, y el blanqueado exterior de las casas alegra singularmente la vista. Es muy
difícil que el viajero, cruzando las montañas de granito que separan á Guadúas del
Magdalena, no experimente una especie de alborozo cuando se halla de pronto en un
valle cuya temperatura es benigna, regado por limpios arroyos, y rico con todos los
dones de la naturaleza.

La poblacion que vive en estos lugares encantadores es de una blancura que
sorprende al europeo, pues no puede ménos de admirar, sobre todo, la gracia de las
mujeres y el arte con que se visten.

En verdad que la mayor parte de las americanas del campo adquieren un aire
distinguido y agradable; generalmente, sus miembros delicados y redondos no engruesan
jamás y no se desfiguran con el trabajo. Dichosos con vivir bajo un clima tan bello,
los habitantes de Guadúas son muy benévolos con los extranjeros, de lo cual tenemos
una prueba á nuestra llegada, pues parece que experimentan gran satisfaccion en
darnos hospitalidad.

Guadúas forma un canton compuesto de siete lugares, cuya poblacion puede elevarse
á unas veinte mil almas. Los productos de este pais consisten en arroz, bananas,
café, naranjas y azúcar.

X

Prosiguiendo nuestro camino, á las pocas horas hemos llegado á Palma, lugar que
encierra minas de oro, de hierro y de esmeraldas.

Despues de haber pasado la noche en Palma, continuamos al dia siguiente nuestra
marcha hasta Billeta, que descubrimos desde muy léjos.

Siéntese gran calor, que sólo puede templarse cobijándose bajo los frondosos árboles
que frecuentemente se encuentran.

La perspectiva de Billeta es encantadora.

En este camino hay una cruz de piedra, que es la señal para indicar la existencia
de una venta situada tras de una pequeña colina, y cuyo lugar habitado está á novecientas
ocho toesas sobre el Océano.

Á pesar del deseo que nos anima de llegar á Bogotá lo más pronto posible, nos
vemos obligados á pernoctar en Facatativa para dar descanso á las acémilas y procurarnos
los alimentos indispensables.


180

XI

Madrugando mucho, y despues de cuatro horas de viaje, nos hallamos al fin en la
famosa meseta de Bogotá.

No queremos dejar de referir lo que sufrimos con el polvo que levanta el viento
en las inmediaciones de Facatativa, y que ennegrece el cútis de los habitantes; y
habiéndonos librado de esa plaga, por haber cesado el mal tiempo que ántes nos
molestaba, podemos entregarnos por completo al placer mezclado de admiracion que
experimentamos observando á los cultivadores ocupados en trazar largos surcos con
arados tirados por robustos bueyes, y pastores que custodian carneros cubiertos de un
espeso vellon.

En medio de este espectáculo que llama nuestra atencion vense largas filas de
mulas cargadas de granos, de carbon y de otros productos que vienen de Guadúas.
Los hombres que las conducen tienen un aire salvaje que contrasta con la fisonomía
europea que se nota en este país, y hasta nos creeríamos transportados á la Tartaria,
al contemplar á estos indios casi desnudos, y cuya figura ofrece muchos puntos de
semejanza con los habitantes del Asia Oriental.

XII

Cerca de ocho leguas nos faltan para llegar á Bogotá, y recorremos una llanura
rodeada de altas montañas que ofrece una superficie casi enteramente unida.

Los Moscas, ántes de ser sometidos á un solo señor, la habitaban en toda su
extension.

Interrogados los ancianos por los españoles que hicieron la conquista del país, les
refirieron que, en tiempos muy remotos, el rio Bogotá había sumergido todo el llano,
y que, espantados los habitantes, se refugiaron en las montañas, donde encontraron
un asilo seguro. En medio de este horroroso desórden apareció un hombre divino
que se llamaba Zué ó Boquica, y golpeando con su baston la montaña más dura, se
abrió, y precipitándose las aguas por aquella milagrosa salida, formóse el famoso salto
del Tequendama. Esta tradicion popular recuerda la época en que las agues cubrían
aquella vasta comarca.

XIII

Nos hallamos en la bella y culta Bogotá. Sus calles rectas y edificios magníficos
demuestran el grado de civilizacion que ostenta este emporio de hombres ilustres,
honra de la familia americana.


181

Dejamos encomendada á los escritores que sean competentes la tarea descriptive
de las grandiosidades que encierra la ciudad que fundara el audaz Quesada, y como
no poseemos las cualidades que se requieren para tan difícil empresa, sólo cumple
á nuestro propósito el detenernos en los detalles correspondientes al tipo que ocasiona
el presente artículo.

Penetrando en los círculos más distinguidos de la sociedad de Bogotá, vemos
siempre á la mujer de raza blanca brillar por sus encantos y perfecta educacion. El
curioso viajero se cree transportado á los mejores salones de Paris, al notar agradablemente
la finura de estas damas, su correcto lenguaje y gracia infinita. Si agregamos
á dichas cualidades una instruccion esmerada y los más nobilísimos sentimientos,
tendrémos á la vista un modelo acabado. Las condiciones elevadas que reune la dama
de la alta sociedad guardan completa analogía con las que se han enumerado en
algunos artículos de esta obra, referentes á las eminencias femeninas de Chile y el
Perú. Los Gobiernos que han regido los destinos de la Nueva- Granada, no han descuidado
la educacion de la más preciosa mitad del género humano, y al amparo de
instituciones avanzadas se han recogido los opimos frutos que ostentan con orgullo
las que hoy son hijas, esposas ó madres.

Pasemos ahora á describir los variados incidentes que militan en la vida de la
mujer perteneciente á la clase media, cuyas propensiones y usos deben examinarse,
dado el carácter de originalidad que demuestra y la sencilla poesía que la rodea.

XIV

La mujer del pueblo tiene gran apego á las reuniones de familia, y aunque ellas
no ofrezcan los atractivos de un verdadero placer, sirven para dar pábulo á las distintas
pasiones que se agitan en su corazon, tocante al amor, la emulacion y otros
percances de la vida humana.

Nuestro tipo dispone de todas las influencias precisas para ejercer cierto dominio
sobre el público; así es que se la ve llena de gracia y vestida lujosamente en los
paseos, partidas de campo, y en todas las animadas diversiones destinadas á una
lícita expansion.

En donde brilla notablemente la mujer del pueblo es en las funciones religiosas,
que la Iglesia suele desplegar con gran pompa. La del Corpus, que se celebra con
lucimiento, parece destinada para aumentar la importancia do la mujer del pueblo.

La víspera se anuncia con fuegos artificiales. Se construyen en la plaza principal
de Bogotá cuatro altares ricamente adornados, miéntras que por una mezcla singular
de lo santo con lo profano, dispónense por todas partes palos de cucañas, polichinelas,
y una infinidad de jaulas de animales raros y curiosos; cesando los regocijos cuando
las campanas hacen la señal de que se aproxima la procesion. Entónces, todo el


182

mundo se quita el sombrero y se arrodilla en las calles; el clero avanza lentamente
en medio de la multitud de fieles que llenan la plaza; las jóvenes más lindas de la
ciudad marchan entre dos filas de clérigos, llevando las unas el arca, y las otras
los panes ele proposicion, éstas el incienso, aquéllas canastas de flores, y siguen
despues muchos indios que, al compas de una flauta y un tambor, ejecutan bailes
caprichosos. Tal es la costumbre que tiene la mujer del pueblo de contribuir con
su belleza y sentimientos religiosos al mayor brillo de las fiestas que celebra el
Cristianismo.

XV

Merced á su hermosura, al capricho de los hombres ó al de la fortuna, muchas
veces su posicion humilde suele cambiar completamente, pasando á ser dama de alta
esfera; pero por una rara preocupacion, por un pudor inexplicable, nunca es súbita
esta transformacion. Se prepara primero la opinion por medio de un hábito extraño,
que debe ser cortado por el modelo del que usa algun religioso; pero la coquetería
se apodera del nuevo traje para adornarlo con todos los caprichos de la moda. Tal
resolucion tiene por objeto, segun ella dice, conseguir por ese medio piadoso la curacion
de una madre enferma ó de algun pariente que se halla en tan triste estado;
conducta muy laudable que obtiene la aprobacion general, y que suele elevar á una
altura distinguida á la mujer que manifiesta tanta abnegacion, máxime si está dotada
con los atractivos de la belleza, en cuyo caso no falta un hombre opulento que solicite
su mano.

En los bailes emplea toda la fuerza de sus encantos, ora columpiándose vaporosa,
ora provocando á todos con su seductora sonrisa, ó bien poniendo en juego el donaire
con que está dotada por la pródiga naturaleza.

XVI

En las partidas de campo salta á caballo los vallados con incomparable destreza,
corre velozmente, revelando así el poco temor que tiene á los peligros, y su afan por
distinguirse en la equitacion.

Canta, acompañándose con la imprescindible guitarra, las coplas más populares, ó
aquellas que expresan el sentimiento de un amor arrebatado, impresionándose infinitamente
cuando interpreta un hecho histórico digno de admiracion.

Ama con vehemencia al hombre que debe ser su lícito compañero, y suele dejarse
llevar del arrebato de los celos si tiene el convencimiento de que otra mujer intenta
disputarle la posesion del objeto de sus ánsias, en cuyo caso se abandona á los excesos
de la locura.

La crítica impera en su sér, como resultado de la emulacion femenina, siempre


183

dispuesta á disgustarse por el mayor lujo que nota en ciertas amigas, por las preferencias
que obtienen Juana ó Pepa, sin merecerlo, y, en fin, por aquel sistema
de censura tan peculiar en la mujer, nunca satisfecha en sus aspiraciones, atacando
todo lo que juzga superior á su propio estado, ó lo que sea capaz de irritar su mal
reprimida ambicion.

XVII

Á pesar de sus modales y costumbres, que son los resabios de una educacion anticuada,
manifiesta grandes disposiciones para amoldarse á las ideas cultas demarcadas
por el siglo; y si esta reforma aún no se ha operado, consiste en la resistencia de
las clases superiores, que mantienen todavía el orgullo emanado del nacimiento distinguido,
siempre en oposicion con las gentes del pueblo y temeroso de perder sus altos
prestigios. ¡Vanos temores, nacidos sólo de un inconcebible egoísmo! La educacion del
pueblo constituye la dicha, la civilizacion, el respeto social.

Al terminar nuestro artículo, sólo nos resta añadir que la mujer neo-granadina
correspondiente á la raza española generalmente tiene los instintos más nobles, ejerce
la caridad, es instruída, buena hija y amante esposa.

Tal es en conjunto la interesante mujer que vive y se agita en el país del insigne
literato Tórres Caicedo, y del malogrado poeta Julio Arboleda.

CÉSAR OLMEDO.






[Figure] REPUBLICA DE VENEZUELA

[Dulcera de Caracas]




LA
MUJER DE VENEZUELA
POR
D. NICANOR BOLET PERAZA.

I

Los pueblos hispano-americanos rompieron un dia con la madre patria, obedeciendo
á la ley imperiosa de la mayoridad. Un mar de sangre preciosísima corrió por el
Nuevo Continente en la lucha heroica de aquella separacion; sangre americana y sangre
española, que al fin orearon las auras de la paz, y honraron los duelos de la mutua
amistad.

Miéntras duró la enemiga de uno y otro pueblo, la pasion lo desfiguró todo, hasta
la verdad histórica, hasta el sentimiento de la justicia. Mas sobrevino el reposo de los
ánimos y comenzó el reinado de la imparcialidad, presidido por la Historia. España
celebró nuestro heroísmo, reconoció nuestro derecho, y nosotros volvimos á llamar
madre á la que habíamos repudiado como tal. Revivió en los americanos la gratitud,
sobrevino el recuerdo de los beneficios paternales, y hoy podemos decir con orgullo
que España nos dejó dos tesoros que se disputan la veneracion universal, á saber: la
Religion y la familia.

Religion y familia; es decir, robustas columnas en que se apoya el edificio social.
España nos enseñó á Dios, con toda la sublime sencillez de una verdad inmutable;
nos formó el corazon en su amor, nos reveló los misterios de su infinita grandeza
y misericordia, y grabó eternamente en nuestra conciencia su nombre inmortal. La
familia formada sobre semejante base debía ser fuente fecundísima de virtud y de
acciones grandiosas, y en su seno descollar como centro de pureza la mujer, símbolo
castísimo de la gracia celestial derramada sobre la tierra.—Así la mujer de estos


186

paises, la mujer de nuestra sociedad, es gloria heredada de nuestros mayores; tesoro
siempre intacto que generaciones que son ya polvo dejaron confiado á la inmutabilidad
de lo perfecto.

II

La mujer venezolana es la misma de ayer, como será la misma de lo venidero.
Tiene su modelo en un tipo eterno, que es la mujer cristiana; es hija de las creencias,
de las costumbres que éstas amoldan, de los hábitos que éstas producen.

¿Cambiarán algun dia nuestras creencias? ¿Sufrirán modificacion nuestras costumbres?
La moderna civilizacion nos envia sus temas filosóficos, y su fuerza de artificio
se estrella ante la granítica fortaleza de nuestra fe; nos arroja sus reformas en la
moral, y el absurdo en que se basan cae deshecho ante la inquebrantable virtud de
nuestras doctrinas. Nos apropiamos lo que es verdadero, lo que es bueno, y desechamos
lo pernicioso y falso. Avanzamos con la ciencia, que es avanzar con la verdad y
con Dios; pero nos clavamos sobre la huella de nuestros antepasados, cuando se nos
manda que marchemos al impulso de ideas erróneas en religion, y de ideas inmorales
en cuanto á familia.

III

La mujer venezolana pertenece toda al hogar. Del dintel de su casa para afuera
no tiene jurisdiccion alguna; pero del umbral para adentro es soberana. Alli tiene su
reinado de amor, en que el primer súbdito, que es el esposo, tiene ante ella altares
como un dios. Desconocido como es entre nosotros el consorcio de los intereses que
en otras partes suplantan á los afectos, la mujer no va jamás á la casa del hombre
sino llevada de la mano por la simpatía. Allí la instala ésta, y á la mañana siguiente
de las nupcias lo que se muestra en aquel hogar es un sol de dicha y esperanzas,
cuyos rayos lo iluminan todo á su derredor, desde el corazon del marido hasta la
ruda fatiga del último servidor doméstico.

IV

Nuestra mujer no se educa en aulas; asiste á la escuela cuando niña, aprende
allí los rudimentos principales del saber humano, lee y escribe, cuenta y conoce los
países del globo, oye disertaciones de moral y de religion, dibuja un poco, estudia la


187

música, y eso es todo; lo demas pertenece al aprendizaje de habilidades que más tarde
representarán la economía de la familia. De allí pasa á completar su educacion, exclusivamente
al lado de la madre, que le enseña en diálogos sublimes todo un curso
de sana doctrina, de exquisita urbanidad, de tacto social, de vida íntima, y la secreta
virtud de mandar obedeciendo.

V

La mujer así preparada es esposa incomparable, y cuando el cielo la premia con
el dulce dón de la maternidad, no es sino por enaltecer más y más ese misterio de
la naturaleza, cuyo principal encanto y mayor fuerza es el sacrificio. ¡Qué de transportes
de cariño y de embeleso con el hijo de sus entrañas! ¡Cuánto orgullo en su alma de
madre! ¡Qué de esperanzas en su corazon de esposa! El hijo es todo para ella; es
eslabon inquebrantable de la cadena de amor que une á sus padres; es asunto diario
é inagotable para soñar juntos la dicha perenne; es delicia para el presente, apoyo
para el mañana, y trasunto siempre á la vista del sér con quien se comparte una
existencia llena de atractivos.

VI

Nuestras madres nos han nutrido á sus propios pechos, de los cuales no hay poder
humano que nos haya podido separar; ellas nos han enseñado á buscar á Dios entre
las innumerables estrellas del firmamento, haciéndonos comprender de una vez el
infinito y su Creador; ellas nos han puesto en la mano el primer libro, y nos han
hecho balbucear la primera plegaria; ellas, en fin, rodeando nuestra cuna de ángeles
que guardaban nuestro sueño inocente, y colocando despues á la cabecera de nuestro
lecho de adultos la imágen de Jesus en el martirio, nos han hecho conocer en toda
su magnitud la misericordia de Dios, y nos han acostumbrado á buscarle como guía,
como apoyo y como esperanza en las vicisitudes de la suerte y en las tormentas del
espíritu.

VII

La mujer venezolana, á pesar de su modo de ser, no es ni mojigata ni huraña.
Eminentemente cristiana, cumple con los deberes de la religion de una manera sensata;
eminentemente doméstica, cumple con las obligaciones sociales en cuanto éstas
lo exigen. No se desvela por paseos, ni por danzas, ni por grandes ostentaciones de


188

salon; pero si baila, se ostentará distinguida y airosa; si conversa en tertulia, despejada
y discreta, y en todas partes derramando gracia y atrayendo simpatías y respeto.
Si se habla de asuntos arduos que no ha estudiado ó que no alcanza su inteligencia,
llenará los vacíos con rasgos de espíritu, con dichos oportunos, con interrupciones
felices, salvando así los dos escollos en que suele encallar la mujer en sociedad: el
de la grosera ignorancia, ó el de la petulante erudicion.

VIII

No obstante su condicion puramente doméstica, influye en todo cuanto abarca
nuestra existencia. La sociedad no tiene otros fundamentos sino los que ella le ha
formado; la religion no tiene más sólida base que el ardoroso culto que ella le rinde;
la familia tal como está constituída, como un nido de almas que se estrechan intimamente,
como una asociacion para la fortuna y para la adversidad, es obra exclusiva
suya; la politica misma, á la cual ella no lleva sino sus lágrimas y sus súplicas, y
de la cual no recoge sino angustias y dolores indefinibles, sufre las modificaciones
saludables de su influencia en el sentido de la fraternidad y de la tolerancia.

IX

En los momentos supremos para la patria, la mujer venezolana ha afrontado los
peligros, desafiado el martirio y hasta ocupado el patíbulo con serenidad espartana.

Compasiva en extremo, caritativa hasta lo sublime, no hay dolor ajeno que no
haga suyo propio, no hay miseria con que no comparta su pan; y á la cabecera de
todo paciente se la encontrará, haciendo asi inútil el hospital, que casi no existo entre
nosotros.

X

Finalmente, la mujer venezolana reclama un puesto muy distinguido en el rango
de la belleza latina. Más perfeccion en las líneas podrán tener otros tipos; pero ninguno
más gracia y elegancia. Posee toda la originalidad de nuestra naturaleza, todo
el esplendor de nuestro cielo, con la especialidad de que no hay jerarquías para
la belleza en nuestra raza, porque está distribuída en todo el sexo con verdadera
prodigalidad.


189

XI

Ésa es en breves trazos la mujer venezolana. Su vida está entre el amor y el
sacrificio, y con uno y otro sentimiento labra su felicidad y la de los suyos. Apasionada
en extremo, abnegada y heroica para defender la dicha que con tan sublime consagracion
se ha labrado en su hogar, es un sér admirable.

Busquen otros para la mujer de sus respectivas naciones derechos y progresos;
nosotros no pedirémos para la nuestra sino altares como para una divinidad. Otros
quieren la mujer del siglo; nosotros nos conformamos con la mujer cristiana.

NICANOR BOLET PERAZA.




[Figure] BRASIL.

(Mujer de Bahia.)




LA
MUJER DEL BRASIL
POR
D. CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.

«L'esprit fémenin est étouffé, mais il
n'est pas mort: il vit. il éclate sourdement
de toutes parts.
La femme, ainsi que l'homme, a une
âme immortelle. Comme lui, elle posséde
les dons de l'intelligence, du corps et du
coeur.»—(Histoire morale des femmes.)
LEGOUVÉ

I

Cuenta la tradicion que, hechos por el capitan portugues Salema los aprestos
relativos á la conquista del país descubierto por Américo Vespucio, logró reunir un
pequeño ejército, compuesto de quinientos hombres, con el cual emprendió la marcha
al interior del vastísimo territorio que anhelaba sujetar al dominio de Portugal.

Ordenó que dos intérpretes, acompañados de tres soldados veteranos, explorasen,
á la vanguardia de la tropa, el estado de los pueblos que trataba de combatir, y que
tuviesen el cuidado de aglomerar todos los recursos posibles para el mantenimiento
de su gente de guerra.

En las primeras jornadas pudo Salema aprovecharse de un cómodo camino hecho
por los indios, el cual, atravesando una inmensa llanura hácia el Sur, terminaba en
la base de las montañas que indican la proximidad del territorio que poseían los
Tupinambas; pero muy pronto halló obstáculos casi insuperables que impedían el
progreso de su temeraria empresa.

Profundos barrancos, estrechos senderos frecuentados por las bestias feroces, rios
caudalosos, cuyas aguas, al desplomarse por el declive de los montes, formaban imponentes
cataratas; selvas interminables llenas de maleza impenetrable, y en fin, largos


192

desiertos sin el menor rastro de vegetacion, detenían frecuentemente el paso de aquel
audaz caudillo y de su valerosa hueste. Muchos soldados cegaron bajo el influjo de
los rayos del sol, sumamente brillante en la atmósfera de esas regions ecuatoriales,
y el hambre, compañera inseparable de todas las calamidades humanas, aumentó los
padecimientos de los expedicionarios, acosándolos de tal modo, que, para huir de una
muerte inevitable, viéronse reducidos á sustentarse con los cadáveres de sus caballos.

La naturaleza impuso todo género de sufrimientos á los que con tanta osadía penetraron
en su centro salvaje.

Por último, Salema y los suyos, despues de haber sufrido las miserias y penalidades
que dejamos apuntadas, consiguieron salir á un risueño y fértil valle, en cuyo sitio se
establecieron para reparar sus fuerzas extenuadas.

Transcurrido algun tiempo, partió del campamento un Oficial encargado de examiner
el interior del país, y habiéndose ocupado en el desempeño de su comision por espacio
de dos meses, regresó con noticias poco favorables. Sus investigaciones se extendieron
hasta la distancia de cien leguas al Sur, en direccion á las orillas del gran rio
Amazonas, pobladas, segun dijo, por numerosas tribus guerreras, que, por sus hábitos
sencillos, revelaban la más absoluta ignorancia con relacion á la existencia y valor de
los metales preciosos.

Muertas las ilusiones de los hombres que acaudillaba Salema, pidieron en tumulto
su retorno á Ganabara, que al fin se dispuso, desechando el paso de los bosques y las
montañas, prefiriendo en su lugar la ruta de la costa que divide el enorme espacio
que hoy separa á Victoria de Rio-Janeiro.

En los tiempos modernos no sería posible que un General se aventurara á conducir
sus soldados por aquellas soledades espantosas, soledades de aspecto volcánico, sin una
planta, sin agua, y por último, sin vestigio alguno de los elementos precisos para el
sustento de la vida animal. Pero los infatigables y altivos portugueses del siglo XVI,
al cruzar region tan lúgubre, acometieron una empresa de titanes, digna de consignarse
en las páginas memorables de la Historia.

Tras tantas é incomparables fatigas, ocasionadas por los sufrimientos enumerados y
por una penosísima marcha que duró sesenta dias, Salema y sus compañeros, reducidos
al número de doscientos cincuenta, llegaron á los deliciosos campos de Ganabara.

La mitad de aquella diminuta falange había sucumbido victima de su extraordinario
arrojo.

II

En el año de 1572 el tenaz y valeroso Salema, á la cabeza de cuatrocientos guerreros,
penetró en las tierras de los Tupinambos, cuya tribu, dotada de noble fiereza, era muy
celosa de su independencia é intransigente con el despotismo apoyado por la fuerza


193

bruta. Campouré, su indómito jefe, comprendió los designios del capitan Salema, y con
cierta entereza digna de un espartano luchó á la cabeza de su pueblo sin tregua ni
descanso, arrojando léjos de los límites de su patria á los extranjeros que osaban
invadirla.

No obstante, reforzados convenientemente los portugueses, continuaron su porfiado
empeño.

Entónces hubo batallas que dieron por resultado las sublimes proezas inscritas en
la gloriosa historia de Portugal.

Los descendientes de Viriato conquistaron el territorio del Brasil, pero jamás consiguieron
humillar á los terribles Tupinambas. Aquel pueblo, cuyos hechos grandiosos
infunden respeto y admiracion, mantiene aún su orgullosa soberanía, levanta altivo
la frente y vive en las vertientes orientales de los Andes, apostrofando á las razas
indígenas vencidas por los soldados portugueses.

III

Antes de la época histórica que hemos narrado, la tribu de los Tupinambas
moraba en casi todo el litoral del Brasil, dividida en grupos más ó ménos considerables
y en amigable fusion con los Taboyaras, los Amoigpiras y los Carisos.

Explicado en concreto el orígen de las principales razas del país que hoy nos
ocupa, procedamos á la descripcion del tipo femenino que vive en esas feraces comarcas
y sin haber perdido el sello característico de su raza.

La naturaleza ha dotado á la india brasileña de un aspecto agradable.

Es bien formada y de estatura mediana; tiene buenos colores, pechos cónicos,
espaldas algo anchas, y manos y piés pequeños. Su cara es de forma aplastada, con
los pómulos muy salientes, y sus ojos revelan bastante vivacidad; sus labios y nariz
son abultados, y su cabeza, algo aguda en su extremidad superior, está muy poblada
de cabello negro, fuerte y lacio. Viste á la usanza de las mujeres pobres oriundas de
Portugal, á quienes procura imitar en sus maneras civilizadas.

Obsérvase en ella cierta inclinacion al uso de las bebidas fuertes; no carece de
inteligencia; comprende fácilmente cuanto se le quiere enseñar, y es astuta y disimulada.
La casa que habita se compone de un entretejido hecho con maderas unidas
sólidamente, cuyos techos están formados con hojas de cocoteros. Los muebles que
usa son muy sencillos.

Esteras de cañas sirven para su lecho, ó en su lugar hamacas hechas con cuerdas
de algodon entrelazadas.

Emplea los talhas1 para conservar el agua fresca, que suele beber con la cáscara


194

de un coco, completándose sus útiles domésticos con algunos pucheros de tierra para
la cocina (panellas) y otras pequeñas bagatelas. Su alimento se compone de la mandioca,
del maíz, y casi siempre do la caza y la pesca.

Ademas de las tareas propias de su sexo, la india se ocupa en ayudar á su marido
en la construccion de la cabaña destinada á servirle de hogar, y en recoger los frutos
ya sazonados. Gusta mucho de la danza conocida con el nombre de la Caducca, á
la que se entrega con placer delirante. Entónces toma toda clase de posturas lascivas,
hace sonar sus dedos y lengua, y despues de haber terminado tan fatigoso ejercicio,
se regala con el Caouy, bebida preparada con raíz de mandioca, maiz y patatas. Su
natural fiereza y el amor á una vida libre constituyen los signos gráficos de su raza.

IV

De un antiguo manuscrito que casualmente hemos adquirido, copiamos los fragmentos
siguientes, los cuales contienen curiosas noticias relativas á las costumbres de
los indígenas que moraban en el Brasil durante su descubrimiento y conquista.

«Diario escrito en 1572 por Diego de Sousa, cautivo de los Tupinambas, y soldado
del tercio que manda el capitan Salema.

Si mi memoria no es infiel, hoy hace seis años que me escapé de la muerte
despues de haber sufrido el más triste cautiverio entre los Tupinambas. Continuando
los apuntes consignados en mi cartera, voy á referir un lance que me ocurrió hace
cuatro dias. Hallábame en la choza que estos bárbaros tienen destinada para mi
prision, completamente abismado en mis tristes reflexiones á causa de mi prolongado
infortunio. Repentinamente apareció á mi vista el anciano Milco, uno de los jefes de
esta tribu, acompañado de una bellísima jóven que aparentaba tener apénas quince
ó diez y seis años. El viejo, dirigiéndome la palabra, se expresó de esta manera:

—Extranjero, várias veces hemos intentado conseguir tu rescate; pero todo ha sido
en vano. Los tuyos no hacen caso de la desgracia que te abruma, y se resisten á
que seas canjeado por uno de nuestros jefes que el capitan de los blancos tiene
prisionero en su poder. El interes que siempre te he demostrado es hoy inútil; todos
los hombres de armas piden que seas inmolado á los dioses inmortales para aplacar
sus iras. Queda resuelto tu sacrificio en cuanto aparezca la nueva luna, deidad protectora
de los Tupinambas. Si quieres conservar la vida, debes elegir una mujer
para que sea tu compañera; y si juras ser fiel á las costumbres que nos rigen, serás
admitido entre los hijos del gran Moulema, padre de la naturaleza. Te traigo á mi
nieta Popilca, que es la mejor y la más hermosa de todas las vírgenes de nuestro
pueblo, la cual te ofrezco para que la hagas feliz.


195

Dicho esto, marchóse, dejando á la jóven en mi cabaña.

Sorprendido quedé con la proposicion de Milco, y meditando instantáneamente sobre
los peligros que me rodeaban, no acertaba á tomar una resolucion capaz de salvarme.

Miéntras tanto, la jóven parecía contenta de hallarse sola conmigo. Acercóse con
mucho desenfado á la lumbre que había en el fondo de mi reducida estancia, encendió
su pipa, sentóse á mi lado, dirigióme expresivas miradas y me habló en estos términos:

—Hombre blanco, he venido á verte para saber si puedo contar con tu amor. Desde
que vives entre nosotros no he cesado de contemplarte con agrado, y mi único anhelo
en el mundo consiste en poder ser tuya, librándote así del horroroso martirio que
debes pronto sufrir. Si me quieres, te serviré miéntras los dioses sustenten mis fuerzas,
y si no consigo pertenecerte, he jurado matarme bebiendo mucho chamico1. Despues,
mi espíritu te protegerá en todas partes si no olvidas mi amoroso sacrificio.

Al oir las palabras apasionadas de aquella jóven salvaje, confieso que los mayores
sentimientos de amor y gratitud embargaban mis sentidos. Hallábame inclinado
á compartir mi suerte con un sér que revelaba cualidades tan eminentes, que, unidas
á su interesante figura, completaban el modelo de la mujer más acabada. Noté que
sus hermosos ojos se llenaban de lágrimas y que su rostro marcaba cierta ansiedad
por saber mi respuesta. En aquel momento ofrecí á Popilca un amor eterno, cuyas
palabras le ocasionaron el mayor júbilo: ora se arrodillaba á mis piés, ora me besaba
la frente y las manos, y en fin, cantaba y saltaba con todas las demostraciones de una
inmensa satisfaccion.

Tres dias habían transcurrido, y aún permanecía á mi lado la hermosa Popilca
prodigándome sus cariñosos cuidados. Refiero estos pormenores porque esta manera de
hacer conocimiento está establecida entre los Tupinambas cuando se trata de arreglar
los matrimonios. El jóven que desea unirse con una muchacha de su tribu, no ha
tenido jamás con ella ninguna relacion íntima; quizá logre mirarla al pasar, pero es
probable que no la haya hablado en otras ocasiones. El enlace queda decidido por los
parientes viejos, y cuando se comunica su intencion á los interesados, se hace por
los medios que dejo expuestos y que hoy puedo estudiar por experiencia propia.

Popilca continuaba haciéndome compañía, cuya circunstancia me causaba bastante
inquietud, pues no era posible prever el desenlace de semejante situacion excepcional.
Habíamos pasado juntos tres noches en medio de las gratas ilusiones inspiradas por
el deseo de poseernos pronto el uno al otro, y sin embargo, ni una palabra indiscreta,
ni un gesto impropio, perturbaron la paz de nuestras almas, que alimentaban los
intentos más puros.

Un ligero golpe que sentí en mis piés me despertó al rayar el alba del cuarto
dia, destinado á decidirse mi suerte.


196

Abri los ojos sobresaltado, y vi una anciana, cuyo aspecto venerable me impresionó,
la cual, esforzando la voz, dijo:

—¡Arriba, jóven, que pronto serás de los nuestros y tomarás mujer! Tus futuros
amigos y parientes te aguardan para que les acompañes en los ejercicios de la caza.
Sal pronto y no vuelvas sin haber muerto una hermosa pieza, pues ganarás mucho
en el concepto de la que va á ser tu compañera, si logras distinguirte entre los
mejores cazadores de nuestro pueblo. Soy la esposa de Milco, vengo á visitar á mi
nieta y necesito hablarla á solas. Marcha y que en tu frente brille el triunfo concedido
al valor y la destreza.

Obedecí los mandatos de aquella anciana, reuniéndome con algunos indios que me
aguardaban cerca de mi morada. Provisto de un arco y veinte flechas, asistí á la
cacería, que duró hasta que el sol desapareció en el Ocaso, y habiendo tenido la fortuna
de matar un gallardo antílope, corrí presuroso á ofrecerlo á mi amada. Una
sonrisa hechicera fué la recompensa que obtuvieron mis afanes.

Por la noche vino el venerable Milco acompañado de seis guerreros, para decirme
que el plazo fijado con el objeto de saber mi determinacion acababa de espirar.

—¿Qué resuelves?—dijo.

Pero como mi turbacion me impidiese contestar prontamente, Popilca bajó la cabeza
en señal de tristeza, y prorumpió en amargo llanto. Entónces la anciana, demostrando
en su semblante mucho enojo, díjome:

—¿Intentas rechazar á mi nieta deshonrándola á los ojos del pueblo? Todo lo
que ha pasado entre nosotros ha sido por tu causa, pues si no hubieras admitido en
esta choza á la virgen que te hemos ofrecido, estaría ahora libre y sin la mancha que
cubrirá su frente de ignominia por consecuencia de tu veleidosa conducta. Habla; que
todos sepamos la decision que hayas adoptado.

Las severas palabras de la anciana, mi triste estado, y en fin, el verdadero amor
que sentía por Popilca, vencieron las dudas que agitaban mi alma. Corrí presuroso á
sentarme á su lado, demostrando así deseos de ser suyo para siempre. La jóven india
me abrazó con efusion, y desde aquel instante ambos fuimos marido y mujer.

Terminado aquel acto, los jefes de la tribu me consideraron como un hombre que
se obligaba á adoptar sus costumbres salvajes.

Al cabo de poco tiempo conseguí mi libertad de un modo casual é imprevisto.

El capitan Salema dispuso un ataque, que dió por resultado la derrota de los
Tupinambas, cuyo campamento fué ocupado por mis antiguos compañeros. Una fiebre
maligna me impidió asistir á la lucha.

Quedé prisionero de las tropas portuguesas, y con bastante pena pude justificar la
identidad de mi persona.

Popilca no quiso abandonarme, y sus tiernos cuidados restablecieron mi salud.


197

Huyendo de los errores de la idolatría, mi bella y enamorada Popilca se ha
convertido al Cristianismo, y hoy es mi legítima esposa, que todos conocen con el
significativo nombre de Salvadora.»

V

Hemos penetrado en Rio-Janeiro, majestuosa capital del imperio del Brasil. Situada
en los bordes de una bahía inmensa, álzase hermosa y elegante, ostentando sus
artísticas construcciones monumentales, y rodeada de jardines que brillan con toda
la lozanía de las plantaciones de los trópicos. Las apacibles aguas que bañan sus
piés mantienen á flote un considerable número de buques pertenecientes á todos los
pueblos mercantiles de la tierra, que avanzan con las velas henchidas por la brisa
favorable, ó precipitan sus movimientos á impulsos del vapor para arribar á las costas
hospitalarias, ó bien para engolfarse en el piélago profundo en pos de la ciega y
veleidosa fortuna.

VI

Enfrente de la gran ciudad, y en la ribera opuesta, descúbrese el famoso castillo
nominado Botaffogo, de severo aspecto, que contrasta con la risueña campiña que lo
circunda, y en el fondo de aquel mágico cuadro se divisa una cadena de imponentes
montañas que dibujan sus fantásticos picos en el horizonte infinito.

El reino vegetal demuéstrase con un lujo sorprendente en todas las comarcas que
hemos recorrido desde Cabo-Frio hasta llegar á San Lorenzo. Arboles titánicos crecen
vigorosamente, y en ellos se agrupan las mimosas, bignonias y otras muchas plantas
parásitas ó trepadoras, cargadas de gran cantidad de cactus, de bromelias, de epidendros
y de granadillas, que se enlazan y suben hasta las ramas más altas para coronarlas
de vistosísimas flores. Se distingue entre esa multitud de plantas la bauhinia, cuyos
troncos sermentosos forman arcos de una curvatura tan regular como si fuese creada
por el arte. Otras especies de vegetales se hacen notar por un olor tan pronto fuerte
como suave y por sus largos filamentos que caen hasta el suelo, donde toman raíz
y se levantan de nuevo formando sólidos enrejados que interceptan el paso del viajero.

Tal es en compendio la descripcion de esta flora inagotable que ofrece en su
admirable desarrollo un inmenso tesoro para los sabios consagrados al estudio de las
ciencias naturales.

VII

En la espesura de las selvas que rodean á Rio-Janeiro se respira un aire embalsamado
por las plantas y las flores magníficas. Los cocoteros, las tupidas heliconas,


198

los cipos ensortijados alrededor de los troncos corpulentos, el armonioso canto de los
pájaros, el ronco chillido de los papagayos, los gritos y continuados saltos de los
monos, el rugido de las bestias feroces, y en fin, el lejano ruido de las aguas
precipitándose á una lóbrega sima, demuestran en conjunto el prodigioso poder del
Supremo Creador Universal.

Veamos ahora cuáles son las propensiones, cualidades, usos y costumbres de la
mujer del Brasil, oriunda de Portugal.

VIII

Las mujeres de raza blanca reunen en general las condiciones físicas que constituyen
la hermosura. Son decidoras, amables, amantes á la vida alegre, y se distinguen
por su notable ingenio. Cultivan la religion católica con todo el fervor de su alma
esencialmente piadosa.

El traje que usan las mujeres del pueblo consiste en un gran manto de paño
negro y en un pañuelo que les cubre la cabeza.

Algunas llevan un sombrero negro adornado con plumas y lucen joyas de mucho
precio, que armonizan con los ricos trajes de seda de la China, frecuentemente adoptados
para realzar su indisputable belleza.

La brasileña que habita las montañas elevadas no tiene la gracia que adorna á
las costeñas, pero en cambio suele brillar por la blancura de su rostro y por sus
colores, que envidiaría la más aristocrática inglesa. No es muy impresionable en
cuestion de amores, tal vez por efecto del clima que habita, pero profesa su afecto
leal al hombre que debe compartir su suerte bajo los auspicios del matrimonio.

Es generosa y muy hospitalaria.

Su mayor placer consiste en agasajar á los que visitan su casa, bien sea con los
sabrosos dulces que sus manos elaboraron, ó bien con los apetitosos manjares que
cubren su abundante y limpia mesa. Con tal motivo procura atender á los convidados,
distribuyéndoles los mejores platos y esforzándose en dejar á todos contentos.

Es muy aficionada á las excursiones al campo.

Cultiva la música y el baile, sin olvidarse de la instruccion conveniente á su clase
y posicion social.

IX

La mujer brasileña denota gran aficion á las reuniones familiares, cuyos variados
incidentes sirven para fomentar las pasiones que agitan su alma vehemente. Dispone de
todos los prestigios convenientes para ejercer influencia sobre los hombres; concurre
á los paseos y á todas las diversiones destinadas al solaz de la vida.


199

En las reuniones de familia luce sus maravillosos atractivos, ora llamando la
atencion general con su sonrisa seductora, ora meciéndose al compas de una música
halagüeña, ó bien recurriendo á los indisputables prestigios de su melodiosa voz para
cautivar á los que la contemplan.

Semejante á las mujeres de Chile, salta á caballo con sorprendente habilidad y
corre con rapidez vertiginosa, demostrando su valor y deseos de distinguirse en el
arte de la equitacion.

Suspira siempre por el hombre que debe ser su esposo, y algunas veces suele
manifestar sus celos terribles si sospecha que otra mujer intenta disputarle el objeto
de su entrañable afecto.

X

Estamos en Viérnes Santo, dia destinado al recuerdo del martirio que padeció el
Redentor del mundo, y la Iglesia se propone desplegar en solemne procesion toda
la pompa que requiere acto tan sagrado. Los caminos que desde los pueblecillos
cercanos conducen á la piadosa ciudad de Rio-Janeiro están llenos de fieles que acuden
presurosos para asistir al solemne espectáculo dispuesto por el clero.

La suntuosa basílica de la capital mantiene sus puertas abiertas para dar salida
á muchos penitentes y hermanos de diferentes Cofradías, raramente vestidos. Siguen
los misterios de la Pasion artísticamente representados, y varios sacerdotes caminan
pausadamente entonando los cánticos correspondientes á tan elevada ceremonia. Á
continuacion, una larga fila de mujeres, ataviadas con asombrosa riqueza, lucen sus
encantos y místico recogimiento. Algunas mantienen en sus bellas manos los cirios
indispensables para asistir á esa funcion; otras alimentan el fuego de sus pebeteros,
en los cuales arde oloroso incienso; y otras, haciendo alarde de su fe inquebrantable,
llevan enormes piedras en la cabeza en señal de penitencia. Cierra la marcha de esos
buenos creyentes un gentío numeroso que reza en alta voz al compas de las músicas
militares, cuyos armoniosos acordes suelen apagarse al estruendo de innumerables
cohetes.

Tal es la mujer del pueblo.

XI

En los centros aristocráticos de la sociedad brasileña podemos admirar la educacion
esmerada é incuestionable belleza que realzan al tipo distinguido que nos proponemos
exhibir á la pública curiosidad.

Todas ó la mayor parte de las mujeres pertenecientes á la raza portuguesa que
viven en el dilatado territorio cuya importancia constituye uno de los imperios más


200

poderosos del mundo, consagran sus desvelos en beneficio de la humanidad, y suelen
poseer cualidades eminentes.

Ocupémonos en narrar los variados incidentes que militan en la existencia de ese
sér interesante.

XII

Elena apénas cuenta veinte años; vive en el barrio más suntuoso de la poblacion
y ocupa una casa magníficamente amueblada; sus nobles padres murieron, pero pudo
consolarse de esa pérdida irreparable, merced á los muchos contos de reis que heredó,
de cuyos beneficios disfruta acompañada de Doña Joaquina, su vetusta tutora y feísima
tia, que forma singular contraste con la peregrina hermosura del tipo trazado en este
boceto. Elena gusta de los licitos placeres de la vida; monta á caballo con mucha
gracia; ejecuta admirablemente en el piano las piezas escogidas de los maestros más
afamados; asiste á los teatros, á los paseos y á las sociedades distinguidas; habla el
idioma de Mílton con rara perfeccion, y por último, se hace notable por su elegancia
y las valiosas joyas que usa. Muchos adoradores solicitan su mano, entre los cuales
concede la preferencia á un jóven Oficial, vencedor en la célebre guerra del Paraguay.
Doña Joaquina, muy inclinada á los hombres de peso, aconseja á su sobrina
que se decida en favor de D. Justiniano Pandectas, severo Magistrado, de cincuenta y
nueve navidades, amoldado á los hábitos judiciales, y constantemente consagrado al
fallo de las querellas de los litigantes; pero Elena no quiere ser esposa de un viejo
que gasta peluquin, viste casi á la usanza de los tiempos de Pombal, tiene la nariz de
color violeta y sólo se ocupa en comentar el Código Civil. La resistencia de la jóven
produce serios altercados en el hogar doméstico; el padre Mauricio Bulas, confesor de
la decrépita tia, interviene inútilmente para restablecer la paz; los criados de la casa
toman cartas en el asunto; el perrillo faldero Jazmin ladra sin descanso; los vecinos,
acuden oyendo el bullicio; reina la confusion; desmáyase Doña Joaquina, y Elena,
aprovechando momentos tan propicios, toma el partido de escaparse en busca de su
amado, á quien refiere todo cuanto sucede. El Oficial y la jóven se casan al fin. Doña
Joaquina, para consolarse de las locuras de su sobrina, ofrece su interesante mano
al desahuciado D. Justiniano, quien al ver tanta generosidad, se presta gustoso al
sacrificio, sólo por amor... y el dinero.

XIII

Dolores tiene veinticinco años, y es casada con un jóven piloto que salió de Rio-Janeiro
á bordo del vapor Industrial con direccion á los mares de la China.

Dos años hace que la infeliz esposa no ha podido adquirir noticia alguna del hombre


201

que es todo su amor y único amparo. Tan prolongada ausencia la induce á creer que
su marido Jacinto ha sucumbido en medio de los horrores de una tempestad, y su
alma abatida sólo puede hallar algun consuelo contemplando el retrato del sér que tal
vez ha perdido para siempre.

—¡Jacinto amado!—exclama.—¿Por qué no vienes á enjugar el llanto que derramo
por tí? ¡Vuelve, bien mio; no me abandones dejándome sumida en la más espantosa
soledad!

Al acabar de proferir estas frases, un hombre vestido á la usanza de los pueblos
asiáticos preséntase á su vista y la abraza apasionadamente.

—¡Dios clemente!—dice Dolores.—¿Eres tú, esposo mio? ¡Ah! ¡Al fin has vuelto!...
¡Sí, sí, estás junto á mí... y no es un sueño vano!

En tales momentos la pobre esposa se entrega á los transportes de la alegría,
besando con efusion el rostro del hombre que ama.

—Cálmate, Dolores de mi vida,—responde Jacinto;—vivo aún, y puedo recompensar
tu ternura adorándote como mereces. Somos felices; he adquirido muchas riquezas que
disfrutarémos juntos sin separarnos nunca.

—¡Oh, sí, bien de mi alma!—contesta Dolores.—Pero cuéntame por qué has tardado
tanto. ¡Si vieras cuánto he sufrido!

El jóven marino refiere entónces que habiendo naufragado su buque en las costas
de la inhospitalaria isla Formosa, pudo salvarse á nado para caer en manos de una
tribu salvaje, cuyo jefe le concedió la vida en cambio de sus servicios prestados en
clase de almirante de una flota compuesta de piraguas, con la cual combatió y venció
á muchos piratas chinos. Más tarde obtuvo grandes recompensas en oro y marfil, y
el permiso para regresar á la patria á bordo de un clipper ingles que acababa de
llegar á aquella isla con un cargamento de armas.

Dolores es dichosa con su querido Jacinto; vive rodeada de todas las comodidades
que ofrecen los bienes de la fortuna, y disfruta de las consideraciones públicas, justa
recompensa otorgada á la virtud conyugal.

XIV

La elegantísima y bella Adelia ha quedado viuda en la edad más florida, heredando
el título y los millones de su buen marido el Baron Ribeiro da Silva Mato-Groso
Mindanao y Castello-o-Branco. El palacio que habita es el centro de los placers y de
la sociedad distinguida. Los hombres que cultivan las ciencias, las letras ó las artes,
rinden homenaje á esa hada, poniéndose bajo su egida. Adelia sonrie como un ángel;
sus miradas fascinan; su cuerpo esbelto se mece como el tallo de una flor acariciada
por el céfiro; su voz tiene las armonías del canto del ruiseñor, y todo su graciosísimo
conjunto expresa el mágico poder de que dispone para subyugar á cuantos la contemplan


202

extasiados. Todas esas cualidades físicas están acompañadas de una instruccion
envidiable, adquirida por las condiciones de la aristocrática clase á que pertenece y
por sus frecuentes viajes.

En Lóndres rivalizaba con las aristocráticas miss; en Roma superaba el majestuoso
porte de las signoras piu bellas; en Paris era la mademoiselle sans pareille, y en
Madrid competia con aquella raza de mujeres cuya hermosura incomparable inspiró
los lienzos inmortales de Velázquez y Murillo. Nuestro tipo brilla en todas partes,
y á impulsos de sus sentimientos elevados, ejerce actos verdaderamente grandiosos.
Ampara al desvalido, funda hospitales, protege la industria, socorre al menesteroso,
remunera á los hombres consagrados al estudio, y en fin, es la personificacion de
cuanto pudiera concebirse en beneficio de sus semejantes.

Adelia rebosa de placer al oir las bendiciones de los que han podido salvarse,
merced á los filantrópicos deberes que se ha impuesto.

XV

Es difícil pronunciarse de cierta manera absoluta relativamente al carácter social de
un pueblo, máxime si se trata del sexo femenino, destinado á ejercer grande influencia
en todos los variados y múltiples incidentes que se agitan en la existencia humana.
El deber del escritor consiste en cumplir su mision narrando de un modo veraz las
causas que concurren á ensalzar ó censurar á ese sér destinado al desempeño de las
elevadísimas funciones de hija, esposa ó madre. Hoy creemos haber llenado nuestro
cometido tributando justicia á la mujer del Brasil, digna de figurar entre las que
viven en la culta Europa. El progreso moral é intelectual que denota, es debido á
las ámplias instituciones vigentes en su patria, encaminadas á consolidar su engrandecimiento.

Como conclusion á la reseña que hemos hecho de la mujer brasileña, sólo nos
falta decir que casi todas las que proceden del pueblo portugues tienen estatura
regular, color moreno claro, facciones correctas, talle elegante, piés pequeños, cabello
negro y sedoso, reuniendo á estas cualidades físicas los sentimientos más generosos
y una inteligencia superior.

XVI

El buen portugues Mendo de Sá, al fundar en 1567 la ciudad de Rio-Janeiro,
indudablemente no creería que con el transcurso del tiempo llegase á ser la capital
del opulento imperio que hoy ocupa un rango de primer órden entre las naciones
civilizadas. Emancipado el Brasil, estableció leyes basadas en los principios representatives


203

y en las doctrinas de la filosofía moderna. Sus eminentes hombres de Estado
rehusaron adoptar las formas excesivamente democráticas, votando en pro de una
dinastía constitucional que asegurase los legítimos derechos del pueblo y sirviese de
respeto al nuevo sistema político. De ahí proviene el extraordinario apogeo á que ha
llegado esa nacion en todo lo que se relaciona con su importancia política, agrícola y
mercantil.

XVII

Para terminar este artículo necesitamos copiar una página que existe en nuestra
cartera, escrita bajo las impresiones de un solemne acontecimiento.

«Acaba de celebrarse una sesion en la Academia Española en honor de un alto
personaje, cuyo porte, ademanes y rostro clásico revelan los signos gráficos de la dignidad
humana. Reunidos los vates que conquistaron con su ingenio imperecedera fama,
uno de ellos leyó Las cantigas de D. Alfonso el Sabio, y otro, en breves y elocuentes
palabras, hizo la apología relativa á las insignes facultades intelectuales del
distinguido varon que se dignaba asistir al congreso de las letras cultivadas por el
inmortal Cervántes.

Aquel personaje se llama D. Pedro II, Emperador del Brasil.

El descendiente de cien Reyes, el Príncipe en cuyas venas circula la sangre de la
raza portuguesa, ilustrada con los heroicos hechos consumados por Vasco de Gama,
Cabral, Vasconcellos y Camoens, recorre de incógnito todos los pueblos civilizados,
asiste al certámen de las ciencias, visita los focos industriales, estudia, compara y
atesora los productos útiles que ha creado el hombre, para aclimatarlos en su patria
querida.»

Tal es el Monarca ocupado en regir los destinos del país en que existe la mujer
cuyas dotes físicas y morales han motivado estas líneas.

Madrid, Octubre de 1878.

CAMILO ENRIQUE ESTRUCH.




[Figure] REPÚBLICA DE MÉXICO.

(Mujer del Pueblo.)




LA
MUJER DE MÉJICO
POR
D. ANTONIO HIDALGO DE MOBELLAN.

I

El cielo transparente y luminoso; la noche dulce y reposada; el mar suspirando
de tiempo en tiempo, como una ninfa dormida entre las espumas de las olas; las rocas
plateadas por los fulgores de la luna, sirviendo de lecho á las auras y á las aves; yo
sentado en la cima, con la mirada en el horizonte y la cabeza lánguidamente apoyada
sobre mi mano, y el Dios de las alturas, bendiciendo desde su trono de gloria el majestuoso
cuadro de la dormida naturaleza.

Todo era grande y solemne ante el espectáculo de la noche: ni un eco de dolor
guardaba la existencia para recordar su mision á los hombres. Callaba la envidia,
ahogábase la calumnia, descendía el genio del mal hasta el abismo, herido por su
propia impotencia, y nadie osaba, ni siquiera la sombra impalpable de la sibila, elevar
el acento de sus cantares al gran concierto mudo de los misterios y de la soledad.

Mi pensamiento guardaba uniformidad perfecta con las actitudes de mi frente. Unas
veces mudo, animado otras, las más vacilante y sombrío, viajaba de extremo á extremo
sin rumbo y sin fortuna, hasta que, desengañado de sus propósitos en el camino de
la investigacion, disipábase en los espacios, como las suaves brumas al contacto de los
ardientes rayos del astro del dia.

—¡Oh!—exclamaba mi labio, presa de mortal é incomparable angustia.—Héme aquí
solo, sin testigos, abstraído de ese mundo de fascinaciones engañosas y de mentida
felicidad. Mi espíritu se extiende con la grandeza de un Dios inmortal sobre los espacios
de lo finito, y sin embargo, al desprenderse de las ligaduras del cuerpo y del


206

dominio de lo mudable, vuela, se detiene, fija su paso, suspende su veloz carrera, y cae
en lo profundo de los abismos de la confusion, como la piedra arrojada violentamente
al fondo desde la cima de la montaña.

¡El pasado! ¿Quién es capaz de avasallarlo? ¡El porvenir! ¿Quién es capaz de traducirlo?

¡La Historia! ¿Ha llegado nunca á romper ese insuperable valladar de los tiempos,
que separa los limites de su dominio de los apartados confines en donde comienza el
imperio de la fábula?

Unas ruinas, cadáveres momificados de la antigüedad; un monumento arqueológico,
conquista del espíritu científico de los pueblos, ¿pueden acaso revelarnos el cuadro
esplendoroso é inmortal de la tragedia helénica, ó el sangriento panorama de la encarnizada
lucha de los gladiadores latinos?

¡Recuerdos, y nada más que recuerdos!

Hé aquí por qué el espíritu, ante los despojos de las antiguas grandezas, emprende
en las meditaciones de su fantasia la evocacion del pasado. Aquellos restos llevan á la
conciencia de las generaciones vivientes el deseo ardoroso de penetrar en la conciencia
de las generaciones pasadas; pero sin más auxiliares que la memoria, subordinada
á la severidad del historiador, y sin más elementos que la prueba muda de aquellas
masas inertes, cimientos un dia de los alcázares consagrados á las divinidades del
Paganismo.

Verdad es que á veces, por ejemplo, la inmensidad y la magnificencia de los hipogeos,
indígenas y egipcios, nos presta minuciosos detalles del culto, las costumbres,
los trajes, la inclinacion de un pueblo, en una palabra. Sin embargo, la inteligencia
busca algo más, desea algo más interno, y necesita entónces, ó traducir sus afirmaciones
caprichosas en errores fundamentales de doctrina, ó prestar á la severidad de
la crítica el más poderoso argumento para formular la protesta consiguiente.

Tales eran mis juicios, y tal era tambien el estado de mi ánimo en aquella noche
que os describo, bellísima como lo son siempre las noches calurosas del Estío á orillas
de la costa cantábrica de mi amada patria. Yo presenciaba el espectáculo de un mar
inmenso que acalla las convulsiones espantosas de su corazon, en brazos del poético
dios de sus sueños, y sentado, como os he dicho, en la falda de la argentada roca,
soñaba despierto. ¿Sabeis por qué? Las divagaciones de mis antecedentes líneas os lo
habrán demostrado. Buscaba el secreto de la organizacion política y social de los pueblos
que residieron antiguamente en las regiones encendidas de la América conquistada.
Entre ellos había uno que atraía particularmente mi atencion al estudio de sus primitivos
pobladores. Hallábase éste situado entónces entre los 18° Norte al 21° hasta el
Atlántico, y desde · el 15° al 19°, comprendidos en una reducida faja limitada por el
Pacífico.

Y así como las distancias geográficas, que comprenden la Mesopotamia hasta el
golfo Pérsico, y el Tígris hasta el Eufrates, nos revelan un pueblo fastuoso y civilizado,


207

y un poema sublime: la Profecía; así las regiones septentrionales de aquel territorio,
cuya limitacion ha pasado como imposible entre sus antiguos geógrafos, llevaba
á mi memoria la existencia de una gran raza, semejante en cultura al gran pueblo
de los Ptolomeos, idéntica en civilizacion á la primitiva del Indostan, y muy apartada
en sus costumbres, aunque muy aproximada en lo fundamental de su derecho escrito,
á ese gran pueblo, tras de cuya historia siguen todavía las instituciones políticas de
las naciones modernas. Cuna fué un tiempo del esplendor más alto; sepulcro es hoy
de la majestad de los Césares, á cuya planta llegan las olas del Mediterráneo como
un tributo de lágrimas que envía la inmortalidad hasta los marchitos laureles de la
perdida gloria.

¡Roma! Tu nombre pasó á los siglos entre los vítores del labio y la oracion ferviente
del alma.

¿Dónde están tus dioses? ¿Qué has hecho de tus guerreros? ¿Quién vela el sueño
eterno de tus legisladores? ¡Ah! La muerte. ¡Siempre esa palabra! El silencio. ¡Siempre
esa respuesta!

Y tú, Méjico, ¿qué guardas de la primitiva civilizacion de tus pobladores indígenas?
¿Dónde están los restos de aquella raza del Norte, un tiempo errante, un tiempo
esclava, un gran período majestuosa y sublime? ¡Qué! ¿Conservas todavía en el baptisterio
de tu nacionalidad el águila indomable y fiera que anuncia tu llegada, y que sobre
el nopal que se destaca en las cimas de la roca presagia tu futuro esplendor y tu
próxima grandeza? Y tú, antiguo Tenochtitlan, ¿por qué no demandas la resurreccion
de tus hijos á ese tu dios Mexitli, que duerme tambien el sueño de sus sacerdotes
en el seno tan dilatado de la muerte?

II

El sol desprendía sus primeros rayos sobre las aguas del Océano y sobre los picos
de los montes.

Había yo pasado junto á una de sus rocas toda una noche, que transcurrió como
un segundo en el reloj invariable de la eternidad.

Mi frente se había marchitado al calor de mis atrevidos pensamientos, y en la meditacion
del pasado y en la contemplacion de sus grandezas, ni el sueño tuvo valor para
apoderarse de mis ojos, ni el alma alientos para atormentarme con sus inquietudes.

Tras de aquellas aguas, que yo contemplaba con arrobamiento, existía un Nuevo
Mundo. Allí habían llegado los esplendores de las armas españolas, en el espíritu
emprendedor y aventurero de unos cuantos valerosos soldados de la flota de Hernan-Cortés.
El genio austero y sombrío del Rey Prudente iba á encontrarse á su llegada
con grandes é inesperados tesoros, conquistados por los leales servidores de su padre
el Monge del Yuste. La suerte del más grande de los Austrias parecía como un


208

destello favorable del destino, negado otras veces al Trono y á la grandeza de sus
predecesores. Ese período de transicion que média desde el dominio de un Rey, cuya
esposa enferma de amor del alma ante la contemplacion de su esposo muerto, hasta la
aparicion del Monarca sombrío y melancólico, terrible y pequeño, azote del luteranismo
y amigo apasionado de la Iglesia, levántase brillante en las páginas de la Historia. No
hay obstáculos para la corte del Emperador aleman que puedan oponerse al triunfo y
á la gloria. De un lado, la conquista del nuevo territorio, el ensanche de los dominios
españoles, que había de producir á la renta del Estado la suma de sesenta y siete
millones de maravedises. De otro, la dilatacion del Poder Real sobre los pueblos que
caían al yugo férreo de la Invencible y de los Tercios, y sólo una contrariedad, pero
una contrariedad ahogada en su nacimiento: el primer grito de la Democracia española,
arrancado por los flamencos á los pelaires segovianos en un gran período del
absolutismo. ¡Grito terrible, contra el cual osó el miserable é impotente Alcalde Ronquillo
oponerse con todas sus maldades! ¡Gemido profundo del corazon de un pueblo
valeroso, lanzado en el Norte de Castilla durante el décimosexto siglo, que vibró en los
espacios de la patria, y en ellos quedó suspendido para volar hasta las márgenes del
Mediterráneo despues, en pleno siglo XIX! Allí llegó, y allí penetró en el santuario de
las leyes españolas que se había constituído en Cádiz, diciendo á los Procuradores
de la nacion: «Id y arrancad del libro de vuestros mandatos esa página deshonrosa
manchada con la sangre de vuestros hijos que se llama el Feudo». Y así fué: quedó
destrozado para siempre el despotismo en España con la abolicion de las prestaciones
feudales.

En estas excursiones de mi memoria á otras épocas, discurría yo sobre el punto
más luminoso que pudiera elegir para disertar sobre él ante la conciencia de mis lectores.
América, la patria del amor y el cielo de los sueños, tenía para mí un atractivo
sobrenatural. Sus pintadas aves, sus perfumadas flores, el ambiente dulce y reposado,
el espacio azul y transparente. El acento enamorado de sus hijos, cantar sublime de
la más arrobadora melancolía. Aquella vegetacion que se desprende del tronco secular,
ó se emancipa de la tierra calcinada para ofrecer á los ojos del cansado caminante;
sombra y rocío, lecho y albergue, luz y poesía, todo, todo inducía á mi espíritu en
pos de lisonjeras esperanzas. Por eso miraba al horizonte en la costa, porque detras
de aquella faja blanca y azul que forman confundidos el cielo y el mar, la espuma de
las olas y los vapores de las nubes, veía muchos pueblos, pero especialmente América.
Y de América, el septentrion; y del septentrion, Méjico. ¡Cómo no amarle, cómo
no enviarle desde allí el saludo de mi corazon, si entre sus florestas se meció la
cuna de mi amada madre! ¡Si ellos son mis hermanos, si ellos hablan la lengua de
Cervántes, y tiñen los pinceles de su fantasia en los mismos colores con que irradiaran
el mundo, Lope, Tirso, y el hijo de su suelo, el inmortal Ruiz de Alarcon y
Mendoza!

Pero estas excursiones de mi fantasía me producían un ardiente y vivo deseo.


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Tras de las generaciones indígenas, anteriores á la Conquista, esto es, tras de
los primitivos aztecas, llamados actualmente mejicanos, y cuyo territorio formaba una
pequeña parte del que hoy ocupa la extensa República Continental, veía yo el poético
valle de Tenochtitlan, circundado por su a